-
Baldomero Sanín Cano
Baldomero Sanín Cano es una de las
figuras más ilustres de la cultura colombiana contemporánea. Don Baldomero, como se le
llamó, con trato deferente y familiar, constituye una de las mentalidades sobresalientes
que ha dado nuestro medio en los últimos tiempos. Hombre de "carácter, sencillo y
modesto", se distinguió en el mundo de las letras como humanista, filólogo,
ensayista, crítico y periodista. Desde temprana edad se dedicó al periodismo, vocación
que mantuvo la mayor parte de su vida. Inteligencia abierta a las diversas corrientes
filosóficas y literarias de su tiempo, fue, primordialmente, un entusiasta animador y
transmisor de cultura por medio de la conversación con sus amigos sobre las más
recientes publicaciones aparecidas en Europa y mediante la publicación de libros, ensayos
e infinidad de artículos periodísticos. En su formación intelectual fue, en gran parte,
un autodidacto de reconocidos méritos.
Fue Sanín anotaba Maximiliano
Grillo hace algún tiempo quien primero leyó en Colombia, veinte años antes que
los críticos ingleses, la obra de Nietzsche, cuyas profundas síntesis traducía con
Hinestrosa Daza, para su regocijo. Cuando nadie conocía a Ganivet, Sanín lo comentaba a
través de las revistas alemanas. Autores hay, de relevante mérito, que son admirados en
Bogotá y, casi desconocidos en el resto de América, a los cuales tradujo Sanín a modo
de pasatiempo y sólo para informar a sus discípulos.
El escritor Néstor Villegas Duque, en su
bien lograda obra Sanín Cano viajero del espíritu, nos presenta la figura de Don
Baldomero con los siguientes rasgos: "persona de buena estatura, cuerpo duro y
pronto, piel blanca, cabeza sólida, frente alta y despejada, ojos vivos, nariz recia,
labios firmes, barba fuerte, voz clara y abierta y maneras cortadas y estrictas, pero
sencillas y amables". Y agrega: "Parece que era un tanto tímido, aunque
resuelto; atrayente cuando se llegaba hasta él; reservado; tranquilo de expresión;
sumamente curioso, aun queriendo pasar inadvertido; de conversación amenísima; y de
frases exactas, brillantes y hasta ingeniosas".
En la actividad pública, Baldomero
Sanín Cano fue secretario del Tesoro, secretario y encargado del Ministerio de Hacienda,
representante al Congreso, cónsul de nuestro país en Londres, ministro plenipotenciario
en la República Argentina, miembro de la Comisión de Cooperación de Santiago de Chile y
representante de Colombia a la VIII Conferencia Panamericana de Lima.
Fue miembro de número de la Academia
Colombiana, a la que ingresó en 1935, y miembro correspondiente de la Real Academia
Española. La Universidad de Antioquia le confirió el título de doctor honoris
causa.
Por los años de 1909 a 1923 permaneció en Londres donde acrecentó en forma incesante su
cultura. Colaboró en algunos diarios ingleses, así como también en la revista Hispania
que dirigió en dicha capital D. Santiago Pérez Triana. En la Universidad de Edimburgo
enseñó lengua y literatura españolas. Entre 1925 y 1931 permaneció, con algunas
interrupciones, en la ciudad de Buenos Aires y allí colaboró en
La Nación.
Como periodista, Sanín Cano fue un
asiduo colaborador de El Tiempo de Bogotá, diario en el que, durante alguna
época, ocupó semanalmente la columna editorial. Colaboró, así mismo, en muchas
revistas nacionales y extranjeras. Desde 1941 hasta 1945 desempeñó la rectoría de la
Universidad del Cauca, en Popayán. El maestro Rafael Maya en la oración pronunciada en
la Academia Colombiana, el 9 de agosto de 1971, como homenaje a Sanín Cano, manifiesta lo
siguiente:
Sanín Cano, como la mayor parte de los
colombianos del siglo pasado, fue un autodidacto. A las Escuelas Normales de su época
debió su preparación pedagógica, pero es de advertir que no insistió por mucho tiempo
en las tareas docentes, por falta de verdadera vocación para el magisterio. De allí en
adelante, el cultivo de su espíritu fue obra de estudio solitario y de lecturas no
compartidas con nadie. Se aficionó a las matemáticas, a las ciencias naturales, a la
historia y tuvo excepcional habilidad para el aprendizaje de idiomas extranjeros. Gracias
a esta circunstancia las culturas europeas se despejaron automáticamente a los ojos de su
inteligencia. Su erudicción fue copiosa y variadísima, lo que no quiere decir que su
cerebro semejase un depósito de datos fríos o un almacén de despojos mentales. No.
Sanín Cano convirtió en materia viva toda esa información, y supo organizar tan
diversas nociones en sistemas coordinados y jerárquicos, procedimiento que llamamos
cultura.
De su fecunda producción intelectual
contamos, entre otras, con las siguientes obras: Administración Reyes, La
civilización manual y otros ensayos, Indagaciones e imágenes, Crítica y arte,
Divagaciones filológicas y apólogos literarios, El humanismo y el progreso del hombre,
Tipos, obras, ideas, Letras colombianas y Pesadumbre de la belleza. Con toda la
aureola de su sapiencia, el maestro Baldomero Sanín Cano falleció en Bogotá el 12 de
mayo de 1957. Los capítulos autobiográficos que reproducimos a continuación, los hemos
tomado del libro De mi vida y otras vidas, publicado en esta capital, en 1949, es
decir, hacia el atardecer de tan preclara existencia.
De mi vida y otras vidas
Infancia
Nací en Rionegro, vieja, noble, altiva y
por sus alrededores bellísima ciudad colonial de Antioquia, el día 27 de junio de 1861,
mientras duraba el vendaval de las pasiones de que nació la guerra iniciada dos años
antes. Toda mi familia estaba con apasionado interés, deseosa de que la guerra terminase
con el triunfo de la revolución. En mi niñez oía con frecuencia el relato de escenas
venturosas y desventuradas de aquella lucha en que triunfaron los ideales en que tuvieron
fe mis padres y los antecesores de mis padres. Baldomero Sanín Vera se llamó el autor de
mis días, uno de los hombres más rectos y pundonorosos que he conocido. En la educación
de sus hijos fue de virtud y severidad invariables. Perdió su esposa a los cuarenta y
cinco años de edad. Sin fortuna, sin más recursos que los provenientes de su trabajo, se
dio con fe a la educación de sus diez hijos. Fue mi infancia inevitablemente triste. La
muerte de mi madre, cuando yo tenía apenas cinco años, echó sobre mi vida una sombra de
tristeza que se prolongó por muchos años. Duraba en mi familia, cuando murió mi madre,
el luto y el penoso recuerdo de la muerte y la vida del padre de mi padre. Poco tiempo
después murieron la madre de mi madre y una hermana de mi padre, a cuyas virtudes y
talentos confiaban las mejores familias del lugar la educación de sus miembros en menor
edad. Era ella la encargada de dirigir mi formación espiritual en mis primeros años. La
muerte parecía señalar los primeros pasos de mi vida. No había terminado un duelo
cuando se presentaba una nueva desaparición, con acompañamiento de gemidos, palabras de
desesperación, luto, rezos fúnebres y visitas a las tumbas recientes. En mis
cavilaciones de adolescente pensaba yo si la vida era en efecto un valle de lágrimas,
como decían las oraciones confiadas sistemáticamente a mi memoria.
No recuerdo cuándo ni cómo aprendí a
leer. De repente me sorprendí a mí mismo burlándome de compañeros de estudio
confundidos ante el absurdo de que la letra c tuviera un sonido antes de la a
y otro antes de la e. Me dolía de los niños que tenían que abandonar su casa
para ir a la escuela. En mi propia casa, hermanas de mi padre me comunicaron todos los
conocimientos necesarios para ingresar al colegio, en donde al principio tuve el
desengaño de notar que me enseñaban cosas por mí sabidas hacía mucho tiempo. Me
desconcertó además que el profesor de geografía, al darnos algunas nociones de
cosmografía, no hacía diferencia entre la causa de los eclipses de luna y el origen del
cambio de las fases. Cuando le di a mi padre la explicación que el profesor nos había
suministrado, el buen hombre rió de buena gana y, tomando una jarra casi redonda y
valiéndose como sol de la bujía encendida que había en la sala, me hizo ver de qué
modo la posición del espectador en la tierra y la dirección en que caían los rayos del
sol sobre la luna daban lugar a los cambios de aspecto que se llaman fases de este astro.
Desde entonces cambió mi opinión acerca de la sabiduría y competencia del profesor. Mi
padre fue dotado por la naturaleza de felices capacidades de observación, de un raro
talento matemático y de un discreto y apacible sentido del humor. Parecía hombre muy
serio, pero reía de cuando en cuando con franca alegría. No tuvo más educación que la
suministrada entonces en las escuelas públicas elementales; pero en medio de sus
apremiantes quehaceres y de las atenciones que exigía la dirección y el sostenimiento de
una familia numerosa, él hallaba espacio y tiempo para cultivar sus aficiones
científicas y literarias. Consultaba a Salvá, el gramático imponente de aquellos
tiempos, y refrescaba y aumentaba sus nociones matemáticas en las obras de don Lino de
Pombo. Me ayudaba sonriendo a desenvolver los ejercicios de algebra y a resolver los
problemas de esta materia que me daban en el colegio para trabajo en la casa. Me causaba
sorpresa y alegría descubrir en él esa clase y abundancia de conocimientos.
Por generosa disposición del gobierno
nacional se fundó en Rionegro en 1875 una escuela normal de maestros. El colegio de la
ciudad fue absorbido por el nuevo instituto y todos los alumnos del viejo plantel debían
pasar a la nueva fundación. Se crearon doce becas para optar a las cuales era preciso
pasar por un examen sucinto. Fuimos muchos los opositores. No logré obtener una beca a
pesar de que, en sentir de muchos de los examinadores y de mí mismo, yo había contestado
a las pruebas con más corrección y mejor conocimiento que algunos de los preferidos.
Entre éstos había dos o tres claramente incapaces y uno de ellos aparentemente imbécil.
Este caso de injusticia obró sobre mi espíritu de aspirante y sobre mi concepto de la
organización social en un sentido deplorable. No había cumplido todavía los quince
años, pero comprendí o di por sentado que en el mundo predominaban consideraciones
distintas de la probidad y la justicia. Lo dije así a mi padre y él, conmovido por la
sana base de mis argumentos, no se atrevió a contradecirme. Su correcto sentido de las
relaciones humanas no le permitía engañarse sobre las causas de mi desilusión.
Mi carrera de maestro
Como no había en el lugar otro
establecimiento de educación y como se admitían alumnos externos, mi padre aceptó las
duras condiciones que le imponía la necesidad de mi educación y dispuso costearla en el
nuevo instituto. Se pensó que tenía disposiciones para el magisterio. No sé de dónde
se saltó a esta seria conclusión, como no fuera de la circunstancia fortuita de que una
tía y una hermana mayor se hubieran distinguido en el magisterio.
Los estudios iniciales en 1875 hubieron
de suspenderse en la segunda mitad de 1876, a causa de la guerra civil promovida por un
partido político, entre otras causas, reales o supuestas, por oposición a la ley
creadora de las escuelas normales y de la educación obligatoria, gratuita y laica. Al
terminar la guerra continuaron los estudios, y en 1880 recibí el título de maestro de
escuela superior, después de un examen riguroso que se prolongó por varios días.
Olvidaba anotar que en enero de 1879, a causa de una revolución parcial contra el
gobierno del entonces estado soberano de Antioquia, hubo también suspensión de estudios,
durante la cual todos los alumnos de la escuela salimos a campaña en persecución de
guerrillas activas en el oriente del estado.
Al recibir el título fui nombrado
director de una escuela superior en Titiribí, distrito minero de Antioquia en el sudeste
del estado, un tanto remoto del centro comercial y muy activo en estos momentos a causa de
la prosperidad de las minas. Me fue grata la vida en esa ciudad y aun llegué a figurarme
que tenía vocación para la enseñanza, debido sin duda a que entre las dos o tres
docenas de estudiantes había dos docenas por lo menos de inteligencia abierta y
receptiva, y cuatro o cinco adolescentes de gran talento y de un noble interés en el
estudio, algunos de los cuales han figurado después en las ciencias médicas, en el
derecho y la política. Era un verdadero placer señalarles el rumbo del estudio o
abrirles las puertas en el ámbito de ciertas disciplinas. Recibían con entusiasmo la
enseñanza y trataban de adelantarse a los programas. A pesar de la escasez de útiles de
enseñanza, en dieciocho meses se lograron resultados satisfactorios. Sin embargo, la
ausencia de elementos de estudio, como textos, laboratorio, muebles adecuados, me movieron
a pedir mi traslado a Medellín, capital del estado, donde al cabo de un año de
enseñanza en una escuela elemental fui llamado a servir el empleo de subdirector en un
instituto privado y a dictar un curso de pedagogía en la escuela normal de señoritas.
Había dedicado durante dos años todas
las horas útiles del día a cumplir los deberes anexos a esos dos empleos cuando estalló
la revolución de 1885. La ocupación de Medellín por las tropas del gobierno nacional y
el hecho de que las nuevas autoridades nombradas por las fuerzas de ocupación
considerasen como institución enemiga el colegio donde ejercía las funciones de
subdirector y catedrático, trajeron por consecuencia la clausura del establecimiento. En
verdad, aunque el horizonte se oscureció totalmente en cuanto a la naturaleza y rumbo de
mis futuras actividades, no deploré hondamente la cesación de mis ocupaciones como
persona docente. Los últimos dos años de mi vida como profesor o maestro de niños me
convencieron de que no era la enseñanza la función para la cual me destinaban mis
naturales inclinaciones. Había llegado a fastidiarme del contacto con las mentes de
niños o de jóvenes para quienes el estudio era una faena impuesta por la edad y seguida
sin fe ni entusiasmo, como un deber penoso y para muchos de ellos innecesario, pues
imaginaban unos que con su fortuna (la de sus padres), y otros que con su inteligencia y
deseo de trabajar libremente en la feria de apetitos que tenían por delante, podrían
vivir regocijadamente, con provecho para sí mismos y para la sociedad.
Había por otra parte en mi propia
naturaleza razones subjetivas que me apartaban de la enseñanza. Me repugnaba imponer a
inteligencias rebeldes el estudio como una obligación. Para mí el estudio no había sido
nunca otra cosa que una tendencia indomable de mi naturaleza. Acumular nociones y tratar
de comprender la vida en cuanto alcance a ello la inteligencia del hombre, me parecía un
objeto final y eminentemente placentero de la existencia. De estudiante, cuando había
aprendido las lecciones del día siguiente, usaba el tiempo restante en estudiar lenguas
(como el italiano o el alemán), en resolver problemas de álgebra o geometría por encima
de los programas o en leer obras sobre paleontología, tema no comprendido en los
programas de historia natural. La contemplación de la estudiantina que bostezaba
escuchándome y esperaba ansiosa la hora de salir de clase para ir a regocijarse con el
solo hecho de haber salido, me quitaba todo entusiasmo en la tarea docente.
Pero había algo más que eso. La
enseñanza tenía para mí algo de simulación, casi de improbidad. No he sido nunca
hombre de convicciones fuera del orden moral. Creo en ciertos principios éticos, fuera de
los cuales no sería posible escapar de la completa confusión en las relaciones humanas.
Pero en muchos otros órdenes, especialmente en el mundo de la ciencia, de la política,
de las artes, la verdad es condicional y transitoria. Hasta hace poco más de un siglo no
se creía que se pudiera de buena fe argüir que las paralelas se encuentran prolongadas
al infinito. Ya nadie se conmueve ante la inseguridad del postulado de Euclides. Las bases
de la física se conmueven. La química revoluciona la teoría de la composición de la
materia. Los cuerpos simples eran hasta ayer invariables y perennes. Ya se sabe cómo hay
algunos que pueden transformarse en otros. La filosofía es un tema de infinitas
variaciones, en que la verdad tiene tantas facetas cuantas son las personas que la buscan
o la analizan. Todo es incierto y transitorio. Las convicciones mismas de algunos
espíritus cambian con las vicisitudes materiales o sociales de sus sostenedores. Enseñar
es dar por sentado, frente a inteligencias libres de prejuicios, que hay verdades
permanentes. Es menester estar convencido de lo que se enseña para transmitirlo con
probidad. Los que carecemos de esa terrible fuerza mental que es la convicción, vacilamos
ante la idea de adquirir la obligación de transmitir nociones fatal y conoci-damente
transitorias. Acaso este pensamiento sea la causa de mi resolución juvenil de abandonar
la enseñanza.
Sin pasar adelante debo consignar aquí
un recuerdo de mi experiencia como profesor, de gran significado en la formación de mi
concepto sobre la vida. Como profesor de pedagogía en la escuela normal de señoritas, el
presidente del estado, Luciano Restrepo, gobernante de sanísimo criterio y laudables
intenciones, quiso que yo asistiera a las reuniones por él establecidas de funcionarios
de la instrucción pública que se realizaban en la casa de gobierno. En una de ellas un
alto funcionario propuso la publicación, con fondos del erario público, de un tratado de
pedagogía que tenía escrito. El presidente halló aceptable la idea, y dijo que no
siendo él ni ninguno de sus secretarios perito en la materia, se pasara el manuscrito al
profesor de pedagogía para que diera su concepto. El autor, cercano pariente de quien
escribe estas líneas, expresó sin rodeos su decisión de no publicar el texto si se
sometía a la prueba propuesta por el señor presidente. Mis relaciones con el autor, su
arrogancia y el empeño por él mostrado en hacerme aparecer como juez incompetente
influyeron, acaso sin razón pero muy hondamente, en mi opinión sobre el carácter de los
hombres y la influencia del burocratismo sobre el sentido moral de las personas. De
entonces tomó fuerza en mí la voluntad de evadir hasta donde me fuera posible la
obligación de servir destinos públicos.
Guillermo Valencia
La amistad y el genio
Después de la muerte de José Asunción
Silva florecieron en Bogotá las letras y los cenáculos literarios, a lo cual contribuyó
la llegada de Guillermo Valencia en 1896, año en que murió Silva. Le conocí a poco de
estar en la ciudad. Se hablaba de sus discursos en la Cámara de Representantes y de que
esa corporación había aprobado una proposición destinada a habilitarlo para ejercer el
alto cargo, pues no tenía la edad exigida por la constitución para ser investido de la
función legislativa. En Bogotá encontró Valencia un ambiente propicio a sus estudios y
ocasiones favorables al desenvolvimiento de sus grandes talentos poéticos y de su rica y
variada personalidad. Con avidez se entregó al estudio para llenar los vacíos que él
mismo descubría en su información científica y literaria. Estaba copiosamente dotado
por la naturaleza para comprender y asimilar toda clase de conceptos. Una memoria lúcida
y tenaz le brindaba copiosa provisión de ideas y el modo ordenado y sistemático de
conservarlas en los anaqueles de su mente. Poseía la memoria verbal y la de las ideas, y
usaba de ambas sabiamente en el orden de sus estudios. Repetía con deleite de quienes le
escuchábamos largos trozos de prosa excelente de nuestros oradores y poemas completos de
artistas nacionales y extranjeros de la palabra. Una tarde, paseando por un parque de la
ciudad, le encontré sentado en su banco favorito, con un libro francés marcado por el
dedo índice y a medio cerrar. Había estado leyendo en una colección de ensayos Examen
de conscience philosophique, de Renán. Yo no había leído esa incomparable
autodisección psicológica y quise informarme someramente de su intención y contenido.
Me hizo un resumen luminoso y completo de todo el estudio, entreverando a trechos frases
fundamentales y rasgos de ingenio y de ironía trascendental de que hay abundancia en ese
histórico documento de un bello período de la vida espiritual de Francia. Al leerlo
quedé sorprendido: Valencia me había dado no sólo la sustancia sino el detalle: el
espíritu y el alcance de esa inspirada expansión del maestro.
Creo que nos conocimos por haber ido él
a verme a mi oficina. Desde la primera entrevista fuimos amigos de corazón: por
aficciones semejantes, por comunidad de ideas en muchos puntos sobre la vida y los
hombres, sobre todo por el anhelo y la avidez de adquirir conocimientos que nos ligaban
intensamente a la vida.
Había recibido en Popayán en su casa y
en el seminario una educación metódica, de tipo señaladamente religioso. Guardó la fe
enseñada hasta su muerte; pero examinó con interés vivísimo, intelectual y artístico
todas las filosofías, todos los rumbos del pensamiento. Quiso comprenderlo todo y
solamente negaba los derechos de la fealdad en la acción, de la deslealtad en los
afectos, de la infidelidad consigo mismo y con sus principios. Para él parece escrita la
sentencia de Sócrates, que dice: "Para el hombre bueno no hay mal ni en la vida ni
en la muerte".
Fuimos amigos durante cuarenta y siete
años, casi medio siglo. Políticamente tuvimos maneras de apreciar distintas los
gobiernos y las ideas de los mandatarios. Sin embargo, esa diversidad de conceptos jamás
empañó el cristal de una amistad basada, por mi parte, en un profundo aprecio y una
admiración ilimitada. Nos separó la muerte, pero esa modificación de la materia no ha
interrumpido nuestra intimidad espiritual. Dejó su obra, dejó una familia. Su recuerdo
es más tenaz que la inconstante rotación de las cosas y los hombres y superior al tiempo
mismo.
De buena fe y por entero extraño a
ambiciones de otro orden que la felicidad de los colombianos, deseó obtener los sufragios
de las mayorías para ejercer la presidencia de la república. Echando una mirada exenta
de prevenciones sobre la historia de la nación en sus días, él pensó que sería capaz,
como mandatario, de corregir muchos de los aspectos de gobierno cuya presencia le era
adversa en casi todas las administraciones. Careció de la obstinación partidaria y fue
candidato de los dos partidos, en la esperanza de que era posible un entendimiento entre
ellos, no en las ideas todas sino en las prácticas de gobierno. Tuvo amigos en ambos
grupos políticos y admiraba lo mismo la tenacidad y las simplificaciones de Uribe Uribe,
suavizadas por sus grandes talentos, que la inteligencia sosegada y conciliadora de
Ospina. No le era difícil buscar una fórmula matemática en cuyos términos cupiesen la
reserva y las ondulaciones de José Vicente Concha, al lado de la franqueza y la burla de
los principios, palmarias en Antonio José Restrepo. Difería de los principios de Caro,
pero admiraba sus innegables talentos de literato y polemista.
La conducta de los partidos para con él
como candidato le causó desengaños de los hombres y de las agrupaciones políticas, pero
no agrió en lo más mínimo su actitud para con éstas, ni menos para con los individuos.
Habría sido un excelente jefe de estado.
Amaba el orden, el juego de las ideas, la alternabilidad en los puestos públicos.
Respetaba todas las ideas y todas las creencias. Creía posible el progreso y como
patriota lo hubiera sacrificado todo por la felicidad de Colombia. Exigía el respeto a la
autoridad, no por las personas sino por la dignidad que encarna en el gobierno de los
hombres. Pedía el respeto a la autoridad, fundado no en nociones tradicionales que
suponían origen extrahumano a ese concepto, sino fundado en los mismos principios
democráticos según los cuales la autoridad procede del pueblo, que es quien la concede.
La llegada de Guillermo Valencia
coincidió con un momento de renovación literaria, a animar y vigorizar, la cual
contribuyó favorablemente su presencia. La recitación de Anarkos en el Teatro de
Colón suscitó digna admiración y concurrió en gran manera a hacer más simpática la
figura social y literaria de Valencia. Selladas con los nombres de Cristo y de León XIII,
el poeta hizo conocer ideas y expresó sentimientos que circulaban entonces en el ambiente
contra la desigualdad social. La "Gruta Simbólica" reunía iniciados, novicios
y jerarcas de alta inspiración y extensos conocimientos en los misterios del arte y de la
poesía. Entre estos últimos, la de Valencia era la figura descollante. Se hablaba
también de la "Gruta de Zarathustra", donde dominaban iguales entusiasmos por
el estudio y el arte. Se ha dicho en repetidas ocasiones que yo pertenecí a estas
sociedades y concurría a ellas como los otros socios. Jamás estuve en esas reuniones ni
figuré entre los nombres de quienes las componían. Existió antes que estas dos
asociaciones una llamada "Sociedad Gutiérrez González", fundada y avigorada
por un nieto de Gregorio Gutiérrez González y por la gentil persona de Francisco
González (Pachito), encanto de una sociedad y adorno de unas costumbres ya hundidas en el
tiempo y en el olvido. A esta sociedad concurrí una noche, por generosa y cordial
invitación de Valencia, para leer un escrito sobre el libro titulado Degeneración,
mejor dicho, Degenerescencia (Entartung, en alemán) que acababa de salir. No
volví a las reuniones. Me dijeron entonces que muchos de los componentes de esta sociedad
pasaron a las "Grutas". De ahí pendió, sin duda, el equívoco.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 149,
Bogotá, 1º de junio de 1973, pp. 8-14.
|