La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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José Manuel Restrepo


Es obra de los años. Y ninguna fatiga es comparable al tedio. Con todas las potencias del alma, yo quiero morir.

* * *

¿Quién no cometió crímenes con la imaginación? ¿Quién con la virtuosa conducta no fue santo? La voluntad es la reina de las facultades del espíritu.

Augusto Ramírez Moreno

 

óbolo necesitas, renuncio en obsequio tuyo a continuar la misiva: diciéndote sólo –Amigo, ¡Dios ampare a tu familia! Para ella te envío un cóndor. Quisiera darte una mina, para probarte con esto, cuánto tu cariño estima.

Tu Viejo amigo Mechuso (alias Don Medardo Rivas).

D. José Manuel Restrepo ha sido considerado justamente como uno de los fundadores de nuestra República y es tenido, con sobra de merecimientos, como el padre de la historia colombiana. "Restrepo, dice D. José Manuel Marroquín, perteneció al distinguido y numeroso grupo de colombianos a quienes halló la revolución de 1810 apercibidos para la lucha y para empresas que demandaban no sólo valor, entereza y levantado carácter, sino también el cúmulo de conocimientos necesarios para constituir una nación nueva y para darle leyes, administración, impulso y cultura en el instante mismo de su nacimiento".

Como hombre de estudio, Restrepo tuvo una especial versación en filosofía, ciencias naturales y en derecho civil y canónico. Como hombre de estado fue secretario del dictador D. Juan del Corral; diputado al congreso de las provincias unidas de la Nueva Granada y al congreso de Cúcuta en 1821; gobernador político de la provincia de Antioquia, por nombramiento del general José María Córdoba; secretario de lo interior, desde 1821 hasta 1830, llamado a este cargo por Bolívar; presidente del consejo de gobierno y miembro del consejo de ministros. Fue, así mismo, superintendente de la Casa de Moneda, director de Crédito Público y director de la Academia Nacional, institución creada "para establecer, fomentar y propagar en toda la Nueva Granada el conocimiento y perfección de las artes, de las letras, de las ciencias naturales y exactas, y de la moral y la política". El citado D. José Manuel Marroquín nos describe en los siguientes términos la fisonomía y la manera de ser de tan eminente historiador:

Era el señor Restrepo de elevada estatura y enjuto de carnes. Tenía sobre las cejas el pliegue prominente que forman el hábito de la reflexión y las continuas tareas mentales. Este pliegue, la nariz larga y perfilada, el cabello liso, cano, siempre un poco largo y recogido detrás de las orejas, formaban lo característico de su fisonomía, que imponía respeto y no convidaba a la familiaridad. Era serio y grave, así en su aspecto como en sus maneras, sin llegar nunca a mostrarse adusto. En pocos hombres de los que hemos conocido hemos observado la perfecta armonía entre el exterior y la parte moral como en el señor Restrepo. Sus raros dichos festivos y chanzas, de que usaba con extrema sobriedad, eran, como los de todos los hombres serios y reservados, recibidos con particular gusto y aplauso por los que frecuentaban su trato. Su conversación en momentos de desahogo tenía el atractivo y la variedad que suelen dar a la suya todos los que, siendo muy instruidos y muy cultos, saben aprovecharse de sus conocimientos sin incurrir en pedantería.

Por su parte, el mismo D. José Manuel Restrepo, en una de sus interesantes páginas autobiográficas, nos anota lo siguiente:

Otro de los beneficios que Restrepo debe a la Providencia es una constitución sana y robusta. Concediéndole (la) naturaleza un cuerpo alto y siempre delgado, un color blanco entre pálido y rosado; cabellos rubios en la juventud, castaños en la edad media y blancos en la vejez; rostro aguileño, nariz larga y recta, boca regular y barba poblada. Joven aún aprendió a ser metódico para aprovechar su tiempo, y ordenado en sus papeles y menaje de su gabinete particular. Desde los veinte años de edad ha trabajado de ocho a diez horas diarias en el estudio, lectura, escritura y meditación sin fatiga, y todavía en su edad actual de setenta y tres años seis meses, puede trabajar y trabaja por lo común en los objetos expresados, ocho horas diarias. Para no perder la vista disminuida ya, ha tenido que dejar el estudio por la noche, hace tres años. Esta fortaleza es debida a su robusta salud.

La obra fundamental de D. José Manuel Restrepo, Historia de la revolución de Colombia, fue publicada en París, en 1827. La primera edición de esta Historia, que hoy constituye una verdadera curiosidad bibliográfica, consta de diez pequeños volúmenes. Escribió también las siguientes obras: Diario político y militar; Ensayo sobre la geografía, producciones, industria y población de la provincia de Antioquia en el Nuevo Reino de Granada; Manifiesto que el Poder Ejecutivo de Colombia presenta a la República y al mundo sobre los acontecimientos de Venezuela, desde el 30 de abril del presente año de 1826; Memoria sobre amonedación de oro y plata en la Nueva Granada; Memorias de la Secretaría de lo Interior y exposición que el Secretario de Relaciones Exteriores hace al Congreso de 1827; una biografía de don José María Cabal y un opúsculo sobre los inconvenientes del sistema federativo.

Luego de haber cumplido una fecunda jornada y de haber soportado múltiples padecimientos en aras de nuestra independencia, D. José Manuel Restrepo falleció en Bogotá el 1º de abril de 1863.

De los dos fragmentos autobiográficos que reproducimos a continuación, el primero corresponde a la parte inicial de la Biografía de José Manuel Restrepo escrita por él mismo, y el segundo al comienzo del diario titulado Apuntamientos sobre la emigración que hice en 1816 de la provincia de Antioquia a la de Popayán. Estos documentos los hemos tomado de la edición que lleva por título Autobiografía. Apuntamientos sobre la emigración de 1816 e índices del "Diario Político" (Bogotá, 1957), vol. 30 de la Biblioteca de la Presidencia de Colombia.

Autobiografía

I

Nació en la parroquia del Envigado del distrito capitular de Medellín en la provincia de Antioquia, el 30 de diciembre de 1781. Fueron sus padres don José Miguel Restrepo Puerta y doña Leonor Vélez Calle, ambos oriundos de familias antiguas y distinguidas en el país. Su padre era agricultor y dueño de minas de oro, en cuyos trabajos se ocupó siempre.

Mientras que era niño, José Manuel se crió en la casa de su abuelo materno don Cristóbal Vélez, al cuidado de su madre y de su tía, doña Gertrudis Vélez. Allí permaneció hasta que salió de una mala escuela de primeras letras; entonces fue a residir en la hacienda de Angostura, donde vivían sus padres la mayor parte del tiempo; poco sabía escribir porque todo estaba muy atrasado entonces.

Por temporadas vivía allí también su tío don José Ignacio Vélez, quien era muy aficionado a leer, especialmente historia. José Manuel comenzó a leer en aquellos libros, y en breve tuvo pasión por la lectura de la historia.

En uno de sus viajes al Envigado encontró en la casa de su abuelo los Comentarios del marqués de San Felipe, sobre la célebre guerra de sucesión de Felipe V al trono de España. Leyólos rápidamente, y su tío don José Ignacio Vélez informó casualmente al doctor Alberto María de la Calle, tío de su madre, la afición que tenía José Manuel por la lectura. El doctor Calle, que era un eclesiástico ilustrado y de mucha virtud, lo examinó y quiso saber su opinión sobre el mérito de algunos generales, cuyos hechos de armas refieren los comentarios del marqués de San Felipe. Es de inferirse que las respuestas de José Manuel gustaron al doctor Calle, y que deduciría de ellas que tenía su sobrino alguna inteligencia y juicio. Inmediatamente dijo a don José Miguel Restrepo "que sería lástima que su hijo José Manuel no siguiera carrera de estudios y cultivara su inteligencia más bien que ser agricultor o minero"; se ofreció al mismo tiempo a dirigir sus estudios y a cuidar de su educación. El padre de José Manuel convino gustoso en este arreglo y dejó a su hijo en el Envigado, en la casa de su abuelo. Su amor a la lectura decidió de su profesión y ejerció un grande influjo sobre el resto de su vida; tenía entonces doce años, o trece.

Los seis años siguientes los empleó José Manuel en estudiar gramática latina, en la traducción y lectura de los principales poetas y clásicos latinos, que analizaba con su maestro y condiscípulos. Al mismo tiempo leía por diversión cuantos libros conseguía el doctor Calle y su tío don José Ignacio Vélez, que ciertamente no eran muchos en el estado de atraso en que se hallaban los conocimientos en la provincia de Antioquia, en el último decenio del siglo XVIII. Tenía también a su disposición la librería de los doctores Cristóbal y Carlos Restrepo. La lectura de las obras críticas de Feijóo le fue útil y lo estimuló en el estudio, dándole algunos principios de crítica y despejando su entendimiento de muchas rancias preocupaciones de aquel tiempo.

Uno de los grandes beneficios que le hizo el doctor Calle, fue cuidar de inspirarle el conocimiento y práctica de la religión y de la moral cristiana. Hízolo con el amor de un verdadero padre y con el celo de un eclesiástico virtuoso y de severas costumbres. Estos principios religiosos y morales han influido mucho en la vida y en la suerte de Restrepo. Es con gusto y un profundo reconocimiento con que confiesa haberlos debido al doctor Calle, su querido preceptor.

La edad de José Manuel crecía y las circunstancias domésticas de su padre no le habían permitido enviarle a continuar sus estudios en uno de los colegios de Santafé de Bogotá. Al fin se realizó su viaje en agosto de 1799, en que iba a cumplir diecinueve años.

Por consiguiente principió el estudio de filosofía o ciencias naturales, cuando ya su juicio estaba un poco maduro. Fue su catedrático el doctor don Crisanto Valenzuela, quien abrió un curso de tres años el 18 de octubre de 1799, y lo concluyó en la misma fecha de 1802.

En octubre de este año entró Restrepo a cursar derecho civil de romanos; continuó después estudiando derecho canónico, bajo la dirección del doctor don Frutos Joaquín Gutiérrez. Al cabo de cuatro años de estudio de derecho obtuvo los grados de bachiller, licenciado y doctor en derecho canónico, conferidos en la universidad dominicana de Santo Tomás de Aquino. Todos sus estudios los hizo como colegial de San Bartolomé, estimado siempre por sus superiores porque era exacto en cumplir sus deberes.

Durante sus cursos de facultad mayor, tuvo Restrepo por regla invariable no limitarse a sólo el estudio de obligación. Un año estudió francés, otro italiano, otro geografía y otro principios de literatura. Para el último estudio se asoció con otros colegas y formaron una sociedad titulada de "Buen Gusto", cuyo objeto era adquirirlo. Dirigía sus estudios don Manuel del Socorro Rodríguez, bibliotecario; escribiendo memorias sobre diferentes puntos que les daba y corrigiéndoles sus escritos, consiguieron alguna práctica en escribir, lo mismo que formar su gusto. Fueron miembros de esta sociedad, los jóvenes J. María Grueso, Francisco López Aldana, José María Gutiérrez, José María Salazar y José Manuel Restrepo.

Obtenidos los grados universitarios, emprendió Restrepo el estudio práctico de las leyes españolas con el doctor don José María Castillo y Rada, abogado de mucho crédito en Santafé. Tal estudio debía durar tres años, y se dedicó en el intermedio a adquirir algunos conocimientos en astronomía y geodésica. Tenía íntima amistad con don Francisco José de Caldas, director del Real Observatorio Astronómico de Santafé, fabricado bajo la dirección del célebre botánico doctor don José Celestino Mutis, que aún vivía. Caldas daba lecciones a Restrepo a fin de adquirir los conocimientos necesarios para levantar un mapa de la provincia de Antioquia, cuya geografía era desconocida o estaba plagada de errores capitales, como el de hacer pasar por Medellín al río Nare.

Hizo también un viaje con Caldas por Anolaima, La Mesa, Melgar, Cunday, Pandi y Fusagasugá, con el objeto de estudiar botánica.

Mutis fue quien le ayudó a conocer multitud de plantas, y Caldas le dirigía en el estudio de los diferentes sistemas para clasificar el reino vegetal que tan rico y vario se ostenta en nuestros hermosos bosques y altas cordilleras de los Andes.

Era ya tiempo que Restrepo volviera a la casa paterna pues había concluido sus estudios. Por consejo y bajo la dirección de Caldas compró un barómetro, un termómetro, un pequeño grafómetro, una aguja de marcar, y otros pequeños instrumentos necesarios para levantar la carta de la provincia de Antioquia. En 1807 regresó a Medellín en el mes de enero.

Por más de un año que Restrepo estuvo en Antioquia, su principal ocupación fue hacer observaciones astronómicas, geodésicas y barométricas para dar a conocer a su país en una memoria que pensaba publicar sobre la provincia. Ocupábase también en estudiar las plantas y hacer colecciones como botánico para enviarlas al doctor Mutis, quien le había encargado principalmente esqueletos de las quinas de Antioquia.

En junio de 1808 volvió a Santafé con el designio de hacer sus últimos estudios para recibirse y obtener el título de abogado de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada.

En efecto se presentó a examen, que se le hizo en 26 de septiembre de 1808, y obtenida su aprobación en los diferentes actos, se le expidió el correspondiente título en 30 del citado mes.

Restrepo determinó practicar la abogacía por algún tiempo en la capital, que era el mejor teatro para formarse. En el mes de enero siguiente la Real Audiencia le nombró abogado de pobres, destino que desempeñara por algunos meses. El estudio práctico de las leyes en los tribunales de la capital le puso en aptitud para desempeñar cualquier destino en la carrera de abogado, profesión que pensaba seguir, porque no tenía patrimonio para emprender otro modo de mejorar su fortuna, pues la de su padre se había arruinado o estaba atrasada. Desde 1808 había comenzado la revolución de España, causada por la perfidia de Napoleón con el objeto de destronar a los Borbones. Restrepo y casi todos los granadinos de alguna ilustración seguían aquella revolución con el mayor interés, persuadidos como lo estaban, de que influiría sobre la suerte de la América española. En 1809 aún no tenían ideas sobre la independencia de estos países; mas estando persuadidos de que la España europea tendría que ceder al poder colosal de Bonaparte, se dedicaron a formar la opinión "de que la América española no debía en aquella hipótesis seguir la suerte de la España, sino conservar la independencia de la Nueva Granada para que Fernando VII viniera a reinar en ella".

Profesando tales principios de política se juzgó inoportuna la revolución de Quito, del 10 de agosto. Sin embargo, estas opiniones cambiaron durante las vicisitudes de aquella revolución que no habiendo hallado apoyo en las demás provincias fue sofocada antes de un año, y que produjo la sangrienta ejecución de los patriotas degollados el 2 de agosto. Al terminar el año de 1809, ya la opinión de los hombres pensadores estaba por la formación de una junta de gobierno en Santafé, para que mandase en todo el virreinato e impidiera que Napoleón se apoderara del Nuevo Reino de Granada, en el caso de sujetar completamente a la península. Así pensaban los doctores Camilo Torres, Joaquín Camacho, Ignacio Herrera, Frutos Joaquín y José Gregorio Gutiérrez, y otros célebres abogados y hombres ilustrados de la capital que dirigían la opinión. Restrepo y los jóvenes de su edad, que estaban como en segunda línea, seguían con entusiasmo las opiniones de aquellos individuos que tenían y respetaban como a sus maestros.

Tal era la disposición de los ánimos que alarmaba a las autoridades españolas, cuando Restrepo dejó a Santafé y se trasladó a Medellín con el designio de establecerse allí.

Durante su residencia en Santafé había sido uno de los colaboradores del Semanario del Nuevo Reino de Granada, para el cual escribió una extensa memoria sobre la geografía, producciones, industria y población de la provincia de Antioquia, memoria que se publicó desde el número 6º de 1809 hasta el 12, y que tuvo bastante aceptación; también formó el mapa de la provincia de Antioquia, para el cual fijó matemáticamente algunos puntos. Aunque dicho mapa tuviera imperfecciones, era sin duda alguna el mejor que había en aquella época de atraso en la geografía granadina.

Era su ánimo vivir de su profesión de abogado y hacer algún pequeño comercio de mercancías con un corto capital a censo que le había conseguido su padre. Tenía en Medellín numerosos amigos, por cuyo medio compraba y vendía las mercancías por mayor.

Bien pronto le nombró su asesor interino el gobernador de Antioquia don Francisco Ayala, destino que aceptó sin sueldo, y que solamente le producía los derechos de actuación. Sirvióle en los primeros meses de 1810, mientras llegaba el asesor propietario nombrado por el rey, doctor don Juan Elías López, abogado de Cartagena, muy distinguido por sus talentos.

Mientras residió Restrepo en Antioquia comenzaron en Cartagena las novedades revolucionarias. El cabildo puso adjuntos al gobernador Montes, y por consiguiente le restringió la autoridad que le había concedido el rey. Habiendo comunicado al cabildo de Antioquia esta innovación fue aprobada por él, aunque con algunos miramientos para no alarmar al gobernador Ayala.

En Antioquia se unió Restrepo muy estrechamente, así por amistad como por sus opiniones políticas, con los doctores José Pardo y José María Ortiz, con don Juan del Corral y con el coronel don Dionisio Tejada, que accidentalmente residía en Antioquia, sujetos que por su influjo en la capital de la provincia podían dirigir la opinión pública. Ya veían con claridad que era inminente una revolución con el objeto de subrogar a las autoridades españolas con otras nombradas por los pueblos del Nuevo Reino de Granada. El horizonte político estaba anublado y aún no se columbraba el buen o mal éxito que tendría la revolución.

Al fin estalló en Santafé la revolución que se esperaba, ocurrida el 20 de julio de 1810, por la que se depuso al virrey Amar, a la Audiencia y demás autoridades españolas. En consecuencia el cabildo de la capital de Antioquia invitó a los demás de la provincia para que eligieran y enviaran sus diputados, a fin de acordar de consuno lo que debiera hacerse en aquellas difíciles circunstancias. Restrepo estaba en Medellín e influyó allí para que se accediera a la invitación del cabildo de Antioquia. Reunidos los diputados en la capital, acordaron el establecimiento de una junta independiente de la de Santafé, junta que ejercería el gobierno de la provincia en todos sus ramos. En aquella época aún no se tenía idea de las ventajas de la división de poderes que tampoco era posible en las circunstancias.

Instalada la junta en octubre del mismo año, ésta nombró a Restrepo su secretario, con voto deliberativo. En los primeros días de noviembre fue a ejercer su nuevo destino. Era presidente de la junta el gobernador español don Francisco Ayala, cuyas opiniones antirrevolucionarias se plegaron al influjo de los miembros de la Junta y a los temores que le inspiraban.

Esta había accedido a la invitación, que la de Santafé dirigió a las provincias para que enviaran diputados que formaran la junta suprema o el congreso del Reino. Procedió en consecuencia a nombrar dos diputados. Fueron escogidos en diciembre el doctor don José Manuel Restrepo y don Juan del Corral, como primero y segundo diputados, ordenándoseles que se trasladaran inmediatamente a Santafé.

En este tiempo arregló Restrepo su matrimonio con doña Mariana Montoya, hija del doctor don José María Montoya, miembro de la junta, y de doña Josefa Zapata. Debía verificarse este enlace en una época posterior.

Los nuevos diputados emprendieron su viaje a Santafé, por enero de 1811. A su arribo hallaron que se había disuelto un congreso prematuro que formaron unos pocos diputados, a quienes la junta de la capital no quiso reconocer. No había por tanto, esperanza de una próxima reunión del congreso del Reino.

Otra novedad con que se hallaron fue que la provincia de Santafé de Bogotá, que se llamó Cundinamarca, se había dado una constitución monárquica, que Fernando VII debía venir a jurar en Santafé. Esta constitución sólo era una máscara transparente para cubrir las ideas de independencia que principiaban ya a germinar en los cerebros de algunos de nuestros hombres ilustrados.

Faltaban diputados para formar el congreso, y entretanto se ocupó Restrepo, primero, en estudiar los principios del derecho constitucional, y segundo, en redactar un proyecto de constitución para la provincia de Antioquia, bajo el supuesto de que fuera una de las que formaran la confederación del Nuevo Reino de Granada.

El establecimiento de una confederación semejante a la de los Estados Unidos del Norte era la utopía política de la mayor parte de los próceres que dirigían la opinión pública en aquel tiempo. Así fue que los diputados de las provincias reunidos en Santafé determinaron formar un acta de federación imitando la que hicieron los americanos del norte, durante la guerra de su independencia. Desde las primeras conferencias hubo divergencia de opiniones. El doctor don Manuel Bernardo de Alvarez, diputado por Santafé, y el doctor don Ignacio Herrera por el Chocó, rechazaban la federación, y se decidían por un gobierno central semejante al de los virreyes. Restrepo fue nombrado secretario de la diputación, y el doctor don Camilo Torres se encargó de redactar el acta proyectada.

Entretanto una revolución tramada por los numerosos partidarios que tenía en Santafé don Antonio Nariño, y acaso con su acuerdo, derribó al presidente Lozano (don Jorge), y colocó a Nariño en su lugar el 11 de septiembre de 1811. Eran bien conocidas las opiniones de Nariño contra el gobierno federativo; así con esta revolución se alejaron aún más las esperanzas de la instalación de un congreso de diputados de las provincias.

Sin embargo, los diputados residentes en Santafé no interrumpieron sus conferencias y acordaron el Acta de Unión. Los diputados Alvarez y Herrera habían asistido a la mayor parte de las conferencias sin manifestar una decidida oposición a los principios que desenvolvía el acta. Mas cuando llegó el momento de firmarla se denegaron a poner su firma, el primero por instrucciones, y el segundo por influjo de su pariente Nariño. Los demás la suscribieron y Restrepo como diputado secretario el 27 de noviembre de 1811.

Después de dar este paso, los diputados, viendo la oposición que había en Santafé contra el congreso, se persuadieron de que jamás podría instalarse en esta ciudad. Determinaron, pues, trasladarse a lbagué, en la provincia de Mariquita, población bien situada y de buen clima. En diciembre próximo de 1811 siguieron para aquella ciudad los representantes de Antioquia, Cartagena, Neiva, Pamplona y Tunja, señores José Manuel Restrepo, Enrique Rodríguez, Manuel Campos, Camilo Torres y Joaquín Camacho, nombrados por el orden alfabético de las provincias que representaban. Estos fueron los mismos que habían firmado el Acta de Unión.

Ocupáronse los diputados en lbagué en excitar a las provincias cuyos representantes no habían sido nombrados aún, a que los eligieran; en promover la defensa de las provincias atacadas por los españoles, y acelerar en lo posible la deseada unión que Nariño impedía por cuantos medios estaban a su alcance, que eran muchos.

Cansado Restrepo de tantas contradicciones, perdió la esperanza de que se reuniera el congreso. Hizo, pues, renuncia de la diputación con que le había honrado su provincia. El señor Corral hizo lo mismo, y el colegio electoral que se reunió en Rionegro1 para acordar la constitución provincial los reemplazó eligiendo a los doctores José María Dávila y Joaquín de Hoyos. Influyó en la renuncia de Restrepo el haberse casado por poder desde el mes de enero último. Trasladóse a Rionegro en el mes de julio, y por algún tiempo fijó allí su residencia sin destino público.

Habiendo fallecido en 1812 el doctor José Antonio Gómez, primer presidente constitucional de Antioquia, lo reemplazó don José Miguel Restrepo, vicepresidente y padre del que esto escribe. Por esta circunstancia no estuvo Restrepo libre de tener alguna intervención en los negocios políticos de su patria; debía ayudar privadamente a su padre y darle sus consejos.

En mayo de 1813 sufrió el dolor de perder a su primer hijo, que nació muerto, desgracia que estuvo a punto de llevar al sepulcro a la madre, por falta de un médico facultativo, de que se carecía enteramente en Rionegro. Al fin una fuerte naturaleza triunfó de la enfermedad.

Poco tiempo después hallábase Restrepo en la ciudad de Antioquia, cuando se recibieron las tristes nuevas de que el brigadier español Sámano había ocupado toda la provincia de Popayán hasta Cartago; temióse que avanzara sobre la de Antioquia, que se hallaba enteramente indefensa. Estando reunida la legislatura provincial, ésta por unanimidad acordó nombrar dictador a don Juan del Corral, quien poco antes se había distinguido por su energía revolucionaria procediendo contra varios realistas de Antioquia que se oponían al sistema de la revolución. El 31 de julio de 1813 se hizo este nombramiento oportuno que cambió la faz de la provincia. Restrepo fue elegido secretario de gracia y justicia, y el doctor José María Ortiz, de guerra y hacienda, del nuevo gobierno. Corral continuó procediendo contra los realistas de Medellín y Rionegro, a quienes expeliera de la provincia en número de 25, confiscándoles más de $ 60.000. Con estos fondos pudo ocurrir a los crecidos gastos que tuvo que hacer para mejorar el estado de defensa de la provincia. Corral decía: "que no pudiendo los republicanos ganar a los españoles ni a los realistas, debían hacer la guerra a su costa". Esta medida revolucionaria hizo mucho ruido en la Nueva Granada, y aunque sensible, produjo muy buenos efectos sobre la opinión pública, que mejoró y se desarrolló en la provincia viendo la energía de su gobierno.

Añadióse otra medida capital. Corral determinó declarar la independencia absoluta de la España. Verificóse por un acta solemne que se firmó en 11 de agosto de 1813, suscrita por el dictador y por sus dos secretarios Ortiz y Restrepo. La declaratoria se juró en seguida en toda la nueva república de Antioquia, que debía confederarse con las demás provincias que antes compusieron el Nuevo Reino de Granada.

Restrepo había visto los males que el sistema de gobierno federativo causaba en el país, y la anarquía que reinaba por doquiera. En consecuencia presentó en el mes de junio anterior un proyecto de ley que centralizaba en el congreso la suprema dirección de los ramos de guerra y hacienda. La legislatura de Antioquia adoptó la medida que casi al mismo tiempo se propuso también por el cuerpo legislativo de Cartagena. En junio de 1813 la concentración habría producido buenos efectos, que no se pudieron obtener dos años después, que fue cuando la adoptó el congreso de las Provincias Unidas.

Deseoso Corral de no limitar a sólo Antioquia sus providencias de mejoras internas, se trasladó, primero a Medellín y después a Rionegro, donde fijó su residencia. Tenía el proyecto de establecer en Medellín una casa de moneda, y una grande maestranza o fábrica de máquinas, armas y municiones en Rionegro.

Estaban adelantadas estas empresas, mas la Providencia no quiso que las perfeccionara. Una afección pulmonar lo llevó al sepulcro el 7 de abril de 1814, con sentimiento general de la provincia.

El había promovido ante la legislatura provincial de Antioquia la abolición de la esclavitud, declarando que nacerían libres los hijos de las esclavas. Murió antes de ver realizados sus filantrópicos deseos y sancionada, el 20 de abril, esta medida atrevida, que fue el origen y modelo de la ley colombiana. Restrepo, que era también secretario del sucesor de Corral, brigadier Dionisio Tejada, fue quien autorizó el decreto del gobierno de Antioquia, mandando ejecutar la mencionada ley que debía producir grandes consecuencias. Era al mismo tiempo secretario de guerra y hacienda el doctor Francisco Antonio Ulloa, natural de Popayán, escritor elocuente y joven abogado de muy distinguidos talentos.

La administración de Tejada fue desgraciada, a pesar de la bondad y bellas prendas que le adornaban. Los recursos pecuniarios que son el núcleo principal de toda mejora se disminuyeron, y ya no se pudieron continuar activamente las empresas iniciadas por Corral, que dirigía el coronel de ingenieros Caldas.

Además se suscitó y llegó a un grado muy fuerte de acrimonia la cuestión sobre la residencia del gobierno en Rionegro, siendo Antioquia la capital. El cabildo de esta ciudad reclamó contra la traslación del gobierno provincial, que él creía ser una infracción de sus derechos. El gobernador alegaba, no sin fundamento, razones de conveniencia pública. Todo el distrito capitular de Antioquia negó la obediencia a Tejada y estuvo la provincia en división completa cerca de un año. Al fin se convino en que se reuniera, en la parroquia del Envigado, un colegio constituyente el que decidiría la cuestión de la residencia del gobierno provincial. Tomóse esta resolución en cumplimiento de un decreto del congreso de las Provincias Unidas.

Restrepo era uno de sus miembros, quien fue nombrado secretario.

II. Apuntamientos sobre la emigración que hice en 1816 de la provincia de Antioquia a la de Popayán

La revolución que comenzó en la Nueva Granada en 20 de julio de 1810, cuando se estableció una junta de gobierno en la ciudad de Santafé, había durado con varios sucesos hasta 1816. En el mes de enero de este año se supo que el ejército y escuadra española habían tomado la plaza de Cartagena, mandadas por el general don Pablo Morillo y su segundo, don Pascual Enrile; que don Sebastián de Calzada había derrotado a las tropas independientes mandadas por García Rovira, y que todo anunciaba una próxima terminación de la guerra. Yo me hallaba en Medellín de secretario del gobierno y vi también que la provincia de Antioquia iba a ser ocupada muy pronto. Así llevé a mi mujer e hijo para aguardar el desenlace.

Se pasaron los meses de enero y febrero en la incertidumbre del éxito, cuando en los primeros días de marzo se supo que una división española de infantería y caballería avanzaba de Zaragoza a Remedios. Ninguno podía creer que por aquellos caminos fuera posible que entrara caballería, pero el suceso quitó la duda. El 24 de marzo se supo que la división de tropas de la provincia mandadas por Linares y Malo había sido derrotada en la Ceja de Cancán que habían recibido un terror pánico a la vista de 22 húsares; que no hacían frente, pues huían en el momento. Las acciones fueron el 18, 21 y 22 de marzo; las tropas independientes se retiraron hacia Barbosa, cerrando los caminos para impedir la persecución. Algunos eran de sentir que en Barbosa debía arriesgarse una nueva acción, pero yo siempre juzgué que no se debía exponer a un saqueo el hermoso valle de Medellín, el que sería inevitable después de una acción, que con tropas bisoñas y espantadas era preciso que se perdiese. Además los pueblos se hallaban cansados de la revolución y deseaban que se restableciera el gobierno antiguo, bajo el cual creían descansar. El 29 de marzo casi todos los habitantes de Medellín habían emigrado a los campos y el lugar estaba solitario; por consiguiente el gobierno sin apoyo.

El 26 vino a Medellín el comandante Linares con el capellán de las tropas doctor Céspedes. Dijeron al gobernador revolucionario don Dionisio Tejada que no había que contar con soldados bisoños, y que la división española constaba de 1.500 hombres de infantería y caballería bien disciplinados. En consecuencia aconsejé a Tejada que diera orden para que no se empeñara acción en Barbosa y que las tropas se retiraran. Entonces descansé, por la suerte del valle de Medellín. Tejada resolvió irse con las tropas a la provincia de Popayán, lo que yo jamás creí que se pudiera conseguir.

El 26 fue miércoles, y yo llevé muy temprano a mi mujer y a mi hijo Valentín con mi madre y hermana Nicolasa al Envigado, para que de allí siguieran el 28 a los Titiribíes, a la casa de mi tío Pedro de Restrepo, a donde debían pasar un mes, en tanto que los españoles arreglaban la provincia para que se libertaran de cualquier insulto, que son inevitables, de soldados vencedores. A las 11 de la mañana volví a Medellín.

Jueves 27 de marzo. La ciudad estaba sola, y así los pocos vecinos que habían quedado se juntaron en la casa de moneda, y se hicieron patrullas toda la noche; yo estuve también acuartelado para conservar el orden. Tejada firmó en este día una circular a los cabildos diciéndoles que se retiraba a Popayán. Yo había resuelto irme a Honda por Sonsón a fin de meterme en las montañas de los andaquíes y salir por ellas al río Amazonas. Esta empresa era pintada por algunos como fácil, pero los mapas manifestaban que era difícil; mas no había otra salida. También pensaba seguir a Popayán para juntarme con algunos amigos y tomar la misma ruta atravesando el páramo de Guanacas. Todas mis medidas estaban prontas para semejante viaje.

Disuelto el gobierno y mandadas retirar las tropas, nada me quedaba que hacer sino emprender mi emigración. Salí, pues, de Medellín para el Envigado a las 5 de la tarde. ¡Qué ideas tan melancólicas las que me ocupaban hacía más de un mes! Tener que abandonar a mi mujer que se hallaba encinta y con mi pequeño Valentín de dos años; dejar a mis padres, amigos, etc., y quizás para siempre. Hallarme expuesto por opiniones políticas y por los sucesos de la revolución que habían sido inevitables, a morir en un cadalso como un criminal, eran sin duda ideas horriblemente funestas. Sin embargo varias reflexiones me dieron valor y serenidad en tan críticos momentos. "Es preciso que el hombre se muestre impávido a todo lo que es necesario e inevitable", máxi- ma preciosa de uno de los primeros filósofos del último siglo.

A las 6 de la tarde llegué al Envigado y ya estaba todo pronto para que mi familia siguiera el día siguiente para Amagá con mi tío don Pedro de Restrepo.

Viernes 28 de marzo. Jamás olvidaré este día, uno de los más funestos de mi vida, el que probablemente no tendrá igual. A las 5 de la mañana me despedí de mi esposa, madre, etc. Dejo a cualquiera que ame a su familia la consideración de este momento, viendo a una mujer joven y querida en extremo, que anegada en llanto no puede separarse de mí, y cuyos brazos es preciso desenlazar de mi cuello... Pero corramos un velo a escena tan melancólica.

Yo vi a algunas personas después, y a las 7 de la mañana salí para Rionegro hacia donde antes de amanecer había seguido mi equipaje, que se componía de una carga de baúles, una de petacas, un criado pequeño nombrado Pablo, una mula y un caballo de silla. Hallé la cuesta de las Palmas muy mala, y hasta la una de la tarde no llegué al principio del Llano de Chachafruto. Llegué a una casa a comer algo y allí me dijeron haber noticias de Rionegro, que habían jurado al rey, que se esperaba una división de tropas españolas aquel día; que todas las personas distinguidas habían emigrado, entre ellas don Sinforoso García, con quien yo pensaba reunirme y quien llevaba mis provisiones. Tales noticias eran inesperadas para mí, pues ignoraba lo que podía haber sido causa de aquellas novedades. Dudé algún tiempo lo que debía hacer, si seguir por la Ceja a juntarme con García o retroceder. Mas conociendo lo que son los pueblos en tales casos, temí que yendo sólo me quisieran poner preso para congratularse con el vencedor. Resolví, pues, volver a dormir aquella noche al Envigado y seguir a Popayán por Amagá. Así alquilé un caballo que llevara los baúles, pues la mula estaba fatigada. Yo saqué el dinero que tenía, que eran 800 pesos, y lo puse en el cojinete de mi silla; di orden al criado que precisamente fuera aquella noche al Envigado; monté en la mula, y mi negro Pablo siguió conmigo en el caballo. Caminé bien aprisa y a las 5 y ½ de la tarde llegué a aquella parroquia.

Busqué un caballo de camino que me sirviera en cualquier apuro, el que me costó 50 pesos. A las 7 llegó Linares con algunos oficiales y soldados para preparar cuarteles a las demás tropas que dormían aquella noche en Hatoviejo.

Sábado 29. Dormí en la casa de mi padre, y a las 3½ de la mañana monté en el caballo, llevando el criado el otro. Caminé sin novedad hasta las 7½ en que me alcanzó un hombre de Itagüí, el que me dijo que aquella mañana había dormido un rato en su casa el gobernador Tejada con un peón y un mozo dependiente suyo, Abad, y que había seguido por la montaña de San Miguel. Esto me dio cuidado porque juzgué que habría novedad. Tejada pensaba seguir con las tropas para ir más seguro. A las 9½ llegué a Amagá y vi allí a mi mujer, madre y hermanos. Les oculté la mayor parte de las cosas que sabía y dije a mi tío que aquella misma tarde debía yo adelantar mis jornadas para ver a Tejada en Santa Bárbara. Busqué una mula más, un buen peón y algunas provisiones de que yo carecía, porque las debía tomar en Rionegro, y a las 3 de la tarde seguí a dormir en el paraje que llaman los Guarcitos. A poco hallé a don Juan Bautista Quintana, de Remedios, y don Juan Muñoz, de Barbosa, con quienes seguí; a las 6 de la tarde arribé a lo de don Joaquín Vásquez en que me vi con dos hijas de doña Micaela Barrientos que habían venido a esconderse allí. Este día fue igualmente penoso y triste para mí, pues tuve que volverme a separar de mi familia.

Domingo 30. Muy temprano monté en mi mula habiendo antes aconsejado a don Juan Muñoz que no emigrara, pues él no tenía mayores comprometimientos. Caminé mucho y a la 1 de la tarde llegué al Guamal cerca de Santa Bárbara para saber si Tejada había pasado, pues allí se unen los caminos de Zabaletas y Amagá. Seguí, pues, a Santa Bárbara y fui a posar a donde un Duque. Aquella parroquia está arruinada del todo. A las 5 de la tarde me alcanzó Quintana y mis baúles.

Las gentes que vinieron de Zabaletas de misa, dijeron que el cura había predicado aquel día sobre la obediencia al rey, y que se había acabado la república. También que se habían embargado en el mismo pueblo varios cajones del gobierno revolucionario, lo que no me agradó pues por la pintura que me hicieron, conocí que eran los papeles de la secretaría. Don José Ignacio Duque me dijo igualmente que a nadie dejaban pasar por Bufú sin orden del gobierno, así que si yo no la llevaba, que era mejor fuera por Caramanta, y saliera a la Vega de Supía por aquel camino que ya estaba cerrado. Sin embargo Quintana y yo determinamos ir a Arma.

Lunes 31. Muy temprano hicimos ensillar y nos adelantamos dejando atrás el peón de los baúles solo, pues él dijo que era práctico del camino. Mas por precaución llevaba el dinero en el cojinete. El río Buey estaba crecido, sin embargo pasamos a éste y el de Arma sin novedad; tampoco tuvimos alguna hasta Arma, adonde arribamos a las 3 de la tarde. Allí supimos que don Sinforoso García y los demás emigrados de Rionegro habían seguido aquella mañana para Bufú. Doña Bárbara Tanco y sus hijos estaban esperando en esta parroquia a su marido, el gobernador Tejada. La hallé en las mayores aflicciones. Todo su equipaje se lo habían dejado cerca del Abejorral; había rumores de estar embargado por las justicias de Rionegro, y ella no tenía un pan que comer con su numerosa familia. Vino a mi posada bañada en lágrimas, preguntándome sobre todo por su marido a quien juzgaba preso. Yo la consolé diciéndole que yo lo juzgaba muy próximo, pues venía por Zabaletas, y que si allí se oponían a que pasara podría hacerlo con una escolta de soldados. Yo verdaderamente creía que así era. Di a aquella desgraciada dama algún dinero y vestuarios, y quedé de enviarle mulas de la Vega para que siguiera y esperara allí a su marido.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 152,
Bogotá, 1º de septiembre de 1973, pp. 12-20.

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