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Jorge Eliécer
Gaitán
Jorge Eliécer Gaitán nació en Bogotá
el 23 de enero de 1898 y murió trágicamente el 9 de abril de 1948 en esta misma capital.
Fueron sus progenitores D. Eliécer Gaitán y doña Manuela Ayala de Gaitán. Hizo
estudios de instrucción primaria en una escuela pública, los de bachillerato en el
Colegio Simón Araújo y los de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional.
Como tesis de grado presentó el ensayo titulado Las ideas socialistas en Colombia.
En julio de 1926, el joven profesional viajó a Italia con el fin de hacer una
especialización en derecho penal en la Real Universidad de Roma. Allí fue su maestro el
tratadista Enrico Ferri. Para obtener el título de doctor en jurisprudencia, Gaitán
elaboró un valioso trabajo sobre El criterio positivo de la premeditación. Cabe
anotar que el citado tratadista italiano reconoció públicamente que nuestro compatriota
había sido el mejor alumno en la especialización jurídico-criminal de aquella época.
Fue, así mismo, el primer latinoamericano recibido como miembro de la Sociedad
Internacional de Derecho Penal (grupo itálico), la más notable institución del mundo en
dicho campo y en cuyo seno figuraron celebridades jurídicas como Ferri, Garófalo,
Gandolfi, Altavilla, Manzini y otros maestros de fama universal. A su regreso al país,
Jorge Eliécer Gaitán se dedicó por entero al ejercicio profesional como penalista y a
la actividad política como militante del partido liberal, de cuya agrupación conquistó,
en julio de 1947, la suprema jefatura. En uno y otro campo sobresalió con excepcionales
atributos hasta el final de sus días. En el transcurso de su vida pública ascendió a
las más altas posiciones que concede la democracia a los grandes hombres: designado y
candidato a la presidencia de la República; ministro de estado y alcalde de Bogotá;
representante a la Cámara y senador de la República en varias legislaturas. Fue también
rector de la Universidad Libre y catedrático de la Universidad Nacional. A través de sus
múltiples y agitadas actuaciones, Jorge Eliécer Gaitán se distinguió como un hombre de
carácter y entereza, como un exponente de ambición y de combate, como un tribuno
elocuente y aguerrido, como un conductor de masas apasionado e infatigable, en una
palabra, como el más auténtico e insuperado caudillo popular. El Dr. Silvio Villegas, a
raíz del absurdo sacrificio de Gaitán, en sentidas páginas evocó las virtudes y
talentos de su compañero de generación y trazó los rasgos sobresalientes de su
adversario político:
La oratoria dice fue la
facultad dominante de Gaitán. En el fondo no era sino un gran agitador público. Ninguno
de sus artículos ha de perdurar, porque ignoraba los secretos del idioma y le faltaban el
reposo, la melancolía, la angustia que engendran la obra literaria. Por lo demás,
tampoco persiguió nunca este objetivo. Se sentía con una misión que cumplir y a esta
tarea consagró todas sus potencias espirituales. Todo en él estaba calculado para la
tribuna: el pensamiento, la garganta, la acción, el idioma. Amaba el amplio ruido del
ágora y sólo allí se sentía en su elemento. Gaitán era efectivamente terrible en el
ataque y en la réplica. Tenía la agilidad de los felinos del desierto. Interpelarlo era
un verdadero peligro. Amaba las ideas, las tesis, las doctrinas; esquivaba, hasta donde
era posible, la lucha personal, y era hidalgo y generoso con sus adversarios. Su léxico
era muy reducido, las palabras del pueblo, y éste fue uno de los secretos de su
fulgurante carrera popular. Se hacía entender de la masa hasta cuando exponía tesis
académicas. Conocía el arte de los auténticos oradores: apasionar la razón. Bien
sabía él que no se podía conmover a los demás si primero no se estaba interiormente
conmovido y que sólo el sentimiento es fecundo. En sus grandes discursos populares se
entregaba todo entero; hablaba con alma, corazón y músculo.
Y más adelante concluye la pluma del
"leopardo" fallecido hace poco tiempo:
La vida de Gaitán será para los
colombianos de todas las generaciones una lección de carácter, de patriotismo, de
desinterés y de trabajo. Nada se pierde en la difícil marcha del mundo. Las buenas
semillas que él sembró darán pródigo fruto; lo que no pudo realizar él lo realizarán
otros. En el crisol del tiempo, resplandecerá su gloria, limpia de equivocaciones y
flaquezas. El pueblo agradecido renovará eternamente las flores sobre su lápida
funeraria. El animador de masas es ahora un héroe, es decir, un animador de almas.
De otra parte, resulta satisfactorio
recordar que el Dr. Jorge Eliécer Gaitán en su calidad de ministro de Educación
Nacional suscribió el Decreto núm. 465 de 1940 (marzo 5), mediante el cual se fundó el
Ateneo Nacional de Altos Estudios, con los fines esenciales de "mantener la
tradición científica colombiana y continuar las investigaciones de la Expedición
Botánica, los estudios de la Comisión Corográfica, las especulaciones matemáticas, los
trabajos filológicos, y dedicarse al estudio de la etnografía, de la antropología y de
la arqueología indígenas", al tenor del mencionado decreto, e, igualmente, con el
fin de contribuir al "fomento de la cultura en el país y la enseñanza superior no
profesional".
Poco tiempo después, en julio del mismo
año, el Dr. Gaitán, a nombre del Gobierno, celebró un contrato con el R. P. Félix
Restrepo S. I. y con el profesor Pedro Urbano González de la Calle, miembros del Ateneo y
técnicos en disciplinas filológicas y lingüísticas, quienes se comprometieron, según
se expresa en dicho documento, "a continuar la obra filológica del señor
Cuervo". En el mismo contrato se dice textualmente: "Para continuar la
tradición nacional en estas disciplinas, el Gobierno crea, dependiente del Ateneo de
Altos Estudios, y con el objeto de formar especialistas en Filología y Lingüística, un
Instituto cuya dirección estará a cargo de los contratistas".
A este propósito, el P. Félix Restrepo,
en el artículo titulado Para la historia, aparecido en el número 1º del Boletín
del Instituto Caro y Cuervo (enero-abril de 1945), escribe lo siguiente:
Hace ya varios años, en 1940, el
ministro de Educación Nacional Jorge Eliécer Gaitán había creado el Ateneo Nacional de
Altos Estudios con la intención de continuar, entre otros varios trabajos científicos de
gran aliento emprendido en diversas épocas en nuestra patria, el interrumpido Diccionario
de construcción y régimen de la lengua castellana del príncipe de nuestros
filólogos.
Reunidos bajo el nombre, no oficial, de
Instituto Rufino J. Cuervo, y en virtud de un contrato con el Gobierno Nacional, hemos
trabajado desde entonces...
Tal es, en síntesis, el origen del
actual Instituto Caro y Cuervo, que fue denominado así por la Ley 5ª de 1942, expedida
con ocasión del centenario de Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo, la cual dio
nombre oficial y vida jurídica, en definitiva, a nuestra institución.
Con lo anterior, hemos tenido la
oportunidad de rememorar y apreciar otro aspecto muy poco valorado o conocido en la vida
de Jorge Eliécer Gaitán: su clara visión y su viva preocupación por mantener y
continuar nuestra bien cimentada tradición de pueblo culto, especialmente en el campo de
las humanidades. Bien sabía él que sin la base de la tradición no es posible el
progreso científico y cultural.
Los fragmentos de carácter
autobiográfico que se reproducen a continuación hacen parte de una entrevista que el Dr.
Gaitán concedió al periodista B. Moreno Torralbo. El texto de dicha entrevista se
publicó en El Siglo de Bogotá (julio 12 de 1943) y se reprodujo después en la
obra Documentos para una biografía (Bogotá, 1949), de donde hemos tomado los
apartes autobiográficos en referencia.
Confesión autobiográfica
En el cuarto-escritorio de su casa de
habitación, lujosamente instalado, sentado el reportero en cómodo sillón de moqueta
roja, el doctor Jorge Eliécer Gaitán se pasea y conversa. No se trata de un diálogo,
apenas de un monólogo. El doctor Gaitán habla y el reportero escucha. Este es un
reportaje sin preguntas. Señalado el itinerario espiritual que debía recorrer, de modo
espontáneo, sonreído, caudaloso en la exposición de sus pensamientos, ameno e
interesante en todos los momentos, el doctor Gaitán se confesó con sencillez y
naturalidad. El reportero se halló frente a un hombre satisfecho con su destino. Conversa
sin amargura, enfoca los hechos de la vida con optimismo, tiene confianza en sus propias
fuerzas. Es un animal de pelea. El hecho de que momentáneamente los mandones de turno de
su partido lo hayan llamado a calificar servicios, condenándolo al retiro de la actividad
parlamentaria, en las últimas elecciones, no ha causado en el doctor Gaitán el menor
desasosiego. Por el contrario, parece complacido de estas vacaciones impuestas por
transitorias circunstancias. En su monólogo el doctor Gaitán no dijo una opinión sobre
los hombres de la política o sobre los sucesos nacionales, que tradujera un sentimiento
de rencor, de envidia o siquiera de exasperada rivalidad. Es un hombre que tiene
conciencia de lo que es, de su capacidad intelectual, de su ética y de lo que representa
en el escenario nacional...
Sobre el escritorio hay un retrato de la
madre de Gaitán. Hablamos de ella.
Era una mujer extraordinaria,
opina, de espíritu fuerte, que cuidó amorosamente de mi destino. La santidad
de su vida la iluminó siempre una inteligencia estudiosa y una voluntad indomable.
Se refiere a ella con honda gratitud.
El doctor Gaitán es de pequeña
estatura, nervioso, un agradable causeur, infatigable trabajador de admirable
agilidad mental...
¿Qué es el recuerdo?
Nuestro entrevistado se detiene un
momento, se reconcentra y a poco continúa el hilo de su charla.
Con esto de los recuerdos
dice sucede igual que con los cuerpos llamados catalíticos: su fuerza, más
que en sí mismos, se expresa en otros que reciben su influencia. Como hay tantos hombres
en la vida de un hombre, es poco menos que imposible lograr que el hombre de hoy
interprete con fidelidad la fuerza de la pasión, la calidad de la idea o la índole de la
voluntad del hombre de ayer, de antier o de más atrás. Si, por ejemplo, yo quisiera
decir a usted algo de mi niñez o de mi adolescencia, tan sólo lograría relatarle el
juicio que me merece, con mi criterio y mis ideas actuales, una etapa, cuya íntima
entraña de todo tendría, menos del calor vital, ácido y angustiado que la acompañó.
Porque aquello de los dorados recuerdos de la infancia y de la adolescencia, se me hace
que tiene el mismo sentido de los zapatos viejos: su encanto nace cuando hemos logrado
cambiarlos por unos mejores.
El hecho de relatarle que me
animaba un ambicioso deseo de estudio y de preparación me conduce a evocar la mañana
aquella en que llegué, entre tímido y audaz, a pedirle al doctor Simón Araújo me
recibiera en forma gratuita para poder hacer mis estudios secundarios, a lo cual accedió
aquel inolvidable ciudadano. Y también podría rememorar para lograr un agudo contraste,
que, pasados cuatro lustros, aquel mismo mendicante de estudio, recibía de su profesor
Víctor Manuel Orlando, uno de los cuatro grandes de Europa, una carta en extremo
laudatoria, sobre un trabajo jurídico a propósito de la escuela histórica acompañada
de un libro llamado Roma versus Roma, con esta dedicatoria: "Al que ayer fue
mi discípulo y hoy es maestro". Pero no le estaría contando nada de mi vida. En la
evocación del recuerdo siempre hay algo mutilado, y por eso puede ser sincero, pero
jamás verídico. Si nuestra vida de ayer fue ardua, esquiva, injusta, y si esas
limitaciones nos llenaron de un fuego batallador o de una voluntad tenaz para vencerlas,
es claro que las apreciamos, por ser causa de nuestras pequeñas victorias, pero no las
amamos, porque sus desgarraduras fueron dolorosas, y el dolor es siempre digno de respeto
pero no de atracción. Y, al contrario, si la vida de ayer nos fue lisonjera, natural es
que la amemos, pero puede que por ello mismo la despreciemos; quizás nos robó aquello
que, de existir, nos hubiera impedido ser fragmentarios en la porfía.
No era un título sino una
profesión lo que perseguían los estudiantes
El doctor Gaitán apaga el cigarrillo en
el cenicero y conversa sobre su vida de estudiante:
Mejor será, continúa, que le diga
algo de lo que por entonces era común y prevalente entre gran parte de los que
estudiábamos. Creo no equivocarme al decir que la gente moza de aquella época, al menos
un numeroso grupo, parecía haberse propuesto, sin saberlo y dentro de la parva
posibilidad de unos estudiantes que comienzan, tener como paradigma el consejo de Bergson:
"Obra como pensador y piensa como hombre activo". Porque aún no había salido
del período de bachillerato y ya tenía un grande entusiasmo por el conocimiento
desinteresado y puro. Recuerdo que en la Universidad nos imponíamos un trabajo duro y
extraoficial, y que los estudiantes permanecíamos en los patios del Capitolio hasta la
medianoche, para tornar, comenzada la mañana, al Parque de Santander, o a los románticos
claustros de Santo Domingo a continuar la tarea. Y cuando como en mi caso las
lecciones de Holguín y Caro sobre filosofía, o las de José Alejandro Bermúdez sobre
Derecho Canónico, o de Abadía Méndez, Cadavid, Félix Cortés, Pérez y tántos otros
hombres eminentes en sus lecciones no se acomodaban sino que contradecían, por ortodoxas
y conservadoras, nuestro temperamento revolucionario, no por eso nos eran inútiles, ya
que nos servían para buscar con más afán por fuera los sistemas ideológicos y
filosóficos contrapuestos, y en armonía con nuestra intuición. No era propiamente el
deseo de un título, sino la ambición de tener una profesión, la que nos guiaba.
Todavía no se había extendido tanto la sola ambición de un título que sirva como
ganzúa para abrir las sucias puertas de la burocracia politiquera.
Inquietudes estudiantiles y
disputas literarias
Nuestro diserto informador de las cosas
de su vida, habla con entusiasmo de sus primeras luchas y le pone calor a sus palabras en
el relato de sus hazañas iniciales.
Este devoto afán, prosigue, por
los conocimientos no impedía sino que, al contrario, estimulaba el amor por la lucha.
Algunos de nosotros anduvimos por barriadas y veredas propugnando por nuestro ideal,
luchando contra el gobierno, que nos parecía, por estático y conservador, síntesis de
todos los males nacionales. Muchos de nosotros, aún con pantalones cortos, combatíamos
por los nuevos ideales que amábamos en lo político, en lo artístico, en lo puramente
intelectual. Era una época de aguda agitación. Asociaciones, comités, academias, grupos
beligerantes. Todavía son recordados los "arquilóquidas", los
"leopardos", los "nuevos", entregados todos a una tenaz y generosa
labor.
La Sociedad Literaria
"Rubén Darío"
Cuando se habla de esos movimientos
juveniles, no podrá nunca olvidarse el nombre de Alfonso Villegas Restrepo, quien, sin
atender a matices políticos, nos dice el doctor Gaitán, los estimulaba en su periódico
sin pedir consigna distinta de la inteligencia y la rectitud.
Por aquellos días se fundó una
sociedad literaria llamada "Rubén Darío". Se reunía los domingos por la tarde
en un salón situado en la calle 8ª, abajo de la esquina del Observatorio. Aquella
Sociedad, que constituimos sin fines políticos, para discutir problemas simplemente
literarios, se dividió en dos bandos: los clásicos y los modernistas. Su funcionamiento
en aquel salón, que nos había sido prestado, fue bien corto, porque una tarde, de
acalorada discusión, en la cual representamos las dos tendencias, habían llevado la
dirección oratoria Ignacio González Torres, clásico, y Hernando de la Calle,
modernista. Tal fue la vehemencia y el entusiasmo que pusimos en favor o en contra de la
poesía de Rubén Darío, que los muebles de la sala no fueron por completo destruidos
sólo por la oportuna, aun cuando un poco tardía, intervención de la policía. La
Sociedad por eso no se disolvió, pero sí tuvimos que adoptar una vida trashumante,
habiéndose logrado que la primera sesión, después de aquella tormenta, se llevara a
cabo en la casa de Juan del Corral, muerto prematuramente...
La primera intervención
parlamentaria
Le contaré cuál fue mi primera
actuación parlamentaria. Se discutía el tratado con los Estados Unidos. Lo combatían,
por considerarlo contrario al orgullo y a la dignidad nacionales, José Vicente Concha,
quien había venido expresamente de Roma para atacarlo, Benjamín Herrera, Laureano Gómez
y Luis Cano. Lo defendía en los bancos ministeriales de la Cámara, Olaya Herrera,
Ministro de Relaciones Exteriores, nombrado al efecto. Por aquel tiempo, como hasta 1935 o
36, las sesiones del Parlamento, por su solemnidad y grandeza, aún recordaban a los
estudiantes que se encontraban en frente del cuerpo soberano de la nación. Laureano
Gómez y Luis Cano pronunciaron dos grandes discursos. No se me ha ido de la memoria
cuando el doctor Concha se dirigió, con el emocionado gesto que en los hombres produce la
ancianidad que se hace joven por el fuego interno que la ilumina, para felicitar a don
Luis Cano. Al día siguiente habló Concha. Fue la primera y la útima vez que lo oí.
Creo que, al igual del momento en que los hombres en su lucha con la muerte dan la última
sensación de vitalidad, que no es sino el preludio del viaje postrero, Concha mostró
cuánto de grande había habido en su elocuencia. Olaya, que era un gran estadista y que
como orador tenía la virtud de las tormentas, es decir, de arrasar con viento, leyó unos
cuantos tratados de derecho internacional que le robaron fuerza a su modalidad oratoria
porque no era un hombre de disciplina científica, entró con su hermosa voz dramática en
la controversia personal con su adversario; Concha tenía la fama de ser orgulloso y
soberbio; fue allí donde Olaya encontró su filón. A tal soberbia le atribuyó el
verdadero origen del ataque al tratado, y finalizó su período con esta frase:
"Porque, doctor Concha, cuando Dios quiere perder a los hombres los hace
soberbios". Desde la barra en donde me encontraba con mis compañeros de universidad,
pues todos, como cualquiera se lo explica, estábamos de parte del ataque romántico a
aquel tratado, cuya negativa hubiera sido un grande error, y apenas Olaya Herrera hubo
terminado y sin dar tiempo a la ovación que era de esperarse, grité a todo pulmón:
¡Viva la soberbia nacional! El grito fue respondido con un atronador aplauso. Al día
siguiente el periódico que encabezaba la oposición al tratado, y que, según me parece
recordar, dirigían Laureano Gómez y Uribe Cualla, encabezó su editorial con el mismo
título de ¡Viva la soberbia nacional! tomando pie en el anónimo grito...
Un profesional político y no un
político profesional.
El primer pleito
Mi iniciación profesional,
continúa, fue harto turbulenta. Terminados los estudios me encontré ante el gran
problema de todo iniciado sin influencias: establecerse. En la casa que ocupaba y aún
ocupa "El Mensajero", logré en el tercer patio, una oficinilla que
correspondía a la despensa de la antigua residencia y que don Julio Escobar me arrendó
en doce pesos. Y como no tuviera para comprar el escritorio, acudí al almacén de un
señor Ballesteros, situado enfrente del Palacio de la Carrera, quien me alquiló uno, por
la suma de dos pesos al mes.
Entre estudiar y esperar, esperar y
estudiar, y, sobre todo, esperar al cliente desconocido, se me iba todo el tiempo y
también la tranquilidad. Un buen día un muchacho empleado de la librería de "El
Mensajero" se presentó en mi oficina para ver de que le gestionara un asunto. Era
hijo único, de su esfuerzo dependía toda su familia; había sido llamado a filas y,
según él me lo conto de acuerdo con la ley tenía derecho a la exención. Desde luego,
comprendí que sobre el particular poseía una erudición legal más amplia que la mía.
Le manifesté que sólo hasta el día siguiente podría ocuparme de su problema, pues
algún pleito pendiente por supuesto inexistente me impedía atenderlo ipso
facto. Se trataba, apenas, de dar tiempo a que el retiro del joven cliente me
permitiera salir en carrera hacia la oficina del reclutamiento militar para obtener un
decreto sobre la materia y empaparme del asunto.
En efecto, al día siguiente
celebramos el contrato por la para mí fabulosa suma de treinta pesos, que él me pagaría
en dos contados, uno al comenzar y otro al término de la gestión.
Y así tuve y gané mi primer
pleito.
Otra vez, con gran inquietud de mi
parte recibí una boleta de citación de un juzgado en lo criminal, que funcionaba en el
edificio Liévano. Después de bregar tímidamente con varios empleados, que poco me
atendían, logré que el secretario lo hiciera, y me informó que se me había nombrado
defensor de oficio en uno de los más extraordinarios procesos criminales que haya habido
en este país, o sea el de Eva Pinzón (alias) "La Ñapa".
También, por entonces, estaban
para comenzar las audiencias en un sonado asunto que se ventilaba contra un sujeto que me
había ofrecido su defensa advirtiéndome que nada podía pagarme y contra quien había
puesto denuncio, que a mí me parecía injusto, persona de muchas campanillas y de gran
posición.
No olvido que en el primer día de
las audiencias fue citado el denunciante para que repitiera sus cargos. Así lo hizo. Y,
ya al finalizar, con el tono despectivo a que se creía con derecho y sin importancia en
aquellas lides, terminó su exposición diciendo con cierto aire desenfadado y
provocativo:
"Advierto que en mi casa se ha
recibido un anónimo en el cual me dicen que un señor Gaitán, que por aquí debe estar,
dizque va a desnudarme moralmente en esta audiencia. Bien puede hacerlo...".
Desde mi asiento, y con la venia
del juez, lo interrumpí, para decirle: "A usted lo han engañado, porque para
desnudar a una persona se necesita por lo menos que esté vestida".
La inmensa barra que asistía al
proceso me estimuló con una ovación.
Ya fue más fácil después de
estas dos audiencias, que uno de los autores de otro de los grandes sucesos judiciales de
la época el proceso Barrera Philips me nombrara, también de oficio, su
defensor.
Una buena intención del presidente
Suárez
Siempre pensé nos dice
y es muy consolador recordar que gran parte de mis compañeros tenía la idea de que el
título de la Universidad no era una carta de liberación del estudio, sino, por el
contrario, signo de que había llegado el momento de estudiar en serio.
Durante mis estudios siguió
hablando el doctor Gaitán en la Universidad Nacional, por ahí en el segundo o
tercer año, se me presentó la oportunidad de ir a estudiar a Roma. El señor Suárez, a
la sazón Presidente, tenía grande y justificado aprecio por mi madre, y, sabiendo
cuánto le complacería y hasta dónde podía hacerle el mejor de los obsequios, un día
le manifestó la voluntad de concederme no sé qué cargo adjetivo en Roma, con el fin
estoy seguro más de satisfacer los deseos de ella que los míos. Con el
alborozo que es de presumirse, me llevó la noticia y sin desconcierto aceptó mi
respuesta, que fue la de una gratitud inmensa por aquel varón eximio, pero la negativa de
aceptarlo porque en mi sentir ello no complacía la aspiración que yo tenía y que era la
de poder hacer aquel viaje con mis propios esfuerzos.
En verdad no se trataba únicamente
de la repulsión que he sentido hacia la burocracia sino que, conscientemente, defendía
una inmensa satisfacción y un gran beneficio. Posteriormente la vida me demostró no
haberme equivocado. Una gran satisfacción era la de lograr un objetivo por el camino del
personal esfuerzo. ¡Qué pobre sabor de fruto masticado debe tener la vida para los
hombres que no han experimentado tan deliciosa sensualidad! Y un gran beneficio, porque
estoy seguro de que si mis estudios no los hubiera hecho acosado por la exigencia de un
tiempo que dependía de las limitadas monedas, jamás habría sido capaz de hacer como
hice, en el curso de un año, diez y seis materias que me permitieron obtener el título
de doctor en jurisprudencia de la Real Universidad de Roma y el título de la Escuela de
Especialización Jurídico Criminal. Con el aditamento de una tesis o teoría sobre la
premeditación en materia penal, que luego fue laureada cuando yo había regresado ya a mi
país, y que por ahí anda citada y encomiada en varios tratados de importancia de la
ciencia criminal. Todo esto no hubiera sido posible con las probabilidades que una
canonjía burocrática me hubiera deparado. No olvidaré nunca un momento que vino a
demostrarme cómo no siempre falta la generosidad en el corazón humano. Cuando el
Conserje leyó el resultado de la calificación, que había sido la máxima, es decir magna
cum laude, honor muy escasamente discernido, la numerosa y ansiosa multitud de
jóvenes de todos los países allí presentes prorrumpió en entusiastas demostraciones de
felicitación como si de cosa propia se tratara.
Crisis del carácter y de la
moral
Y ya que hablo de estas
reminiscencias de estudiante, me parece que al caso viene decirle que uno de los problemas
más inquietantes del país, a mi modo de ver, reside precisamente en la absoluta ausencia
de estímulo de las virtudes humanas de la juventud, que parece ser doloroso patrimonio de
la presente hora colombiana. Tanto más alarmante cuanto que a nadie alarma. El hombre no
obra sin motivos, y cuando faltan los generosos y elevados, se moverá por los exiguos y
pequeños. Bien es cierto que la delicuescencia en la valoración de los principios
éticos y morales es hoy signo de amplitud universal y que dentro de nuestras propias
fronteras la disminución y el aflojamiento de las normas que condicionan una vida, excede
de las partidas para cobijar el ambiente todo.
Sin embargo, si se toman medidas
preventivas en orden a la defensa de lo económimo y fiscal, no se entiende cómo tan
indiferente desdén se acusa en lo que dice relación al elemento humano, suprema riqueza
de toda actividad social. La juventud presente, destinada a manejar la República en las
épocas más difíciles de su historia ha menester de una preparación intelectual
especial, de una energía de voluntad como no fuera en otras ocasiones necesaria y de un
carácter como nunca indispensable. No obstante, por la realidad deletérea de cada hora y
de cada momento, ella crece en el ambiente de que las virtudes mentales volitivas y
morales, no sólo no son una contraseña de libre paso en el camino del buen éxito, sino
en muchas ocasiones embarazoso lastre. Fatal lección la de enseñarle que la República
no es propiamente un patrimonio colectivo, sino una especie de taquilla de teatro cuyo
boleto se paga al precio del renunciamiento de la personalidad y sólo se vende cuando el
cliente declara, de antemano, que le gusta la obra y está irremediablemente enamorado de
los actores...
Un elogio del profesor Ferri
Por lo que atrás dejo expresado,
es un poco difícil decir cuáles son los momentos que en mi carrera profesional me hayan
producido mayor satisfacción. Al azar le diré que la lectura de una entrevista que, en
un periódico mejicano, le hicieron hace mucho tiempo a Oreste Ferrara, en la cual, para
referirse elogiosamente al movimiento intelectual colombiano, citaba La Vorágine,
de José Eustasio Rivera, y el libraco que me sirvió de tesis, llamado Las ideas
socialistas en Colombia. Por cierto que yo quise que el presidente de esa tesis fuera
uno de los hombres más contrarios
a su ideología, Monseñor José Alejandro Bermúdez. Esa tesis la publiqué después a
manera de libro, y tuvo buen éxito, pues la edición se agotó. Otra gran emoción
experimenté cuando recibí una carta de don Antonio Gómez Restrepo, embajador en Roma,
fechada el 22 de enero de 1929, y en la cual me hacía saber que en el curso de Derecho
Penal de la Universidad de Roma, al cual él asistía en compañía de Rueda Concha,
había oído al profesor enseñar a sus discípulos una teoría mía sobre problemas
penales, carta en la que me agregaba: "Pocas veces un nombre colombiano habrá sonado
en el extranjero con un elogio tan expresivo en boca de un sabio de fama mundial, como lo
es indudablemente Enrico Ferri, cuyas ideas filosóficas no comparto, pero a quien nadie
puede negar la influencia profunda que ha ejercido en el desarrollo del derecho
penal". Pero quizá la única verdadera emoción, porque ya no es de detalle sino de
síntesis y porque ya no es el recuerdo de hechos acaecidos, sino la mirada panorámica
hacia atrás, es la de que en mi profesión no tengo ninguna queja que formular ni qué
formularme...
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 147,
Bogotá, 1º de abril de 1973, pp. 4-10.
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