La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)
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Tomás Rueda Vargas

Recuerdos

Las páginas que han de formar este libro no tienen pretensión literaria alguna; busco un fin moral que pueda aprovechar a mis hijos y, si pasaren de los linderos del hogar, a cuantos puedan hallar cualquier enseñanza provechosa, que nunca faltan en una vida por el sólo hecho de serlo.

Muchas veces he pensado lo útil y consolador que me habría sido el hallar el pensamiento y opinión de mi padre en alguna forma más concreta que la dispersa y fragmentaria que se conserva en la memoria de quienes le trataron, y en tal cual papel de índole pública, o en todo caso, no escrito con la mente puesta en el objetivo de dirigir al hijo e influir sobre él desde ultratumba.

Nací en Bogotá el 18 de septiembre de 1879, y debo hacer alguna ligera relación acerca de las familias de mis padres.

Mi madre (Biviana Vargas), nacida también en Bogotá (año de 1850), es hija del doctor Jorge Vargas, natural de la villa de Charalá en la antigua provincia del Socorró (hoy departamento de Santander), y de doña Biviana Heredia, de vieja cepa santafereña, quien murió cuatro meses después del nacimiento de mi madre. Mi abuelo Vargas pertenecía a numerosa familia que apenas pudo dar educación completa a él, que era el menor, enviándole a la capital hacia el año de 1823 a estudiar en el colegio de San Bartolomé de donde salió con diploma de médico en 1833; y con el trabajo asiduo de su profesión conquistó una mediana fortuna y una muy buena posición social. Más adelante espero hablar de la influencia que el buen viejo tuvo en mi infancia, pues él murió a la edad de 87 años y cuando yo contaba 13.

Mi padre nació en el pueblito de Tasco (departamento de Boyacá) en junio de 1832 del segundo matrimonio de mi abuelo don Tomás, natural de Zapatoca, con doña Francisca Nieto, natural del mismo Tasco; entiendo que siendo mi dicho abuelo empleado subalterno en la renta de tabaco y teniendo este monopolio antipatías marcadas por parte del público, vino a morir apedreado en un motín popular habido contra el tal estanco del tabaco, supongo que hacia 1840. Como mi abuelo materno, mi padre se levantó y educó en medio de las mayores dificultades y estrecheces llegando a coronar sus estudios de derecho hacia 1857 o 1859; antes de esto había tomado parte en la guerra de 1854, formando entre los defensores de la Constitución en contra de la dictadura de Melo, y combatiendo a órdenes de los generales Franco y Herrera, y a las inmediatas del coronel Melchor Corena en el escuadrón de caballería que mandaba este veterano de la Independencia.

Mi padre murió repentinamente a causa de un ataque de angina de pecho, en la hacienda de Santa Ana, vecindario de Usaquén, el 24 de diciembre de 1882. Contaba yo, pues, poco más de tres años, pero recuerdo el grito de mamá, la consternación de la casa, y todo aquello confuso que formó en nuestro hogar un ambiente de tristeza e hizo de mí un muchacho melancólico, retraído y que entró a pensar demasiado pronto en cosas serias. Cuando mamá me apretaba contra su pecho y yo sentía íntimamente su pena, sus angustias y la falta del apoyo de su marido muerto, yo comprendía una multitud de cosas que seguramente no comprenden los niños felices; cuando antiguos amigos de mi padre iban de visita a casa y conversaban de él alabando su severa honradez, relatando actos de valor por él ejecutados, yo me volvía todo oídos, contenía la respiración y dominaba el sueño que me invadía, para mejor escuchar. Cuando algún señor detenía en la calle a la sirvienta que me acompañaba y cogiéndome la cara, decía a algún amigo: "Mira, este es el hijo de Rueda", yo sentía una mezcla de orgullo y de pena, que movía profundamente lo más íntimo de mi ser; como conmovido me siento hondamente hoy en esta misma casa de Santa Ana al recogerme para volver la vista a un pasado que va perdiéndose en la lejanía de la distancia, hoy, que, mientras escribo, raya a mi lado en un tablero números y letras de principiante mi hijo Antonio, sin saber que es él, y su hermanito, y sus dos hermanitas, pero principalmente él, quien me pone la pluma en la mano para adelantar este trabajo en este domingo de junio de 1917. El hijo mayor se engendra para el cumplimiento del deber, decían los romanos; esa frase, que yo no conocía, me la fue labrando la conciencia, naturalmente, al golpe de las circunstancias.

Un año después de muerto mi padre, murió mi hermano menor Francisco (24 de enero de 1884), lo que aumentó las sombras de mi hogar, y afirmó más en mí la idea de que yo había de ser el hombre de la casa, idea que me ha dado valor en muchas ocasiones y que me vino a salvar en el porvenir de quién sabe cuántas caídas; fue y ha sido éste como un grito interior que me ha hecho levantar la cabeza siempre, y ha contribuido poderosamente a mantenerme derecho.

Nuestra casa quedó constituida por mi madre, mi abuelo, mis dos hermanas mayores Julia y Paulina, el hermano mayor de mamá, José María, y yo.

Mi abuelo, no obstante sus muchos años, tenía un cararácter alegre y comunicativo, me quería mucho y gustaba en extremo de contarme historias de sus tiempos. Así viví yo la historia de las primeras épocas de Colombia republicana. Había sido el médico del general Santander, por quien tenía gran veneración; como estudiante había presenciado escenas del 25 de septiembre; había sido discípulo del Brujo Azuero (Celestino), que para su generación pasó por un segundo Caldas; conoció al Libertador el día en que hizo su entrada de la campaña del Perú; más atrás, muy niño, asistió a la matanza de Santo Domingo en Charalá el 4 de agosto de 1819. En fin, toda la gloria de aquellos tiempos únicos parecía revivir en las relaciones llenas de emoción y de amor que el viejo, inolvidable y amado, me contaba acostándome al rincón, en las quietas tardes de un Bogotá que conservaba aún mucho de su vieja Santafé, cuando después de comer entre 4 y 5 p. m. salían mamá y mis hermanas a pasear, a alguna visita o alguna devoción a la vecina iglesia de Santo Domingo. No he olvidado jamás esas tardes que despertaron en mí el gusto por la historia que me pusieron en contacto con una alma noble y sobre todo sembraron en mi espíritu amor inmenso por mi patria, admiración por la grandeza de sus orígenes independientes, precaviéndome para más tarde, con la contemplación de aquellos épicos tiempos en que todo era desinterés y abnegación, de caer en los horrores del sectarismo, del partidarismo estrecho y minúsculo que todo lo empaña, oscureciendo tantas veces la noción de patriotismo.

* * *

La inconstancia, uno de mis defectos, hizo que este libro permaneciera cerrado desde 1917 hasta hoy (junio de 1922) en que vuelvo a abrirlo con intención de trabajar en él lo más seguido posible. Y ¡cuán cambiadas las circunstancias!

En estos cinco años ¡qué cambios en mi vida y qué penas tan grandes! Al iniciarse el año de 1918 mi vida de campesino se trocó en lo que jamás habría imaginado: en vida de maestro.

El 15 de enero de 1919 murió mi adorada madre en la misma casa de la calle de San José (número 129 de la calle 13) en que ella y nosotros habíamos nacido y vivido.

El 20 de julio de 1920, perdí en Fusagasugá un discípulo a quien quise mucho y cuya muerte llenó de dolor mi alma ya entristecida.

El lº de noviembre del mismo año murió mi hermana mayor Julia en la comunidad de las Hermanas de la Caridad, después de una vida llena de méritos y virtudes.

El 6 de abril de 1921, alegró nuestra casa el nacimiento del quinto hijo, a quien llamamos Gonzalo en memoria del discípulo muerto.

Pero cerremos este indispensable paréntesis, y volvamos atrás para reanudar la narración.

Por lo dicho al principio y porque seguramente mi natural no era el de un hombre alegre, mi infancia fue triste, reflexiva y melancólica. Los mismos cuidados de mi madre y de cuantos me rodeaban lejos de envalentonarme me hacían más reconcentrado. La timidez ha sido siempre mi distintivo, aunque más tarde haya presentado en ocasiones apariencia de lo contrario; es un enemigo (o amigo) de que no he podido desprenderme. Acompañante interior y mudo que unas veces me ha librado de peligros, otras me ha servido de obstáculo y me ha mostrado a los ojos extraños, sin quererlo yo, bajo luces desfavorables y adversas.

Pero compañera, esa timidez, a quien tengo cariño, pues no en balde hemos vivido juntos tanto tiempo.

Contribuyó no poco a hacer retraída mi infancia un hecho curioso, que relato por creer que vale la pena de que lo tengan en cuenta quienes estudian el alma del niño.

No sé en qué momento tuvo origen, pero desde que tengo conciencia de mí mismo, padecí de un horror instintivo, terrible e imposible de dominar delante de los muñecos de porcelana, que, para mayor calamidad mía, eran el juguete preferido de los niños de la época. Ocultaba yo cuidadosamente esta debilidad, y para evitar malos encuentros me excusaba con diversos pretextos de asistir a visitas y reuniones en casa de mis amiguitos. No sé cómo llegó a saberse entre muchos aquella calamidad mía, y no pocas veces fui víctima de pesadas chanzas de mis compañeros, todo lo cual me condujo a buscar de preferencia la sociedad de las personas mayores, en donde pegado a las faldas de mi madre oía conversaciones de tiempos pretéritos; y a lo sumo en materia de juegos me aventuraba a entrar en los de mis hermanas y sus amigas, que más delicadas que los hombres me comprendían mejor, y sabían ahorrarme malos ratos.

¡Cuántas cosas que parecen como inexplicables en los niños no tendrán su clave en algún detalle semejante a éste! ¡Qué difícil es para el hombre llegar hasta el fondo del espíritu del niño, y con cuánta irreverente pedantería solemos hablar de él, juzgarlo y aun sentenciarlo!

El hermano mayor de mi madre, mi tío José María, solterón empedernido, hombre de campo, cuyas dos pasiones dominantes fueron las mujeres y una economía rayana en la tacañería, me quería a su manera, me sacaba a caballo a su lado en sus diarias salidas a visitar sus tierras de Puente Aranda y de Usaquén.

Pero yo jamás experimenté con él el sentimiento de la confianza, tan indispensable al niño, sin el cual las almas permanecen aisladas y sin cuyo concurso no puede existir cariño sólido.

La irregularidad, vulgaridad y vaivén de sus amores, creo que tuvieron en mi espíritu una influencia negativa y contribuyeron, no sé cómo explicarlo pero así fue, a hacerme casto y amigo de los amores elevados, únicos y eternos.

Sin duda contribuyó también a esto el haberme levantado yo casi exclusivamente entre mujeres. Mi madre y mis dos hermanas fueron durante mi infancia y juventud mi principal y casi única compañía. Al lado de ellas, y en el respeto a ellas, se formó en mí quizá una especie de respeto por la mujer que vino a ser parte integrante de mi carácter. Seguramente también contribuyó esa circunstancia a aumentar mi natural timidez, sobre todo entre hombres, y a alejarme de las conversaciones y motivos vulgares. En la escuela y en el colegio trabé amistades íntimas siempre con dificultad.

Uno de mis más viejos recuerdos es la muerte de mi hermano Francisco, dos años menor que yo. Sucedió esto un año después de la de mi padre, y nunca olvido la manera como la comprendí, y la huella honda, escondida, mitad de miedo, mitad de dolor, que dejó en mi ánimo. Las personas mayores creen que el niño no siente, porque no dice nada en esos casos. Pero ahí está precisamente lo más doloroso y lo más peligroso de esos dramas interiores.

Aquel acontecimiento redobló el cuidado de que fui rodeado y tuvo parte en la formación de mi persona, así como también en acercarme más estrechamente a mi madre.

En diciembre de 1884 estalló la guerra civil. Tenía yo cinco años, y pasábamos el veraneo en una casita de Chapinero, situada en donde está hoy la quinta de Aranjuez. Ese barrio era enteramente rural. Había unas pocas casas diseminadas, y apenas ese año se había instalado la línea de tranvía que lo unía con Bogotá; los carros eran tirados por parejas de mulas, el servicio era malísimo. Frente a la casa aquella, en el sitio en que funciona ahora el teatro Caldas, quedaba la estación; es decir las enramadas bajo las cuales se guardaban los carros y la pesebrera para las mulas. Por mirar éstas y algunos caballos pícaros que los dueños daban a la empresa para que se los domaran, frecuentaba yo mucho la estación. Los postillones me parecían personajes muy importantes, y tal vez fue mi primera aspiración, la de llegar a ocupar cuando fuera grande el puesto de alguno de ellos; las sirvientas de la casa, que los amaban tiernamente, fomentaban mis viajes a la estación, lo mismo que a unos chircales que estaban sobre la falda del cerro, hacia el lado donde mucho más tarde vino a ser el primer local del Gimnasio Moderno.

La compañía del tranvía era americana, su gerente era un simpático viejo, Mr. Davis, coloradote, de bigote rojo y siempre cubierta la cabeza por un casco inglés. Si no desde entonces, sí desde poco después fue secretario de la empresa Baldomero Sanín Cano, que vivía en casa de las señoritas Cristancho, excelentes personas, dueñas de la panadería más acreditada de la región. Sanín era retraído y en todo minuto que le dejaba libre su trabajo de oficina se dedicaba al estudio de las lenguas y a la lectura. Así llegó por autoeducación a poseer perfectamente varias lenguas extranjeras, lo que no sólo le dio una gran cultura y eminente posición sino que le procuró bienestar material, pues años más tarde en Londres vivió de la literatura; y La Prensa de Buenos Aires le hizo su corresponsal en Madrid con un buen sueldo. Este hombre es una prueba de lo que pueden la constancia y la tenacidad, tenacidad bien antioqueña, pues él es natural de Rionegro.

Después, en otras temporadas que pasamos por aquellos lados hicimos relaciones con Sanín, que tenía ya intimidad con José Asunción Silva, y con el Cabezón Vargas, primo hermano de mi madre, de quienes hablaré luego.

Mis entradas a la estación, aparte de mis buenas amistades con los postillones o cocheros, que no dejaron de arrimarme uno que otro pedazo de panela mordido ya por ellos, y tal cual sorbo de chicha previamente saboreada por sus labios, me hicieron experto en los nombres de las mulas y caballos que en conjunto pasaban de ciento y que llegué a conocer de memoria sin la menor equivocación.

Al principiar la guerra comenzó en los alrededores el bárbaro reclutamiento a la usanza de entonces: especie de cacería de hombres en que jugaba papel importante la delación. Recuerdo con horror la bajada de las breñas de una partida de chircaleños, mis amigos, en medio de dos filas de soldados. Al lado de afuera les acompañaban sus mujeres llorando estrepitosamente, y llevando alzados los muchachitos y los jotos de ropa; los ranchos quedaban abandonados. Fue tal mi terror que duré varios días sin salir, y ocultándome, al menor ruido, debajo de los muebles. Extrañada mi madre de mi actitud logró al fin que yo le confiara que obedecía al temor de que me reclutaran. Yo sabía que a los desertores los mataban a palo.

Quizá no dejó de tener parte este incidente en el interés que más tarde he tenido por mejorar la condición de los soldados, y por luchar, en la prensa y en cuantos campos me ha sido posible, por la abolición del reclutamiento forzoso, para cambiarlo por el servicio obligatorio que haga pesar ese trabajo sobre todas las clases sociales; por la educación de la oficialidad que lleva al cuartel elementos más cultos y humanitarios, y por tanto propende al mejor trato y adelanto de quienes van a pasar bajo banderas. También me ha acompañado el recuerdo de una anécdota que oí a mi abuelo, quien refería que en su condición de médico había tenido que asistir a un pobre labriego de algún pueblo de Cundinamarca que se había cortado la mano derecha con una hacha a fin de inhabilitarse para el servicio militar en aquellos tiempos odiosos.

Por espacio de varios meses en aquella guerra estuvo refugiado en nuestra casa de la calle de San José, el doctor Nicolás Esguerra a quien el presidente Núñez hacía perseguir por haber sido, dentro del liberalismo, uno de sus grandes adversarios en los últimos años de la Federación, cuando se planteó por Núñez la cuestión de la reforma política y administrativa bajo el lema enunciado por él: Regeneración o Catástrofe; asunto que partió al liberalismo en dos bandos: radicales e independientes o nuñistas, lucha que culminó en la guerra de 1885, y trajo al poder a los conservadores por la escalera del independientismo.

En mi casa eran fuertemente radicales, pero como mi abuelo tenía muchas relaciones y grandes simpatías sociales derivadas de su larga carrera médica, ejercida con caridad para los pobres y con benevolencia y discreción en los ricos, y como había guardado siempre estricta neutralidad en la política militante, no obstante ser sus ideas totalmente liberales, salvo en lo religioso en que fue hasta su muerte un creyente sincero y practicante; tales condiciones, digo, hacían que su casa, que había albergado y defendido a personajes conservadores en persecuciones anteriores como en la de la época mosqueriana, fuera muy respetada y se considerara como un asilo poco menos que inviolable.

Durante la guerra se había impuesto un fuerte empréstito a mi tío José María, como a los demás desafectos al gobierno. Estas contribuciones se cobraban violentamente. El se trasladó a Santa Ana para eludirlo, y cuando iban partidas a buscarlo se refugiaba en un rancho en el monte. A veces me llevaba con él a pasar algunos días en la casa de la hacienda, y recuerdo mi terror, una noche que me despertó la gente armada que venía a buscarle.

Terminada la revolución después de la batalla de la Humareda y establecido el nuevo orden de cosas con la constitución expedida por el Consejo Nacional de Delegatarios reunido en Bogotá, y al cual no concurrieron miembros del bando vencido, continuó la vida ordinaria en casa, pero siempre influida por la politíca muy candente del momento. En mi familia no se conformaban, poco ni mucho, con el vencimiento del 85. Se hablaba mucho por amigos y parientes de revancha, de contrarrevolución, de conjuraciones y de todo lo que era común en aquellos tiempos agitados. Mi tío José María era amigo personal del presidente Núñez desde su estancia en Inglaterra en 1870 o 71; solía visitarlo, y aun pretendió que mi madre visitara a doña Sola, la conpañera de Núñez; a lo cual se negó rotundamente mi madre, lo mismo que todas las señoras liberales, y creo que aun algunas de las conservadoras. Entre las salidas a las haciendas de mi familia en Puente Aranda y Usaquén, y los días pasados en la casa, sin compañía de muchachos de mi edad, fueron pasando aquellos años de infancia, en que se iba despertando mi ser a la conciencia de la vida. Tengo y he tenido siempre de esa época un recuerdo melancólico, y no podría afirmar si se debe él a una tendencia natural de mi temperamento o a las circunstancias especiales en que se desarrolló mi infancia. Sospecho que hubo de ambas cosas. Fui poco sociable, tímido, terriblemente tímido, cruelmente tímido; silencioso e inclinado a pensar y a preocuparme demasiado temprano por cosas hondas. Cuanto puedo decir en esto es que a los siete años de edad me atormentó la duda relativa a la existencia de Dios, de la cual incertidumbre sólo muchos años más tarde vine a librarme, cuando leyendo buenos y muchos libros sobre Cristo, vine a hallar, por el camino de la palabra de Cristo, la verdad.

Observando mucho más tarde a discípulos míos, y aun a mis hijos, y haciendo comparaciones con mi infancia he visto que si es verdad que el medio y las circunstancias tienen ciertamente influencia sobre su naturaleza, también es muy difícil contrariar ésta. He visto chicos criados en medio de tristezas innúmeras, y cuya alegría natural se ha sobrepuesto a todo, y caracteres melancólicos en quienes no han hecho nada las más afortunadas condiciones de vida.

Y va un ejemplo: en el segundo de mis hijos, Francisco, he creído ver, desde temprano, un extraordinario parecido moral conmigo. La manera personal, independiente, contemplativa, retraída, solitaria de conducir su vida de niño, y quizá su vision general de la misma vida, se asemejan a la mía como una gota de agua a otra gota de agua, y sin embargo, su niñez ha estado dentro de un medio infinitamente más alegre y exento de penas grandes e impresionadoras que aquel en que principió a correr la vida mía.

En el mes de diciembre de 1886 fuimos a veranear a la casa vieja de Puente Aranda, perteneciente a mi tío José María. En las últimas semanas vi amargado mi veraneo por las frecuentes alusiones que se hacían a mi entrada a la escuela para fines del siguiente enero (por entonces se iniciaban los cursos regularmente del 15 al 20 de enero). Esto me costó lágrimas, y aun llegué a proponer a mi madre que me dejaran a vivir en la hacienda con Fabián, un chalán a quien yo admiraba mucho. Para consolarme, el día del regreso mi abuelo me regaló un caballo castaño llamado el Guardapelo, animal de excelentes prendas que por esa época estaban acabando de arreglar y que murió en mi poder muchos años más tarde después de haber hecho mis delicias por mucho tiempo. Con mis hermanas, que ya habían probado mucha escuela, me enviaron, cargado de libros y cuadernos, a una regentada por la señora Virginia Martínez de Blume, viuda de uno de los afamados maestros alemanes traídos por los liberales en su tiempo, y por sus hermanas las señoritas Martínez. Estaba situada la escuela media cuadra arriba del teatro de Colón (en construcción o proyecto apenas), en la casa que hace esquina entre la calle 10 y la carrera 5ª. Había sección de hombres y otra de niñas. Fui un alumno formal, apreciado por mis maestras, y por el único maestro varón, que lo era el de religión, doctor Camacho, cura de Santa Bárbara, canónigo en tiempos posteriores; hombre afable y benévolo que nos inspiraba confianza y cariño. Los sábados nos hacía desafíos con cabeza y cola, y al que conservaba ese día el primer puesto le regalaba un bonito registro. No obstante lo que codicié la estampa y la cabeza, jamás pude bajar a Felipe Camacho, gran memorista y chico muy inteligente, y apenas pude quedar siempre de segundo. Felipe fue mi único amigo en ese año y conservamos relaciones por varios después, hasta que las vueltas de la vida nos alejaron. Era él uno de los varios hijos de don Carlos, comerciante de fama, que de viejo vino a ser gerente del Banco de Bogotá, puesto en el cual murió bien entrado ya el siglo XX. Don Carlos, aunque de fondo benévolo, era hombre de exterior áspero, y nos infundía algún temor. Era absolutamente incrédulo en materia religiosa y, de acuerdo con su señora, no habían bautizado a sus hijos, ni en la casa se hacía práctica alguna piadosa. El hogar se regía en forma comercial, y según decires había llegado don Carlos hasta abrir una cuenta en sus libros a cada uno de sus hijos e hijas, cuenta que se iniciaba el día de su nacimiento con los gastos de crianza, ajuar, etc. De grandes tenían que pagar el alojamiento en la propia casa, que por virtud de tan extrañas costumbres vino a convertirse en un hotel, y los padres a sufrir las consecuencias en mil pleitos y molestias que les causaron casi todos los hijos, usando para con ellos de las mismas formas que les habían enseñado. Don Carlos era de una moral muy austera, criterio muy despejado para los negocios y acrisolada honradez. Felipe se suicidó ya cercano a los 40 años y siendo casado y padre de una niña. ¡Pobre Felipe! Tenía un natural suave e inclinado a las cosas de espíritu; de chico, me consta, buscaba, como sediento, los consuelos religiosos. El ambiente mercantilista y contabiliario le secó el alma. Así, cumpliendo por espíritu de deber pero sin agrado, pasé en la escuela de las señoritas Martínez el año de 1887. El día en que cumplí los 8 años me principió una afección intestinal (disentería, decían entonces), que me mortificó por dos años seguidos e hizo que se me suspendieran los estudios y apenas se me dieran intermitentemente algunas clases a domicilio. Este estado se prolongó hasta que tuve 12 años, y solamente en 1892 volví al colegio. Creo que la tal enfermedad me hizo en definitiva un gran servicio de orden pedagógico, pues me libró del embrutecimiento, amén de la corrupción prematura que ocasiona la vida escolar, agravada en ese entonces por los sistemas en que se abusaba de la memoria y no se desarrollaba ni la iniciativa, ni el criterio del alumno. Además conservo —a pesar de las frecuentes dosis de sulfato, las dietas exageradas y los fuertes dolores de estómago— gratos recuerdos de las lecturas que de Julio Verne, de Amicis y otros autores apropiados me hacía mi madre mientras yo guardaba cama o me mantenía encerrado en la alcoba. El contacto familiar, íntimo con ella, con mi abuelo, con mis hermanas y con las gentes que visitaban la casa, ayudaron en esos cuatro años a formar mi espíritu de hogar, de apego a los míos, mi sentido de la historia, mi respeto por la mujer, mis sentimientos reli-giosos y morales.

En 1890 o 91 habían llamado en casa al doctor Manuel Antonio Rueda J. a hacer clases de matemáticas a mi hermana Julia, que tenía un talento muy grande y mucha afición por el estudio, y a poco andar principiaron el doctor Rueda y mi hermana a hacerme clases de aritmética. Era el doctor Rueda hombre de grande y merecida fama como institutor y yo realmente no he visto luego un profesor de mayores condiciones por la claridad de su exposición y la manera precisa y luminosa con que transmitía los conocimientos a sus discípulos, y esta opinión no es sólo mía. Al año siguiente abrió el Liceo Mercantil y fui matriculado allí en la escuela anexa que dentro del mismo colegio regentaba el doctor José Vicente Gamba; como al mes de estar allí, y con no poco orgullo nuestro, fuimos pasados (por saber mucho) al colegio, Roberto Michelsen, Jorge Gómez Posada, Ricardo Vega y yo. Quedamos a la usanza de entonces revueltos con doscientos patanes procedentes de diversas regiones, todos mayores que nosotros, veteranos expertos en el arte de burlar la disciplina bastante fuerte de la época, en sobornar a los pasantes y en toda clase de mañas y resabios, en lo general muy poco edificantes. ¡Jamás he podido comprender cómo pudo mi moral salir ilesa de semejantes influencias!

El Rector fue en extremo benévolo conmigo y me trató con especial cariño. Conservo gratitud a su memoria y reconozco que fue precursor de muchos adelantos pedagógicos, tales como la supresión de los exámenes como prueba única, la extension de la escala de calificación, la ventilación en los dormitorios y otras muchas mejoras. Lo escaso de sus recursos y las dificultades con que luchaba entonces un colegio no oficial entorpecieron muchas de sus iniciativas.

Hasta el fin del año de 1897 estuve en el colegio de Rueda que funcionó primero en un caserón viejo situado en la esquina que hace la carrera 6ª con la calle 11 y del cual se sacaron luego varias casas modernas. En 1895 a causa de la revolución fue ocupada esa casa por el gobierno para cuartel, y el doctor Rueda pasó el colegio a una quinta de Chapinero situada a espaldas de la estación del
F. C. del Norte en ese barrio; allí concurrimos unos pocos durante ese año, y al siguiente se trasladó a la casa de la carrera 6ª en donde se inauguró años más tarde la Escuela Ricaurte, y últimamente el Hotel del Pacífico. También para complementar mi educación recibía yo clases particulares en mi casa, como la de inglés que nos daba a mis hermanas y a mí una viejita inglesa, Mrs. Fisher, mujer muy distinguida; y con diversas maestras clases de francés. Mi madre, a quien preocupó mucho nuestra educación, era incansable y tenaz en esto. Ella misma me enseñó a traducir francés en la historia de Carlos XII de Suecia por Voltaire, y mi hermana Julia, que tuvo especial predilección por mí, me enseñó a traducir inglés, entre otros libros en una novela inglesa de Fenimore Cooper llamada The Spy.

* * *

Y aquí una nueva, una dolorosa interrupción. Yo no sé en realidad cuándo hice la suspensión anterior. Después de la primera, y según veo aquí mismo, reanudé estos apuntes en 1922; hoy estamos en abril de 1943, es decir soy ya un viejo. He vivido muy intensamente. He pasado no pocos trabajos, y una nueva pena, inmensa, inconsolable entristeció para siempre mi vida dentro de este espacio de tiempo.

Volvamos atrás, y tratemos de reanudar el hilo de esta descosida y rota narración.

Entré al colegio de Rueda o Liceo Mercantil en 1892 y permanecí allí como externo hasta fines de 1897. En mayo de 1893 murió mi abuelo Vargas casi repentinamente. Fue ésta para mí una gran pena que llevé también silenciosamente. En 1895 se fraguó la revolución que los liberales hacían al gobierno del señor Caro. El general Santos Acosta, jefe de ese movimiento, era antiguo amigo de mi casa, y convino con mi tío José María, quien habitaba una casa en San Diego frente al parque del Centenario, y era dueño de ella y de los terrenos que la complementaban hacia el oriente y forman hoy el parque de la Independencia, convino en ocultarse allí días antes del fijado para hacer el pronunciamiento, con el objeto de poder expedir sus órdenes sin ser molestado por sus amigos y espiado por la policía secreta, que entonces era muy activa y estaba casi exclusivamente destinada a poner el oído en lo tocante a orden público.

Las gentes de hoy no pueden darse cuenta cabal de nuestra mentalidad de entonces. La paz, después de los horrores de la guerra de los tres años, ha calado de tal manera en los espíritus; la estupidez de nuestras guerras civiles se ha comprobado lentamente pero con precisión tan evidente, que a quien pretendiera hoy convidar a una aventura de esa naturaleza, se le vería como un personaje anacrónico y ridículo.

En aquel tiempo lo normal era la conspiración. No se concebía otro camino para alcanzar el poder que el de la guerra. Quien propusiera una evolución política, una campaña periodística, por ejemplo, que implicara acercamiento al bando contrario, o siquiera el reconocimiento platónico de que hubiera obrado bien en algo, era tenido por un traidor, un vendido, un pasado.

A partir del número 133 de Noticias Culturales hemos ofrecido una serie de páginas autobiográficas en la sección titulada La autobiografía en la literatura colombiana. En esta ocasión, nuestro boletín se honra con la publicación de un escrito autobiográfico inédito del ilustre D. Tomás Rueda Vargas, gracias a la bondad y gentileza de su nobilísima hija doña Susana Rueda Caro de Pardo, quien ha hecho llegar el texto de esta verdadera primicia literaria al Instituto Caro y Cuervo, con especial deferencia, por el digno conducto de D. Eduardo Guzmán Esponda.

De la lectura del documento en referencia, se deduce que se trata de la primera parte de un libro que se propuso escribir el "ingenioso hidalgo sabanero", como acertadamente se ha llamado a D. Tomás Rueda Vargas. Esta parte fue redactada en tres épocas distintas y distantes: suspendida en 1917, fue reanudada en junio de 1922, y luego en abril de 1943, cuando el autor solamente alcanzó a escribir algunos párrafos. Tres meses después fue sorprendido por la muerte. La obra, que habría de contener, los recuerdos de su vida, infortunadamente quedó inconclusa; pero aún así, viene a enriquecer el género autobiográfico de nuestras letras.

Según manifestación del padre José J. Ortega Torres, D. Tomás Rueda Vargas "fue un hombre sencillo, original, lleno de jovialidad y gracejo". Además, fue un fino humanista y un verdadero maestro del idioma. Sus escritos se caracterizan por la elegancia del estilo, por el correcto manejo del lenguaje y por la claridad de los conceptos. Tuvo especial predilección por los temas históricos. Acerca de esta singular figura de nuestra nacionalidad el Dr. Alfonso López Michelsen anota lo siguiente:

Tomás Rueda Vargas tuvo el don de la gracia. Gracia de su vivir gracia de su palabra, gracia de su prosa clara y diáfana, como aquellas que él llamaba mañanas gozosas de "Chamicera", de "Tequendama", del "Tintal", de "Canoas" y de "La Conejera", prosa límpida, sin una nube gris que haga pesado el estito y que, sin embargo, lleva una inmensa erudición en vilo, como la más leve y grácil de las cargas.

D. Tomás Rueda Vargas fue director de la Biblioteca Nacional, cargo en el cual realizó una labor preponderante; miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, de la Academia Colombiana de Historia y de la Academia de Ciencias de la Educación; fue así mismo rector del Gimnasio Moderno, representante a la Cámara y colaborador habitual de revistas y periódicos.

Como escritor, es autor de las siguientes obras: La Sabana de Bogotá, Pasando el rato, Vibraciones, Visiones de la historia colombiana, Lentus in umbra, El ejército nacional, El Gimnasio Moderno y A través de la vidriera. De su fecunda producción intelectual, La sabana de Bogotá es su obra más representativa y la que le ha granjeado mayor fama y nombradía. En 1963, bajo el título de Escritos, se publicó, en tres tomos, gran parte de la obra de tan distinguido y señorial exponente de nuestra cultura patria. Las páginas prologales, trazadas por el Dr. Eduardo Santos, contienen interesantes datos biográficos y anecdóticos de esta vida por muchos aspectos atractiva y ejemplar. Cabe observar que en los mencionados tomos de Escritos no quedaron incluidos los Recuerdos que hoy tenemos la fortuna de editar por primera vez.

D. Tomás Rueda Vargas murió en su hacienda de Santa Ana, el día 25 de julio de 1943.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 144,
Bogotá, 1º de enero de 1973, pp. 1-8.

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