La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Antonio Alvarez Lleras

Como una auténtica primicia nos complace dar a conocer en esta entrega de Noticias Culturales el texto completo de la autobiografía del ilustre dramaturgo D. Antonio Alvarez Lleras.

Ante el contenido de este curioso como ameno documento, muy poco, casi nada habremos de agregar en torno a la vida y la obra de tan distinguido escritor, considerado justamente por versadas autoridades en la materia como el verdadero iniciador y el más alto exponente del teatro colombiano.

Y en realidad, creemos plenamente que con la simple lectura de estas páginas autobiográficas, animadas por el fuego de la espontaneidad y la sinceridad, podemos apreciar a todas luces los excepcionales atributos dramáticos de que fue dueño este autor y los éxitos logrados con la representación de sus obras no solamente en nuestro país sino en el exterior.

D. Daniel Samper Ortega, autor de la famosa Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana, en el prólogo de la comedia El fuego extraño manifiesta lo siguiente:

Sin reticencia de ninguna naturaleza es necesario reconocer que de todos nuestros autores dramáticos el que mayores servicios ha prestado al arte escénico de Colombia es Alvarez Lleras; tanto por las brillantes condiciones que posee para cultivar este género, cuanto porque él fue quien en realidad de verdad nos trajo aquí las orientaciones del teatro moderno, como las llevó a España don Jacinto Benavente. Con anterioridad a Alvarez Lleras apenas habíamos hecho débiles ensayos de drama histórico o de teatro costumbrista. Alvarez Lleras es el primero que aborda a fondo los problemas sociales de alguna trascendencia y los aborda en forma completamente nueva que, para el año de 1911, era desconocida en Colombia, donde las compañías nos tenían acostumbrados al teatro de capa y espada o al que denominan los españoles de astracan.

Por su parte el escritor Luis Eduardo Nieto Caballero en breve comentario sobre este auténtico "animador del fuego sagrado" no vacila en consignar esta aseveración:

Sin disputa ninguna es nuestro primer dramaturgo. Naturaleza rica en emoción, esa vegetación de las almas, impresiona por su espontaneidad y su vigor. Alvarez Lleras es casi un niño, que lleva en el espíritu la vejez del que se ha apropiado los ajenos dolores, para describirlos, con la misma intensidad que tienen en la vida, en las producciones teatrales.

Sobre la fecundidad de Alvarez Lleras en el género literario de su predilección, nos da cuenta el considerable número de obras que aparecen enunciadas por el mismo autor en su relato autobiográfico. Obras éstas que, al decir del P. José J. Ortega Torres, "se distinguen por la técnica y habilidad de las situaciones, lo sostenido de los caracteres, el lenguaje correcto y castizo y la naturalidad de las escenas".

Damos a conocer por primera vez la totalidad del documento autobiográfico que se reproduce a continuación, gracias a la bondad de nuestro apreciado maestro y amigo el P. José Aristides Núñez, autor de la Literatura colombiana, en cuyas páginas ha publicado apenas un breve fragmento de dicha autobiografía.

Antonio Alvarez Lleras, falleció en Bogotá el 14 de mayo de 1956.

Autobiografía

Nací en Bogotá el 2 de julio de 1892. Fue mi padre don Enrique Alvarez Bonilla, escritor y poeta muy conocido y bien reputado en su tiempo. Publicó varios extensos poemas en octavas reales, la difícil estrofa preferida por entonces, poemas épicos de alto vuelo como La Santafé redimida y Los macabeos. Su traducción de El paraíso perdido de Milton fue considerada en España como la mejor quizá de este gran poema en lengua castellana. Pero mi padre fue especialmente institutor y dejó varios libros de texto que sirvieron durante muchos años a los estudiantes de la mayoría de los planteles educativos del país. Su Gramática castellana, compendio de la de Bello, su Tratado de retórica y su Historia patria fueron textos oficiales. Si en breves palabras hago la biografía de mi padre es para señalar el origen de mis aficiones literarias y tratar de quitarme un poco de encima la responsabilidad que me cabe en mis ensayos novelísticos y dramáticos. También mi padre escribió novelas cortas e hizo dramas en sus mocedades. Si a ello se añade que mi madre se llamó Elena Lleras Triana y fue hija del notable institutor don Lorenzo María Lleras en cuyo colegio, el mejor plantel de la época, hizo representar varias traducciones suyas de varios dramas franceses, como La Catalina Howard, de Dumas, mi culpabilidad casi desaparece y hasta, por el contrario, adquiero méritos porque con semejante herencia y habiendo crecido en tal ambiente no sé cómo no he logrado escribir sino algunos dramas, una sola novela y dos o tres pésimas poesías. Y mucha gracia ha sido el no haberle enseñado nunca a nadie, pues todos mis tíos Lleras fueron profesores y entre mis primos bien conocidos son por su potencialidad pedagógica el presbítero Carlos Alberto Lleras, el finado profesor Federico Lleras Acosta, el inolvidable Papá Rico, Eduardo su hermano, etc., etc. Y como también entre los tíos Lleras hubo literatos como José Manuel, el autor de la simpática farsa cómica El espíritu del siglo, y la mayoría han sido amantes del teatro, y, hijo de poeta y gramático, opté por la línea de menor resistencia y me contenté con ser apenas dramaturgo para no tener que ser sabio, ni poeta ni profesor, cosas bien peliagudas y difíciles, muy por encima de mi floja voluntad, mi natural pereza y mi espíritu indisciplinado.

Está dicho que crecí en un ambiente impregnado de ciencia, literatura y pedagogía. Mi madre misma fue maestra por pura esencia hasta tal punto que para ella hubiera constituido una vergüenza que alguno de nosotros hubiera entrado al colegio a iniciar estudios y no a segundo o tercer año de bachillerato, como lo obtuvo mediante sus admirables sistemas de pedagogía casera. Cuando mis tíos me querían entretener me mostraban aparatos de física y cuando pretendía jugar con mis primos me deslumbraban con sus precoces conocimientos en lenguas o geografía. Sospecho que por entonces no eran tantos y que me tomaban el pelo, pero de todos modos aquello era para mí demasiado impresionante y abrumador. Desde entonces me resigné a mi total incapacidad para la sabiduría. Confieso que me intrigaban mucho más sus ademanes y gestos, que luego en casa remedaba, que sus cachivaches raros y sus crucigramas algebraicos.

En mi infancia lo que más me llamaba la atención eran los espectáculos escénicos. Cuando me llevaban a las funciones de circo no me divertía sino con los payasos y prefería al mejor paseo o diversión cualquier representación dramática en el colegio de los Salesianos, que por entonces eran nuestros vecinos. Aún recuerdo la profunda emoción que me causaban dramas como Daniel en el pozo de los leones o El martirio de San Eustaquio, sólo comparable a la que me produjeron después, siendo alumno de los hermanos Cristianos, El gondolero de la muerte y El último de los Alvarez.

Desde luego representar era lo que principalmente me deschavetaba. Toda visita que llegaba a casa tenía que aguantarme mis pantomimas y mis comedias improvisadas en las que obligaba a actuar conmigo a mi hermana Inés, hoy respetable directora del Ateneo Femenino. Visto lo cual por mi padre, resolvió aprovechar mis aficiones para tenerme el mayor tiempo en la casa y evitarme los amiguitos callejeros. Al efecto compuso unas dos comeditas de fondo muy religioso y moral y se las representamos mi hermana y yo con extraordinario éxito ante mis tías, los vecinos y las sirvientas de la casa. Por supuesto que a mí me gustaba más hacer el payaso y hubiera preferido que mi padre nos escribiera sainetes. Cuando indago las causas que cambiaron mi afición cómica por la dramática, pienso en la impresión que me hicieron dos grandes desgracias, una pública y la otra privada. Fue la primera el estallido y desarrollo de la guerra civil de los mil días y la segunda la incurable enfermedad de que padeció mi madre por el término de seis años y que no solamente me dejó prácticamente huérfano sino que entristeció definitivamente nuestro hogar con sombras trágicas de constante angustia. El martirio constante que ello le ocasionaba a mi padre, unido a sus justificadas preocupaciones por la suerte del país que entonces parecía tan negra, jamás se me ha olvidado. A mediados de la revolución (de los mil días) entré al Colegio de San Bernardo de los Hermanos Cristianos, situado a espaldas de la Catedral. Aún no existía el de la Salle ni mucho menos el Liceo. Después pasé al de la Enseñanza (donde está actualmente el Palacio de Justicia) y, por fin, ya funcionando definitivamente el de La Salle, hice mis dos últimos años de bachillerato en el internado de este plantel.

No fui mal alumno, valga la verdad, a pesar de que apenas veía distraído al profesor y con el pretexto aparente de buscar alguna cosa dentro del pupitre, metía la cabeza debajo de la tapa del mismo y me ponía a escribir diálogos. Una vez tuve la desgracia de ser sorprendido por el hermano Marcos, un francés inteligentísimo y muy simpático, nuestro profesor de redacción. Digo la desgracia porque a veces pienso que lo fue, efectivamente, pues el hermano Marcos, fingiéndose disgustado, leyó la escena que estaba escribiendo debajo de la tapa y, en castigo, me suprimió la salida a paseo el próximo jueves con los demás alumnos y me impuso la obligación de quedarme escribiendo la comedia empezada hasta darle término. El castigo me encantó, tanto más cuanto que el hermano Marcos me dejó encerrado en la clase con un termo lleno de café y una cajetilla de cigarrillos. En dos o tres jueves más concluí la comedia, una ingenua sátira contra los abogados que titulé El doctor Bacanotas y que representé yo mismo con un grupo de compañeros el día del cumpleaños del hermano Director.

El hermano Marcos, a quien todos los antiguos alumnos de mi generación recordamos con gran afecto, continuó estimulando cada vez más mis aficiones y, debido a sus reclamos, seguí escribiendo comedias. Digo mal, porque no fueron en adelante comedias sino tremendos dramones, género en el que me hallaba mucho más a gusto. El doctor Bacanotas ha sido lo único de carácter cómico que he confeccionado en mi vida. Ya expliqué a qué causas atribuyo el haber modificado mis predilecciones escénicas. Las pesadumbres de mi primera infancia marcaron en mi carácter una huella demasiado profunda para poder enfocar la vida por su aspecto jocoso. Sigo con mi cuento y digo que no salí de bachiller sin haber escrito y representado en el Colegio de La Salle tres dramas imitados de El Gondolero y los de su estilo, a base de nobles amores entre hermanos, sacrificios sublimes por la fe de Cristo, traiciones y ejemplar muerte de los malvados. Los de Altamoria y Don Luis Velásquez no resultaron del todo malos, pero el de pretensiones históricas titulado Los traidores de Puerto Cabello, con Bolívar y Vignoni como protagonistas, tengo la sospecha de que resultó detestable. Aquellas mis habilidades de autor dramático escolar llegaron a oídos de las hermanas de la Caridad y la Directora del Colegio de San Façon, la hermana María Isabel me hizo buscar y me encargó de la confección de dramas y comedias para ser representados por las niñas. Escribí entonces dos dramas de carácter histórico: La toma de Granada y Alejandría la pagana y un sainete El marido de Mimí.

Cuando salí del colegio juzgó mi padre, dadas mis inclinaciones literarias, que debía seguir la carrera de abogado y al efecto me matriculó en la Facultad de Derecho. Ya fuera porque entré a estudiar leyes demasiado joven (dieciséis años apenas) o porque mi ninguna madurez intelectual no me permitía encontrar interés en los artículos del Código Civil que el ilustre profesor Dr. Luis Carlos Corral nos hacía aprender de memoria, lo cierto fue que no pude tomarle gusto al derecho y al año siguiente dije a mi padre, por decirle cualquier cosa, que lo que sí me llamaba la atención poderosamente era el comercio. Yo creo que mi padre quiso corregir mi desvío de entonces por el estudio, y por ello me dio gusto y me colocó en una casa comercial. Pero también en aquella casa hice lo mismo que en el colegio y debajo de la tapa del pupitre de contabilidad escribí, en los momentos en que dejaba de pasar partidas del Diario al Mayor, una comedia de sátira social y un tanto política. Fue ella Víboras sociales. Con ella casi terminada, dejé la casa comercial y acepte un empleíllo público. Creo que en este momento mi padre perdió las esperanzas de sacar de mí algo de provecho, idea que reafirmó cuando a escondidas suyas leí en la redacción del diario Gaceta Republicana mi comedia, logré que la recomendaran los directores y el conocido literato don Julián Páez, poeta ciego cuyo gran corazón siempre he recordado con especial cariño. Con estas recomendaciones me presenté al Teatro Municipal en donde actuaba una compañía formada por rezagos de la de Pura Martínez y elementos nacionales. Mi comedia fue aceptada y puesta en ensayo. Su estreno constituyó una sorpresa y tuvo gran éxito. Por aquella época los muchachos de mi edad usábamos todavía la famosa cachucha. Figúrense ustedes lo que pasaría cuando me sacaron al palco escénico entre el primer actor y la primera actriz cogido por las manos sin dejarme modo de quitarme la cachucha. ¡Qué ovación y qué carcajadas!

Hoy, al releer la pieza, nada le he encontrado de particular, pero en aquellos años (1910 y siguientes) las pasiones políticas se hallaban tan exacerbadas como hoy, si no más, y Víboras sociales se tomó como sátira a la reacción. Yo vi la cosa tan mal parada que me escondí y me callé como un muerto. A mi padre, como es de suponer, no le cayó aquello en gracia, pero acabó por perdonarme, tomándolo como una chiquillada.

Como para borrar, especialmente en el ánimo de mi padre, la mala impresión política de Víboras sociales escribí al año siguiente una comedia de estilo quinteriano que titulé Alma joven. Me la representó Bernardo Jambrina, aquel famoso actor español a quien todos mis contemporáneos recuerdan, en especial porque fue el mejor y más personal de los recitadores que hayamos oído en Bogotá. ¿Quién puede olvidar su magistral interpretación de El nocturno la sin igual de la Marcha triunfal de Rubén Darío? Jambrina venía acompañado de la notable actriz Evangelina Adams. Nadie como ellos ha logrado interpretar la Canción de cuna de Martínez Sierra ni las obras de los Alvarez Quintero que en Bogotá desconcertaron cuando las dio Paco Fuentes y que ellos hicieron triunfar en forma espléndida. Los Alvarez Quintero no fueron comprendidos en Bogotá sino gracias a Jambrina y la Adams. Pues bien, Alma joven fue muy bien recibida por toda clase de crítica y en la prensa azul borró en realidad la impresión de Víboras.

¿Les aburre a ustedes relato tan pormenorizado de mis aventuras escénicas? ¡qué remedio! Yo bien sabía que se aburrirían cuando se me comprometió a leer aquí mi biografía y así se lo manifesté a la persona interesada en ello. Ha sido mi modesta vida tan poco importante, que no tendría nada que contarles si no me refiriera a mis ensayos dramáticos y literarios. En política no he actuado jamás. Les ruego, pues, tener paciencia mientras salgo de este mal paso. Después de Alma joven, y a la edad de veinte años, presenté a un concurso dramático que abrió la Sociedad de Autores, de reciente fundación, una nueva comedia de estilo sencillo y hogareño, también un tanto quinteriano, que titulé El fuego extraño. Con ella obtuve el primer premio. La compañía de la actriz mejicana doña Virginia Fábregas, que se hallaba en Caracas y se preparaba a venir a Bogotá, la pidió para estrenarla en la capital de Venezuela y me invitó con la mayor de las gentilezas a asistir a su estreno en aquella ciudad. No me hice de rogar y acepté la invitación. A mi edad aquel viaje, mi primera excursión fuera del país, constituyó para mí una estupenda aventura sobre todo porque regresé a Bogotá en compañía de la Fábregas y su troupe debatiéndome como podía entre los enredos, baladronadas, peleas, celos y demás calamidades de la vida comiquil. Pasé malos ratos pero también me divertí muchísimo. La pieza gustó bastante en Caracas, a pesar de que doña Virginia, hembra muy corpulenta, como se recordará, interpretó el papel de la protagonista, una chica de veinte años, interpretación que no convenció a nadie, pues doña Virginia, debido a sus muchas carnes, no podía disimular sus cuarenta. Lo mismo pasó en Bogotá en donde, no obstante, la comedia fue muy aplaudida.

Por fortuna comprendí a buen tiempo que la literatura, especialmente la teatral, no me ofrecía ningún porvenir económico y resolví tomar la vida un poco más en serio. Era imperioso que por fin escogiera una profesión. La medicina me llamaba la atención, pero como trabajaba para ganarme la vida desempeñando un empleo público, vi que no podría consagrarle el tiempo necesario y opté por la dentistería. Mientras la estudiaba haciendo los mayores equilibrios para no desatender mi empleo, volvió a asaltarme la tentación dramática y no sé a qué horas escribí Como los muertos, drama que logró un éxito que me atrevo a calificar de clamoroso, que se representó centenares de veces en todo el país y aun salió al exterior. Recuerdo un incidente por demás impresionante y de extraña coincidencia acaecido la noche de su estreno en el Teatro de Colón. Por entonces se usaba, particularmente en los estrenos, amenizar los entre actos con trozos de música interpretados por excelentes orquestas. La de aquella noche la dirigía nada menos que el maestro Calvo, quien, por deferencia especial, me hizo el honor de estrenar en el primer entreacto su bellísima danza Carmiña. Creo que el éxito de mi pieza se debió en gran parte al estupendo que obtuvo Calvo con su danza. El público entró en situación hasta tal punto que al final de la obra todos los ojos estaban húmedos. Se aplaudió con un calor y una emoción que aún me enorgullecen y complacen. Pero lo que me causó mas honda impresión fue la entrada de Calvo al escenario para felicitarme. Estaba pálido, desencajado. Me abrazó largo rato en silencio y luego se alejó paso a paso apoyándose en los muebles y las bambalinas. Yo me quedé suspenso, sorprendido de la intensa emoción artística que había producido mi drama en aquel grande y refinado espíritu. ¿Suponen ustedes qué sentiría yo cuando supe que el maestro no había vuelto a las posteriores representaciones de Como los muertos, porque acabábase de notificar que estaba leproso? Unos años después Como los muertos fue llevada a la pantalla por los hermanos Di Doménico. Dicen algunos que fue la mejor película en cine mudo que se realizó por entonces en Colombia. Fue interpretada por el actor español Agustín Seu y la notable actriz Matilde Palau.

Después de Como los muertos, ya doctorado en la dentistería, tuve que consagrarme de manera total a mi profesión y no volví a escribir. Como los muertos fue estrenado en 1916 antes de cumplir yo los veinticuatro años. A los treinta contraje matrimonio con doña Emilia Camacho, perteneciente a distinguida familia santafereña, mujer como ninguna, sensible y comprensiva, quien, además de haber significado mi sostén y mi estímulo en todas mis empresas, ha sido mi consuelo, mi compañera de todos los instantes, mi insuperable animadora, mi orientación y mi guía. Mi hogar fue bendecido por dos niñas y un varón. Impulsado por mi esposa y aguijoneado por mi hermano Jorge, el conocido físico y astrónomo quien, a pesar de su alto espíritu matemático, fue siempre el crítico y juez de mis obras; gracias a su raro sentido artístico y a su cariño por el arte teatral, escribí en mis escasísimos ratos de descanso mi comedia de crítica social titulada Los mercenarios. Esta obra fue estrenada en el Teatro Municipal en 1924, por la Compañía española Adams-Nieva, y obtuvo un éxito insólito, hasta cierto punto escandaloso. Como el ambiente político se hallaba tranquilo por aquellos días, Los mercenarios constituyeron el tema de todas las conversaciones dando motivo a las discusiones más acaloradas. Unos decían que yo había calumniado a la sociedad bogotana, otros que la obra era un merecido latigazo y aun había entusiastas que ponían la comedia por las nubes. Hubo protestas en encendidos artículos de periódico y acaloradas defensas. Naturalmente esto hizo que el público llenara la sala del Municipal durante más de un mes, cosa antes no registrada, pues el público bogotano no llegaba entonces a la cuarta parte del de hoy.

En 1927 llegó al Teatro de Colón la famosa compañía argentina de doña Camila Quiroga, la actriz suramericana más afamada de la época. Doña Camila, deseando llevar en su repertorio alguna obra colombiana, abrió un concurso dramático ofreciendo como premio quinientos pesos y una medalla de oro del Ministro Argentino o un viaje a Buenos Aires. Yo presenté El zarpazo a dicho concurso, pero como también se presentara una excelente comedia de José Umaña Bernal titulada El buen amor, el jurado calificador, compuesto por doña Camila, su marido y tres periodistas, entró en vacilaciones, pues tanto El zarpazo como El buen amor, obras de muy diferente estructura, merecían en su concepto el primer premio. Sin embargo, primó el concepto de los actores y fue premiado El zarpazo con los quinientos pesos y la medalla de oro, pues acabándoseme de nombrar cónsul en Cádiz no pude aceptar desgraciadamente el viaje a la Argentina. El Ministerio de Educación y los periodistas concedieron a Umaña Bernal un segundo primer premio, cosa por cierto muy justa y merecida. Lástima que Umaña Bernal no hubiera vuelto a escribir teatro, pues además de gran poeta posee un sentido escénico admirable. Que yo sepa, doña Camila representó después El zarpazo en México, Puerto Rico, La Habana, Nueva York, París y Sevilla en los festejos de la Exposición Iberoamericana.

De 1927 a 1931 actué como cónsul de Colombia en Cádiz, España. En las escasas visitas a Madrid que me permitía el consulado conocí a Benavente, a los hermanos Alvarez Quintero y me relacioné de manera especial con don Manuel Linares Rivas, cuyo teatro era por entonces especialmente estimado. Tuvo la paciencia de leer mis comedias y, aunque se hallaba completamente sordo, nos entendíamos a las mil maravillas. Olvidaba decir que mucho antes de mi viaje a España el actor catalán Ramón Caralt, que realizó una bella temporada en Bogotá, me pidió El fuego extraño y luego lo estuvo representando en las principales ciudades de España. Lo supe a tiempo con la gratísima sorpresa de recibir un cheque de la Sociedad de Autores Españoles por más de cinco mil pesetas por derechos de autor, cheque enviado por el propio Caralt. ¡Qué tiempos aquellos! Con don Manuel Linares Rivas comentamos el caso.

Durante mi permanencia en Cádiz llené los ocios del consulado escribiendo una novela de costumbres sociales bogotanas. Nunca me había ensayado en la narración y quise probarlo. No soy yo el llamado a juzgar la tal novela. Sólo sé que me entretuve muchísimo escribiéndola. La mandé a la Editorial Juventud de Barcelona y fue inmediatamente aceptada. Pero cuando visité a París preferí editarla por mi cuenta en la Editorial Le livre libre. Desgraciadamente cometí el error de preferir una editorial de París, Le livre libre, y editarla por mi cuenta. Siempre me arrepiento de aquello, pues la Editorial Juventud, al editarla por cuenta suya, le hubiera hecho gran propaganda. Ayer nada más, como la titulé, tuvo, sin embargo, muy buena suerte en Bogotá en donde se agotaron más de dos mil ejemplares.

Durante catorce años, de 1930 a 1944, me mantuve en cauteloso silencio. El cinematógrafo hablado se había hecho dueño absoluto del campo y se creyó que el teatro había perecido. Pero, ¿por qué no confesar que mi silencio se debió, principalmente, a mi pereza y a una cierta filosofía positivista de que me inficionó la época? Ante todo debía prevenirme económicamente para mi vejez y así me propuse hacerlo. Cuando tenía tentaciones de escribir justificaba mi pereza con la pregunta: "Y ¿para qué?".

Pero si el morbo literario es tenaz, mucho más lo es el morbo dramático. De pronto pensé en un tema, me enamoré de él y lo desarrollé. En 1943 había escrito Almas de ahora y en 1944 la estrenaba valiéndome de una compañía que yo mismo formé y dirigí, constituida por elementos nacionales y extranjeros. Me faltaba correr esa aventura, la de actuar de empresario y director de compañías. Tuve una suerte superior a cuanto pude esperar. Almas de ahora se representó en el Teatro Municipal setenta veces consecutivas y otras tantas en las demás ciudades de Colombia. Con mi compañía, que llamé Renacimiento, repetí algunas de mis obras viejas y monté algunas extranjeras como La dama del antifaz, bella comedia francesa, que gustó muchísimo.

Y nada más tengo que recordar para completar mi tonta biografía, pues el estreno de mi drama histórico El Virrey Solís, efectuado el año pasado por la Compañía Española de María Guerrero y Pepe Romeu en el Teatro de Colón, poco después del nueve de abril (1948), puede que esté aún en el recuerdo de ustedes o al menos me hago esa ilusión.

A raíz del estreno de Almas de ahora la sorpresa de ser llamado a la Academia Colombiana de la Lengua como miembro de número, honor con que nunca soñé. Hoy desempeño el cargo de tesorero de la corporación y soy miembro correspondiente de la Real Academia Española y de otras sociedades artísticas y literarias de América y España.

Al regresar de mi gira con El Virrey Solís, que me dio tantas satisfacciones, entre las cuales recuerdo de modo especial el extraordinario éxito de su estreno en Medellín, y hallarme de nuevo entre ustedes después de unos meses de permanencia en México, no sé si ustedes estarán de acuerdo conmigo en que ya es hora de que la entrada en la vejez modere mis inquietudes y de que lo que haga y escriba en adelante sea por fin cosa de alguna enjundia y provecho. Por ahora he vuelto a consagrarme por entero a mi profesión de cirujano dentista en la que he trabajado durante treinta años y a la que profeso inmenso cariño. Dejo esta biografía escrita a vuelo de máquina sin más objetivo que el de cumplir con un ineludible compromiso, hijo de la generosidad de un joven y noble amigo que me sobrestima en demasía.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 154,
Bogotá, 1º de noviembre de 1973, pp. 14-19.

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