VII
Scyri Paccha condujo al Amauta i a Huascar a la estancia donde
acababa de morir Huayna Capac. Pero ya no estaba el real Cadáver
tirado en el suelo, sino que, vestido con su mas espléndido traje
de ceremonia i ceñidas las sienes con el rojo cordon, reposaba
sobre su lecho.
- Ahí teneis al Inca, díjoles enseñándoselo con la mano.
- Padre mio! esclamó Huascar con acento dolorido.
- Amigo mio! esclamó el Amauta.
Tanto el uno como el otro acabaron de desgarrar sus vestiduras,
i se mesaron los cabellos en el vértigo de su dolor.
- Haceis mui mal en desesperaros, señores, dijo Scyri Paccha con
marcada intencion de burla, el Inca no ha hecho mas que obedecer la
voz sagrada de su padre que lo ha llamado a si.
- Deja esa consideracion en buena hora para las jentes vulgares,
que creen que los incas no mueren, sino que son llamados a la
mansion de su padre, el Sol, dijo el Amauta irritado: el Inca ha
muerto positivamente, i ha muerto en circunstancias demasiado
aflictivas para el país.
- Esa es la verdad; pero, por fortuna, Huayna Capac, sabio como
siempre, ha dictado disposiciones salvadoras en sus postreros
momentos.
-Qué disposiciones? preguntaron Huascar i el Amauta.
- Las relativas a la particion del país.
- Luego lo ha dividido?
- Entre sus hijos Huascar i Atabalipa.
- De qué suerte?
- Dejando al primero a Tavantinsuyu; i al segundo a Quitus.
El príncipe i el sacerdote respiraron: la cosa al fin no iba tan
mal.
- Pero quién o quiénes son depositarios de tales disposiciones?
pregunté el primero.
- Todos los ñusticuna de la ciudad, con quienes celebró su
último consejo.
- I se han promulgado?
- Se promulgan actualmente; como actualmente parten chasquis
para el Cuzco a comunicar el suceso.
- I Atabalipa? preguntó el Amauta.
- No se sabe de él.
Los dos interlocutores de Scyri Paccha la miraron con aire de
duda.
- Cierto, continuó esta, hace ya algun tiempo que ha
desaparecido. Se le cree en la costa.
- I su madre?
- Aquí la teneis.
Huascar i el Amauta se esplicaron el estremecimiento que los
había acometido al ver la mujer del jardin.
- I ¿no pudiéramos saber cuáles fueron los mandatos de mi padre
relativos a su cadáver?
- Mandó que fuese trasladado al Cuzco i depositado junto con los
de sus abuelos, i que su corazon quedase aquí, en el pueblo que
tanto había amado.
- Lo has oido? dijo Huascar al Amauta con jesto de autoridad;
jesto que no se había atrevido a usar hasta que no hubo escuchado a
Scyri Paccha, que al parecer se conformaba con lo dispuesto por
Huayna Capac en lo de dividir el país, lo cual, a los ojos del
tímido príncipe, le garantizaba el trono.
- Sí, lo he oido,
|Inca, dijo el Amauta, que, por una
observacion parecida a la de Huascar, empezaba a concebir
esperanzas para lo futuro; sí, lo he oido, i todo se cumplirá
conforme a sus prevensiones.
- Permitidme, señores, dijo a esta sazon Scyri Paccha, tengo que
dar algunas órdenes relativas al ceremonial de los funerales del
difunto, i os voi a dejar solos.
Scyri Paccha salió.
- Mira,
|Inca, dijo el Amauta, que insistía en poder dar
ya semejante tratamiento a su antiguo discípulo.
- Qué?
- El cadáver de tu padre.
- Qué tiene?
- En los labios i en los ojos las funestas señales de una muerte
violenta.
- Será posible!
- No lo dudes.
- Pero entónces estamos mal aquí.
- Porqué?
- Porque si se envenenó a un inca para que dividiera en dos el
país, tambien es posible que se envenene a otro para que esa
division no se lleve a efecto, i el tal pueda pasar íntegro a manos
del mas perverso de los hombres!
Si Scyri Paccha, Quizquiz i Challcuchima hubieran oido aquel
razonamiento en boca de Huascar, hubieran creido que estaban
soñando: tan exajerada era la idea que tenían de su ineptitud. Pero
ellos se equivocaban, Huascar no era inepto, solo sí que no era
malvado.
- Comprendo! comprendo! esclamó el Amauta, presa del miedo mas
aterrador.
- Por lo que creo que debiamos retirarnos.
- Sí; pero los dejamos dueños del campo.
- Los dejamos; aquí nos es del todo imposible el disputárselo
despues de la muerte de mi padre.
- Ciertamente.
- Pues entónces marchémonos; tal vez ya sea tarde.
- Tarde?
- Sí, porque nos hemos entregado imprudentemente en sus manos, i
el modo ignorado como hemos llegado aquí les asegura la mas
completa impunidad.
Estamos perdidos!
- No hai que desesperar.
Huascar, dando un paso ácia el lecho de Huayna Capac, arrancole
el cordon imperial que ceñía su helada frente, i ocultando en su
seno tan preciosa insignia, salió de la estancia seguido del
Amauta, con pasos precipitados i vacilantes, como los de un ladron
despues de consumar un robo peligroso.
Los dos fujitivos cojieron el camino que habian traido en busca
del inca difunto, sin encontrar obstáculo en su importante
retirada, i pronto se hallaron en las calles de Quitus. El aire que
respiraron en ellas les pareció delicioso: tal era el peligro en
que habian creido su libertad, i mas que su libertad, en que habian
creido sus vidas.
- Por esta vez los hemos burlado, dijo Huascar, el que casi
cantaba de contento por verse Lucrado todo riesgo.
- Sí, sí; i qué furia la que los va a dar.
- Principalmente a ese mónstruo de Scyri Paccha.
Huascar se engañaba completamente: Scyri Paccha no conspiraba
por ambicion, sino por venganza. Muerto Huayna Capac por su mano, i
muerto bañado en las cenizas de su Arilpa i en medio de las crueles
agonías que le había preparado su sangrienta rabia, a Scyri Paccha
poco le importaban cetros i coronas; i para decir verdad, casi
hasta odiaba a su hijo Atabalipa, como el representante del
infortunio de su amado. Si aquel hubiera sido fruto del amor de
este, Scyri Paccha hubiera sido para Atabalipa lo que Coya era para
Huascar; pero del otro modo, no.
Una vez vengada, Scyri Paccha ya no tenía mision sobre la
tierra.
- Pero salgamos pronto de la ciudad, dijo Huascar despues de un
rato de silencio; no estamos bien en este pueblo enemigo.
- Salgamos.
Huascar, que, como habrá notado el lector, desde que se sentía
inca había empezado a ensayar provechosamente su talento, hasta
entónces adormecido, echó una mirada al palacio donde quedaban los
restos mortales de su padre, cual despojo de triunfo de sus
implacables enemigos, i se sonrió con satisfaccion. Acababa de
imajinarse al frente de un poderoso ejército, cuyas tiendas ceñían
a la soberbia Quitus en asedio estrecho.
...
Los funerales de los incas eran suntuosísimos, pero los de
Huayna Capac lo fueron tanto, que por algun tiempo formaron época
en su nacion. Los historiadores son algo exajerados sobre este
punto, pues hacen subir a cuatro mil las personas sacrificadas
voluntariamente sobre su tumba para acompañarlo a la espléndida
mansion del Sol; i si en esta proporcion estaba todo, desde luego
que semejantes funerales no han tenido rival en el mundo. Por lo
que nos dice la historia i por la idea que nos hemos formado del
jenial escelente de las tribus peruanas, de la pureza de sus
costumbres i lo adelantado de su civilizacion, no podemos dar
crédito a estos repugnantes hecatombes humanos, con que el cronista
Sarmiento i otros nos regalan en sus fantasias sobre el país de los
incas. Pues solo el prurito de hallar analojias entre los pueblos
del viejo continente i los del nuevo, ha podido arrastrarlos a
forjar tantas mentiras como las que han forjado.
El jesuita Velazco, el mas crédulo de todos, asevera la
existencia de las Amazónas en la América del Sur i ácia el sudeste
de Quitus, como un hecho fuera de toda duda, solo porque semejante
ficcion era bastante sobre natural para darle una cabida preferente
en su libro. Acaso el sacrificio de los que seguian por su voluntad
a los incas al otro mundo, no sea mas que una fábula tomada de la
costumbre bárbara de las viudas en cierta tribu en la India.
Pero lo que sí es cierto de todo punto, es que Huayna Capac fué
embalsamado segun la usanza del país, esto es, por medio del frio
escesivo, i que su corazon quedó en la ciudad de Quitus, su ciudad
predilecta, i su cuerpo fué trasladado con gran pompa al Cuzco, i
colocado en el Coricancha, al lado de sus mayores.
El luto fué jeneral en el imperio; i por espacio de un año el
pueblo se reunió constantemente en los lugares públicos para
renovar las espresiones de su dolor.
Aunque rei, Huayna Capac dejaba profundas simpatias despues de
su muerte!