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Nicolás Buenaventura
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Nacido en Cali el 25 de noviembre de 1918,
Nicolás Buenaventura es ante todo un pedagogo autodidacto que si bien se inició como
ingeniero en el Ministerio de Agricultura en el Valle del Cauca, en la década del 40, su
activa militancia en el partido comunista, donde alcanzó las más altas jerarquías y en
la lucha contra la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla, configuró su perfil de
luchador social vinculado a los problemas sindicales y a la investigación-acción
participativa en lo'cual fue pionero, en temas como los cortadores de caña en el Valle
del Cauca.
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Sus disidencias frente al partido
comunista, a partir de la "Primavera de Praga", quedaron expuestas más tarde en
un libro, Quépasó, camarada? (1 992), donde, como él mismo lo explica, se produce el
viraje de toda una vida como educador para la Revolución y la guerra justa al destino
actual de educador para la democracia y la paz".
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Acorde con ello ha sido, desde los años
80, activista en los acuerdos del cese al fuego y tregua entre el gobierno y las FARC, y
ha realizado una intensa labor pedagógica en entidades como el Sena y universidades como
la Pedagógica y Javeriana de Bogotá. Actual director del proyecto de "Educación
para la democracia" del Ministerio de Educación Nacional, entre sus últimos libros,
se destacan El tambor y el humo (1994) y varias incursiones, siempre con carácter
didáctico, en el género autobiográfico. De ahí el texto que se incluye.
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Media humanidad amanece
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La memoria del hogar de mi infancia se
presenta en dos experiencias distintas.
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Una es la de las llegadas providenciales
de mi padre. A veces llegaba de viajes largos. Llegaba rompiendo puertas, abarrotando la
casa de regalos a veces de viajes cortos, por ejemplo de un día, pero siempre
"llegaba", siempre de visita mi padre. Siempre con la provisión o la noticia.
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Otra es la del círculo de complicidades
de mi madre. Ella era cómplice o íntima de cada hijo en forma diferente. Cómplice, por
ejemplo, para que tomara más de la ración prevista, a escondidas, cómplice para que
jugara más de la cuenta.
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En realidad había dos hogares, el del
círculo matemal, cercano, que estaba abajo, en la base, en la sombra, y el que llegaba,
el que venía de lo alto.
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Las relaciones sociales en este hogar eran
algo así como un acuerdo de sumisión o de sometimiento entre uno y otro espacio. Así
que allí todos estábamos en paz porque creíarnos firmemente en el padre como Dios, o
sea, en el padre providente al que se le debía todo, empezando por la vida.
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Abajo, en la sombra, siempre ella, mi
madre, en el círculo, con sus hijos satélites, al rededor, jugando a la libertad contra
el poder paterno, ejerciendo su propio poder pero desde adentro.
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Mi padre era el capitán del barco, el,
que daba el rumbo. El que decidía de los cambios de sede. Era el poder desde afuera. Mi
madre era el barco mismo. Su funcionamiento, su trasegar. Era el poder desde adentro.
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Siempre pensé de niño o joven y ya
hombre maduro inclusive, que el milagro del pan todos los días en la mesa, el "pan
nuestro de cada día", el de la mesa hospitalaria, el milagro del techo que nunca
faltó, nunca se durmió a la intemperie, ni en las épocas de más dura pobrecía.
Siempre me parecía claro que toda esta providencia era creación de mi padre, que todo
ello venía de lo "alto". Sólo muy tarde, construyéndome el edificio con todo
rigor, haciendo una exégesis a fondo, viene a descubrir la verdad. Mi padre era un buen
padre, pero tenía el poder de fallar. Fallaba en la malas contra su voluntad, a veces,
pero también eso podía ocurrir en las buenas. La que no tenía la opción de fallar era
ella, la mujer-sombra, mi madre. Ella llenaba todos los baches, cubría todos los vacíos.
Ella era el milagro del pan cotidiano en la mesa. No sólo porque guardaba en las bonanzas
para los tiempos de las penalidades, sino porque también era fuente de ingresos, era
modista, era hortelana y comerciaba.
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Así eran las relaciones sociales en este
hogar de los abuelos.
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Era el hogar de género. Cuando se
discutía en la mesa la vocación de cada cual, quién iba a ser ingeniero o médico o
militar, cuáles eran las opciones futurzis, se entendía claramente que nadie estaba
hablando de las hermanas, aunque fueran mayores, por una razón obvia: ellas no iban a
ser, ellas no tenían vocación o proyecto humano. Ellas sólo eran. Eran eso, mujeres,
eran género. No tenían designio, sólo tenían destino.
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En los pequeños quehaceres de la
cotidianidad también estaba siempre el signo del hogar género. Yo acompañaba al viejo
en la cacería o en la pesca, o en la calle, mientras tanto mis hermanas hacían la casa,
el aseo, la cocina.
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Hogarvertical,hogarpiramidal,hogardegénero,el
hogarde los abuelos.
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Sin embargo allí estaba, en la sombra, el
otro espacio, el del círculo matrístico, el de las complicidades.
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A veces mi padre llegaba hasta él, lo
bordeaba. Esto se lograba con el milagro del juego. El viejo jugaba de cuando en cuando,
entraba al "círculo".
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También a veces, en ausencias largas del
hombre, la madre saltaba a la cúspide de la pirámide con carácter de vicaria o
mayordoma, asegurando el esquema paterno y entonces era vertical y dura.
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Hoy, ¡qué pena!, oigo decir, hoy se
está derrumbando, fatalmente, ante nuestros ojos, de manera inevitable, el "hogar de
los abuelos". Por ejemplo el valor de la autoridad paterna individual como eje
ancestral del hogar, como relación dominante, se está desmoronando.
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Este hogar de la mujer sombra, con todos
sus valores del respeto, de la obediencia, del sacrificio, del destino eterno de la mujer,
no tiene ya casi asidero.
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Fue primero el libro el que llegó a la
casa, el que trajo a la mujer el mensaje del afuera, del mundo. Ya mi madre era una
lectora de novelas y fotonovelas. El libro fue el primero de los 46medios" que le
disputó al varón, al padre, el papel de antena de la pirámide. Fue el primer rayo de
luz que llegó hasta el "círculo" de mi madre. Luego vino el periódico.
Recuerdo que mi madre y mis hermanas mayores se orientaban por el periódico para
conseguir contratos de costura de pacotilla.
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Después llegaría la bendición de la
radio, que ya no requirió entrar por la puerta, con permiso o con cartero, sino que
entraba por arriba, como historia de brujas, entraba por donde llegara el mensaje del
afuera del cual había sido para siempre mi padre el único portador.
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Así que ya no había una sola verdad en
mi hogar, porque el dueño exclusivo del mensaje del afuera, en cualquier espacio humano,
no tiene contradictor posible, él es la verdad en sí mismo.
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Aparecieron dos verdades alternativas en
mi hogar. Lo recuerdo exactamente por la voz de un líder que inauguró, en nuestro país,
la construcción de un movimiento político a través de la radio. Era Jorge Eliécer
Gaitán. Fue ésa la primera voz del afuera, del mundo, que llegó hasta el círculo de
complicidades del hogar. Nosotros teníamos compañero en esa ocasión para alertamos de
apagar la radio a una llegada no previst ' a del padre, ya que él no quería nada con
esta herejía de su viejo Partido Liberal.
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El hogar de los abuelos no estaba hecho
para el mundo de los medios.
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Le ocurre a este hogar lo que a las momias
egipcias, encerradas por milenios en sarcófagos herméticos. Hay que tener siempre mucho
cuidado, por ejemplo, al rescatarlas para el museo, porque, si les entra una brizna de
aire, se desmoronan, se vuelven polvo.
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Después de la radio vendría la
televisión, pero ya sólo para completar el ciclo, para asegurar el carácter
irreversible del proceso.
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Durante cincuenta años de mi vida, desde
que dejé el hogar de los abuelos, no he visto otra cosa sino cómo salía, cómo podía
salir mi madre de la sombra.
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Me ha correspondido vivir, por eso,
quizás la aventura democrática más arriesgada y mayor de cualquier edad de la comunidad
humana, el hecho de que media humanidad empiece a iluminarse, a darle de lleno la cara al
sol, de que media humanidad amanece.
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