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José Camacho
Carreño
José Camacho Carreño nació en
Bucaramanga el 18 de marzo de 1903 y falleció trágicamente en las cercanías de Puerto
Colombia, departamento del Atlántico, el 2 de junio de 1940.
Hizo estudios en el Gimnasio Moderno de
Bogotá, bajo la dirección de D. Tomás Rueda Vargas; en el Colegio Mayor de Nuestra
Señora del Rosario y en la Universidad Nacional. Desde muy temprana edad se distinguió
como escritor y orador de aquilatados méritos.
En las postrimerías del gobierno del
general Pedro Nel Ospina, en unión de Eliseo Arango, Joaquín Fidalgo Hermida, Augusto
Ramírez Moreno y Silvio Villegas, formó parte del grupo Los Leopardos, denominado
así por la manifestación combativa y entusiasta de tan aventajados universitarios. Desde
entonces Camacho Carreño comenzó a escribir en El Nuevo Tiempo y a participar
activamente en las luchas políticas.
En plena juventud fue elegido diputado a
las asambleas de Santander y Cundinamarca y, también, representante a la Cámara, de la
cual fue dos veces presidente. Fue, así mismo, secretario de nuestra Legación en
Bélgica, ministro plenipotenciario ante los gobiernos de la Argentina y del Uruguay y
delegado a la VII Conferencia Internacional Americana de Montevideo.
Como escritor, Camacho Carreño hizo gala
de un estilo correctísimo, de sabor clásico pudiéramos decir. Pero, más que todo,
sobresalió como un elocuente y vibrante orador. Refiérese que en el foro, en la tribuna
pública y en el hemiciclo del Congreso libró duelos oratorios de extraordinaria
resonancia. Alguien puntualiza de este modo: "José Camacho Carreño fue el verbo. Es
decir, el creador, el movilizador, el castillo luminoso y musical, el venablo sonoro, la
fonética con su poder de taumaturgia y de asombro".
Sobre este aspecto en la vida del tribuno
santandereano, el escritor Jaime Paredes nos dice lo siguiente:
Yo no he oído un orador de tanto brío,
de tanto color, de tan masculina elegancia como este José Camacho Carreño. Nació
orador, como otros nacen pintores. De allí esa frescura, ese empuje elemental de su
verbo. No hay el esfuerzo intelectual por aderezar frases, por irlas tallando a fuerza de
pensarlas y castigarlas: le salen redondas de hermosura como las notas de los grandes
cantores.
El fragmento autobiográfico que
reproducimos a continuación hace parte del capítulo primero, titulado Preliminares
necesarios, del libro El último leopardo (Bogotá, 1935). Dicho capítulo
contiene los siguientes apartes: El Gimnasio Moderno (que aquí se reproduce), Los
leopardos, Ingenuidades parlamentarias, Acusación al ministro Rengifo,
y División conservadora
y origen de la candidatura Olaya Herrera. Además
del libro antes mencionado, Camacho Carreño publicó: Defensa de Soledad Agudelo
(Bogotá, 1926), Reflexiones económicas (Bruselas, 1929), Florentino González:
memorias (Buenos Aires, 1933), En defensa del jurado (Bogotá, 1937), Bocetos
y paisajes (Bogotá, 1937), y Skoda y sus relaciones con Alfonso Araújo
(Bogotá, 1938).
En esta misma entrega de Noticias
Culturales se reproduce un breve artículo sobre la personalidad de D. Marco Fidel
Suárez que según nuestra apreciación se debe a la incipiente pluma de José Camacho
Carreño.
Autobiografía
Quienes criamos y mantenemos hijos,
deberíamos documentar lo abultado o exiguo que hayamos hecho en nuestra carrera pública.
No se trata de un incensariazo autobiográfico, ni de pedirle marco a la historia para
nuestra pequeñez. No. Pero si hemos intervenido poco o mucho en la política siendo
calumniados en ella, necesitamos, de toda urgencia moral, dejar escritos y protocolizados
los íntimos motivos de ciertas determinaciones.
Además, es provechoso al hijo, cuando
alcance su mayoría de edad, topar ciertos derroteros humanos que le ahorren despechos y
decepciones, especialmente en estos tiempos en que el contrato, el ocio, el analfabetismo,
la alevosía filial y la traición patria son títulos de gobierno.
En estos capitulejos contaré lo visto y
lo vivido. Colgadas quedarán las semblanzas de tipos y figurones, que barajé como sotas
o como ases. Es más valedero para la historia del país este testimonio ocular, que el
mamotreto intuitivo y académico que suele consagrar el mañana al ayer cadavérico. La
fantasía borda entonces con las sombras funerarias, lucientes croquis inverosímiles. Y
los difuntos, juzgados sin la tensión humana, sin el rigor carnal, sin la rigidez huesosa
que pone la pasión, resultan glorificados por la benevolencia, canonizados por la
idealidad del recuerdo. ¡Cuántos héroes reverencia la juventud, porque tuvieron
biógrafo póstumo, que aderezó con ajuares retóricos sus flaquezas, para trocarlas en
arquetipos de virtud patria!
Madrugué en la política. Para mi
infancia fue juguete el arte de combinar pasiones y acaudillar hombres. Memoro que en el
colegio, para mi uso y gozo exclusivo, se instituyó una republiquita escolar. En ella
hubo siempre dos bandos. El de los cuantitativos, aficionados al número y la figura,
cautivos de las ciencias exactas, que alistaba a los sobresalientes en aritmética,
álgebra y trigonometría, cuyo abanderado era Jaime Samper; y el de los cualitativos, que
guiábamos con Juan de Vengoechea, tan criterioso como señorial y estilizado, lectores de
gramáticos y troveros, a quienes la filosofía extasiaba. No gobernábamos para la
exactitud sino para la emoción. Sensualidad en la palabra, coraje autoritario,
ceremonioso aparato de mando, y un auténtico sentido de la justicia. Aquella republiquita
era perfecta en su mecanismo: cuando nuestro esplendor cortesano encabritaba las
voluntades, el aplomo de Samper y su predilección por lo exacto y matemático, caía para
restablecer proporciones.
¡Gimnasio Moderno! He rejuvenecido mis
recuerdos sobre este claustro, con un hijo de carne y hueso que estudia ya en los bancos
donde su padre deletreó y borroneaba perfiles y palotes. Se embellece y agranda el
corazón cuando rememora la casona donde nos criamos con Ernesto Samper Mendoza. Ese
hombrazo, hoy roto, fue ciudadano de la republiquita desaparecida, y con Joaquín su
primo, prefería mi partido al de su pariente cercanísimo. Como timbre que enjoya mi
espíritu, recuerdo la hermandad que me ligó a Samper Mendoza. Jamás nos despegábamos.
Juntos dormíamos, aventurábamos, alegábamos, íbamos al campo, y en vacaciones él me
regalaba con el castizo albergue de su casa, y de su madre preciosa brotaban para ambos
mimos maternos.
Alguna vez enfermamos. Rosiola o
sarampión, achaques infanzones elevaban la fiebre hasta el delirio. Ernesto, que apestaba
de mi retórica y abominaba de la gramática y los clásicos, empezó a delirar. Jamás he
oído arenga más palpitante y huracanada que la del aviador: soñaba en vuelo, con la
fatal máquina en las manos, y la precipitaba sobre los vientos imaginarios de su patria,
galopante. Trepidaba en el afiebrado grito la fuerza motora y, sobre la quieta pupila del
enfermo, paisajes sin término desfilaban. DAnnunzio acaso no tradujo la emoción
del espacio como mi delirante amigo. Ernesto Samper ha muerto, y ya lo honró con sus
banderas y sus armas la República de Colombia, y sus mujeres alumbraron con lágrimas el
féretro. No puede callar en el homenaje la republiquita donde emplumó su sueño:
imprímase el laude aquí, en nombre del Gimnasio y por autoridad de la emoción fraterna.
Pudo nuestro colegio errar
intelectualmente, pero nos dotó en cambio de bondad y señorío, de consecuencia y
sentido social, y sobre todo de amor a la Patria. Se purifica en la intención quien evoca
a un José María o a un Tomás Samper Brush, como dechados de actividad privada y
pública, como espejos de rectitud ciudadana.
De un diario infantil que redactaba
entonces, copio:
Septiembre 19, año de 1918. Don
Guillermo González, persona muy respetable que desempeñó por algún tiempo el puesto de
Gobernador del Putumayo, nos dio una interesante conferencia en que habló del Cauca,
Pasto, la Laguna de la Cocha, el Valle del Patía, el Valle de Sibundoy y las regiones del
Putumayo. Contónos el estado lamentable en que viven los indios y el descuido con que
Colombia tiene aquellas regiones, fantásticas, bellas y riquísimas; los países vecinos,
principalmente el Perú, se apoderan lentamente de esos territorios, sin que Colombia
proteste. Se han hecho muchos tratados, todos ellos ventajosos para los otros países;
pero inconvenientes para Colombia. Triste es pensar que por abandono nuestro vayan
quitando territorios importantes de nuestro terruño. Jóvenes somos nosotros; quizá
pudiéramos más tarde resolver el problema internacional que se nos presenta con esas
regiones, que más tarde serán fuente de riqueza. Lo importante es estudiar la
geografía, e irnos relacionando, poniéndonos en comunicación con ellas y haciendo que
los colombianos del centro también se pongan. El día que Bogotá tenga comunicaciones
rápidas con el Putumayo, la situación estará salvada.
Quien esto escribía, el 19 de septiembre
de 1918, era a la sazón un niño, y a pesar de la ingenuidad aparente de los conceptos,
los profesa en toda su integridad hoy, cuando las hebras de plata anuncian que la juventud
está en fuga.
Tomás Rueda Vargas puso tempranamente en
mis manos historia y literatura castiza. Primeramente, nuestros clásicos del Mosaico, los
bogotanos áticos, los costumbristas inmortales, Vergara, Carrasquilla, Guarín.
Parcamente fue mezclándole a este criollismo levadura de Castilla, la Nueva y la Vieja.
Cuando acordé, me había leído la biblioteca de Rivadeneira, con la sencillez de quien
eleva una cometa y sin que yo sintiese jamás la cuerda que me daba el preceptor, ni la
facilidad con que me transportaba de uno a otro viento. Rueda Vargas es de las almas
próceres y colombianas que he conocido. De ciertos recuerdos familiares y de él, arranca
mi tradicionalismo. Dios se lo premie.
Daniel Sáenz era el Procurador. Este
nombre de tantas eres, hacía más grave su condición administrativa. Mostrábase muy
severo entonces, pero hacía obedecederas y gratas sus talentosas instrucciones, con
ingénito ademán de elegancia y con inmarcesible señorío, donde espejea su recta
conciencia.
¿Te acuerdas, poeta Angel Montoya, de
los desaguisados con tus hermanos Manuel y Enrique, y de las severidades que los niños
gobernantes descargábamos sobre vosotros? En las clases de geografía de Pablo Vila, el
catalán genial y el maestro más arrebatador y cautivante, entrabas en tus primeros
éxtasis. No supiste jamás dónde quedaba Escocia. Pero de sus brumosas nieblas
libertaste las primeras princesas para oprimirlas en el guante de tu verso, lánguido
desde entonces.
El Gimnasio Moderno es la obra espiritual
de Agustín Nieto, y marca una etapa en la educación pública. La Patria debe gratitud al
hijo ejemplarísimo cuya vida entera se ha consagrado a la solución del problema
primordial. Intimamente conocimos a este gran ciudadano: cautiva su sencillez, impresiona
la ternura de su corazón, urna exclusiva de bondad; encanta su manera discursiva, ágil y
talentosa, y emociona supremamente su amor a Colombia.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 146,
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