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Tomás
Carrasquilla
Con motivo de la nueva edición de la
novela Frutos de mi tierra, realizada por el Instituto Caro y Cuervo, hemos creído
oportuno reproducir la autobiografía de D. Tomás Carrasquilla.
Este simpático documento
autobiográfico, fruto de la gracia y del ingenio del autor, apareció por primera vez en
el número 237 del semanario ilustrado El Gráfico de Bogotá, correspondiente al
29 de mayo de 1915. Como muy bien podemos apreciarlo, la curiosa circunstancia que dio
origen a estas páginas de Carrasquilla se desprende tanto de la breve manifestación
escrita por los redactores de dicho semanario, que precede a esta atractiva pieza
literaria, como de los renglones iniciales y de los párrafos finales escritos por el
mismo Carrasquilla como parte integrante del referido documento.
Pocos días después, el 12 de junio del
citado año, fue reproducida en la primera página de El Espectador de Medellín,
también con la consiguiente explicación preliminar, por parte del periódico, de que
dicha autobiografía había sido enviada a El Gráfico por su propio autor, a raíz
de la negativa que dio el novelista antioqueño para una entrevista que por aquellos días
le había solicitado un redactor del mencionado semanario bogotano. Esta fiel
reproducción, al pie del párrafo pertinente, trae una nota de los editores, en la que se
da a conocer el seudónimo con el que Carrasquilla firmó el cuento Simón el mago:
Carlos Malaquita, y que a su vez, constituye el anagrama del ingenioso escritor
costumbrista. Cabe observar que de las reproducciones que conocemos hasta ahora del perfil
autobiográfico en referencia, la realizada por el periódico de los señores Cano es la
única que trae esta interesante anotación.
De otra parte, es conveniente señalar
que, con excepción de los textos aparecidos en las publicaciones periódicas mencionadas
anteriormente, las reproducciones realizadas con posterioridad han omitido tanto los
renglones iniciales que sirven de introducción explicativa a la autobiografía, como los
tres párrafos finales que contienen expresiones de simple cumplimiento con el semanario
interesado en la entrevista de marras. Igualmente, con las excepciones indicadas, es
preciso advertir que en las posteriores reproducciones, que hemos tenido la oportunidad de
consultar, se han hecho modificaciones en la puntuación y algunos cambios y supresiones
de palabras, pero sin alterar el sentido del contenido original.
Comprueban nuestro aserto los textos de
la autobiografía que han aparecido en las siguientes publicaciones: Selección Samper
Ortega de Literatura Colombiana, vol. 12, Bogotá, Edit. Minerva, 1935, págs. ix-xix;
Anecdotario de don Tomás Carrasquilla, de Ernesto González, Medellín, Tip.
Olimpia, 1952, págs. 27-31; Obras completas, Madrid, Ediciones y Publicaciones
Españolas, 1952, págs. xxix-xxxii; Hojas de Cultura Popular Colombiana, Bogotá,
1953; Cuentos de Tomás Carrasquilla, Colección Popular de Clásicos Maiceros,
vol. IV, Medellín, Edit. Bedout, 1956, págs. xvii-xxi; Juicios y comentarios sobre
Tomás Carrasquilla, Medellín, Edit. Bedout, 1958, págs. 7-10; Obras completas,
tomo I, Medellín, Edit. Bedout, 1958, págs. xxv-xxvii; y Literatura colombiana
del P. José A. Núñez Segura, 8ª edición, Medellín, Edit. Bedout, 1966, págs.
539-542.
Finalmente, en cuanto respecta a la fecha
en que por primera vez vio la luz la autobiografía que ahora nos ocupa, es necesario
hacer la siguiente aclaración: en el registro bibliográfico de la Vida y obras de
Tomás Carrasquilla del profesor Kurt L. Levy (Medellín, 1958) se da como fuente
primigenia la de El Gráfico de fecha 15 de noviembre de 1914, fecha ésta que
equivocadamente también aparece al final de la autobiografía publicada en las ediciones
de las Obras completas de Carrasquilla, aunque sin indicación de la respectiva
fuente. Pues, según lo dijimos en un comienzo y como resultado de la búsqueda efectuada
en la colección del citado semanario ilustrado, la publicación original se hizo en El
Gráfico del 29 de mayo de 1915, de donde hemos tomado el texto que se reproduce a
continuación, y no en la fecha que se indica en las obras citadas.
Roberto Jaramillo, en su bien logrado
prólogo a las Obras completas (Medellín, 1958), emite, creemos que con sobra de
acierto, el siguiente juicio apreciativo:
Carrasquilla es no sólo el más fiel
intérprete de nuestra raza, el de más clara visión para escudriñar la variedad de
usos, caracteres y oficios, los giros de su lengua, el sentido y significado de las voces
salidas de sus labios y de memoria más fiel para tomarlos de su trato liso y llano y
conservarlos como oro en polvo en ricas y variadas locuciones en estilo suelto y popular,
que cautiva y embelesa; es también el que mejor ha hablado la lengua castellana y
manejándola con más limpieza y propiedad, el más poderoso motivo de honra perdurable
para Antioquia, el más digno de cuenta y admiración y de atento y cuidadoso estudio de
nuestros ingenios.
D. Tomás Carrasquilla, escritor fecundo
y ameno como pocos y verdadero maestro de la narrativa en nuestras letras, nació en
Santodomingo, departamento de Antioquia, el 17 de enero de 1858 y murió en Medellín el
19 de diciembre de 1940.
Autobiografía
Uno de nuestros redactores ha tocado
discretamente a las puertas de Tomás Carrasquilla. Va en busca de un rato de charla, de
algo qué contar al público sobre la vida y milagros del escritor antioqueño.
Carrasquilla, como todo hijo de vecino, tiene sus días; la noche anterior habrá tenido
malos sueños, se habrá desvelado quizá y no tiene ánimo para dejarse confesar. Días
después nos envió galantemente las confesiones que van en seguida, destinadas a contar
detalles de su vida que el público leerá con interés. Gracias para el novelista y para
el amigo. Tiene la palabra:
El informe autobiográfico que antes os
negué y luego os prometí, lo rindo hoy con especial complacencia; que nada hay más
fervoroso que los recién arrepentidos.
Prestadme, pues, mucha atención y... va
de cuento:
Este servidor de vosotros nació ha más
de once lustros, sin que hubiera anunciado el grande acontecimiento ningún signo
misterioso ni en el cielo ni en la Tierra. Fue ello en Santodomingo, un poblachón
encaramado en unos riscos de Antioquia. Según unos, se parece a un nido de águilas;
según otros, a un taburete. Opto por el asiento. En todo caso, es un pueblo de las tres
efes, como dicen allá mismo: feo, frío y faldudo.
Mis padres eran entre pobres y
acaudalados, entre labriegos y señorones, y más blancos que el Rey de las Españas, al
decir de mis cuatro abuelos. Todos ellos eran gentes patriarcales, muy temerosos de Dios y
muy buenos vecinos.
Como querían que fuera doctor y
lumbrera, me pusieron, desde chico hasta grande, en cuanto colegio hubo por esas
cordilleras. ¡Pobres viejos!
Fue mi primer maestro El Tullido,
por antonomasia, protagonista, luego, de algún cuentecillo mío.
Parece que esos, mis primeros pasos en la
carrera de la sabiduría me imprimieron carácter desde entonces, porque en ninguna parte
aprendí nada. La indolencia, la pereza y algo más de los pecados capitales, a quienes
siempre he rendido ardiente culto, no me dejaban tiempo para estudiar cosa alguna ni hacer
nada en formalidad. Mas, por allá en esas Batuecas de Dios, a falta de otra cosa peor en
qué ocuparse, se lee muchísimo. En casa de mis padres, en casa de mis allegados, había
no pocos libros y bastantes lectores. Pues ahí me tenéis a mí, libro en mano, a toda
hora, en la quietud aldeana de mi casa. Seguí leyendo, leyendo, y creo que en el hoyo
donde me entierren habré de leerme la biblioteca de la muerte, donde debe estar
concentrada la esencia toda del saber hondo. He leído de cuanto hay, bueno y malo,
sagrado y profano, lícito y prohibido, sin método, sin plan ni objetivos determinados,
por puro pasatiempo. De aquí el que sea casi tan ignorante como el tullido consabido. Lo
que tengo en la cabeza es un matalotaje caótico de hojarasca, viruta y cucarachas.
Cualquier día me dio por escribir sin
intención de publicar; y ahí emborronaba mis cuartillas lo mismo que ahora o menos mal,
acaso; pues creo que en vez de adelantar, retrocedo en el tal embeleco literario. A nadie
le contaba de mis escribanías. Ni siquiera a mi familia. Pero como la gente todo lo
husmea y el diablo todo lo añasca, el día menos pensado recibí una nota por la cual se
me nombraba miembro de un centro literario que dirigía en Medellín Carlos E. Restrepo en
persona. Acepté la galantería, y como fuera obligación, sine qua non, producir
algo para ese círculo, farfullé Simón el mago, para los socios solamente, según
rezaba el reglamento. Pero Carlosé, que desde mozo la ha puesto muy cansona y por lo
alto, determinó modificar la constitución y echar libro de todas nuestras literaturas.
Aceptadísima fue por el publiquito antioqueño la miscelánea aquella. Allí salió mi
relato, con seudónimo, por supuesto. ¡Y malón fue el que yo me levanté, con todo y
anagrama! Por eso descubrieron quién era el incógnito principiante.
Tratábase, una noche, en dicho centro,
de si había o no había en Antioquia materia novelable. Todos opinaron que no, menos
Carlosé y el suscrito. Con tanto calor sostuvimos el parecer, que todos se pasaron a
nuestro partido y todos, a una, diputamos al propio presidente como el llamado para el
asunto. Pero Carlosé resolvió que no era él sino yo. Yo le obedecí, porque hay gentes
que nacen para mandar.
Una vez en la quietud arcadiana de mi
parroquia, mientras los aguaceros se desataban y la tormenta repercutía, escribí un
mamotreto, allá en las reconditeces de mi cuartucho. No pensé tampoco en publicarlo:
quería probar, solamente, que puede hacerse novela sobre el tema más vulgar y cotidiano.
El manuscrito fue leído por gentes
competentes que lo encontraron bien. De él se publicaron varios fragmentos. Constreñido
luego por amigos y parientes, resolví sacarlo a la calle, en la seguridad de que nadie lo
leería y de que echaba al río el valor de la edición. No resultó así: el libraco fue
leído, comentado y se vendió muy pronto. No fue ni gracia. Encontré aquí padrinos muy
buenos e influyentes, que me lo ampararon antes y después de su salida. Entre ellos,
Diego y Rafael Uribe, José A. Silva, Laureano García Ortiz, Jorge Roa, Antonio José
Restrepo, Mariano y Pedro Nel Ospina y los redactores de la Revista Gris.
D. Rafael María Merchán y D. José
Manuel Marroquín, que leyeron todo el manuscrito, encontraron aquello poco menos que
detestable. Tal es la historia de Frutos de mi tierra.
Casi estoy de acuerdo con estos dos
maestros. En verdad que a esa obrilla, por más que haya gustado, le concedo muy poco
mérito artístico. De tener alguno, será, probablemente, como documento literario, por
ser esa la primera novela prosaica que se ha escrito en Colombia, tomada directamente del
natural, sin idealizar en nada la realidad de la vida. Y digo que la primera, porque Manuela,
si muy hermosa, meritoria y realista, es más bien un estudio de costumbres que de
caracteres, amén de estar inconclusa.
Después he publicado tres novelas
extensas, varias cortas, algunos cuentos y muchísimas chilindrinas, a guisa de crónicas,
que llaman ahora. El año próximo pasado publiqué, en El Espectador de Medellín,
una serie de cuadros rústicos y urbanos, alternados, con el título de Dominicales,
que por ser enteramente regionales, agradaron bastante en esas Beocias.
Nada de lo que he publicado fuera
de Salve Regina
me parece bueno. Mal podría parecerme: tengo idea
altísima del arte, muy baja de mis facultades, y conozco los grandes autores. Si he
publicado y publico es porque me pagan, y no muy mal, relativamente. Soy, pues, una pluma
alquilada y como a tal se me debe apreciar.
Al cuarto poder tengo qué agradecerle.
Verdad que algunas veces, por rencillas o antipatías personales, o por rivalidades del
oficio o porque así me lo merezca, se me ha tomado el pelo, a pesar de mi calvicie; se me
ha insultado y hasta se han escrito libelos contra mí; pero también se me han prodigado
muchísimos elogios que estoy muy lejos de merecer. Si agradezco lo uno, no me quejo de lo
otro ni por ello me amilano. Quien le salga al público, en cualquier campo, está
expuesto a todo. Debe tener, por ende, el valor y la sangre fría que para ello se
requiere.
La labor del novelista que quiera
reflejar en su obra la vida ambiente, es de suyo agria y espinosa; mayormente en ciudades
reducidas. La maledicencia, que a todos nos enferma, encuentra en cada novela de esta
índole amplio campo para sus lucubraciones. Y es lo hermoso del caso que nadie se fija en
los personajes buenos o elevados de una ficción novelesca, para buscarles el origen en la
vida real y efectiva; pero no se trate de algún tipo malvado o ridículo, porque al punto
vemos en él la vera efigie de Zutano o de Fulana y a cada cual nos faltan pies para
correrle con el enredo. Con frecuencia ni los conoce el autor. ¡Pero vaya usted a
probarles que no! El lector está siempre más enterado que el autor. Los odios, las
enemistades, el rompimiento de vínculos dulces que estas suspicacias ocasionan al pobre
novelista no las compensan ni lauros ni dineros. Lo digo con harta experiencia. Mas no me
quejo, tampoco, ni pretendo hacerme víctima del arte. No es la mía para tanto, ni puedo
ser hostia ni mis condiciones personales ni mis circunstancias son para esperar
consideraciones de ninguna especie. Poco importa: por un amigo enajenado, surgen otros;
cuando unos se van, otros vienen; porque la vida es un hacer y deshacer que nunca cesa. Y,
puesto que existen enemistades y odios, será porque la misma armonía de la vida lo
necesita y lo impone.
No tengo, en formalidad, ninguna obra
inédita: pues no puede llamarse tal unos papelorios fragmentarios o embrionarios, que ni
sé dónde están ni qué contienen. Acaso los haya perdido del todo. No hacen falta: mis
manuscritos, que son unos mapamundis, de nada me sirven: lo poco que les puedo descifrar,
lo cambio por completo.
El de Medellín por dentro, que
muchos han visto y del cual han leído capítulos enteros; ese horror, donde figuran, con
sus pelos y señales, todas las maldades de nuestra capital de provincia sólo existe en
la imaginación creadora de algunos Homeros. Ni soy yo, tampoco, el inventor de tal
título: es otro novelador antioqueño. Me cumple decir aquí que sólo he tomado modelos
verdaderos, cuando sirven a mis planes personas de alma bella y elevada. Bien así como se
publican en cualquier revista los retratos de damas notables y hermosas.
Aquí se me ha instado, se me han dado
datos, se me han ofrecido los que quiera, para que escriba una novela de la alta sociedad.
No haré tal, probablemente. Las clases altas y civilizadas son, más o menos, lo mismo,
en toda tierra de garbanzos. No constituyen, por tanto, el carácter diferencial de una
nación o region determinadas. Ese exponente habrá de buscarse en la clase media, si no
en el pueblo. Tampoco es Bogotá para conocerse a las primeras de cambio; es ciudad muy
complicada que necesita largo estudio. Y yo, ni he vivido en ella ni puedo escribir por
referencias: necesito la documentación personal. No quiero, tampoco, con la polvareda que
levantan siempre obras de esta índole, granjearme la animadversión de una sociedad que
tanto quiero y de quien he recibido y recibo atenciones y finezas, tan inmerecidas como
cordiales. No lo extraño. La buena bandera acoge y guarda la más exigua mercancía.
No tengo escuela ni autores predilectos.
Como a cualquier hijo de vecino me gusta lo bueno, en cualquier ramo. Diré, sí, porque a
los colombianos nos atañe, que, en mi pobre concepto, puede gloriarse nuestra patria de
tener el primer prosista y el segundo lírico de esta lengua castellana. Me refiero al
Indio Uribe y a José A. Silva.
Dejo así absuelto, punto por punto,
vuestro cuestionario y mi declaración de principios.
Os reitero las gracias por el favor que
os merezco y por el deleite que me proporcionáis al ocuparme de mí mismo.
Con mis votos por vuestra Empresa, os
presento mis consideraciones y respetos.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 145,
Bogotá, 1º de febrero de 1973, pp. 7-10.
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