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Luis López de Mesa
Luis López de Mesa, uno de los hombres
más sobresalientes de nuestra cultura contemporánea, nació en Don Matías, departamento
de Antioquia, el 12 de octubre de 1884 y murió en Medellín, el 19 de octubre de 1967. Es
decir, se acaban de cumplir cinco años de la desaparición de tan esclarecido colombiano
que consagró su vida al estudio de las humanidades y al servicio de su patria.
Con motivo de la conmemoración del
quinto aniversario de su muerte, hemos creído oportuno traer a la memoria la biografía
escrita por el mismo profesor López de Mesa que aparece publicada en la obra titulada Historia
de la Cancillería de San Carlos (Bogotá, Imprenta del Estado Mayor General, 1942).
Esta página, en la que nos reencontramos
de cuerpo entero con la figura distinguida y señorial de uno de nuestros más eminentes
pensadores, fue reproducida, bajo el título de Pequeña Autobiografía, en el número 71
del Boletín de la Academia Colombiana, correspondiente a los meses de febrero y marzo de
1968, y está precedida de la siguiente anotación:
Esta mínima biografía ha sido tomada
del libro Historia de la Cancillería de San Carlos. En él aparecen datos
biográficos de los ministros de Relaciones Exteriores, recopilados por el doctor Gustavo
Otero Muñoz. Pero no será ahora indiscreto referir cómo para lo tocante a su vida y
personalidad, se reservó el doctor López de Mesa el escribir su parte. La redacción le
denuncia a las claras
esta coquetería. También tuvo otra, la de reservarse el
numeral número 100 para sí mismo.
El Boletín en referencia fue
dedicado por la Academia Colombiana como homenaje a la memoria del Profesor Luis López de
Mesa a raíz de su fallecimiento. Esta edición extraordinaria contiene una apreciable
antología de la obra de nuestro eximio polígrafo, justamente considerado como "una
de las mentes más elevadas, penetrantes, originales y eruditas que haya habido entre la
gente colombiana".
Finalmente, dentro de la brevedad que
impone esta nota, cabe recordar que el Profesor López de Mesa como se le llamó
siempre con respeto fue el fundador y primer presidente del Colegio Máximo de las
Academias de Colombia y que desde 1954 fue Miembro Honorario del Instituto Caro y Cuervo,
entidad a la que distinguió con su noble amistad y simpatía intelectual.
Pequeña autobiografía
Pocos hombres en Colombia han seguido una
trayectoria intelectual tan ordenada como Luis López de Mesa.
Nacido en Antioquia, completa en Bogotá
su formación espiritual, cobrando del primer ambiente la recia estructura de carácter
que tuvieron allí las tradiciones patricias de antaño, y adquiriendo en el otro grande
suavidad de maneras y la atemperada expresión de emociones y pensamientos. Tal vez del
tronco español de sus ascendientes de toda España, pues son andaluces los López
de Mesa, hidalgos habitadores y defensores de Tarifa desde fines del mil doscientos, y los
de la Torre, de Narváez y Antequera, por el lado paterno; del Centro y del Norte por el
materno, los Verdayes de Posada, los Sánchez de Tamayo y los Larena; catalanas y
aragonesas otras ramas, recibió la facultad de imaginación que hace de él un
poeta en prosa y un intuitivo; y tal vez de sus antepasados sajones los Enthwistle y
los King deriven su tenacidad y disciplina en el trabajo y su orden mental.
Pertenece al grupo universitario que
acertadamente llamó Luis Eduardo Nieto Caballero "generación del Centenario",
por haber asomado a la vida pública en 1910 y haber contribuido a la evolución
conceptual que entonces impuso nuevas rutas a la historia política del país.
Desde niño se reveló tan reflexivo y
estudioso, que su maestro de abecedario, don David Castaño, a los siete años de edad,
auguró para él afortunado destino espiritual; a los diez ya practicaba telegrafía y
cambiaba los juegos infantiles por el estudio arduo de la gramática y lecturas de
historia en que abundaban las bibliotecas de sus tíos protectores, Excelentísimo señor
Manuel Antonio, Obispo de Antioquia, y Laureano, Vicario Foráneo de San Pedro; de ahí
que al entrar al Liceo de Medellín pudiese tomar el tercer curso y recibirse de bachiller
en tres años (Colegio de San Ignacio), con una tesis pública sobre Materia y forma. Ya
antes había fundado una sociedad literaria con sus compañeros de adolescencia y ganado
un concurso de cuentos nacionales que la famosa revista Alfa, de Medellín,
patrocinó, allá por 1905.
En la Escuela de Medicina de Bogotá
funda con sus compañeros la Sociedad estudiantil respectiva y la Gaceta Médica, y
es elegido para representante de aquella Facultad en el primer Congreso de Estudiantes de
la Gran Colombia, en que había de adquirir un renombre más amplio.
Graduado de médico en noviembre de 1912,
endereza su inquietud mental hacia la psiquiatría, por ser de índole generalizadora y un
mucho abstracta su mente. Con un selecto grupo de intelectuales funda la célebre revista Cultura,
y en ella escribe sobre abstrusas materias filosóficas. Viaja a los Estados Unidos, se
matricula en Harvard, y a su regreso inicia en Colombia los estudios de psicología
experimental, publica trabajos de psiquiatría y dos obras literarias, Iola y El
Libro de los Apólogos. Luego permanece algunos años en Europa Inglaterra y
Francia, sobre todo, con dilatadas excursiones por Alemania, España, Italia, Grecia
y otros países que le interesan culturalmente. En París edita entonces La
civilización contemporánea, comienzo de la serie de estudios sociológicos que tanto
habrían de preocupar después su atención.
Al regresar de nuevo al país emprende la
investigación del medio ambiente histórico-geográfico de la nación, y escribe Introducción
a la historia de la cultura en Colombia, De cómo se ha formado la nación colombiana y
Disertación sociológica, que le dan sólido prestigio continental.
Entra en 1934 al Ministerio de Educación
y se revela hábil organizador de la materia, con iniciativas fecundas que, más o menos
diferenciadas, aún constituyen la columna dorsal del movimiento educacionista que el
liberalismo colombiano ha desarrollado en su ejercicio del poder.
Después de un viaje muy interesante por
la América del Sur, en donde dejó bien sentado el prestigio intelectual de Colombia, el
gobierno del doctor Santos le encomendó la cartera de Relaciones Exteriores y desde esa
posición eminente, en Conferencias Internacionales, en las labores del Congreso Nacional
y en el trámite de graves negocios de Cancillería, como el célebre tratado
Colombo-Venezolano de 5 de abril de 1941, ha adquirido títulos muy sólidos a la gratitud
nacional y a su renombre americano.
Ha sido profesor en las Escuelas
Nacionales de Medicina, de jurisprudencia y de Bellas Artes, y pertenece a las Academias
de la Lengua, de la Historia, de Bellas Artes, de Medicina, de Ciencias Exactas de
Colombia y de un buen número de extran-jeras.
Se le ha tachado de muy sideral, de muy
"estratosférico", y lo es sin duda en la forma, mas no en la substancia
objetiva, pues sus trabajos, desde niño historia de su pueblo natal o de
joven estudios de la realidad colombiana presentados al Congreso de
Estudiantes, o sus obras sobre los Problemas de la raza, del Factor
étnico, de la Cultura aldeana, de Nuestra revolución económica,
revelan en él una recia vocación pragmática, muy humana y objetiva.
En su obra hay un recóndito enlace
indisoluble: Lola pretende, sin lograrlo, reconstruir el problema sentimental de
heroínas clásicas del amor conforme a lo que sería, si viviesen ahora; en los
Apólogos asume el interpretar una psicología literaria de los sen-timientos, pero
exagera a ratos o sutiliza demasiado a veces; en Tragedia de Nilse y Gloria
Etzel estudia la honda raigambre de los afectos paternal y materno, respectivamente,
mas no triunfa en ello, porque se deja llevar de excesiva introspección, de un describir
el "cómo debe ser", el "cómo pudo ser", y no el escueto "cómo
es", que produce la verosimilitud artística perdurable. De esta serie, los
Apólogos son sin duda una contribución de primera categoría a la literatura patria.
En la serie histórico-social, De
cómo se ha formado la Nación Colombiana, es la culminación, aunque Disertación
sociológica esboza problemas de filosofía que no han sido aún bien captados por
críticos y lectores, y que abren entre nosotros un rumbo inédito a estas disciplinas.
Como estilista, López de Mesa conoce muy
bien el instrumento idiomático, pero se deja llevar al purismo en su nimia devoción por
la musicalidad de la frase y la belleza arquitectónica del período. Orador ágil,
improvisa con gran precisión conceptual y pureza en la frase, cautivadoramente afortunado
en ocasiones, pero no recoge nunca sus discursos por calificarlos, con demasiado orgullo
tal vez, de "molino retórico", y "noria verbal del oficio".
Como hombre asociado siente con pasmosa
hondura el problema humano y vive conforme a normas de pulcritud exquisita.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 142,
Bogotá, 1º de noviembre de 1972, pp. 28-30.
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