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Cornelio Hispano (Ismael López)
Cornelio Hispano, como se le conoció en
su tiempo y aún figura en el mundo de las letras, es el seudónimo de Ismael López.
Nació en Buga "la ciudad de los jardines y de las cigarras", según
expresión del propio Hispano el 1º de noviembre de 1880 y falleció en Bogotá el
4 de marzo de 1962.
Aprendió las primeras letras en el
colegio de don Cristóbal Botín y doña María de Lenis y Gamboa; pasó luego a la
Universidad del Cauca y finalmente hizo estudios de Derecho y Ciencias Políticas en
Bogotá, donde se graduó el 20 de noviembre de 1905. Aquí, entre 1906 y 1908, dirigió
la revista Trofeos en compañía de Víctor M. Londoño, de quien años más tarde
publicó la obra literaria. Colaboró, así mismo, en muchas revistas de nuestro país y
del exterior. En repetidas ocasiones ocupó cargos de carácter diplomático. Como
escritor, al decir de Fernando de la Vega, Cornelio Hispano manejó "uno de los
mejores estilos colombianos: vivaz, ático, deleitable".
Hablando de sus antepasados, este ilustre
letrado dice de sí mismo: "Soy un retoño de esos labradores, lo que fui siempre: un
labrador en el silencioso campo de mi heredad y en el de la cultura humana, un pastor de
sueños infantiles, un jardinero que cultivó su jardín".
El Maestro Rafael Maya, en detenido
estudio crítico anota lo siguiente:
"Cornelio Hispano ha hecho un culto
de la literatura griega. La frase ática fluye de su pluma con sabia espontaneidad. El
símbolo antiguo asoma frecuentemente en su estilo y viste el pensamiento como de una
clámide de largos pliegues. Ignoramos si conoce la lengua griega, pero en todo caso su
inspiración es bebida en fuentes muy cercanas a los manantiales sagrados. Quizás haya
sido conducido a ellos de la mano de Chénier, a quien proclama su maestro y su guía, y
cuyo perfil dejó estampado en una medalla de fino timbre."
Y más adelante agrega el renombrado
autor de Alabanzas del hombre y de la tierra:
"Cuando convierte los ojos hacia la
tierra nativa, da la nota realmente personal. Este tocador de cítara, que arranca muy
pocos aplausos en los festines paganos, logra seducir rápidamente al acercar a los labios
la flauta pastoril, tallada en una caña de las riberas de su río. Las Elegías
son un libro terrígeno, por cuyas páginas corre una savia abundante y fuerte que suele
estallar en floras ricas del más puro aroma."
La labor intelectual de Cornelio Hispano
como poeta, historiador y crítico literario quedó plasmada, entre otras, en las
siguientes obras: El jardín de las Hespérides, Leyenda de oro, Elegías caucanas,
Historia secreta de Bolívar, Libro de oro de Bolívar, De París al Amazonas, En el país
de los dioses, El centauro, Páginas escogidas de Renán.
Como homenaje al maestro Guillermo
Valencia en este mes en que se conmemora el centenario de su nacimiento, hemos creído
oportuno traer el recuerdo que, en prosa tersa y elegante, nos depara la pluma de Cornelio
Hispano, uno de los más fervorosos amigos y admiradores del insigne poeta payanés. Guillermo
Valencia, varón estético es uno de los capítulos de la hermosa edición de Kerylos:
laudes de la belleza y del amor, publicada en Bogotá en 1948.
«Este es un libro de acción de gracias
dice su autor a todas las personas y a todas las cosas de la tierra, del cielo
y del mar que, en mi paso por el mundo, me enseñaron algo o me brindaron amor, cariño,
amistad, placer, ensueño; narración de un viaje sentimental en que me esforcé por mirar
bien lo que recreaba mi vista y por escuchar atento lo agradable al oído. Es un libro con
sabor de vida porque en él me busqué a mí mismo y descubrí que soy yo mismo».
Guillermo Valencia, varón
estético
De las dádivas recibidas de mis
propicios Hados fue una de las más preciosas la amistad y hermandad espiritual de
Guillermo Valencia, disfrutada durante casi toda mi vida. En los cincuenta años vividos
en Bogotá, todos dedicados a estudios serios y al cultivo de las bellas letras, conocí,
íntimamente o muy de cerca, a los más sobresalientes políticos, literatos, poetas,
profesores. Sólo Valencia me dejó la impresión de hombre superior, excepcional,
representativo, de artista en máximo grado, de varón estético. Mis recuerdos de dos
momentos culminantes de esa vida hacen destacar más su figura esplendente de creador de
belleza.
Fue un domingo de mayo, segundo
aniversario de otro de 1896, cuando bajo un cielo nublado, y ante un grupo silencioso de
amigos y admiradores de Silva que en piadosa peregrinación rodeaban su tumba lejana,
aislada, abandonada, Guillermo Valencia esbelto, pálido, fino, aristocrático, dejó
oír, con acento de indecible dulzura, su oda Leyendo a Silva. Todavía entonces
Bogotá y Colombia ignoraban la gloria que les había legado, a costa de su misma vida, el
autor del Nocturno y fue allí, ante esa humilde sepultura y ese grupo de amigos
conmovidos, donde el sucesor de Silva ascendió en el horizonte de la poesía colombiana
para brillar allí, sin ocaso, con Jorge Isaacs y el autor del Nocturno.
Meses después Bogotá supo lo que es la
gloria al escuchar a Valencia en el Teatro de Colón. Ni antes, ni quizá nunca, volverá
a resonar ese recinto con tan delirantes aclamaciones:
Un escultor ofrece pulir la piedra
como fino encaje para velar un seno que florece bajo la tenue morbidez del
traje...
El músico, doblando la cabeza
sobre la débil caja de su violín sonoro, dice la voz que de los cielos
baja como un perfume del jardín de oro...
Aún parece vibrar en mis oídos
la voz de Emile Henry; ya bajo el hacha iba a rodar su juvenil cabeza, como
la flor al soplo de la racha, y exclamó: "¡Germinal!" ...
Y ese fue dulce al comenzar; renuevo - de razas de alto nombre. ¿Quién me dirá
si un huevo es de torcaz o víbora? ... La mente no sabe leer lo que en el
tiempo asoma: el hombre, como el huevo, en nidos de dolor será serpiente,
en nidos de piedad será paloma!...
Esa noche Guillermo Valencia se ciñó
él mismo en las sienes, como Napoleón la corona imperial, el lauro de la eterna poesía
y se envolvió en la púrpura de los inmortales.
Varón renacentista fue Valencia por su
talento libérrimo que le permitió abarcar el universo de las ideas y de las cosas, por
la variedad y solidez de su ilustración apacentada en los más serios estudios, la
vivacidad de ingenio e indeficiente anhelo de perfección, por el infalible gusto
estético, la imponente dignidad y decoro de su persona en todas las circunstancias desde
la primera, gallarda juventud, hasta la radiante senectud, y por haber dedicado toda su
actividad intelectual a lo más noble y elevado a que un mortal puede consagrar la
existencia: a la Verdad, a la Belleza, a la Patria, a la Poesía, al Amor, al Arte, a la
Amistad. Valencia fue el amigo por excelencia en el bello sentido que los griegos daban a
esa palabra.
En todo mostraba señorío y alteza de
corazón, y si por su aspecto inconfundible y su irresistible encanto personal atraía la
atención de quien lo viera, no menos la conquistaba por sus ademanes de gran señor,
benevolencia, suavidad casi femenina. Diríase que era un dechado de excelsitudes y
excelencias que la Naturaleza se había complacido lucir en él. He was a man, take him
for all in all I shall not look upon his like again. Era un hombre en todo y
por todo como yo no veré otro igual.
Nutrido de sabiduría clásica griega y
latina, porque él, al revés de Cuervo y de Caro, no temió el contacto con los griegos
sino que, antes bien, los estudió a fondo, los comprendió, los degustó y saboreó hasta
admirarlos y amarlos, desde la florida juventud, en que con Cigüeñas blancas, lo
más puro, fluido y lírico de su obra poética, cantó al paganismo: ¡Oh
paganismo!,que remozó los cuerpos y deleitó las almas; la Belleza muda,
impasible, glacial, última diosa ornó de mirto el generoso griego; cantó a Homero,
cuya melodía subió de su cantar hasta el Olimpo, al ciego manso cantor de lo
divino que marcha con la verde corona de laurel asido al brazo mórbido de Helena;
cantó a Pigmalión, el escultor de su propio sueño de amor que ve surgir a la vida en
forma de beldad esquiva en cuyos ojos halla lo azul sin límite ni fondo; cantó a
Zeuxis, el pintor maravilloso de viñas, de pámpanos y de uvas tan provocativas que las
picaban bandas de pájaros golosos, y vació en nuevo molde el retrato de la ninfa
ausente de Anacreonte, cuya frente es ara ebúrnea, luminosa y tersa; la lumbre de
sus ojos, luz de carbones encendidos; su faz de tintas ruborosas al parecer trazado
por un pincel mojado en leche campesina donde se hubieran deshojado frescas rosas, y el
ágil talle inmaculado y bello, entrevisto desnudo a través de transparente púrpura.
Acrisolado en el placer y en el dolor de
meditar, Valencia fue el nauta alerta y asombrosamente orientado en el mar del
pensamiento, en el cielo de la poesía, en el paraíso del canto. Todos los pensadores,
poetas trágicos y líricos del gran siglo de Fidias le eran familiares, porque como sus
antecesores del cinquecento italiano podía leer a Homero en griego y a Virgilio en
latín, siendo así más afortunado que Petrarca, que lloraba por no poder leer al ciego
sublime en su propia lengua. Y a la sabiduría antigua unía la moderna y contemporánea.
Ninguno de los letrados de su tiempo penetró tan profundamente en las obras de Goethe y
de Nietzsche, de Winckelmann, Mommsen, Brandes, Renán, DAnnunzio, ni gustó con
más delectación de las irisadas gemas de sus razonamientos, de las purísimas perlas de
su estilo y divinas formas de su arte inimitable.
Y a semejanza de esos maestros, sus
propios poemas, delineados y logrados con primor insuperable, brillan tanto por las
exhalaciones del alma, por el suave, pero intenso sentimiento, como por las calidades de
forma que los esmaltan; poemas de universal contenido y de sorprendentes reflejos e
irisaciones en que alternan la sedosa blancura de las cigüeñas con la púrpura de
cabezas tronchadas de un tajo; las morbideces carnales de la linda pecadora del desierto o
de la amada de todos con la castidad de esa hada regadora de nevados ramilletes de
estrellas; el estrépito tumultuoso de los hijos de Anarkos con el perezoso andar de los
lánguidos camellos de Nubia.
Poeta máximo, supremo artífice.
¿Clásico, parnasiano, alejandrino, romántico, simbolista? Todo a la vez, porque los
poetas inspirados funden todas las modalidades, armonías, colores y matices de la belleza
y del sentimiento a su alcance a la manera que para el Perseo fundió Benvenuto, en la
febricidad de su genio creador, todos los metales preciosos que tuvo a la mano.
Selectísimo espíritu enriquecido por las tradiciones heroicas y galantes de su suelo
natal, por la savia de sus campiñas, el rumor de sus ríos, por el puro y relampagueante
cielo payanés, por la fecunda ciudad maternal cuyos maravillosos atardeceres, que hacen
destacar esplendorosamente la sierra Occidental, pintan el valle, los bosques, las
colinas, las cúpulas y campanarios de las más variadas y suntuosas orgías de luz. Su
magnífica oda horaciana A Popayán es un magnífico espejo que guardará, siempre
nuevo, ese cuadro humano, épico, bello, gracioso, deslumbrante.
Cuando este preclaro apolónida y afable
maestro hablaba con sus amigos, sus frases y palabras, de timbre inolvidable, eran de una
serenidad perfecta; nunca subieron de tono, como esas aguas vírgenes que brotan en los
peñascales de las montañas sin turbar su silencio, y así también su prosa, sabrosa y
sazonada, era fluida como agua de clara fuente. No obstante, sobre su avasalladora
personalidad, dulce y apasionante, más de una vez saltaron en astillas los garrotes de
los malsines, pero nunca contra ellos melló él su ínclito acero. A los hombres solares
como Valencia, de su reciedumbre física y moral, no los oscurece la envidia ni la
incomprensión. Ellos, empinados como los valientes cedros de las cordilleras, desdeñan
las borrascas, y soberbiamente altivos como las águilas caudales dan en las estrellas con
las alas.
Mi entrañable cariño y admiración sin
límites por Valencia tuvieron la más firme y ancha base intelectual y moral. Desde 1898
hasta su despedida en 1943 vivimos identificados en la pasión por los más excelsos
ideales humanos: la antigüedad griega; el renacimiento y los continuadores de esa
transfiguración esplendente del hombre hasta los reflejos que siglos después, como de
remotas estrellas, alcanzaron a llegar a nosotros en los genios, cargados de misterio, de
Isaacs y de Silva. La magna oración que Valencia pronunció en Cali en 1937 para ensalzar
al primero no podrá ser superada, ni los elogios en prosa y la oda con que esculpió y
buriló a Silva para la inmortalidad. Y coincidencia admirable y para mí gratísima. A
tiempo que Valencia, Víctor Londoño, el poeta y consumado artista que emuló con él en
la placidez de las imágenes y en la admirable limpidez del verso, erigió también
monumentos imperecederos a Isaacs y a Silva en elegías de peregrina virtud estética que
tampoco serán superadas.
Para nadie menos que para mí ausentóse
Valencia, porque él vive conmigo no sólo en el indeleble recuerdo sino en el precioso
tesoro de treinta y ocho años de correspondencia íntima, amable, fraternal, y tan noble
y digna que si llegara a publicarse, el familiar o amigo más celoso de su memoria no
podría suprimir una sola palabra. Sus retratos, sus libros, un fauno de Dardé
"esculpido en un nogal de su huerto", un vaso de Murano, todo con la impresión
de su cariño, me habla a cada instante del "inefable hermano en Apolo".
Cuando el maestro Valencia se despidió
de la dulce vida que tan munífica fue con él, al clarear la aurora de un 8 de julio, sin
duda se oyó ese inmenso ruido de alas que decían los antiguos precede a la
desaparición de los más puros ejemplares humanos. Algo se va con ellos: algo va a
sobrevivirles en el tiempo y en el espacio.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 153,
Bogotá, 1º de octubre de 1973, pp. 32-35.
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