XXVI
Muerto Atahuallpa, los conquistadores no pensaron ya sino en la
opulenta ciudad del Cuzco, cuya pintura, hecha por los que habían
logrado visitarla, era un dechado de belleza i un depósito de oro.
Resolviose, pues, marchar al punto sobre ella.
Durante el viaje se dejaron ver en algunos puntos i con bastante
frecuencia, millares de peruanos armados, que se divertían en
hostilizar a los españoles obstruyéndoles los caminos,
derribándoles los puentes i quitándoles los viveres por lo que se
creyó prudente hacer alto en Jauja, miéntras Hernando del Soto con
sesenta de a caballo, salía de descubierta.
Salió Soto, en efecto, al cumplimiento de su encargo, pero desde
el principio se le presentaron grandes obstáculos, hasta el punto
de haber tenido, en Bilcas, que sostener una violenta refriega que
le costó la vida de tres hombres. No obstante este contratiempo,
continuó su marcha hasta cruzar las aguas del Abancay i del
Apurimac i llegar al pié de la sierra de Vilcaconga, donde supo que
los peruanos, en número considerable, lo esperaban en los
desfiladeros. No detuvo a Soto la noticia, e internándose en las
rocas i asperezas, fué sorprendido por un tropel de guerreros, que
cayeron sobre sus cansados jinetes con furia tal, que se vió
obligado a retroceder, sosteniendo una lucha mortal, en que los
dardos i los proyectiles de los peruanos diezmaban sus filas.
El grito memorable de "Santiago!" se hizo aquel día instantáneo
i unísono, como una última apelacion al honor nacional; pero todo
parecía ser inútil, pues los flancos de los españoles estaban
rotos, i el desaliento había cundido en todos ellos a la vista del
jefe contrario, que, presente en todas partes, hacía morder el
polvo a soldados i oficiales al golpe rudo de su huactana; i que,
con el cabello en desórden, los ojos chispeantes i el labio
convulso, semejaba al Hércules de los doce trabajos combatiendo la
espantosa Hidra. Nada era igual a su arrojo, nada a su
bizarría.
Los combatientes tomaron descanso mas de una vez, i mas de una
vez tambien volvieron a la carga con una tenazidad desesperada.
Empero, la hora del jefe peruano había sonado, i una bala fatal
tendiolo sobre el césped, despues de haberle roto el corazon.
Tal fué el fin de Quizquiz.
La batalla de Vilcaconga dejó sentir aun sus funestos efectos en
Challcuchima, que fué acusado de estar en relacion con Quizquiz,
fué quemado vivo en el valle de Jaquijaguama, despues de haberse
denegado a recibir el bautismo. Las últimas palabras del denodado
jeneral fueron:
|Pachacamac,
|Atahuallpa,
|Quizquiz.