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Tomás Rueda Vargas
Recuerdos
Las páginas que han de formar este libro
no tienen pretensión literaria alguna; busco un fin moral que pueda aprovechar a mis
hijos y, si pasaren de los linderos del hogar, a cuantos puedan hallar cualquier
enseñanza provechosa, que nunca faltan en una vida por el sólo hecho de serlo.
Muchas veces he pensado lo útil y
consolador que me habría sido el hallar el pensamiento y opinión de mi padre en alguna
forma más concreta que la dispersa y fragmentaria que se conserva en la memoria de
quienes le trataron, y en tal cual papel de índole pública, o en todo caso, no escrito
con la mente puesta en el objetivo de dirigir al hijo e influir sobre él desde
ultratumba.
Nací en Bogotá el 18 de septiembre de
1879, y debo hacer alguna ligera relación acerca de las familias de mis padres.
Mi madre (Biviana Vargas), nacida
también en Bogotá (año de 1850), es hija del doctor Jorge Vargas, natural de la villa
de Charalá en la antigua provincia del Socorró (hoy departamento de Santander), y de
doña Biviana Heredia, de vieja cepa santafereña, quien murió cuatro meses después del
nacimiento de mi madre. Mi abuelo Vargas pertenecía a numerosa familia que apenas pudo
dar educación completa a él, que era el menor, enviándole a la capital hacia el año de
1823 a estudiar en el colegio de San Bartolomé de donde salió con diploma de médico en
1833; y con el trabajo asiduo de su profesión conquistó una mediana fortuna y una muy
buena posición social. Más adelante espero hablar de la influencia que el buen viejo
tuvo en mi infancia, pues él murió a la edad de 87 años y cuando yo contaba 13.
Mi padre nació en el pueblito de Tasco
(departamento de Boyacá) en junio de 1832 del segundo matrimonio de mi abuelo don Tomás,
natural de Zapatoca, con doña Francisca Nieto, natural del mismo Tasco; entiendo que
siendo mi dicho abuelo empleado subalterno en la renta de tabaco y teniendo este monopolio
antipatías marcadas por parte del público, vino a morir apedreado en un motín popular
habido contra el tal estanco del tabaco, supongo que hacia 1840. Como mi abuelo materno,
mi padre se levantó y educó en medio de las mayores dificultades y estrecheces llegando
a coronar sus estudios de derecho hacia 1857 o 1859; antes de esto había tomado parte en
la guerra de 1854, formando entre los defensores de la Constitución en contra de la
dictadura de Melo, y combatiendo a órdenes de los generales Franco y Herrera, y a las
inmediatas del coronel Melchor Corena en el escuadrón de caballería que mandaba este
veterano de la Independencia.
Mi padre murió repentinamente a causa de
un ataque de angina de pecho, en la hacienda de Santa Ana, vecindario de Usaquén, el 24
de diciembre de 1882. Contaba yo, pues, poco más de tres años, pero recuerdo el grito de
mamá, la consternación de la casa, y todo aquello confuso que formó en nuestro hogar un
ambiente de tristeza e hizo de mí un muchacho melancólico, retraído y que entró a
pensar demasiado pronto en cosas serias. Cuando mamá me apretaba contra su pecho y yo
sentía íntimamente su pena, sus angustias y la falta del apoyo de su marido muerto, yo
comprendía una multitud de cosas que seguramente no comprenden los niños felices; cuando
antiguos amigos de mi padre iban de visita a casa y conversaban de él alabando su severa
honradez, relatando actos de valor por él ejecutados, yo me volvía todo oídos,
contenía la respiración y dominaba el sueño que me invadía, para mejor escuchar.
Cuando algún señor detenía en la calle a la sirvienta que me acompañaba y cogiéndome
la cara, decía a algún amigo: "Mira, este es el hijo de Rueda", yo sentía una
mezcla de orgullo y de pena, que movía profundamente lo más íntimo de mi ser; como
conmovido me siento hondamente hoy en esta misma casa de Santa Ana al recogerme para
volver la vista a un pasado que va perdiéndose en la lejanía de la distancia, hoy, que,
mientras escribo, raya a mi lado en un tablero números y letras de principiante mi hijo
Antonio, sin saber que es él, y su hermanito, y sus dos hermanitas, pero principalmente
él, quien me pone la pluma en la mano para adelantar este trabajo en este domingo de
junio de 1917. El hijo mayor se engendra para el cumplimiento del deber, decían
los romanos; esa frase, que yo no conocía, me la fue labrando la conciencia,
naturalmente, al golpe de las circunstancias.
Un año después de muerto mi padre,
murió mi hermano menor Francisco (24 de enero de 1884), lo que aumentó las sombras de mi
hogar, y afirmó más en mí la idea de que yo había de ser el hombre de la casa,
idea que me ha dado valor en muchas ocasiones y que me vino a salvar en el porvenir de
quién sabe cuántas caídas; fue y ha sido éste como un grito interior que me ha hecho
levantar la cabeza siempre, y ha contribuido poderosamente a mantenerme derecho.
Nuestra casa quedó constituida por mi
madre, mi abuelo, mis dos hermanas mayores Julia y Paulina, el hermano mayor de mamá,
José María, y yo.
Mi abuelo, no obstante sus muchos años,
tenía un cararácter alegre y comunicativo, me quería mucho y gustaba en extremo de
contarme historias de sus tiempos. Así viví yo la historia de las primeras épocas de
Colombia republicana. Había sido el médico del general Santander, por quien tenía gran
veneración; como estudiante había presenciado escenas del 25 de septiembre; había sido
discípulo del Brujo Azuero (Celestino), que para su generación pasó por un segundo
Caldas; conoció al Libertador el día en que hizo su entrada de la campaña del Perú;
más atrás, muy niño, asistió a la matanza de Santo Domingo en Charalá el 4 de agosto
de 1819. En fin, toda la gloria de aquellos tiempos únicos parecía revivir en las
relaciones llenas de emoción y de amor que el viejo, inolvidable y amado, me contaba
acostándome al rincón, en las quietas tardes de un Bogotá que conservaba aún
mucho de su vieja Santafé, cuando después de comer entre 4 y 5 p. m. salían mamá y mis
hermanas a pasear, a alguna visita o alguna devoción a la vecina iglesia de Santo
Domingo. No he olvidado jamás esas tardes que despertaron en mí el gusto por la historia
que me pusieron en contacto con una alma noble y sobre todo sembraron en mi espíritu amor
inmenso por mi patria, admiración por la grandeza de sus orígenes independientes,
precaviéndome para más tarde, con la contemplación de aquellos épicos tiempos en que
todo era desinterés y abnegación, de caer en los horrores del sectarismo, del
partidarismo estrecho y minúsculo que todo lo empaña, oscureciendo tantas veces la
noción de patriotismo.
* * *
La inconstancia, uno de mis defectos,
hizo que este libro permaneciera cerrado desde 1917 hasta hoy (junio de 1922) en que
vuelvo a abrirlo con intención de trabajar en él lo más seguido posible. Y ¡cuán
cambiadas las circunstancias!
En estos cinco años ¡qué cambios en mi
vida y qué penas tan grandes! Al iniciarse el año de 1918 mi vida de campesino se trocó
en lo que jamás habría imaginado: en vida de maestro.
El 15 de enero de 1919 murió mi adorada
madre en la misma casa de la calle de San José (número 129 de la calle 13) en que ella y
nosotros habíamos nacido y vivido.
El 20 de julio de 1920, perdí en
Fusagasugá un discípulo a quien quise mucho y cuya muerte llenó de dolor mi alma ya
entristecida.
El lº de noviembre del mismo año murió
mi hermana mayor Julia en la comunidad de las Hermanas de la Caridad, después de una vida
llena de méritos y virtudes.
El 6 de abril de 1921, alegró nuestra
casa el nacimiento del quinto hijo, a quien llamamos Gonzalo en memoria del discípulo
muerto.
Pero cerremos este indispensable
paréntesis, y volvamos atrás para reanudar la narración.
Por lo dicho al principio y porque
seguramente mi natural no era el de un hombre alegre, mi infancia fue triste, reflexiva y
melancólica. Los mismos cuidados de mi madre y de cuantos me rodeaban lejos de
envalentonarme me hacían más reconcentrado. La timidez ha sido siempre mi distintivo,
aunque más tarde haya presentado en ocasiones apariencia de lo contrario; es un enemigo
(o amigo) de que no he podido desprenderme. Acompañante interior y mudo que unas veces me
ha librado de peligros, otras me ha servido de obstáculo y me ha mostrado a los ojos
extraños, sin quererlo yo, bajo luces desfavorables y adversas.
Pero compañera, esa timidez, a quien
tengo cariño, pues no en balde hemos vivido juntos tanto tiempo.
Contribuyó no poco a hacer retraída mi
infancia un hecho curioso, que relato por creer que vale la pena de que lo tengan en
cuenta quienes estudian el alma del niño.
No sé en qué momento tuvo origen, pero
desde que tengo conciencia de mí mismo, padecí de un horror instintivo, terrible e
imposible de dominar delante de los muñecos de porcelana, que, para mayor calamidad mía,
eran el juguete preferido de los niños de la época. Ocultaba yo cuidadosamente esta
debilidad, y para evitar malos encuentros me excusaba con diversos pretextos de asistir a
visitas y reuniones en casa de mis amiguitos. No sé cómo llegó a saberse entre muchos
aquella calamidad mía, y no pocas veces fui víctima de pesadas chanzas de mis
compañeros, todo lo cual me condujo a buscar de preferencia la sociedad de las personas
mayores, en donde pegado a las faldas de mi madre oía conversaciones de tiempos
pretéritos; y a lo sumo en materia de juegos me aventuraba a entrar en los de mis
hermanas y sus amigas, que más delicadas que los hombres me comprendían mejor, y sabían
ahorrarme malos ratos.
¡Cuántas cosas que parecen como
inexplicables en los niños no tendrán su clave en algún detalle semejante a éste!
¡Qué difícil es para el hombre llegar hasta el fondo del espíritu del niño, y con
cuánta irreverente pedantería solemos hablar de él, juzgarlo y aun sentenciarlo!
El hermano mayor de mi madre, mi tío
José María, solterón empedernido, hombre de campo, cuyas dos pasiones dominantes fueron
las mujeres y una economía rayana en la tacañería, me quería a su manera, me sacaba a
caballo a su lado en sus diarias salidas a visitar sus tierras de Puente Aranda y de
Usaquén.
Pero yo jamás experimenté con él el
sentimiento de la confianza, tan indispensable al niño, sin el cual las almas permanecen
aisladas y sin cuyo concurso no puede existir cariño sólido.
La irregularidad, vulgaridad y vaivén de
sus amores, creo que tuvieron en mi espíritu una influencia negativa y contribuyeron, no
sé cómo explicarlo pero así fue, a hacerme casto y amigo de los amores elevados,
únicos y eternos.
Sin duda contribuyó también a esto el
haberme levantado yo casi exclusivamente entre mujeres. Mi madre y mis dos hermanas fueron
durante mi infancia y juventud mi principal y casi única compañía. Al lado de ellas, y
en el respeto a ellas, se formó en mí quizá una especie de respeto por la mujer que
vino a ser parte integrante de mi carácter. Seguramente también contribuyó esa
circunstancia a aumentar mi natural timidez, sobre todo entre hombres, y a alejarme de las
conversaciones y motivos vulgares. En la escuela y en el colegio trabé amistades íntimas
siempre con dificultad.
Uno de mis más viejos recuerdos es la
muerte de mi hermano Francisco, dos años menor que yo. Sucedió esto un año después de
la de mi padre, y nunca olvido la manera como la comprendí, y la huella honda, escondida,
mitad de miedo, mitad de dolor, que dejó en mi ánimo. Las personas mayores creen que el
niño no siente, porque no dice nada en esos casos. Pero ahí está precisamente lo más
doloroso y lo más peligroso de esos dramas interiores.
Aquel acontecimiento redobló el cuidado
de que fui rodeado y tuvo parte en la formación de mi persona, así como también en
acercarme más estrechamente a mi madre.
En diciembre de 1884 estalló la guerra
civil. Tenía yo cinco años, y pasábamos el veraneo en una casita de Chapinero, situada
en donde está hoy la quinta de Aranjuez. Ese barrio era enteramente rural. Había unas
pocas casas diseminadas, y apenas ese año se había instalado la línea de tranvía que
lo unía con Bogotá; los carros eran tirados por parejas de mulas, el servicio era
malísimo. Frente a la casa aquella, en el sitio en que funciona ahora el teatro Caldas,
quedaba la estación; es decir las enramadas bajo las cuales se guardaban los carros y la
pesebrera para las mulas. Por mirar éstas y algunos caballos pícaros que los dueños
daban a la empresa para que se los domaran, frecuentaba yo mucho la estación. Los
postillones me parecían personajes muy importantes, y tal vez fue mi primera aspiración,
la de llegar a ocupar cuando fuera grande el puesto de alguno de ellos; las sirvientas de
la casa, que los amaban tiernamente, fomentaban mis viajes a la estación, lo mismo que a
unos chircales que estaban sobre la falda del cerro, hacia el lado donde mucho más tarde
vino a ser el primer local del Gimnasio Moderno.
La compañía del tranvía era americana,
su gerente era un simpático viejo, Mr. Davis, coloradote, de bigote rojo y siempre
cubierta la cabeza por un casco inglés. Si no desde entonces, sí desde poco después fue
secretario de la empresa Baldomero Sanín Cano, que vivía en casa de las señoritas
Cristancho, excelentes personas, dueñas de la panadería más acreditada de la región.
Sanín era retraído y en todo minuto que le dejaba libre su trabajo de oficina se
dedicaba al estudio de las lenguas y a la lectura. Así llegó por autoeducación a poseer
perfectamente varias lenguas extranjeras, lo que no sólo le dio una gran cultura y
eminente posición sino que le procuró bienestar material, pues años más tarde en
Londres vivió de la literatura; y La Prensa de Buenos Aires le hizo su
corresponsal en Madrid con un buen sueldo. Este hombre es una prueba de lo que pueden la
constancia y la tenacidad, tenacidad bien antioqueña, pues él es natural de Rionegro.
Después, en otras temporadas que pasamos
por aquellos lados hicimos relaciones con Sanín, que tenía ya intimidad con José
Asunción Silva, y con el Cabezón Vargas, primo hermano de mi madre, de quienes hablaré
luego.
Mis entradas a la estación, aparte de
mis buenas amistades con los postillones o cocheros, que no dejaron de arrimarme uno que
otro pedazo de panela mordido ya por ellos, y tal cual sorbo de chicha previamente
saboreada por sus labios, me hicieron experto en los nombres de las mulas y caballos que
en conjunto pasaban de ciento y que llegué a conocer de memoria sin la menor
equivocación.
Al principiar la guerra comenzó en los
alrededores el bárbaro reclutamiento a la usanza de entonces: especie de cacería de
hombres en que jugaba papel importante la delación. Recuerdo con horror la bajada de las
breñas de una partida de chircaleños, mis amigos, en medio de dos filas de soldados. Al
lado de afuera les acompañaban sus mujeres llorando estrepitosamente, y llevando alzados
los muchachitos y los jotos de ropa; los ranchos quedaban abandonados. Fue tal mi terror
que duré varios días sin salir, y ocultándome, al menor ruido, debajo de los muebles.
Extrañada mi madre de mi actitud logró al fin que yo le confiara que obedecía al temor
de que me reclutaran. Yo sabía que a los desertores los mataban a palo.
Quizá no dejó de tener parte este
incidente en el interés que más tarde he tenido por mejorar la condición de los
soldados, y por luchar, en la prensa y en cuantos campos me ha sido posible, por la
abolición del reclutamiento forzoso, para cambiarlo por el servicio obligatorio que haga
pesar ese trabajo sobre todas las clases sociales; por la educación de la oficialidad que
lleva al cuartel elementos más cultos y humanitarios, y por tanto propende al mejor trato
y adelanto de quienes van a pasar bajo banderas. También me ha acompañado el recuerdo de
una anécdota que oí a mi abuelo, quien refería que en su condición de médico había
tenido que asistir a un pobre labriego de algún pueblo de Cundinamarca que se había
cortado la mano derecha con una hacha a fin de inhabilitarse para el servicio militar en
aquellos tiempos odiosos.
Por espacio de varios meses en aquella
guerra estuvo refugiado en nuestra casa de la calle de San José, el doctor Nicolás
Esguerra a quien el presidente Núñez hacía perseguir por haber sido, dentro del
liberalismo, uno de sus grandes adversarios en los últimos años de la Federación,
cuando se planteó por Núñez la cuestión de la reforma política y administrativa bajo
el lema enunciado por él: Regeneración o Catástrofe; asunto que partió al
liberalismo en dos bandos: radicales e independientes o nuñistas, lucha que culminó en
la guerra de 1885, y trajo al poder a los conservadores por la escalera del
independientismo.
En mi casa eran fuertemente radicales,
pero como mi abuelo tenía muchas relaciones y grandes simpatías sociales derivadas de su
larga carrera médica, ejercida con caridad para los pobres y con benevolencia y
discreción en los ricos, y como había guardado siempre estricta neutralidad en la
política militante, no obstante ser sus ideas totalmente liberales, salvo en lo religioso
en que fue hasta su muerte un creyente sincero y practicante; tales condiciones, digo,
hacían que su casa, que había albergado y defendido a personajes conservadores en
persecuciones anteriores como en la de la época mosqueriana, fuera muy respetada y se
considerara como un asilo poco menos que inviolable.
Durante la guerra se había impuesto un
fuerte empréstito a mi tío José María, como a los demás desafectos al gobierno. Estas
contribuciones se cobraban violentamente. El se trasladó a Santa Ana para eludirlo, y
cuando iban partidas a buscarlo se refugiaba en un rancho en el monte. A veces me llevaba
con él a pasar algunos días en la casa de la hacienda, y recuerdo mi terror, una noche
que me despertó la gente armada que venía a buscarle.
Terminada la revolución después de la
batalla de la Humareda y establecido el nuevo orden de cosas con la constitución expedida
por el Consejo Nacional de Delegatarios reunido en Bogotá, y al cual no concurrieron
miembros del bando vencido, continuó la vida ordinaria en casa, pero siempre influida por
la politíca muy candente del momento. En mi familia no se conformaban, poco ni mucho, con
el vencimiento del 85. Se hablaba mucho por amigos y parientes de revancha, de
contrarrevolución, de conjuraciones y de todo lo que era común en aquellos tiempos
agitados. Mi tío José María era amigo personal del presidente Núñez desde su estancia
en Inglaterra en 1870 o 71; solía visitarlo, y aun pretendió que mi madre visitara a
doña Sola, la conpañera de Núñez; a lo cual se negó rotundamente mi madre, lo mismo
que todas las señoras liberales, y creo que aun algunas de las conservadoras. Entre las
salidas a las haciendas de mi familia en Puente Aranda y Usaquén, y los días pasados en
la casa, sin compañía de muchachos de mi edad, fueron pasando aquellos años de
infancia, en que se iba despertando mi ser a la conciencia de la vida. Tengo y he tenido
siempre de esa época un recuerdo melancólico, y no podría afirmar si se debe él a una
tendencia natural de mi temperamento o a las circunstancias especiales en que se
desarrolló mi infancia. Sospecho que hubo de ambas cosas. Fui poco sociable, tímido,
terriblemente tímido, cruelmente tímido; silencioso e inclinado a pensar y a preocuparme
demasiado temprano por cosas hondas. Cuanto puedo decir en esto es que a los siete años
de edad me atormentó la duda relativa a la existencia de Dios, de la cual incertidumbre
sólo muchos años más tarde vine a librarme, cuando leyendo buenos y muchos libros sobre
Cristo, vine a hallar, por el camino de la palabra de Cristo, la verdad.
Observando mucho más tarde a discípulos
míos, y aun a mis hijos, y haciendo comparaciones con mi infancia he visto que si es
verdad que el medio y las circunstancias tienen ciertamente influencia sobre su
naturaleza, también es muy difícil contrariar ésta. He visto chicos criados en medio de
tristezas innúmeras, y cuya alegría natural se ha sobrepuesto a todo, y caracteres
melancólicos en quienes no han hecho nada las más afortunadas condiciones de vida.
Y va un ejemplo: en el segundo de mis
hijos, Francisco, he creído ver, desde temprano, un extraordinario parecido moral
conmigo. La manera personal, independiente, contemplativa, retraída, solitaria de
conducir su vida de niño, y quizá su vision general de la misma vida, se asemejan a la
mía como una gota de agua a otra gota de agua, y sin embargo, su niñez ha estado dentro
de un medio infinitamente más alegre y exento de penas grandes e impresionadoras que
aquel en que principió a correr la vida mía.
En el mes de diciembre de 1886 fuimos a
veranear a la casa vieja de Puente Aranda, perteneciente a mi tío José María. En las
últimas semanas vi amargado mi veraneo por las frecuentes alusiones que se hacían a mi
entrada a la escuela para fines del siguiente enero (por entonces se iniciaban los cursos
regularmente del 15 al 20 de enero). Esto me costó lágrimas, y aun llegué a proponer a
mi madre que me dejaran a vivir en la hacienda con Fabián, un chalán a quien yo admiraba
mucho. Para consolarme, el día del regreso mi abuelo me regaló un caballo castaño
llamado el Guardapelo, animal de excelentes prendas que por esa época estaban acabando de
arreglar y que murió en mi poder muchos años más tarde después de haber hecho mis
delicias por mucho tiempo. Con mis hermanas, que ya habían probado mucha escuela, me
enviaron, cargado de libros y cuadernos, a una regentada por la señora Virginia Martínez
de Blume, viuda de uno de los afamados maestros alemanes traídos por los liberales en su
tiempo, y por sus hermanas las señoritas Martínez. Estaba situada la escuela media
cuadra arriba del teatro de Colón (en construcción o proyecto apenas), en la casa que
hace esquina entre la calle 10 y la carrera 5ª. Había sección de hombres y otra de
niñas. Fui un alumno formal, apreciado por mis maestras, y por el único maestro varón,
que lo era el de religión, doctor Camacho, cura de Santa Bárbara, canónigo en tiempos
posteriores; hombre afable y benévolo que nos inspiraba confianza y cariño. Los sábados
nos hacía desafíos con cabeza y cola, y al que conservaba ese día el primer puesto le
regalaba un bonito registro. No obstante lo que codicié la estampa y la cabeza,
jamás pude bajar a Felipe Camacho, gran memorista y chico muy inteligente, y apenas pude
quedar siempre de segundo. Felipe fue mi único amigo en ese año y conservamos relaciones
por varios después, hasta que las vueltas de la vida nos alejaron. Era él uno de los
varios hijos de don Carlos, comerciante de fama, que de viejo vino a ser gerente del Banco
de Bogotá, puesto en el cual murió bien entrado ya el siglo XX. Don Carlos, aunque de
fondo benévolo, era hombre de exterior áspero, y nos infundía algún temor. Era
absolutamente incrédulo en materia religiosa y, de acuerdo con su señora, no habían
bautizado a sus hijos, ni en la casa se hacía práctica alguna piadosa. El hogar se
regía en forma comercial, y según decires había llegado don Carlos hasta abrir una
cuenta en sus libros a cada uno de sus hijos e hijas, cuenta que se iniciaba el día de su
nacimiento con los gastos de crianza, ajuar, etc. De grandes tenían que pagar el
alojamiento en la propia casa, que por virtud de tan extrañas costumbres vino a
convertirse en un hotel, y los padres a sufrir las consecuencias en mil pleitos y
molestias que les causaron casi todos los hijos, usando para con ellos de las mismas
formas que les habían enseñado. Don Carlos era de una moral muy austera, criterio muy
despejado para los negocios y acrisolada honradez. Felipe se suicidó ya cercano a los 40
años y siendo casado y padre de una niña. ¡Pobre Felipe! Tenía un natural suave e
inclinado a las cosas de espíritu; de chico, me consta, buscaba, como sediento, los
consuelos religiosos. El ambiente mercantilista y contabiliario le secó el alma. Así,
cumpliendo por espíritu de deber pero sin agrado, pasé en la escuela de las señoritas
Martínez el año de 1887. El día en que cumplí los 8 años me principió una afección
intestinal (disentería, decían entonces), que me mortificó por dos años seguidos e
hizo que se me suspendieran los estudios y apenas se me dieran intermitentemente algunas
clases a domicilio. Este estado se prolongó hasta que tuve 12 años, y solamente en 1892
volví al colegio. Creo que la tal enfermedad me hizo en definitiva un gran servicio de
orden pedagógico, pues me libró del embrutecimiento, amén de la corrupción prematura
que ocasiona la vida escolar, agravada en ese entonces por los sistemas en que se abusaba
de la memoria y no se desarrollaba ni la iniciativa, ni el criterio del alumno. Además
conservo a pesar de las frecuentes dosis de sulfato, las dietas exageradas y los
fuertes dolores de estómago gratos recuerdos de las lecturas que de Julio Verne, de
Amicis y otros autores apropiados me hacía mi madre mientras yo guardaba cama o me
mantenía encerrado en la alcoba. El contacto familiar, íntimo con ella, con mi abuelo,
con mis hermanas y con las gentes que visitaban la casa, ayudaron en esos cuatro años a
formar mi espíritu de hogar, de apego a los míos, mi sentido de la historia, mi respeto
por la mujer, mis sentimientos reli-giosos y morales.
En 1890 o 91 habían llamado en casa al
doctor Manuel Antonio Rueda J. a hacer clases de matemáticas a mi hermana Julia, que
tenía un talento muy grande y mucha afición por el estudio, y a poco andar principiaron
el doctor Rueda y mi hermana a hacerme clases de aritmética. Era el doctor Rueda hombre
de grande y merecida fama como institutor y yo realmente no he visto luego un profesor de
mayores condiciones por la claridad de su exposición y la manera precisa y luminosa con
que transmitía los conocimientos a sus discípulos, y esta opinión no es sólo mía. Al
año siguiente abrió el Liceo Mercantil y fui matriculado allí en la escuela anexa que
dentro del mismo colegio regentaba el doctor José Vicente Gamba; como al mes de estar
allí, y con no poco orgullo nuestro, fuimos pasados (por saber mucho) al colegio, Roberto
Michelsen, Jorge Gómez Posada, Ricardo Vega y yo. Quedamos a la usanza de entonces
revueltos con doscientos patanes procedentes de diversas regiones, todos mayores que
nosotros, veteranos expertos en el arte de burlar la disciplina bastante fuerte de la
época, en sobornar a los pasantes y en toda clase de mañas y resabios, en lo general muy
poco edificantes. ¡Jamás he podido comprender cómo pudo mi moral salir ilesa de
semejantes influencias!
El Rector fue en extremo benévolo
conmigo y me trató con especial cariño. Conservo gratitud a su memoria y reconozco que
fue precursor de muchos adelantos pedagógicos, tales como la supresión de los exámenes
como prueba única, la extension de la escala de calificación, la ventilación en los
dormitorios y otras muchas mejoras. Lo escaso de sus recursos y las dificultades con que
luchaba entonces un colegio no oficial entorpecieron muchas de sus iniciativas.
Hasta el fin del año de 1897 estuve en
el colegio de Rueda que funcionó primero en un caserón viejo situado en la esquina que
hace la carrera 6ª con la calle 11 y del cual se sacaron luego varias casas modernas. En
1895 a causa de la revolución fue ocupada esa casa por el gobierno para cuartel, y el
doctor Rueda pasó el colegio a una quinta de Chapinero situada a espaldas de la estación
del
F. C. del Norte en ese barrio; allí concurrimos unos pocos durante ese año, y al
siguiente se trasladó a la casa de la carrera 6ª en donde se inauguró años más tarde
la Escuela Ricaurte, y últimamente el Hotel del Pacífico. También para complementar mi
educación recibía yo clases particulares en mi casa, como la de inglés que nos daba a
mis hermanas y a mí una viejita inglesa, Mrs. Fisher, mujer muy distinguida; y con
diversas maestras clases de francés. Mi madre, a quien preocupó mucho nuestra
educación, era incansable y tenaz en esto. Ella misma me enseñó a traducir francés en
la historia de Carlos XII de Suecia por Voltaire, y mi hermana Julia, que tuvo especial
predilección por mí, me enseñó a traducir inglés, entre otros libros en una novela
inglesa de Fenimore Cooper llamada The Spy.
* * *
Y aquí una nueva, una dolorosa
interrupción. Yo no sé en realidad cuándo hice la suspensión anterior. Después de la
primera, y según veo aquí mismo, reanudé estos apuntes en 1922; hoy estamos en abril de
1943, es decir soy ya un viejo. He vivido muy intensamente. He pasado no pocos trabajos, y
una nueva pena, inmensa, inconsolable entristeció para siempre mi vida dentro de este
espacio de tiempo.
Volvamos atrás, y tratemos de reanudar
el hilo de esta descosida y rota narración.
Entré al colegio de Rueda o Liceo
Mercantil en 1892 y permanecí allí como externo hasta fines de 1897. En mayo de 1893
murió mi abuelo Vargas casi repentinamente. Fue ésta para mí una gran pena que llevé
también silenciosamente. En 1895 se fraguó la revolución que los liberales hacían al
gobierno del señor Caro. El general Santos Acosta, jefe de ese movimiento, era antiguo
amigo de mi casa, y convino con mi tío José María, quien habitaba una casa en San Diego
frente al parque del Centenario, y era dueño de ella y de los terrenos que la
complementaban hacia el oriente y forman hoy el parque de la Independencia, convino en
ocultarse allí días antes del fijado para hacer el pronunciamiento, con el objeto de
poder expedir sus órdenes sin ser molestado por sus amigos y espiado por la policía
secreta, que entonces era muy activa y estaba casi exclusivamente destinada a poner el
oído en lo tocante a orden público.
Las gentes de hoy no pueden darse cuenta
cabal de nuestra mentalidad de entonces. La paz, después de los horrores de la guerra de
los tres años, ha calado de tal manera en los espíritus; la estupidez de nuestras
guerras civiles se ha comprobado lentamente pero con precisión tan evidente, que a quien
pretendiera hoy convidar a una aventura de esa naturaleza, se le vería como un personaje
anacrónico y ridículo.
En aquel tiempo lo normal era la
conspiración. No se concebía otro camino para alcanzar el poder que el de la guerra.
Quien propusiera una evolución política, una campaña periodística, por ejemplo, que
implicara acercamiento al bando contrario, o siquiera el reconocimiento platónico de que
hubiera obrado bien en algo, era tenido por un traidor, un vendido, un pasado.
A partir del número 133 de Noticias
Culturales hemos ofrecido una serie de páginas autobiográficas en la sección
titulada La autobiografía en la literatura colombiana. En esta ocasión, nuestro
boletín se honra con la publicación de un escrito autobiográfico inédito del ilustre
D. Tomás Rueda Vargas, gracias a la bondad y gentileza de su nobilísima hija doña
Susana Rueda Caro de Pardo, quien ha hecho llegar el texto de esta verdadera primicia
literaria al Instituto Caro y Cuervo, con especial deferencia, por el digno conducto de D.
Eduardo Guzmán Esponda.
De la lectura del documento en
referencia, se deduce que se trata de la primera parte de un libro que se propuso escribir
el "ingenioso hidalgo sabanero", como acertadamente se ha llamado a D. Tomás
Rueda Vargas. Esta parte fue redactada en tres épocas distintas y distantes: suspendida
en 1917, fue reanudada en junio de 1922, y luego en abril de 1943, cuando el autor
solamente alcanzó a escribir algunos párrafos. Tres meses después fue sorprendido por
la muerte. La obra, que habría de contener, los recuerdos de su vida, infortunadamente
quedó inconclusa; pero aún así, viene a enriquecer el género autobiográfico de
nuestras letras.
Según manifestación del padre José J.
Ortega Torres, D. Tomás Rueda Vargas "fue un hombre sencillo, original, lleno de
jovialidad y gracejo". Además, fue un fino humanista y un verdadero maestro del
idioma. Sus escritos se caracterizan por la elegancia del estilo, por el correcto manejo
del lenguaje y por la claridad de los conceptos. Tuvo especial predilección por los temas
históricos. Acerca de esta singular figura de nuestra nacionalidad el Dr. Alfonso López
Michelsen anota lo siguiente:
Tomás Rueda Vargas tuvo el don de la
gracia. Gracia de su vivir gracia de su palabra, gracia de su prosa clara y diáfana, como
aquellas que él llamaba mañanas gozosas de "Chamicera", de
"Tequendama", del "Tintal", de "Canoas" y de "La
Conejera", prosa límpida, sin una nube gris que haga pesado el estito y que, sin
embargo, lleva una inmensa erudición en vilo, como la más leve y grácil de las cargas.
D. Tomás Rueda Vargas fue director de la
Biblioteca Nacional, cargo en el cual realizó una labor preponderante; miembro de la
Academia Colombiana de la Lengua, de la Academia Colombiana de Historia y de la Academia
de Ciencias de la Educación; fue así mismo rector del Gimnasio Moderno, representante a
la Cámara y colaborador habitual de revistas y periódicos.
Como escritor, es autor de las siguientes
obras: La Sabana de Bogotá, Pasando el rato, Vibraciones, Visiones de la historia
colombiana, Lentus in umbra, El ejército nacional, El Gimnasio Moderno y A través de la
vidriera. De su fecunda producción intelectual, La sabana de Bogotá es su
obra más representativa y la que le ha granjeado mayor fama y nombradía. En 1963, bajo
el título de Escritos, se publicó, en tres tomos, gran parte de la obra de tan
distinguido y señorial exponente de nuestra cultura patria. Las páginas prologales,
trazadas por el Dr. Eduardo Santos, contienen interesantes datos biográficos y
anecdóticos de esta vida por muchos aspectos atractiva y ejemplar. Cabe observar que en
los mencionados tomos de Escritos no quedaron incluidos los Recuerdos que
hoy tenemos la fortuna de editar por primera vez.
D. Tomás Rueda Vargas murió en su
hacienda de Santa Ana, el día 25 de julio de 1943.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 144,
Bogotá, 1º de enero de 1973, pp. 1-8.
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