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VIII



El rio Guáyas corre entre dos zonas de verde i florido bosque, casi paralelas aunque un tanto tortuosas, i empieza a ensanchar inmensamente la garganta de su álveo ácia su desembocadura en el azulado golfo de Guayaquil, entre la gran masa del continente i las vejetadoras costas de Puná. | *

A la hora en que nos referirnos, un tinte violado oscuro manchaba de trecho en trecho el pardo manto de la noche, que iba a desaparecer. La mar, cual una ancha lámina de plomo - no tenía por entónces olas ni rumor, parecía dormir en su lecho de algas i coral, o participar, por lo ménos, de la quietud imponente de la naturaleza en aquella hora de silencio, bien pronto turbada por las algazaras del dia.

La color violada que por el lado de Occidente teñía el cielo, pasó de violada a nácar, í de nácar a rubí. Las grotescas masas de nubes que al soplo de las brisas marinas se levantaban del haz del océano, fueron coloreándose poco a poco; hasta que la noche, como un velo de gaza que se abre en dos i desciende, o como una ancha cortina de crespon que se repliega sobre sus costados, se replegó sobre los polos. Un azul puro, azul de zafiro, revistió súbitamente la cúpula del ciclo. Las aguas tomaron su color, i se ajitaron blandamente. Las neblinas posaron sobre el follaje de la cercana ribera. Centenares de aves recorrieron el espacio en todas direcciones. El sol, lanzando rayos de arjentada luz, apareció sobre la cumbre de los Andes, i fué el dia, el dia, con toda la maravillosa pompa del dia en el mar!

Una brisa húmeda, pero agradable, soplaba de tierra contra la fértil isla de Puná, que se alzaba entre las ondas como una jigantesca esmeralda, i hacía balancear suavemente una hermosa balsa, pronta a hacerse a la vela, que sujetaba apénas un robusto cable por el lado de popa; miéntras que en el tope de su único mástil batía un gallardete imperial.

Componiase esta rara embarcacion de unos diez i seis troncos de palo de balso, esponjoso i liviano, de diez a doce varas de largo i dos piés de grueso, puestos horizontalmente i sujetos, de distancia en distancia, con ligaduras de mimbre. Sobre esta primera capa, que era la que calaba a medio diámetro el agua, había otra de fina i pulida ensambladura, en cuyo centro se alzaba robusto el mástil, ornado de una fuerte gabia jiradora.

Sobre esta segunda capa había estendidas telas de vicuña bordadas de oro i plata, i preciosos almohadones de grana; i del medio del mástil se descolgaba una tupida tienda, que simulaba una recámara, donde dormía muellemente una bellísima jóven de veinte años, envuelta en una manta de colores.

Era esta jóven pequeña de cuerpo, trigueña, de ojos i cabellos negros, boca rosada, dientes de perla, barba partida i nariz perfecta.

Como hemos dicho, dormía en el. interior de la tienda, í su sueño era apacible, al son monótono de las rompientes i al pausado vaiven de la balsa.

En el rudo timon de esta i dentro de su casilla de madera, dormitaba perezosamente el patron, indio jigantesco, de rostro tostado por el sol, i que llevaba por todo vestido un roquete listado.

El resto de la embarcacion estaba desierto.

El dia estaba ya bastante adelantado cuando se dejó ver un jóven de elegante apariencia, seguido de una turba de pajes i criados, en el estremo de la ensenada en que estaba la balsa.

El patron empezó por abrir un ojo, despues otro, estirarse, recojerse luego, lanzar un bostezo descomunal, i por último, pararse con visos de hombre que quiere desperezarse, pero que por lo pronto no lo puede, por lo pesado del sueño i lo sofocante del bochorno.

- Despacha, patron, despacha, que hai mucho que andar, dijo el jóven, al parecer jefe de aquella cuadrilla, miéntras que esta buscaba medio de saltar a bordo.

- Vamos, pues, replicó el patron botándose al agua, i remolcando la balsa a tierra para que saltase el jóven.

- Mira, dijo este a una graciosa chiquilla que estaba a su lado, ve a la balsa i anúnciale a tu ama que ya estoi aquí.

- Luego no vendrás con nosotros?

- Sí; pero no puedo embarcarme todavía: debo esperar a algunos que han quedado atras.

- I volveré aquí a tu lado, o me quedaré al lado de mi ama?

- Haz lo que ella te diga.

La chiquilla, ájil como una ardita, saltó a bordo i fué corriendo donde la mujer que dormía bajo el toldo, pero que a la sazon estaba despierta por el ruido que metían los recien llegados.

- Atabalipa? fué su primera pregunta al ver entrar la chiquilla.

- Está en tierra, señora, i me envía para que te diga que ya ha llegado.

- I por qué se ha tardado tanto?

- No sé, señora.

- Bueno, Cava, bueno; ahora siéntate aquí, a mis piés. Hace un calor insoportable.

- Mas que allá arriba?

- No, Cava, tanto como allá; pero aquí poco soplan las brisas del mar.

- Pues yo no siento calor, repuso Cava con aquel aire de suficiencia propio de los muchachos en las circunstancias en que quieren aparentar contento; i que probaba bien el alto cariño que alcanzaba de su ama.

- Tú qué vas a sentir! dijo la hermosa del todo con acento de cariñoso desprecio; i jirando sobre su hombro izquierdo, dejó ver una parte del derecho, rosado, mórbido i de voluptuosa configuracion.

- Arrópame, Cava.

Miéntras tanto Atabalipa (pues él en persona era el que había llegado) se impacientaba en tierra, esperando el resto de su comitiva.

Tendría ácia aquella época Atabalipa de veintiocho a treinta años, su cuerpo se había robustecido, i sus ademanes habian tomado cierto aire de majestad.

- Al fin llegais! esclamó al ver venir unos veinte hombres de tropa, siguiendo a un jóven de agradabilísima presencia, i armados todos.

- Al fin, señor, murmuraron estos con familiaridad.

- Pues a la balsa. Tú, Manco, ven acá.

El jóven que comandaba la partida se acercó a Atabalipa, miéntras esta saltaba a la embarcacion.

- Qué hai, Manco? ¿ Por qué has tardado tanto?

- Porque efectivamente están los blancos en la mar.

- Los has visto?

- He visto sus grandes embarcaciones como nubes flotando sobre las olas.

- Acia qué lado?

- Siempre arriba, mar afuera.

- Entónces nos van a atrapar.

- hai riesgo.

- No importa, Manco, no importa: es preciso partir.

Si Atabalipa hubiera sabido la frase de César se hubiera espresado mejor.

- Manco se inclinó.

- Mira, prohibe absolutamente que se hable palabra alguna a bordo, i que se encienda lumbre. Creo que no los avistaremos sino con la noche.

- Así lo creo, señor.

- Para esa hora es que empieza el peligro. Atabalipa i Manco saltaron los últimos a bordo. El patron cortó el cable que sujetaba la balsa, i esta empezó a retirarse de la costa siguiendo el movimiento pausado de las aguas.

Atabalipa, parado a popa, estuvo un largo rato contemplando la Puná, donde había pasado horas mui tranquilas i felizes en el regazo de Cora, i léjos de toda ambicion. Al principio, la isla no se presentó a sus ojos sino como un trozo de la costa continental; mas tan luego como la embarcacion se alejó lo bastante, pudo admirarla distinta i separada de aquella, que corria de Norte a Sur como una prolongada línea divisoria entre el cielo i el mar.



 

* Isla situada a la entrada del golfo de Guayaquil.

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