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Madre francisca Josefa del Castillo
Como lo anunciamos en el número anterior de estas Noticias Culturales, damos comienzo a
la sección de La Autobiografía en la Literatura Colombiana con la entrega fragmentaria
de la Vida de la V. M. Francisca Josefa de la Concepción, escrita de su puño y letra,
por mandato de sus confesores, en el Real Convento de Santa Clara de Tunja.
Esta autobiografía, quizás la más
antigua en su género en nuestro ámbito cultural, consta de 55 capítulos, de los cuales
los siete primeros se refieren a los conocimientos de la iluminada autora hasta sus
dieciocho años de edad; del capítulo octavo al décimo refiere la monja Clarisa sus
experiencias claustrales y del décimo en adelante trata de la toma del hábito y del
desenvolvimiento de la vida religiosa. La primera edición de esta verdadera rareza y
curiosidad bibliográfica fue dada a la publicidad por D. Antonio María de Castillo y
Alarcón en Filadelfia en el año de 1817.
Sobre el particular, el escritor Darío
Achury Valenzuela en la Introducción a las Obras completas de la Madre Francisca Josefa
de Castillo (Banco de la República, Biblioteca Luis Angel Arango, 2 tomos, Bogotá,
1968), con toda la autoridad y el dominio de la materia que lo caracteriza, conceptúa de
este modo: "la Venerable Madre Francisca elabora tal relato autobiográfico sobre la
minuciosa trama de su historia clínica y la sutil urdimbre de sus sueños, raptos,
evasiones y deliquios místicos; y sobre esa tela, mirada al trasluz, vense animar las
bulliciosas escenas de la vida conventual que conturbaron el silencio de la Tunja recoleta
de fines del siglo XVII y comienzos del XVIII con íntimas rencillas de claustro,
escrutinios de maestras de novicias, promociones de abadesas, celos de preladas, chismes
del monjerío y rezongos y bravatas de confesores y vicarios".
La Madre Castillo, como se le conoce en
el mundo de las letras, famosa por sus Afectos espirituales, obra de la más pura y
elevada elación mística, nació en Tunja el día 6 de octubre de 1671, ingresó a la
vida religiosa a la edad de 18 años y murió en la misma ciudad en el año de 1742.
El fragmento que se transcribe a
continuación hace parte del capítulo I, Su nacimiento, puericia y educación en la casa
paterna, de la mencionada edición realizada por el Banco de la República.
Nací día del bienaventurado San Bruno,
parece quiso Nuestro Señor darme a entender cuánto me convendría el retiro,
abstracción y silencio en la vida mortal, y cuán peligroso sería para mí el trato y
conversación humana, como lo he experimentado desde los primeros pasos de mi vida, y lo
lloro, aunque no como debiera. A los quince o veinte días, decían que estuve tan muerta,
que compraron la tela y recados para enterrarme, hasta que un tío mío, Sacerdote, que
después me aconsejó (sólo él, que en los demás hallé mucha contradicción), que
entrara monja; éste me mandó, como a quien ya no se esperaba que viviera, aplicar un
remedio con que luego volví y estuve buena. En esto sólo la voluntad de Dios me
consuela, ¿pues a quién no pareciera mejor que hubiera muerto luego quien había de ser
como yo he sido? Y me daba vida y casi resucito; esto me da esperanza de que me ha de
conceder la enmienda, y llorar tanto mis culpas, que mediante su misericordia queden
borradas. Solía mi madre referir que teniéndome en brazos, cuando apenas podía formar
las palabras, le dije con mucho espanto y alegrías, que una imagen de un Niño Jesús
(que fue sólo lo que saqué de mi casa cuando vine al convento), me estaba llamando, y
que le sirvió de mucho pesar y susto, porque entendió que me moriría luego, y que por
esto me llamaba el Niño.
Decían que aun cuando apenas podía
andar, me escondía a llorar lágrimas, como pudiera una persona de razón, o como si
supiera los males en que había de caer ofendiendo a Nuestro Señor y perdiendo su amistad
y gracia. Tuve siempre una grande y como natural inclinación al retiro y soledad; tanto,
que, desde que me puedo acordar, siempre huía la conversación y compañía, aun de mis
padres y hermanos; y Nuestro Señor misericordiosamente me daba esta inclinación, porque
las veces que faltaba de ella, siempre experimenté graves daños.
Siendo aún tan pequeña, que apenas me
acuerdo, me sucedió que uno de los niños que iban con sus madres a visita (como suele
acaecer, según después he visto), me dijo había de casarse conmigo, y yo sin saber qué
era aquello, a lo que ahora me puedo acordar, le respondí que sí; y luego me entró en
el corazón un tormento tal, que no me dejaba tener gusto ni consuelo; parecíame que
había hecho un gran mal; y como con nadie comunicaba el tormento de mi corazón, me duró
hasta que ya tendría siete años; y en una ocasión hallándome sola en un cuarto donde
habían pesado trigo, y quedado el lazo pendiente, me apretó tanto aquella pena, y debía
de ayudar el enemigo, porque luego me propuso fuertemente que me ahorcara, pues sólo
éste era remedio, mas el Santo Angel de mi guarda debió de favorecerme, porque a lo que
me puedo acordar, llamando a Nuestra Señora, a quien yo tenía por madre y llamaba en mis
aprietos y necesidades, me salí de la pieza, asustada y temerosa; y así me libró
Nuestro Señor de aquel peligro, cuando no me parece que tendría siete años. Hasta esta
edad, y algún tiempo adelante, todo mi recreo y consuelo era hacer altares y buscar
retiros; tenía muchas imágenes de Nuestro Señor y de Nuestra Señora, y en componerlas
me pasaba sola y retirada; aunque esto topaba sólo en lo exterior, porque me parece era
poco lo que rezaba ni tenía consideración; si bien Nuestro Señor me dispertaba grande
temor de las penas eternas, y aprecio de la eterna vida, y viendo algunas imágenes de la
Pasión, pedía con tanta ansia a Nuestro Señor me hiciera buena y me diera su amor, y
lloraba tanto por esto, hasta que me rendía y cansaba. Pues el temor que digo dispertaba
Nuestro Señor en mí, algunas noches en sueños vía cosas espantosas. En una ocasión me
pareció andar sobre un entresuelo hecho de ladrillos, puestos punta con punta, como en el
aire, y con gran peligro, y mirando abajo vía un río de fuego, negro y horrible, y que
entre él andaban tantas serpientes, sapos y culebras, como caras y brazos de hombres que
se vían sumidos en aquel pozo o río; yo disperté con gran llanto, y por la mañana vi
que en las extremidades de los dedos y las uñas tenía señales del fuego; aunque yo esto
no puedo, saber cómo sería. Otra vez me hallaba en un valle tan dilatado, tan profundo,
de una escuridad tan penosa, cual no se sabe decir ni ponderar, y al cabo de él estaba un
pozo horrible de fuego negro y espeso; a la orilla andaban los espíritus malos haciendo y
dando varios modos de tormentos a diferentes hombres, conforme a sus vicios. Con estas
cosas y otras me avisaba Dios misericordioso, para que no le ofendiera, del castigo y pena
de los malos; mas nada de esto bastó para que yo no cometiera muchas culpas, aun en
aquella edad.
Leía mi madre los libros de Santa Teresa
de Jesús, y sus fundaciones, y a mí me daba un tan grande deseo de ser como una de
aquellas monjas, que procuraba hacer alguna penitencia, rezar algunas devociones, aunque
duraba poco.
Entre otros recebí de Nuestro Señor un
beneficio que me hubiera valido mucho, si me hubiera aprovechado de él: éste fue una
grande inclinación y amor a las personas virtuosas, y que trataban de servir a Nuestro
Señor; y así conversaba mucho con una esclava de mi madre que trataba mucho de servir a
Nuestro Señor, de ella me valía para algunos ayunos, y cosas que eran bien pocas; y así
mismo de un esclavo que tenía opinión de muy bueno y penitente; pero, ¿quién podrá
decir el daño de algunas compañías que no eran buenas para mí, o yo no era buena para
ellas?, que es lo más cierto. Aun en aquella pequeña edad y tomándolas muy de paso, que
a otra cosa no daba lugar, ni mi inclinación ni el recato con que mi madre nos criaba;
con todo eso he tenido toda la vida que llorar y sentir.
Criábame muy enferma, y esto, y el
grande amor que mis padres me tenían, hacía que me miraran con mucho regalo y
compasión, y aunque me habían puesto el hábito de Santa Rosa de Lima, que se lo
prometieron a la Santa porque me diera salud Nuestro Señor; mi madre se esmeraba en
ponerme joyas y aderezos, y yo era querida de toda la casa y gente que asistía a mis
padres. Con todo eso, jamás tuve contento, ni me consolaba cosa ninguna de la vida, ni
los entretenimientos de muñecas y juegos que usan en aquella edad; antes me parecía cosa
tan sin gusto, que no quería entender en ello. Algunas veces hacía procesiones de
imágenes o remedaba las profesiones y hábitos de las monjas, no porque tuviera
inclinación a tomar ese estado; pues sólo me inclinaba a vivir como los ermitaños en
los desiertos y cuevas del campo.
Noticias Culturales,
Instituto Caro y Cuervo, Nº 133,
Bogotá, 1º de febrero de 1972, pp. 9, 11.
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