IX
Despues de los acontecimientos que quedaron referidos en Huayna
Capac, Atabalipa se retiró del Cuzco a Quitus; i plegando a su edad
i a su temperamento, se dió a locos devaneos juveniles, descuidando
totalmente las intrigas azarosas de la política, ya para él un
tanto continjentes por la desgracia acaecida a sus dos ilustres
cómplices.
En Quitus, o mejor dicho, en una de las poblaciones de Quitus,
se había prendado desde su niñez de la hija de un noble de
provincia, de nombre Cora, a quien sustrajo furtivamente del
servicio del Sol i llevó a esconder a la Puná, isla poblada i
floreciente en aquel entónces.
Vivió Atabalipa con Cora algunos años en medio de las mas gratas
delicias amorosas, i por decirlo así, olvidado del mundo, hasta que
un presentimiento de gloria vino a sacarlo de su tranquilo
arrobamiento, despertándolo sobresaltado de su largo sueño de
felizidad. Entónces recordó que tenía ambicion, i que ya era tiempo
de empezar de nuevo las interrumpidas hostilidades al trono de su
padre. Entónces tambien, aunque esto por la primera vez, recordó
que había dos hombres que le podian servir de mucho en sus futuras
empresas, i trató de averiguar su paradero.
Pero en medio de todo, había una razon cardinal para salir de su
letargo, i era que unos estranjeros audazes habian atravesado el
continente, i botado sus grandes bajeles en las virjenes aguas del
océano que bañaba las estendidas costas de su nacion, amagando
ruina i conquista, en cuyo caso no se sentía seguro de sus
depredaciones tan a las afueras del país como se encontraba; pues
podian mui bien los tales desembarcar el dia ménos pensado en Puná
i hacerlo su valiosa presa. Por lo cual resolvió abandonar el
teatro de sus amores, e irse tierra adentro, bien en direccion del
Cuzco, bien en direccion del palacio de Tumipampa, a donde sabía se
encontraba su padre.
He aquí por qué lo hemos visto embarcarse en una de las muchas
ensenadas de la isla, seguido de su corta servidumbre.
Como sucede muchas vezes, luego que Atabalipa perdió de vista a
Puná, ya no existió esta en su pensamiento sino como un recuerdo
vagaroso; i la parte de su vida pasada allí, se exhibió a sus ojos,
si no criminal, porque había sido mui hermosa para serlo, sí un
tanto reprobable por su escentricismo. Pero no había ya remedio, i
el brillante panorama de sus amores con Cora, cargado de episodios
romancescos, era recompensa suficiente a la pérdida del treno mismo
de los incas - tan acabada era su belleza i tan embriagador su
donaire!
Indisculpables escrúpulos? pues ciertamente no era Atabalipa el
primer hombre en el mundo que abandonaba los mas altos intereses
por seguir las huellas seductoras de una mujer.
I no se estrañe el cambio sorprendente de Atabalipa, pues como
espíritu fuerte que era, no podía estar absorbido sino por una sola
de sus grandes pasiones. Así fué que miéntras que lo combatió el
vértigo de la ambicion, no pensó mas que en el llauta, i ahora que
lo combatía el vértigo del amor, no pensaba mas que en Cora, cuyos
labios de miel eran de una dulzura inagotable. Si Atabalipa no
hubiera sido un espíritu fuerte, hubiera sido amante i conspirador
a la vez, como lo son, todo a un tiempo, los que no pueden ser una
sola cosa con perfeccion.
La balsa hendía trabajosamente las crespas ondas del mar, por un
fuerte viento de proa que había reinado por algunas horas, con lo
que sobrevino la noche sin que ella arribase al término de su
viaje. Era esto un islote árido, de forma de un cadáver humano con
hábito, por lo que lo llamaron los europeos el
|Amortajado, i
cuyo nombro propio es Santa Clara. Se encuentra esto islote dentro
de las aguas del golfo, i como a unas doce millas de Puná.
Cuando ya ni lucian los crepúsculos de la tarde, cansado
Atabalipa de pensar en su situacion i en lo que seria de su padre i
la política del Cuzco, desechó los pensamientos que lo agobiaban, i
como un refujio seguro a las tentaciones de su ambicion, levantó la
tienda donde descansaba su compañera de viaje, i se metió
debajo.
Uno i otro se estrecharon en sus brazos con entusiasmo.
Cava entretanto dormía.
- Cora, me amas?
- Qué si te amo, Atabalipa!
- No sé por qué, pero no tengo una confianza absoluta en tu
cariño. Eras niña, muí niña, cuando hice resbalar en tu oído las
primeras palabras de amor; las oisto, es cierto, con agrado, i me
volviste otras que colmaron las aspiraciones de mi corazon pero
quién nos asegura que uno i otro no séamos víctimas de un
engaño?
- Eres mui loco, Atabalipa, dijo Cora ensortijando en sus
rosados dedos los negros cabellos de aquel.
- No, no soi loco; pero hai cosas que no me puedo esplicar. Por
lo que hace a mi, he aquí lo que ha sucedido. Cuando tuve que
alejarme de ti para seguir a mi padre a clima distante, me alejé
triste, muí triste; aunque un tanto consolado con la idea de mi
regreso, que revoloteaba constantemente en mi cerebro bajo la forma
de aquellas palabras que te dije por única despedida "me voi; pero
vuelvo," estampando por la primera vez mis labios sobre tu frente,
pálida por la enfermedad; i palabras que envolvían toda una
promesa. I debo confesarlo, Cora, ni los paisajes de las rejiones
agrestes que recorrí, ni lo imponente de las alzadas montañas que
atravesé, borraron por un momento siquiera tu imájen de mi memoria.
Fiel compañera de mi perenne tristeza, donde quiera estaba conmigo,
ya en medio de los galpocuna (salones) repletos de mujeres hermosas
en los palacios de mi padre, ya en medio del ruido de los
campamentos. En ti pensando siempre me dormí; i siempre fueron tus
dedos de rosa los que desplegaron mis párpados al primer rayo de la
luz del día.
- Ah! pues por mi parte sucedía otro tanto.
- Lo creo, Cora.
- Entónces, por qué suponer que somos presa de una ilusion?
- Por qué? Porque el corazon humano desconfía mucho de la
felizidad, i cuando ella le cerca realmente, i le halaga, i le
deleita, la toma por un sueño, i trata de acibararla con quimeras i
desconfianzas infundadas.
- Pues, por mi parte, no sucede tal cosa; i yo soi feliz, i creo
en mi felizidad, i la exajero.
- Sí, pero tú no tienes que pensar mas que en mi, miéntras que
yo ...
- Miéntras que tú ...
- Miéntras que yo tengo algunos ídolos fuera de tí en quienes
pensar sériamente.
- Así sois vosotros los hombres, nunca os entregais todos
enteros a quien tiene la desgracia de amaros.
- Así sois vosotras las mujeres, hijas del egoísmo de amor, el
mas fuerte de todos los egoísmos, cuando amais, no quereis sino que
se piense en vosotras. Ya se ve, sois solo corazon.
Cora se sonrió en vez de contestar.
Atabalipa continuó.
- Por lo que hace a mi, en calidad de amante, nada tienes que
cebarme en cara. Cambié el continente por una isla, mi palacio por
una cabaña, mis vestiduras de auqui por la túnica del hombre del
pueblo; i lo que vale mas que todo, abandoné el tiana de un imperio
por el regazo de una querida!
- Oyes? preguntó Cora sin fijarse en las últimas palabras del
príncipe.
- Qué?
- Hai movimiento en la balsa.
- Tranquilízate: vuelvo al instante, dijo Atabalipa saliendo de
la tienda.
- Cava, Cava, hasta cuándo dormirás, dijo Cora, llamando a esta
graciosa niña que dormía con ese dulce sueño que solo se
esperimenta a bordo.
- Hasta cuándo? eh! tanto duermo, pues?
- Tanto duermo! pues todo el dia. Levántate pónme las sandalias,
quiero salir a fuera.
- I no comerás nada?
- Tomaré luego con Atabalipa algunas frutas.
- I sora no tomarás?
- Vaya, tambien tomaré sora, dijo Cora sonriendo de la
obsequiosidad de la niña.
Cava calzó las sandalias a su ama, i recojiéndole el suelto
cabello sobre la espalda con un suave cordon, le compuso el
descuidado vestido i la arropé con su manto. - El ruido que había
sentido Cora, era producido por la llegada de la balsa al
fondeadero del Amortajado.