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IV



Scyri Paccha mandó retirar la servidumbre del Inca, tanto de su alcoba como de las piezas vecinas; I tomando luego la urna que encerraba las cenizas de Arilpa con su preciosa i pequeña mano, fué a ocupar su puesto a la testera de Huayna Capac.

Scyri Paccha era esbelta como la diosa cazadora de los antiguos; pero aquella vez estaba majestuosa, porque estaba imponente. Sus negros cabellos caían como los de la Magdalena del Calvario sobre sus rosados i mullidos hombros, émulos de la rosa de abril. Sus ojos chispeaban de alegría, i su boca sonreía de contento.

Scyri Paccha era feliz en aquella hora.

Su blanco traje talar no tenía ni un adorno, ni una flor; pero precisamente de su sencillez nacía su hermosura. Las fujitivas ondas de sus pliegues, producidas por el manso soplo de la brisa, dejaban admirar sus torneadas formas; i, de cuando en cuando, su pequeño i arqueado pié, calzado neglijentemente con un sandalia de oro.

Nosotros no podemos negarlo: Scyri Paccha, a pesar de sus años, era una de esas mujeres que nunca dejan. de ser interesantes, i en quienes la hermosura i la belleza se confunden entre los tintes de la voluptuosidad.

Cuando Scyri Paccha llegó a la testera del lecho de Huayna Capac, abrió este sus moribundos ojos i balbuceó el nombre de su antigua querida.

- Sí, Scyri Paccha, dijo esta con acento cavernoso; Scyri Paccha que viene a cumplir los decretos del cielo.

- ¿Vienes, pues, a cerrar mis ojos i a orar sobre mi cadáver?

- Sí, a orar, dijo esa mujer impía, dando una carcajada espantosa, que resonó lúgubre en los ángulos de aquella estancia funeral.

Huayna Capac se incorporó asombrado.

- Vas a morir, continuó Scyri Paccha; pero ántes es preciso que me escuches: tenemos un asunto terrible que arreglar.

- Qué estás diciendo

- No seas importuno, monstruo de iniquidad, si haces muchas preguntas nos faltará tiempo: no ves que estás ya helado!

El Inca por la primera vez de su vida tuvo miedo, i tembló: tan diabólicas i amenazantes eran la actitud i la mirada de Scyri Paccha.

- Recuerda: era una noche de primavera, noche de luna i de amor, la ciudad, esta misma ciudad, estaba consternada, porque sus plazas i calles estaban llenas de soldados victoriosos, i sus mas leales habitantes yacian tendidos sobre el campo de batalla, por defenderla de tí i de tus huestes invasoras. Mi padre acababa de espirar, mas que de sus heridas, de afrenta i de dolor, i su cadáver insepulto era el objeto de la profanacion de tus lejiones desenfrenadas. No léjos de ese cadáver sagrado, una mujer bañada en llanto imploraba a tus piés la conservaras su honor, i no añadieses a la pérdida de su poder, la infamia de aumentar, en momentos tan aflictivos, el número de tus concubinas. Recuérdalo, Huayna Capac, esa mujer era yo! Yo, que hoi vengo a tomarte cuenta de mi honor.

El Inca estaba estupefacto.

- Sordo fuiste, monstruo, a mis ruegos, sordo tambien a mis amenazas; i este palacio en que ahora estás fué el altar de mi sacrificio!...

- Aparta de aquí, cruel! dijo Huayna Capac, probando rechazar a Scyri Paccha; pero las fuerzas le faltaron, i cayó en su lecho como una masa inerte.

La ultrajada mujer continuó implacable.

- No contento con la pérdida de mi poder, no contento con la pérdida de mi padre, no contento con la pérdida de mi honor, mandaste asesinar a mi amante, a mi bello Arilpa, cuyas calcinadas cenizas, amasadas con mis lágrimas de veinte inviernos, he conservado para derramarlas en esta hora tanto tiempo esperada sobre ti, verdugo de mi vida!

Scyri Paccha dijo, i estrelló el contenido de la urna contra el moribundo rostro del Inca.

No era posible sufrir mas, i Huayna Capac, reuniendo todas sus fuerzas, se arrojó del lecho murmurando una imprecacion horrible i dando gritos en su ausilio.

Scyri Paccha contempló su desesperacion con deleite infernal, i rechazando al infeliz monarca con aspereza, tirole tan largo como era en el suelo, miéntras sus gritos morian sin eco en las desiertas galerías de palacio.

Scyri Paccha continuó.

- Te he pedido cuenta de mi honor, i ahora te la pido de mi amante.

Pero era inútil; Huayna Capac había perdido el sentido con el golpe, i no daba mas señales de vida que el torrente de sangre que vertía por boca i narizes. Scyri Paccha enjugó aquella sangro preciosa, e hizo respirar algunas esencias al Inca que lo restablecieron de pronto.

- Qué sueño tan horroroso! fueron sus primeras palabras.

- Qué! soñabas, señor? preguntole la victimaria con acento de finjida dulzura.

- Oh! es inesplicable lo que soñaba. Pero no, no era un sueño, agregó. Huayna Capac con una convulsion horrorosa, al contemplar las dispersas cenizas de Arilpa en sus vestidos, i la urna de oro que las había contenido rodada a sus piés.

- Serénate, señor, serénate, pues vas a ponerme en el trabajo de prolongarte la vida para terminar nuestra conferencia, i el tiempo urje.

Como se ve, Scyri Paccha había socorrido poco ántes a Huayna Capac solo por alargar su suplicio.

El Inca no respondió palabra.

Scyri Paccha continuó.

- Por lo que hace a la muerte de mi padre no te pido cuenta, porque él tiene a mi hermano Challcuchima, mi buen yana, que lo representa; i con lo exijido hai lo bastante para acabar contigo.

Ahora bien ¿sabes quién ha alejado de ti a tus hijos, parientes i amigos? Yo, que necesitaba poseerte sola, para vengarme.

¿Sabes quién te ha quitado la vida, i con ella el tiana para mi raza despojada? Yo, que, con el veneno que contenía este pomo, te he matado lentamente, para vengarme.

¿Sabes por qué no han venido del Cuzco ni Huascar, ni el Amauta, ni ninguno de tus parientes? Porque yo les he hecho creer que tú estabas en Tumipampa, disfrutando de una salud envidiable, i descansando de las fatigas del gobierno en los brazos de tu concubina predilecta, de tu |bella Scyri, como tú decias; i esto, por vengarme.

Huayna Capac lanzó un rujido de rabia i de impotencia: lo que acababa de oír le quitaba la última esperanza.

Scyri Paccha continuó.

- Ya ves, Huayna Capas, que soi mujer de palabra, i que, como tal, he cumplido la que te di. Estoi vengada: completamente vengada.

El Inca arrojó una última mirada a aquella mujer sacrílega, que tanto había amado, i que tan mal había correspondido a su amor; pero qué mirada! una mirada de santa reconvencion, una mirada de profundo desengaño, una mirada de desprecio i odio, martirizadora, punzante, i cuyos rayos la envolvieron como en una atmósfera de llamas.

Scyri Paccha retrocedió espantada.

El Inca apartó al fin de esta sus aterradores ojos, i clavándolos en el cóncavo cielo de su estancia con dulce i amorosa espresion, murmuró el nombre de Pachacamac i espiró con la tranquilidad del justo.

Solo una lámpara alumbraba aquella escena de muerte, pero, titilante ya, apagose de súbito, a caso con el postrer aliento del monarca, i Scyri Paccha quedó de pié junto al cadáver de su antiguo amante, en la mas completa oscuridad. Fué a salir, i tropezó con él; aquel insidente, que a otra alma ménos malvada habría hecho temblar, fué para ella insignificante, i prosiguió su camino murmurando el nombre fatídico de Arilpa.

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