La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Baldomero Sanín Cano

Baldomero Sanín Cano es una de las figuras más ilustres de la cultura colombiana contemporánea. Don Baldomero, como se le llamó, con trato deferente y familiar, constituye una de las mentalidades sobresalientes que ha dado nuestro medio en los últimos tiempos. Hombre de "carácter, sencillo y modesto", se distinguió en el mundo de las letras como humanista, filólogo, ensayista, crítico y periodista. Desde temprana edad se dedicó al periodismo, vocación que mantuvo la mayor parte de su vida. Inteligencia abierta a las diversas corrientes filosóficas y literarias de su tiempo, fue, primordialmente, un entusiasta animador y transmisor de cultura por medio de la conversación con sus amigos sobre las más recientes publicaciones aparecidas en Europa y mediante la publicación de libros, ensayos e infinidad de artículos periodísticos. En su formación intelectual fue, en gran parte, un autodidacto de reconocidos méritos.

Fue Sanín —anotaba Maximiliano Grillo hace algún tiempo— quien primero leyó en Colombia, veinte años antes que los críticos ingleses, la obra de Nietzsche, cuyas profundas síntesis traducía con Hinestrosa Daza, para su regocijo. Cuando nadie conocía a Ganivet, Sanín lo comentaba a través de las revistas alemanas. Autores hay, de relevante mérito, que son admirados en Bogotá y, casi desconocidos en el resto de América, a los cuales tradujo Sanín a modo de pasatiempo y sólo para informar a sus discípulos.

El escritor Néstor Villegas Duque, en su bien lograda obra Sanín Cano viajero del espíritu, nos presenta la figura de Don Baldomero con los siguientes rasgos: "persona de buena estatura, cuerpo duro y pronto, piel blanca, cabeza sólida, frente alta y despejada, ojos vivos, nariz recia, labios firmes, barba fuerte, voz clara y abierta y maneras cortadas y estrictas, pero sencillas y amables". Y agrega: "Parece que era un tanto tímido, aunque resuelto; atrayente cuando se llegaba hasta él; reservado; tranquilo de expresión; sumamente curioso, aun queriendo pasar inadvertido; de conversación amenísima; y de frases exactas, brillantes y hasta ingeniosas".

En la actividad pública, Baldomero Sanín Cano fue secretario del Tesoro, secretario y encargado del Ministerio de Hacienda, representante al Congreso, cónsul de nuestro país en Londres, ministro plenipotenciario en la República Argentina, miembro de la Comisión de Cooperación de Santiago de Chile y representante de Colombia a la VIII Conferencia Panamericana de Lima.

Fue miembro de número de la Academia Colombiana, a la que ingresó en 1935, y miembro correspondiente de la Real Academia Española. La Universidad de Antioquia le confirió el título de doctor honoris causa. Por los años de 1909 a 1923 permaneció en Londres donde acrecentó en forma incesante su cultura. Colaboró en algunos diarios ingleses, así como también en la revista Hispania que dirigió en dicha capital D. Santiago Pérez Triana. En la Universidad de Edimburgo enseñó lengua y literatura españolas. Entre 1925 y 1931 permaneció, con algunas interrupciones, en la ciudad de Buenos Aires y allí colaboró en
La Nación
.

Como periodista, Sanín Cano fue un asiduo colaborador de El Tiempo de Bogotá, diario en el que, durante alguna época, ocupó semanalmente la columna editorial. Colaboró, así mismo, en muchas revistas nacionales y extranjeras. Desde 1941 hasta 1945 desempeñó la rectoría de la Universidad del Cauca, en Popayán. El maestro Rafael Maya en la oración pronunciada en la Academia Colombiana, el 9 de agosto de 1971, como homenaje a Sanín Cano, manifiesta lo siguiente:

Sanín Cano, como la mayor parte de los colombianos del siglo pasado, fue un autodidacto. A las Escuelas Normales de su época debió su preparación pedagógica, pero es de advertir que no insistió por mucho tiempo en las tareas docentes, por falta de verdadera vocación para el magisterio. De allí en adelante, el cultivo de su espíritu fue obra de estudio solitario y de lecturas no compartidas con nadie. Se aficionó a las matemáticas, a las ciencias naturales, a la historia y tuvo excepcional habilidad para el aprendizaje de idiomas extranjeros. Gracias a esta circunstancia las culturas europeas se despejaron automáticamente a los ojos de su inteligencia. Su erudicción fue copiosa y variadísima, lo que no quiere decir que su cerebro semejase un depósito de datos fríos o un almacén de despojos mentales. No. Sanín Cano convirtió en materia viva toda esa información, y supo organizar tan diversas nociones en sistemas coordinados y jerárquicos, procedimiento que llamamos cultura.

De su fecunda producción intelectual contamos, entre otras, con las siguientes obras: Administración Reyes, La civilización manual y otros ensayos, Indagaciones e imágenes, Crítica y arte, Divagaciones filológicas y apólogos literarios, El humanismo y el progreso del hombre, Tipos, obras, ideas, Letras colombianas y Pesadumbre de la belleza. Con toda la aureola de su sapiencia, el maestro Baldomero Sanín Cano falleció en Bogotá el 12 de mayo de 1957. Los capítulos autobiográficos que reproducimos a continuación, los hemos tomado del libro De mi vida y otras vidas, publicado en esta capital, en 1949, es decir, hacia el atardecer de tan preclara existencia.

De mi vida y otras vidas

Infancia

Nací en Rionegro, vieja, noble, altiva y por sus alrededores bellísima ciudad colonial de Antioquia, el día 27 de junio de 1861, mientras duraba el vendaval de las pasiones de que nació la guerra iniciada dos años antes. Toda mi familia estaba con apasionado interés, deseosa de que la guerra terminase con el triunfo de la revolución. En mi niñez oía con frecuencia el relato de escenas venturosas y desventuradas de aquella lucha en que triunfaron los ideales en que tuvieron fe mis padres y los antecesores de mis padres. Baldomero Sanín Vera se llamó el autor de mis días, uno de los hombres más rectos y pundonorosos que he conocido. En la educación de sus hijos fue de virtud y severidad invariables. Perdió su esposa a los cuarenta y cinco años de edad. Sin fortuna, sin más recursos que los provenientes de su trabajo, se dio con fe a la educación de sus diez hijos. Fue mi infancia inevitablemente triste. La muerte de mi madre, cuando yo tenía apenas cinco años, echó sobre mi vida una sombra de tristeza que se prolongó por muchos años. Duraba en mi familia, cuando murió mi madre, el luto y el penoso recuerdo de la muerte y la vida del padre de mi padre. Poco tiempo después murieron la madre de mi madre y una hermana de mi padre, a cuyas virtudes y talentos confiaban las mejores familias del lugar la educación de sus miembros en menor edad. Era ella la encargada de dirigir mi formación espiritual en mis primeros años. La muerte parecía señalar los primeros pasos de mi vida. No había terminado un duelo cuando se presentaba una nueva desaparición, con acompañamiento de gemidos, palabras de desesperación, luto, rezos fúnebres y visitas a las tumbas recientes. En mis cavilaciones de adolescente pensaba yo si la vida era en efecto un valle de lágrimas, como decían las oraciones confiadas sistemáticamente a mi memoria.

No recuerdo cuándo ni cómo aprendí a leer. De repente me sorprendí a mí mismo burlándome de compañeros de estudio confundidos ante el absurdo de que la letra c tuviera un sonido antes de la a y otro antes de la e. Me dolía de los niños que tenían que abandonar su casa para ir a la escuela. En mi propia casa, hermanas de mi padre me comunicaron todos los conocimientos necesarios para ingresar al colegio, en donde al principio tuve el desengaño de notar que me enseñaban cosas por mí sabidas hacía mucho tiempo. Me desconcertó además que el profesor de geografía, al darnos algunas nociones de cosmografía, no hacía diferencia entre la causa de los eclipses de luna y el origen del cambio de las fases. Cuando le di a mi padre la explicación que el profesor nos había suministrado, el buen hombre rió de buena gana y, tomando una jarra casi redonda y valiéndose como sol de la bujía encendida que había en la sala, me hizo ver de qué modo la posición del espectador en la tierra y la dirección en que caían los rayos del sol sobre la luna daban lugar a los cambios de aspecto que se llaman fases de este astro. Desde entonces cambió mi opinión acerca de la sabiduría y competencia del profesor. Mi padre fue dotado por la naturaleza de felices capacidades de observación, de un raro talento matemático y de un discreto y apacible sentido del humor. Parecía hombre muy serio, pero reía de cuando en cuando con franca alegría. No tuvo más educación que la suministrada entonces en las escuelas públicas elementales; pero en medio de sus apremiantes quehaceres y de las atenciones que exigía la dirección y el sostenimiento de una familia numerosa, él hallaba espacio y tiempo para cultivar sus aficiones científicas y literarias. Consultaba a Salvá, el gramático imponente de aquellos tiempos, y refrescaba y aumentaba sus nociones matemáticas en las obras de don Lino de Pombo. Me ayudaba sonriendo a desenvolver los ejercicios de algebra y a resolver los problemas de esta materia que me daban en el colegio para trabajo en la casa. Me causaba sorpresa y alegría descubrir en él esa clase y abundancia de conocimientos.

Por generosa disposición del gobierno nacional se fundó en Rionegro en 1875 una escuela normal de maestros. El colegio de la ciudad fue absorbido por el nuevo instituto y todos los alumnos del viejo plantel debían pasar a la nueva fundación. Se crearon doce becas para optar a las cuales era preciso pasar por un examen sucinto. Fuimos muchos los opositores. No logré obtener una beca a pesar de que, en sentir de muchos de los examinadores y de mí mismo, yo había contestado a las pruebas con más corrección y mejor conocimiento que algunos de los preferidos. Entre éstos había dos o tres claramente incapaces y uno de ellos aparentemente imbécil. Este caso de injusticia obró sobre mi espíritu de aspirante y sobre mi concepto de la organización social en un sentido deplorable. No había cumplido todavía los quince años, pero comprendí o di por sentado que en el mundo predominaban consideraciones distintas de la probidad y la justicia. Lo dije así a mi padre y él, conmovido por la sana base de mis argumentos, no se atrevió a contradecirme. Su correcto sentido de las relaciones humanas no le permitía engañarse sobre las causas de mi desilusión.

Mi carrera de maestro

Como no había en el lugar otro establecimiento de educación y como se admitían alumnos externos, mi padre aceptó las duras condiciones que le imponía la necesidad de mi educación y dispuso costearla en el nuevo instituto. Se pensó que tenía disposiciones para el magisterio. No sé de dónde se saltó a esta seria conclusión, como no fuera de la circunstancia fortuita de que una tía y una hermana mayor se hubieran distinguido en el magisterio.

Los estudios iniciales en 1875 hubieron de suspenderse en la segunda mitad de 1876, a causa de la guerra civil promovida por un partido político, entre otras causas, reales o supuestas, por oposición a la ley creadora de las escuelas normales y de la educación obligatoria, gratuita y laica. Al terminar la guerra continuaron los estudios, y en 1880 recibí el título de maestro de escuela superior, después de un examen riguroso que se prolongó por varios días. Olvidaba anotar que en enero de 1879, a causa de una revolución parcial contra el gobierno del entonces estado soberano de Antioquia, hubo también suspensión de estudios, durante la cual todos los alumnos de la escuela salimos a campaña en persecución de guerrillas activas en el oriente del estado.

Al recibir el título fui nombrado director de una escuela superior en Titiribí, distrito minero de Antioquia en el sudeste del estado, un tanto remoto del centro comercial y muy activo en estos momentos a causa de la prosperidad de las minas. Me fue grata la vida en esa ciudad y aun llegué a figurarme que tenía vocación para la enseñanza, debido sin duda a que entre las dos o tres docenas de estudiantes había dos docenas por lo menos de inteligencia abierta y receptiva, y cuatro o cinco adolescentes de gran talento y de un noble interés en el estudio, algunos de los cuales han figurado después en las ciencias médicas, en el derecho y la política. Era un verdadero placer señalarles el rumbo del estudio o abrirles las puertas en el ámbito de ciertas disciplinas. Recibían con entusiasmo la enseñanza y trataban de adelantarse a los programas. A pesar de la escasez de útiles de enseñanza, en dieciocho meses se lograron resultados satisfactorios. Sin embargo, la ausencia de elementos de estudio, como textos, laboratorio, muebles adecuados, me movieron a pedir mi traslado a Medellín, capital del estado, donde al cabo de un año de enseñanza en una escuela elemental fui llamado a servir el empleo de subdirector en un instituto privado y a dictar un curso de pedagogía en la escuela normal de señoritas.

Había dedicado durante dos años todas las horas útiles del día a cumplir los deberes anexos a esos dos empleos cuando estalló la revolución de 1885. La ocupación de Medellín por las tropas del gobierno nacional y el hecho de que las nuevas autoridades nombradas por las fuerzas de ocupación considerasen como institución enemiga el colegio donde ejercía las funciones de subdirector y catedrático, trajeron por consecuencia la clausura del establecimiento. En verdad, aunque el horizonte se oscureció totalmente en cuanto a la naturaleza y rumbo de mis futuras actividades, no deploré hondamente la cesación de mis ocupaciones como persona docente. Los últimos dos años de mi vida como profesor o maestro de niños me convencieron de que no era la enseñanza la función para la cual me destinaban mis naturales inclinaciones. Había llegado a fastidiarme del contacto con las mentes de niños o de jóvenes para quienes el estudio era una faena impuesta por la edad y seguida sin fe ni entusiasmo, como un deber penoso y para muchos de ellos innecesario, pues imaginaban unos que con su fortuna (la de sus padres), y otros que con su inteligencia y deseo de trabajar libremente en la feria de apetitos que tenían por delante, podrían vivir regocijadamente, con provecho para sí mismos y para la sociedad.

Había por otra parte en mi propia naturaleza razones subjetivas que me apartaban de la enseñanza. Me repugnaba imponer a inteligencias rebeldes el estudio como una obligación. Para mí el estudio no había sido nunca otra cosa que una tendencia indomable de mi naturaleza. Acumular nociones y tratar de comprender la vida en cuanto alcance a ello la inteligencia del hombre, me parecía un objeto final y eminentemente placentero de la existencia. De estudiante, cuando había aprendido las lecciones del día siguiente, usaba el tiempo restante en estudiar lenguas (como el italiano o el alemán), en resolver problemas de álgebra o geometría por encima de los programas o en leer obras sobre paleontología, tema no comprendido en los programas de historia natural. La contemplación de la estudiantina que bostezaba escuchándome y esperaba ansiosa la hora de salir de clase para ir a regocijarse con el solo hecho de haber salido, me quitaba todo entusiasmo en la tarea docente.

Pero había algo más que eso. La enseñanza tenía para mí algo de simulación, casi de improbidad. No he sido nunca hombre de convicciones fuera del orden moral. Creo en ciertos principios éticos, fuera de los cuales no sería posible escapar de la completa confusión en las relaciones humanas. Pero en muchos otros órdenes, especialmente en el mundo de la ciencia, de la política, de las artes, la verdad es condicional y transitoria. Hasta hace poco más de un siglo no se creía que se pudiera de buena fe argüir que las paralelas se encuentran prolongadas al infinito. Ya nadie se conmueve ante la inseguridad del postulado de Euclides. Las bases de la física se conmueven. La química revoluciona la teoría de la composición de la materia. Los cuerpos simples eran hasta ayer invariables y perennes. Ya se sabe cómo hay algunos que pueden transformarse en otros. La filosofía es un tema de infinitas variaciones, en que la verdad tiene tantas facetas cuantas son las personas que la buscan o la analizan. Todo es incierto y transitorio. Las convicciones mismas de algunos espíritus cambian con las vicisitudes materiales o sociales de sus sostenedores. Enseñar es dar por sentado, frente a inteligencias libres de prejuicios, que hay verdades permanentes. Es menester estar convencido de lo que se enseña para transmitirlo con probidad. Los que carecemos de esa terrible fuerza mental que es la convicción, vacilamos ante la idea de adquirir la obligación de transmitir nociones fatal y conoci-damente transitorias. Acaso este pensamiento sea la causa de mi resolución juvenil de abandonar la enseñanza.

Sin pasar adelante debo consignar aquí un recuerdo de mi experiencia como profesor, de gran significado en la formación de mi concepto sobre la vida. Como profesor de pedagogía en la escuela normal de señoritas, el presidente del estado, Luciano Restrepo, gobernante de sanísimo criterio y laudables intenciones, quiso que yo asistiera a las reuniones por él establecidas de funcionarios de la instrucción pública que se realizaban en la casa de gobierno. En una de ellas un alto funcionario propuso la publicación, con fondos del erario público, de un tratado de pedagogía que tenía escrito. El presidente halló aceptable la idea, y dijo que no siendo él ni ninguno de sus secretarios perito en la materia, se pasara el manuscrito al profesor de pedagogía para que diera su concepto. El autor, cercano pariente de quien escribe estas líneas, expresó sin rodeos su decisión de no publicar el texto si se sometía a la prueba propuesta por el señor presidente. Mis relaciones con el autor, su arrogancia y el empeño por él mostrado en hacerme aparecer como juez incompetente influyeron, acaso sin razón pero muy hondamente, en mi opinión sobre el carácter de los hombres y la influencia del burocratismo sobre el sentido moral de las personas. De entonces tomó fuerza en mí la voluntad de evadir hasta donde me fuera posible la obligación de servir destinos públicos.

Guillermo Valencia

La amistad y el genio

Después de la muerte de José Asunción Silva florecieron en Bogotá las letras y los cenáculos literarios, a lo cual contribuyó la llegada de Guillermo Valencia en 1896, año en que murió Silva. Le conocí a poco de estar en la ciudad. Se hablaba de sus discursos en la Cámara de Representantes y de que esa corporación había aprobado una proposición destinada a habilitarlo para ejercer el alto cargo, pues no tenía la edad exigida por la constitución para ser investido de la función legislativa. En Bogotá encontró Valencia un ambiente propicio a sus estudios y ocasiones favorables al desenvolvimiento de sus grandes talentos poéticos y de su rica y variada personalidad. Con avidez se entregó al estudio para llenar los vacíos que él mismo descubría en su información científica y literaria. Estaba copiosamente dotado por la naturaleza para comprender y asimilar toda clase de conceptos. Una memoria lúcida y tenaz le brindaba copiosa provisión de ideas y el modo ordenado y sistemático de conservarlas en los anaqueles de su mente. Poseía la memoria verbal y la de las ideas, y usaba de ambas sabiamente en el orden de sus estudios. Repetía con deleite de quienes le escuchábamos largos trozos de prosa excelente de nuestros oradores y poemas completos de artistas nacionales y extranjeros de la palabra. Una tarde, paseando por un parque de la ciudad, le encontré sentado en su banco favorito, con un libro francés marcado por el dedo índice y a medio cerrar. Había estado leyendo en una colección de ensayos Examen de conscience philosophique, de Renán. Yo no había leído esa incomparable autodisección psicológica y quise informarme someramente de su intención y contenido. Me hizo un resumen luminoso y completo de todo el estudio, entreverando a trechos frases fundamentales y rasgos de ingenio y de ironía trascendental de que hay abundancia en ese histórico documento de un bello período de la vida espiritual de Francia. Al leerlo quedé sorprendido: Valencia me había dado no sólo la sustancia sino el detalle: el espíritu y el alcance de esa inspirada expansión del maestro.

Creo que nos conocimos por haber ido él a verme a mi oficina. Desde la primera entrevista fuimos amigos de corazón: por aficciones semejantes, por comunidad de ideas en muchos puntos sobre la vida y los hombres, sobre todo por el anhelo y la avidez de adquirir conocimientos que nos ligaban intensamente a la vida.

Había recibido en Popayán en su casa y en el seminario una educación metódica, de tipo señaladamente religioso. Guardó la fe enseñada hasta su muerte; pero examinó con interés vivísimo, intelectual y artístico todas las filosofías, todos los rumbos del pensamiento. Quiso comprenderlo todo y solamente negaba los derechos de la fealdad en la acción, de la deslealtad en los afectos, de la infidelidad consigo mismo y con sus principios. Para él parece escrita la sentencia de Sócrates, que dice: "Para el hombre bueno no hay mal ni en la vida ni en la muerte".

Fuimos amigos durante cuarenta y siete años, casi medio siglo. Políticamente tuvimos maneras de apreciar distintas los gobiernos y las ideas de los mandatarios. Sin embargo, esa diversidad de conceptos jamás empañó el cristal de una amistad basada, por mi parte, en un profundo aprecio y una admiración ilimitada. Nos separó la muerte, pero esa modificación de la materia no ha interrumpido nuestra intimidad espiritual. Dejó su obra, dejó una familia. Su recuerdo es más tenaz que la inconstante rotación de las cosas y los hombres y superior al tiempo mismo.

De buena fe y por entero extraño a ambiciones de otro orden que la felicidad de los colombianos, deseó obtener los sufragios de las mayorías para ejercer la presidencia de la república. Echando una mirada exenta de prevenciones sobre la historia de la nación en sus días, él pensó que sería capaz, como mandatario, de corregir muchos de los aspectos de gobierno cuya presencia le era adversa en casi todas las administraciones. Careció de la obstinación partidaria y fue candidato de los dos partidos, en la esperanza de que era posible un entendimiento entre ellos, no en las ideas todas sino en las prácticas de gobierno. Tuvo amigos en ambos grupos políticos y admiraba lo mismo la tenacidad y las simplificaciones de Uribe Uribe, suavizadas por sus grandes talentos, que la inteligencia sosegada y conciliadora de Ospina. No le era difícil buscar una fórmula matemática en cuyos términos cupiesen la reserva y las ondulaciones de José Vicente Concha, al lado de la franqueza y la burla de los principios, palmarias en Antonio José Restrepo. Difería de los principios de Caro, pero admiraba sus innegables talentos de literato y polemista.

La conducta de los partidos para con él como candidato le causó desengaños de los hombres y de las agrupaciones políticas, pero no agrió en lo más mínimo su actitud para con éstas, ni menos para con los individuos.

Habría sido un excelente jefe de estado. Amaba el orden, el juego de las ideas, la alternabilidad en los puestos públicos. Respetaba todas las ideas y todas las creencias. Creía posible el progreso y como patriota lo hubiera sacrificado todo por la felicidad de Colombia. Exigía el respeto a la autoridad, no por las personas sino por la dignidad que encarna en el gobierno de los hombres. Pedía el respeto a la autoridad, fundado no en nociones tradicionales que suponían origen extrahumano a ese concepto, sino fundado en los mismos principios democráticos según los cuales la autoridad procede del pueblo, que es quien la concede.

La llegada de Guillermo Valencia coincidió con un momento de renovación literaria, a animar y vigorizar, la cual contribuyó favorablemente su presencia. La recitación de Anarkos en el Teatro de Colón suscitó digna admiración y concurrió en gran manera a hacer más simpática la figura social y literaria de Valencia. Selladas con los nombres de Cristo y de León XIII, el poeta hizo conocer ideas y expresó sentimientos que circulaban entonces en el ambiente contra la desigualdad social. La "Gruta Simbólica" reunía iniciados, novicios y jerarcas de alta inspiración y extensos conocimientos en los misterios del arte y de la poesía. Entre estos últimos, la de Valencia era la figura descollante. Se hablaba también de la "Gruta de Zarathustra", donde dominaban iguales entusiasmos por el estudio y el arte. Se ha dicho en repetidas ocasiones que yo pertenecí a estas sociedades y concurría a ellas como los otros socios. Jamás estuve en esas reuniones ni figuré entre los nombres de quienes las componían. Existió antes que estas dos asociaciones una llamada "Sociedad Gutiérrez González", fundada y avigorada por un nieto de Gregorio Gutiérrez González y por la gentil persona de Francisco González (Pachito), encanto de una sociedad y adorno de unas costumbres ya hundidas en el tiempo y en el olvido. A esta sociedad concurrí una noche, por generosa y cordial invitación de Valencia, para leer un escrito sobre el libro titulado Degeneración, mejor dicho, Degenerescencia (Entartung, en alemán) que acababa de salir. No volví a las reuniones. Me dijeron entonces que muchos de los componentes de esta sociedad pasaron a las "Grutas". De ahí pendió, sin duda, el equívoco.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 149,
Bogotá, 1º de junio de 1973, pp. 8-14.

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