-
José Manuel
Restrepo
Es obra de los años. Y ninguna fatiga es comparable al tedio. Con todas las potencias del
alma, yo quiero morir.
* * *
¿Quién no cometió crímenes con la
imaginación? ¿Quién con la virtuosa conducta no fue santo? La voluntad es la reina de
las facultades del espíritu.
Augusto Ramírez Moreno
óbolo necesitas, renuncio en
obsequio tuyo a continuar la misiva: diciéndote sólo Amigo, ¡Dios ampare a tu
familia! Para ella te envío un cóndor. Quisiera darte una mina, para probarte con esto,
cuánto tu cariño estima.
Tu Viejo amigo Mechuso
(alias Don Medardo Rivas).
D. José Manuel Restrepo ha sido
considerado justamente como uno de los fundadores de nuestra República y es tenido, con
sobra de merecimientos, como el padre de la historia colombiana. "Restrepo, dice D.
José Manuel Marroquín, perteneció al distinguido y numeroso grupo de colombianos a
quienes halló la revolución de 1810 apercibidos para la lucha y para empresas que
demandaban no sólo valor, entereza y levantado carácter, sino también el cúmulo de
conocimientos necesarios para constituir una nación nueva y para darle leyes,
administración, impulso y cultura en el instante mismo de su nacimiento".
Como hombre de estudio, Restrepo tuvo una
especial versación en filosofía, ciencias naturales y en derecho civil y canónico. Como
hombre de estado fue secretario del dictador D. Juan del Corral; diputado al congreso de
las provincias unidas de la Nueva Granada y al congreso de Cúcuta en 1821; gobernador
político de la provincia de Antioquia, por nombramiento del general José María
Córdoba; secretario de lo interior, desde 1821 hasta 1830, llamado a este cargo por
Bolívar; presidente del consejo de gobierno y miembro del consejo de ministros. Fue, así
mismo, superintendente de la Casa de Moneda, director de Crédito Público y director de
la Academia Nacional, institución creada "para establecer, fomentar y propagar en
toda la Nueva Granada el conocimiento y perfección de las artes, de las letras, de las
ciencias naturales y exactas, y de la moral y la política". El citado D. José
Manuel Marroquín nos describe en los siguientes términos la fisonomía y la manera de
ser de tan eminente historiador:
Era el señor Restrepo de elevada
estatura y enjuto de carnes. Tenía sobre las cejas el pliegue prominente que forman el
hábito de la reflexión y las continuas tareas mentales. Este pliegue, la nariz larga y
perfilada, el cabello liso, cano, siempre un poco largo y recogido detrás de las orejas,
formaban lo característico de su fisonomía, que imponía respeto y no convidaba a la
familiaridad. Era serio y grave, así en su aspecto como en sus maneras, sin llegar nunca
a mostrarse adusto. En pocos hombres de los que hemos conocido hemos observado la perfecta
armonía entre el exterior y la parte moral como en el señor Restrepo. Sus raros dichos
festivos y chanzas, de que usaba con extrema sobriedad, eran, como los de todos los
hombres serios y reservados, recibidos con particular gusto y aplauso por los que
frecuentaban su trato. Su conversación en momentos de desahogo tenía el atractivo y la
variedad que suelen dar a la suya todos los que, siendo muy instruidos y muy cultos, saben
aprovecharse de sus conocimientos sin incurrir en pedantería.
Por su parte, el mismo D. José Manuel
Restrepo, en una de sus interesantes páginas autobiográficas, nos anota lo siguiente:
Otro de los beneficios que Restrepo debe
a la Providencia es una constitución sana y robusta. Concediéndole (la) naturaleza un
cuerpo alto y siempre delgado, un color blanco entre pálido y rosado; cabellos rubios en
la juventud, castaños en la edad media y blancos en la vejez; rostro aguileño, nariz
larga y recta, boca regular y barba poblada. Joven aún aprendió a ser metódico para
aprovechar su tiempo, y ordenado en sus papeles y menaje de su gabinete particular. Desde
los veinte años de edad ha trabajado de ocho a diez horas diarias en el estudio, lectura,
escritura y meditación sin fatiga, y todavía en su edad actual de setenta y tres años
seis meses, puede trabajar y trabaja por lo común en los objetos expresados, ocho horas
diarias. Para no perder la vista disminuida ya, ha tenido que dejar el estudio por la
noche, hace tres años. Esta fortaleza es debida a su robusta salud.
La obra fundamental de D. José Manuel
Restrepo, Historia de la revolución de Colombia, fue publicada en París, en 1827.
La primera edición de esta Historia, que hoy constituye una verdadera curiosidad
bibliográfica, consta de diez pequeños volúmenes. Escribió también las siguientes
obras: Diario político y militar; Ensayo sobre la geografía, producciones, industria
y población de la provincia de Antioquia en el Nuevo Reino de Granada; Manifiesto que el
Poder Ejecutivo de Colombia presenta a la República y al mundo sobre los acontecimientos
de Venezuela, desde el 30 de abril del presente año de 1826; Memoria sobre amonedación
de oro y plata en la Nueva Granada; Memorias de la Secretaría de lo Interior y
exposición que el Secretario de Relaciones Exteriores hace al Congreso de 1827; una
biografía de don José María Cabal y un opúsculo sobre los inconvenientes del sistema
federativo.
Luego de haber cumplido una fecunda
jornada y de haber soportado múltiples padecimientos en aras de nuestra independencia, D.
José Manuel Restrepo falleció en Bogotá el 1º de abril de 1863.
De los dos fragmentos autobiográficos
que reproducimos a continuación, el primero corresponde a la parte inicial de la Biografía
de José Manuel Restrepo escrita por él mismo, y el segundo al comienzo del diario
titulado Apuntamientos sobre la emigración que hice en 1816 de la provincia de
Antioquia a la de Popayán. Estos documentos los hemos tomado de la edición que lleva
por título Autobiografía. Apuntamientos sobre la emigración de 1816 e índices del
"Diario Político" (Bogotá, 1957), vol. 30 de la Biblioteca de la
Presidencia de Colombia.
Autobiografía
I
Nació en la parroquia del Envigado del
distrito capitular de Medellín en la provincia de Antioquia, el 30 de diciembre de 1781.
Fueron sus padres don José Miguel Restrepo Puerta y doña Leonor Vélez Calle, ambos
oriundos de familias antiguas y distinguidas en el país. Su padre era agricultor y dueño
de minas de oro, en cuyos trabajos se ocupó siempre.
Mientras que era niño, José Manuel se
crió en la casa de su abuelo materno don Cristóbal Vélez, al cuidado de su madre y de
su tía, doña Gertrudis Vélez. Allí permaneció hasta que salió de una mala escuela de
primeras letras; entonces fue a residir en la hacienda de Angostura, donde vivían sus
padres la mayor parte del tiempo; poco sabía escribir porque todo estaba muy atrasado
entonces.
Por temporadas vivía allí también su
tío don José Ignacio Vélez, quien era muy aficionado a leer, especialmente historia.
José Manuel comenzó a leer en aquellos libros, y en breve tuvo pasión por la lectura de
la historia.
En uno de sus viajes al Envigado
encontró en la casa de su abuelo los Comentarios del marqués de San Felipe, sobre
la célebre guerra de sucesión de Felipe V al trono de España. Leyólos rápidamente, y
su tío don José Ignacio Vélez informó casualmente al doctor Alberto María de la
Calle, tío de su madre, la afición que tenía José Manuel por la lectura. El doctor
Calle, que era un eclesiástico ilustrado y de mucha virtud, lo examinó y quiso saber su
opinión sobre el mérito de algunos generales, cuyos hechos de armas refieren los
comentarios del marqués de San Felipe. Es de inferirse que las respuestas de José Manuel
gustaron al doctor Calle, y que deduciría de ellas que tenía su sobrino alguna
inteligencia y juicio. Inmediatamente dijo a don José Miguel Restrepo "que sería
lástima que su hijo José Manuel no siguiera carrera de estudios y cultivara su
inteligencia más bien que ser agricultor o minero"; se ofreció al mismo tiempo a
dirigir sus estudios y a cuidar de su educación. El padre de José Manuel convino gustoso
en este arreglo y dejó a su hijo en el Envigado, en la casa de su abuelo. Su amor a la
lectura decidió de su profesión y ejerció un grande influjo sobre el resto de su vida;
tenía entonces doce años, o trece.
Los seis años siguientes los empleó
José Manuel en estudiar gramática latina, en la traducción y lectura de los principales
poetas y clásicos latinos, que analizaba con su maestro y condiscípulos. Al mismo tiempo
leía por diversión cuantos libros conseguía el doctor Calle y su tío don José Ignacio
Vélez, que ciertamente no eran muchos en el estado de atraso en que se hallaban los
conocimientos en la provincia de Antioquia, en el último decenio del siglo XVIII. Tenía
también a su disposición la librería de los doctores Cristóbal y Carlos Restrepo. La
lectura de las obras críticas de Feijóo le fue útil y lo estimuló en el estudio,
dándole algunos principios de crítica y despejando su entendimiento de muchas rancias
preocupaciones de aquel tiempo.
Uno de los grandes beneficios que le hizo
el doctor Calle, fue cuidar de inspirarle el conocimiento y práctica de la religión y de
la moral cristiana. Hízolo con el amor de un verdadero padre y con el celo de un
eclesiástico virtuoso y de severas costumbres. Estos principios religiosos y morales han
influido mucho en la vida y en la suerte de Restrepo. Es con gusto y un profundo
reconocimiento con que confiesa haberlos debido al doctor Calle, su querido preceptor.
La edad de José Manuel crecía y las
circunstancias domésticas de su padre no le habían permitido enviarle a continuar sus
estudios en uno de los colegios de Santafé de Bogotá. Al fin se realizó su viaje en
agosto de 1799, en que iba a cumplir diecinueve años.
Por consiguiente principió el estudio de
filosofía o ciencias naturales, cuando ya su juicio estaba un poco maduro. Fue su
catedrático el doctor don Crisanto Valenzuela, quien abrió un curso de tres años el 18
de octubre de 1799, y lo concluyó en la misma fecha de 1802.
En octubre de este año entró Restrepo a
cursar derecho civil de romanos; continuó después estudiando derecho canónico, bajo la
dirección del doctor don Frutos Joaquín Gutiérrez. Al cabo de cuatro años de estudio
de derecho obtuvo los grados de bachiller, licenciado y doctor en derecho canónico,
conferidos en la universidad dominicana de Santo Tomás de Aquino. Todos sus estudios los
hizo como colegial de San Bartolomé, estimado siempre por sus superiores porque era
exacto en cumplir sus deberes.
Durante sus cursos de facultad mayor,
tuvo Restrepo por regla invariable no limitarse a sólo el estudio de obligación. Un año
estudió francés, otro italiano, otro geografía y otro principios de literatura. Para el
último estudio se asoció con otros colegas y formaron una sociedad titulada de
"Buen Gusto", cuyo objeto era adquirirlo. Dirigía sus estudios don Manuel del
Socorro Rodríguez, bibliotecario; escribiendo memorias sobre diferentes puntos que les
daba y corrigiéndoles sus escritos, consiguieron alguna práctica en escribir, lo mismo
que formar su gusto. Fueron miembros de esta sociedad, los jóvenes J. María Grueso,
Francisco López Aldana, José María Gutiérrez, José María Salazar y José Manuel
Restrepo.
Obtenidos los grados universitarios,
emprendió Restrepo el estudio práctico de las leyes españolas con el doctor don José
María Castillo y Rada, abogado de mucho crédito en Santafé. Tal estudio debía durar
tres años, y se dedicó en el intermedio a adquirir algunos conocimientos en astronomía
y geodésica. Tenía íntima amistad con don Francisco José de Caldas, director del Real
Observatorio Astronómico de Santafé, fabricado bajo la dirección del célebre botánico
doctor don José Celestino Mutis, que aún vivía. Caldas daba lecciones a Restrepo a fin
de adquirir los conocimientos necesarios para levantar un mapa de la provincia de
Antioquia, cuya geografía era desconocida o estaba plagada de errores capitales, como el
de hacer pasar por Medellín al río Nare.
Hizo también un viaje con Caldas por
Anolaima, La Mesa, Melgar, Cunday, Pandi y Fusagasugá, con el objeto de estudiar
botánica.
Mutis fue quien le ayudó a conocer
multitud de plantas, y Caldas le dirigía en el estudio de los diferentes sistemas para
clasificar el reino vegetal que tan rico y vario se ostenta en nuestros hermosos bosques y
altas cordilleras de los Andes.
Era ya tiempo que Restrepo volviera a la
casa paterna pues había concluido sus estudios. Por consejo y bajo la dirección de
Caldas compró un barómetro, un termómetro, un pequeño grafómetro, una aguja de
marcar, y otros pequeños instrumentos necesarios para levantar la carta de la provincia
de Antioquia. En 1807 regresó a Medellín en el mes de enero.
Por más de un año que Restrepo estuvo
en Antioquia, su principal ocupación fue hacer observaciones astronómicas, geodésicas y
barométricas para dar a conocer a su país en una memoria que pensaba publicar sobre la
provincia. Ocupábase también en estudiar las plantas y hacer colecciones como botánico
para enviarlas al doctor Mutis, quien le había encargado principalmente esqueletos de las
quinas de Antioquia.
En junio de 1808 volvió a Santafé con
el designio de hacer sus últimos estudios para recibirse y obtener el título de abogado
de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada.
En efecto se presentó a examen, que se
le hizo en 26 de septiembre de 1808, y obtenida su aprobación en los diferentes actos, se
le expidió el correspondiente título en 30 del citado mes.
Restrepo determinó practicar la
abogacía por algún tiempo en la capital, que era el mejor teatro para formarse. En el
mes de enero siguiente la Real Audiencia le nombró abogado de pobres, destino que
desempeñara por algunos meses. El estudio práctico de las leyes en los tribunales de la
capital le puso en aptitud para desempeñar cualquier destino en la carrera de abogado,
profesión que pensaba seguir, porque no tenía patrimonio para emprender otro modo de
mejorar su fortuna, pues la de su padre se había arruinado o estaba atrasada. Desde 1808
había comenzado la revolución de España, causada por la perfidia de Napoleón con el
objeto de destronar a los Borbones. Restrepo y casi todos los granadinos de alguna
ilustración seguían aquella revolución con el mayor interés, persuadidos como lo
estaban, de que influiría sobre la suerte de la América española. En 1809 aún no
tenían ideas sobre la independencia de estos países; mas estando persuadidos de que la
España europea tendría que ceder al poder colosal de Bonaparte, se dedicaron a formar la
opinión "de que la América española no debía en aquella hipótesis seguir la
suerte de la España, sino conservar la independencia de la Nueva Granada para que
Fernando VII viniera a reinar en ella".
Profesando tales principios de política
se juzgó inoportuna la revolución de Quito, del 10 de agosto. Sin embargo, estas
opiniones cambiaron durante las vicisitudes de aquella revolución que no habiendo hallado
apoyo en las demás provincias fue sofocada antes de un año, y que produjo la sangrienta
ejecución de los patriotas degollados el 2 de agosto. Al terminar el año de 1809, ya la
opinión de los hombres pensadores estaba por la formación de una junta de gobierno en
Santafé, para que mandase en todo el virreinato e impidiera que Napoleón se apoderara
del Nuevo Reino de Granada, en el caso de sujetar completamente a la península. Así
pensaban los doctores Camilo Torres, Joaquín Camacho, Ignacio Herrera, Frutos Joaquín y
José Gregorio Gutiérrez, y otros célebres abogados y hombres ilustrados de la capital
que dirigían la opinión. Restrepo y los jóvenes de su edad, que estaban como en segunda
línea, seguían con entusiasmo las opiniones de aquellos individuos que tenían y
respetaban como a sus maestros.
Tal era la disposición de los ánimos
que alarmaba a las autoridades españolas, cuando Restrepo dejó a Santafé y se trasladó
a Medellín con el designio de establecerse allí.
Durante su residencia en Santafé había
sido uno de los colaboradores del Semanario del Nuevo Reino de Granada, para el
cual escribió una extensa memoria sobre la geografía, producciones, industria y
población de la provincia de Antioquia, memoria que se publicó desde el número 6º de
1809 hasta el 12, y que tuvo bastante aceptación; también formó el mapa de la provincia
de Antioquia, para el cual fijó matemáticamente algunos puntos. Aunque dicho mapa
tuviera imperfecciones, era sin duda alguna el mejor que había en aquella época de
atraso en la geografía granadina.
Era su ánimo vivir de su profesión de
abogado y hacer algún pequeño comercio de mercancías con un corto capital a censo que
le había conseguido su padre. Tenía en Medellín numerosos amigos, por cuyo medio
compraba y vendía las mercancías por mayor.
Bien pronto le nombró su asesor interino
el gobernador de Antioquia don Francisco Ayala, destino que aceptó sin sueldo, y que
solamente le producía los derechos de actuación. Sirvióle en los primeros meses de
1810, mientras llegaba el asesor propietario nombrado por el rey, doctor don Juan Elías
López, abogado de Cartagena, muy distinguido por sus talentos.
Mientras residió Restrepo en Antioquia
comenzaron en Cartagena las novedades revolucionarias. El cabildo puso adjuntos al
gobernador Montes, y por consiguiente le restringió la autoridad que le había concedido
el rey. Habiendo comunicado al cabildo de Antioquia esta innovación fue aprobada por él,
aunque con algunos miramientos para no alarmar al gobernador Ayala.
En Antioquia se unió Restrepo muy
estrechamente, así por amistad como por sus opiniones políticas, con los doctores José
Pardo y José María Ortiz, con don Juan del Corral y con el coronel don Dionisio Tejada,
que accidentalmente residía en Antioquia, sujetos que por su influjo en la capital de la
provincia podían dirigir la opinión pública. Ya veían con claridad que era inminente
una revolución con el objeto de subrogar a las autoridades españolas con otras nombradas
por los pueblos del Nuevo Reino de Granada. El horizonte político estaba anublado y aún
no se columbraba el buen o mal éxito que tendría la revolución.
Al fin estalló en Santafé la
revolución que se esperaba, ocurrida el 20 de julio de 1810, por la que se depuso al
virrey Amar, a la Audiencia y demás autoridades españolas. En consecuencia el cabildo de
la capital de Antioquia invitó a los demás de la provincia para que eligieran y enviaran
sus diputados, a fin de acordar de consuno lo que debiera hacerse en aquellas difíciles
circunstancias. Restrepo estaba en Medellín e influyó allí para que se accediera a la
invitación del cabildo de Antioquia. Reunidos los diputados en la capital, acordaron el
establecimiento de una junta independiente de la de Santafé, junta que ejercería el
gobierno de la provincia en todos sus ramos. En aquella época aún no se tenía idea de
las ventajas de la división de poderes que tampoco era posible en las circunstancias.
Instalada la junta en octubre del mismo
año, ésta nombró a Restrepo su secretario, con voto deliberativo. En los primeros días
de noviembre fue a ejercer su nuevo destino. Era presidente de la junta el gobernador
español don Francisco Ayala, cuyas opiniones antirrevolucionarias se plegaron al influjo
de los miembros de la Junta y a los temores que le inspiraban.
Esta había accedido a la invitación,
que la de Santafé dirigió a las provincias para que enviaran diputados que formaran la
junta suprema o el congreso del Reino. Procedió en consecuencia a nombrar dos diputados.
Fueron escogidos en diciembre el doctor don José Manuel Restrepo y don Juan del Corral,
como primero y segundo diputados, ordenándoseles que se trasladaran inmediatamente a
Santafé.
En este tiempo arregló Restrepo su
matrimonio con doña Mariana Montoya, hija del doctor don José María Montoya, miembro de
la junta, y de doña Josefa Zapata. Debía verificarse este enlace en una época
posterior.
Los nuevos diputados emprendieron su
viaje a Santafé, por enero de 1811. A su arribo hallaron que se había disuelto un
congreso prematuro que formaron unos pocos diputados, a quienes la junta de la capital no
quiso reconocer. No había por tanto, esperanza de una próxima reunión del congreso del
Reino.
Otra novedad con que se hallaron fue que
la provincia de Santafé de Bogotá, que se llamó Cundinamarca, se había dado una
constitución monárquica, que Fernando VII debía venir a jurar en Santafé. Esta
constitución sólo era una máscara transparente para cubrir las ideas de independencia
que principiaban ya a germinar en los cerebros de algunos de nuestros hombres ilustrados.
Faltaban diputados para formar el
congreso, y entretanto se ocupó Restrepo, primero, en estudiar los principios del derecho
constitucional, y segundo, en redactar un proyecto de constitución para la provincia de
Antioquia, bajo el supuesto de que fuera una de las que formaran la confederación del
Nuevo Reino de Granada.
El establecimiento de una confederación
semejante a la de los Estados Unidos del Norte era la utopía política de la mayor parte
de los próceres que dirigían la opinión pública en aquel tiempo. Así fue que los
diputados de las provincias reunidos en Santafé determinaron formar un acta de
federación imitando la que hicieron los americanos del norte, durante la guerra de su
independencia. Desde las primeras conferencias hubo divergencia de opiniones. El doctor
don Manuel Bernardo de Alvarez, diputado por Santafé, y el doctor don Ignacio Herrera por
el Chocó, rechazaban la federación, y se decidían por un gobierno central semejante al
de los virreyes. Restrepo fue nombrado secretario de la diputación, y el doctor don
Camilo Torres se encargó de redactar el acta proyectada.
Entretanto una revolución tramada por
los numerosos partidarios que tenía en Santafé don Antonio Nariño, y acaso con su
acuerdo, derribó al presidente Lozano (don Jorge), y colocó a Nariño en su lugar el 11
de septiembre de 1811. Eran bien conocidas las opiniones de Nariño contra el gobierno
federativo; así con esta revolución se alejaron aún más las esperanzas de la
instalación de un congreso de diputados de las provincias.
Sin embargo, los diputados residentes en
Santafé no interrumpieron sus conferencias y acordaron el Acta de Unión. Los
diputados Alvarez y Herrera habían asistido a la mayor parte de las conferencias sin
manifestar una decidida oposición a los principios que desenvolvía el acta. Mas cuando
llegó el momento de firmarla se denegaron a poner su firma, el primero por instrucciones,
y el segundo por influjo de su pariente Nariño. Los demás la suscribieron y Restrepo
como diputado secretario el 27 de noviembre de 1811.
Después de dar este paso, los diputados,
viendo la oposición que había en Santafé contra el congreso, se persuadieron de que
jamás podría instalarse en esta ciudad. Determinaron, pues, trasladarse a lbagué, en la
provincia de Mariquita, población bien situada y de buen clima. En diciembre próximo de
1811 siguieron para aquella ciudad los representantes de Antioquia, Cartagena, Neiva,
Pamplona y Tunja, señores José Manuel Restrepo, Enrique Rodríguez, Manuel Campos,
Camilo Torres y Joaquín Camacho, nombrados por el orden alfabético de las provincias que
representaban. Estos fueron los mismos que habían firmado el Acta de Unión.
Ocupáronse los diputados en lbagué en
excitar a las provincias cuyos representantes no habían sido nombrados aún, a que los
eligieran; en promover la defensa de las provincias atacadas por los españoles, y
acelerar en lo posible la deseada unión que Nariño impedía por cuantos medios estaban a
su alcance, que eran muchos.
Cansado Restrepo de tantas
contradicciones, perdió la esperanza de que se reuniera el congreso. Hizo, pues, renuncia
de la diputación con que le había honrado su provincia. El señor Corral hizo lo mismo,
y el colegio electoral que se reunió en Rionegro1 para acordar la constitución
provincial los reemplazó eligiendo a los doctores José María Dávila y Joaquín de
Hoyos. Influyó en la renuncia de Restrepo el haberse casado por poder desde el mes de
enero último. Trasladóse a Rionegro en el mes de julio, y por algún tiempo fijó allí
su residencia sin destino público.
Habiendo fallecido en 1812 el doctor
José Antonio Gómez, primer presidente constitucional de Antioquia, lo reemplazó don
José Miguel Restrepo, vicepresidente y padre del que esto escribe. Por esta circunstancia
no estuvo Restrepo libre de tener alguna intervención en los negocios políticos de su
patria; debía ayudar privadamente a su padre y darle sus consejos.
En mayo de 1813 sufrió el dolor de
perder a su primer hijo, que nació muerto, desgracia que estuvo a punto de llevar al
sepulcro a la madre, por falta de un médico facultativo, de que se carecía enteramente
en Rionegro. Al fin una fuerte naturaleza triunfó de la enfermedad.
Poco tiempo después hallábase Restrepo
en la ciudad de Antioquia, cuando se recibieron las tristes nuevas de que el brigadier
español Sámano había ocupado toda la provincia de Popayán hasta Cartago; temióse que
avanzara sobre la de Antioquia, que se hallaba enteramente indefensa. Estando reunida la
legislatura provincial, ésta por unanimidad acordó nombrar dictador a don Juan del
Corral, quien poco antes se había distinguido por su energía revolucionaria procediendo
contra varios realistas de Antioquia que se oponían al sistema de la revolución. El 31
de julio de 1813 se hizo este nombramiento oportuno que cambió la faz de la provincia.
Restrepo fue elegido secretario de gracia y justicia, y el doctor José María Ortiz, de
guerra y hacienda, del nuevo gobierno. Corral continuó procediendo contra los realistas
de Medellín y Rionegro, a quienes expeliera de la provincia en número de 25,
confiscándoles más de $ 60.000. Con estos fondos pudo ocurrir a los crecidos gastos que
tuvo que hacer para mejorar el estado de defensa de la provincia. Corral decía: "que
no pudiendo los republicanos ganar a los españoles ni a los realistas, debían hacer la
guerra a su costa". Esta medida revolucionaria hizo mucho ruido en la Nueva Granada,
y aunque sensible, produjo muy buenos efectos sobre la opinión pública, que mejoró y se
desarrolló en la provincia viendo la energía de su gobierno.
Añadióse otra medida capital. Corral
determinó declarar la independencia absoluta de la España. Verificóse por un acta
solemne que se firmó en 11 de agosto de 1813, suscrita por el dictador y por sus dos
secretarios Ortiz y Restrepo. La declaratoria se juró en seguida en toda la nueva
república de Antioquia, que debía confederarse con las demás provincias que antes
compusieron el Nuevo Reino de Granada.
Restrepo había visto los males que el
sistema de gobierno federativo causaba en el país, y la anarquía que reinaba por
doquiera. En consecuencia presentó en el mes de junio anterior un proyecto de ley que
centralizaba en el congreso la suprema dirección de los ramos de guerra y hacienda. La
legislatura de Antioquia adoptó la medida que casi al mismo tiempo se propuso también
por el cuerpo legislativo de Cartagena. En junio de 1813 la concentración habría
producido buenos efectos, que no se pudieron obtener dos años después, que fue cuando la
adoptó el congreso de las Provincias Unidas.
Deseoso Corral de no limitar a sólo
Antioquia sus providencias de mejoras internas, se trasladó, primero a Medellín y
después a Rionegro, donde fijó su residencia. Tenía el proyecto de establecer en
Medellín una casa de moneda, y una grande maestranza o fábrica de máquinas, armas y
municiones en Rionegro.
Estaban adelantadas estas empresas, mas
la Providencia no quiso que las perfeccionara. Una afección pulmonar lo llevó al
sepulcro el 7 de abril de 1814, con sentimiento general de la provincia.
El había promovido ante la legislatura
provincial de Antioquia la abolición de la esclavitud, declarando que nacerían libres
los hijos de las esclavas. Murió antes de ver realizados sus filantrópicos deseos y
sancionada, el 20 de abril, esta medida atrevida, que fue el origen y modelo de la ley
colombiana. Restrepo, que era también secretario del sucesor de Corral, brigadier
Dionisio Tejada, fue quien autorizó el decreto del gobierno de Antioquia, mandando
ejecutar la mencionada ley que debía producir grandes consecuencias. Era al mismo tiempo
secretario de guerra y hacienda el doctor Francisco Antonio Ulloa, natural de Popayán,
escritor elocuente y joven abogado de muy distinguidos talentos.
La administración de Tejada fue
desgraciada, a pesar de la bondad y bellas prendas que le adornaban. Los recursos
pecuniarios que son el núcleo principal de toda mejora se disminuyeron, y ya no se
pudieron continuar activamente las empresas iniciadas por Corral, que dirigía el coronel
de ingenieros Caldas.
Además se suscitó y llegó a un grado
muy fuerte de acrimonia la cuestión sobre la residencia del gobierno en Rionegro, siendo
Antioquia la capital. El cabildo de esta ciudad reclamó contra la traslación del
gobierno provincial, que él creía ser una infracción de sus derechos. El gobernador
alegaba, no sin fundamento, razones de conveniencia pública. Todo el distrito capitular
de Antioquia negó la obediencia a Tejada y estuvo la provincia en división completa
cerca de un año. Al fin se convino en que se reuniera, en la parroquia del Envigado, un
colegio constituyente el que decidiría la cuestión de la residencia del gobierno
provincial. Tomóse esta resolución en cumplimiento de un decreto del congreso de las
Provincias Unidas.
Restrepo era uno de sus miembros, quien
fue nombrado secretario.
II. Apuntamientos sobre la
emigración que hice en 1816 de la provincia de Antioquia a la de Popayán
La revolución que comenzó en la Nueva
Granada en 20 de julio de 1810, cuando se estableció una junta de gobierno en la ciudad
de Santafé, había durado con varios sucesos hasta 1816. En el mes de enero de este año
se supo que el ejército y escuadra española habían tomado la plaza de Cartagena,
mandadas por el general don Pablo Morillo y su segundo, don Pascual Enrile; que don
Sebastián de Calzada había derrotado a las tropas independientes mandadas por García
Rovira, y que todo anunciaba una próxima terminación de la guerra. Yo me hallaba en
Medellín de secretario del gobierno y vi también que la provincia de Antioquia iba a ser
ocupada muy pronto. Así llevé a mi mujer e hijo para aguardar el desenlace.
Se pasaron los meses de enero y febrero
en la incertidumbre del éxito, cuando en los primeros días de marzo se supo que una
división española de infantería y caballería avanzaba de Zaragoza a Remedios. Ninguno
podía creer que por aquellos caminos fuera posible que entrara caballería, pero el
suceso quitó la duda. El 24 de marzo se supo que la división de tropas de la provincia
mandadas por Linares y Malo había sido derrotada en la Ceja de Cancán que habían
recibido un terror pánico a la vista de 22 húsares; que no hacían frente, pues huían
en el momento. Las acciones fueron el 18, 21 y 22 de marzo; las tropas independientes se
retiraron hacia Barbosa, cerrando los caminos para impedir la persecución. Algunos eran
de sentir que en Barbosa debía arriesgarse una nueva acción, pero yo siempre juzgué que
no se debía exponer a un saqueo el hermoso valle de Medellín, el que sería inevitable
después de una acción, que con tropas bisoñas y espantadas era preciso que se perdiese.
Además los pueblos se hallaban cansados de la revolución y deseaban que se restableciera
el gobierno antiguo, bajo el cual creían descansar. El 29 de marzo casi todos los
habitantes de Medellín habían emigrado a los campos y el lugar estaba solitario; por
consiguiente el gobierno sin apoyo.
El 26 vino a Medellín el comandante
Linares con el capellán de las tropas doctor Céspedes. Dijeron al gobernador
revolucionario don Dionisio Tejada que no había que contar con soldados bisoños, y que
la división española constaba de 1.500 hombres de infantería y caballería bien
disciplinados. En consecuencia aconsejé a Tejada que diera orden para que no se empeñara
acción en Barbosa y que las tropas se retiraran. Entonces descansé, por la suerte del
valle de Medellín. Tejada resolvió irse con las tropas a la provincia de Popayán, lo
que yo jamás creí que se pudiera conseguir.
El 26 fue miércoles, y yo llevé muy
temprano a mi mujer y a mi hijo Valentín con mi madre y hermana Nicolasa al Envigado,
para que de allí siguieran el 28 a los Titiribíes, a la casa de mi tío Pedro de
Restrepo, a donde debían pasar un mes, en tanto que los españoles arreglaban la
provincia para que se libertaran de cualquier insulto, que son inevitables, de soldados
vencedores. A las 11 de la mañana volví a Medellín.
Jueves 27 de marzo. La
ciudad estaba sola, y así los pocos vecinos que habían quedado se juntaron en la casa de
moneda, y se hicieron patrullas toda la noche; yo estuve también acuartelado para
conservar el orden. Tejada firmó en este día una circular a los cabildos diciéndoles
que se retiraba a Popayán. Yo había resuelto irme a Honda por Sonsón a fin de meterme
en las montañas de los andaquíes y salir por ellas al río Amazonas. Esta empresa era
pintada por algunos como fácil, pero los mapas manifestaban que era difícil; mas no
había otra salida. También pensaba seguir a Popayán para juntarme con algunos amigos y
tomar la misma ruta atravesando el páramo de Guanacas. Todas mis medidas estaban prontas
para semejante viaje.
Disuelto el gobierno y mandadas retirar
las tropas, nada me quedaba que hacer sino emprender mi emigración. Salí, pues, de
Medellín para el Envigado a las 5 de la tarde. ¡Qué ideas tan melancólicas las que me
ocupaban hacía más de un mes! Tener que abandonar a mi mujer que se hallaba encinta y
con mi pequeño Valentín de dos años; dejar a mis padres, amigos, etc., y quizás para
siempre. Hallarme expuesto por opiniones políticas y por los sucesos de la revolución
que habían sido inevitables, a morir en un cadalso como un criminal, eran sin duda ideas
horriblemente funestas. Sin embargo varias reflexiones me dieron valor y serenidad en tan
críticos momentos. "Es preciso que el hombre se muestre impávido a todo lo que es
necesario e inevitable", máxi- ma preciosa de uno de los primeros filósofos del
último siglo.
A las 6 de la tarde llegué al Envigado y
ya estaba todo pronto para que mi familia siguiera el día siguiente para Amagá con mi
tío don Pedro de Restrepo.
Viernes 28 de marzo.
Jamás olvidaré este día, uno de los más funestos de mi vida, el que probablemente no
tendrá igual. A las 5 de la mañana me despedí de mi esposa, madre, etc. Dejo a
cualquiera que ame a su familia la consideración de este momento, viendo a una mujer
joven y querida en extremo, que anegada en llanto no puede separarse de mí, y cuyos
brazos es preciso desenlazar de mi cuello... Pero corramos un velo a escena tan
melancólica.
Yo vi a algunas personas después, y a
las 7 de la mañana salí para Rionegro hacia donde antes de amanecer había seguido mi
equipaje, que se componía de una carga de baúles, una de petacas, un criado pequeño
nombrado Pablo, una mula y un caballo de silla. Hallé la cuesta de las Palmas muy mala, y
hasta la una de la tarde no llegué al principio del Llano de Chachafruto. Llegué a una
casa a comer algo y allí me dijeron haber noticias de Rionegro, que habían jurado al
rey, que se esperaba una división de tropas españolas aquel día; que todas las personas
distinguidas habían emigrado, entre ellas don Sinforoso García, con quien yo pensaba
reunirme y quien llevaba mis provisiones. Tales noticias eran inesperadas para mí, pues
ignoraba lo que podía haber sido causa de aquellas novedades. Dudé algún tiempo lo que
debía hacer, si seguir por la Ceja a juntarme con García o retroceder. Mas conociendo lo
que son los pueblos en tales casos, temí que yendo sólo me quisieran poner preso para
congratularse con el vencedor. Resolví, pues, volver a dormir aquella noche al Envigado y
seguir a Popayán por Amagá. Así alquilé un caballo que llevara los baúles, pues la
mula estaba fatigada. Yo saqué el dinero que tenía, que eran 800 pesos, y lo puse en el
cojinete de mi silla; di orden al criado que precisamente fuera aquella noche al Envigado;
monté en la mula, y mi negro Pablo siguió conmigo en el caballo. Caminé bien aprisa y a
las 5 y ½ de la tarde llegué a aquella parroquia.
Busqué un caballo de camino que me
sirviera en cualquier apuro, el que me costó 50 pesos. A las 7 llegó Linares con algunos
oficiales y soldados para preparar cuarteles a las demás tropas que dormían aquella
noche en Hatoviejo.
Sábado 29. Dormí en la
casa de mi padre, y a las 3½ de la mañana monté en el caballo, llevando el criado el
otro. Caminé sin novedad hasta las 7½ en que me alcanzó un hombre de Itagüí, el que
me dijo que aquella mañana había dormido un rato en su casa el gobernador Tejada con un
peón y un mozo dependiente suyo, Abad, y que había seguido por la montaña de San
Miguel. Esto me dio cuidado porque juzgué que habría novedad. Tejada pensaba seguir con
las tropas para ir más seguro. A las 9½ llegué a Amagá y vi allí a mi mujer, madre y
hermanos. Les oculté la mayor parte de las cosas que sabía y dije a mi tío que aquella
misma tarde debía yo adelantar mis jornadas para ver a Tejada en Santa Bárbara. Busqué
una mula más, un buen peón y algunas provisiones de que yo carecía, porque las debía
tomar en Rionegro, y a las 3 de la tarde seguí a dormir en el paraje que llaman los
Guarcitos. A poco hallé a don Juan Bautista Quintana, de Remedios, y don Juan Muñoz, de
Barbosa, con quienes seguí; a las 6 de la tarde arribé a lo de don Joaquín Vásquez en
que me vi con dos hijas de doña Micaela Barrientos que habían venido a esconderse allí.
Este día fue igualmente penoso y triste para mí, pues tuve que volverme a separar de mi
familia.
Domingo 30. Muy temprano
monté en mi mula habiendo antes aconsejado a don Juan Muñoz que no emigrara, pues él no
tenía mayores comprometimientos. Caminé mucho y a la 1 de la tarde llegué al Guamal
cerca de Santa Bárbara para saber si Tejada había pasado, pues allí se unen los caminos
de Zabaletas y Amagá. Seguí, pues, a Santa Bárbara y fui a posar a donde un Duque.
Aquella parroquia está arruinada del todo. A las 5 de la tarde me alcanzó Quintana y mis
baúles.
Las gentes que vinieron de Zabaletas de
misa, dijeron que el cura había predicado aquel día sobre la obediencia al rey, y que se
había acabado la república. También que se habían embargado en el mismo pueblo varios
cajones del gobierno revolucionario, lo que no me agradó pues por la pintura que me
hicieron, conocí que eran los papeles de la secretaría. Don José Ignacio Duque me dijo
igualmente que a nadie dejaban pasar por Bufú sin orden del gobierno, así que si yo no
la llevaba, que era mejor fuera por Caramanta, y saliera a la Vega de Supía por aquel
camino que ya estaba cerrado. Sin embargo Quintana y yo determinamos ir a Arma.
Lunes 31. Muy temprano
hicimos ensillar y nos adelantamos dejando atrás el peón de los baúles solo, pues él
dijo que era práctico del camino. Mas por precaución llevaba el dinero en el cojinete.
El río Buey estaba crecido, sin embargo pasamos a éste y el de Arma sin novedad; tampoco
tuvimos alguna hasta Arma, adonde arribamos a las 3 de la tarde. Allí supimos que don
Sinforoso García y los demás emigrados de Rionegro habían seguido aquella mañana para
Bufú. Doña Bárbara Tanco y sus hijos estaban esperando en esta parroquia a su marido,
el gobernador Tejada. La hallé en las mayores aflicciones. Todo su equipaje se lo habían
dejado cerca del Abejorral; había rumores de estar embargado por las justicias de
Rionegro, y ella no tenía un pan que comer con su numerosa familia. Vino a mi posada
bañada en lágrimas, preguntándome sobre todo por su marido a quien juzgaba preso. Yo la
consolé diciéndole que yo lo juzgaba muy próximo, pues venía por Zabaletas, y que si
allí se oponían a que pasara podría hacerlo con una escolta de soldados. Yo
verdaderamente creía que así era. Di a aquella desgraciada dama algún dinero y
vestuarios, y quedé de enviarle mulas de la Vega para que siguiera y esperara allí a su
marido.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 152,
Bogotá, 1º de septiembre de 1973, pp. 12-20.
|