XXV
Cuando se notificó a Atahuallpa su sentencia de muerte, no pudo
ménos de manifestar su estrañeza, i decir:
- ¿Qué he hecho para merecer tal castigo?
Pizarro se escusó diciendo que en aquel negocio no tenía él mas
parte que la que podía tener el mismo reo; i que se veía en la
necesidad de prestar mano fuerte a la autoridad, bien a su
pesar.
Atahuallpa se sonrió con incredulidad al oír la humildosa
disculpa del español. Su fuerte corazon no lo abandonaba ni en
aquel lanze estremo.
Mas, qué hacer? Era príncipe de la sangre i altanero por
temperamento; con aflijirse en nada minoraba su desgracia, con
suplicar no recabaría el perdon. Su juicio era un juicio político,
i en los juicios políticos no obra nunca la justicia, no obra nunca
la imparcialidad: obran los intereses de partido, las ambiciones de
cada cual. Atahuallpa conocía todo esto. Por otra parte, Atahuallpa
estaba satisfecho de sí mismo, i debía estarlo: nacido bastardo i
en la esclavitud, había llegado a ser rei, i de rei había llegado a
ser emperador. La escala del poder humano, pues, estaba recorrida;
ya nada alcanzaban sus ojos en el horizonte del mundo que llamase
su atencion; vivir mas era verse forzado a vulgarizarse, i era
mejor morir,i morir a los treinta años, legando de porvenir un
imperio sin rival conocido i una memoria grandiosa.
Empero, un sentimiento llevaba Atahuallpa al sepulcro, un
sentimiento profundo un sentimiento desgarrador que no era por
cierto el que Cora se hubiere ido con Manco despues de tanto amor,
cosa que creyó toda su vida; no, el sentimiento de Atahuallpa era
un sentimiento ménos melancólico porque era mas varonil; lo diremos
de una vez, era el sentimiento de la traicion de Challcuchima i de
Quizquiz. De tal suerte interpretaba él el silencio forzado de sus
antiguos cómplices.
Promulgose la sentencia de muerto de Atahuallpa al son de
trompeta en las esquinas de la plaza de Cajamarca; i dos horas
despues del toque de oraciones tuvo lugar la ejecucion.
Era la noche del 20 de enero de 1533.
Antes de ser ajusticiado recibió Atahuallpa el nombre de
|Juan, que le diera en el bautismo el fraile Valverde. Un
credo rezado a coro por los conquistadores fué la señal de que el
grande hombre había dejado de existir.
El cuerpo del príncipe permaneció toda la noche en el paraje de
la ejecucion, i a la mañana siguiente fué conducido al edificio que
hacia de Iglesia, donde se le hicieron honras segun el ritual de
los cristianos.
Pizarro i los demas oficiales españoles asistieron de luto, i
las tropas con armas a la funerala solemnizaron el oficio de
difuntos, celebrado por el Fraile Valverde.
Durante los primeros momentos de la esposicion del cadáver de
Atahuallpa, indianos i españoles estuvieron contemplándolo hasta
que satisfecha su cruel curiosidad fueron retirándose para
entregarse al sueño.
Era pasada media noche, cuando una mujer salió de uno de los
ángulos de la plaza i encaminándose al lugar de la ejecucion con
paso tardío, pronto hizo brillar en la oscuridad una luz, quel
oscilaba como un fuego fátuo balanzeado por el viento.
Llegado que hubo la mujer al lugar de su destino, alzó la luz en
alto como para ver mejor, i tan luego como descubrió el cadáver,
que se acercó bien para verlo, que lo tentó para convencerse de que
realmente estaba allí, arrojó la luz, i dejando caer la frente
entre sus manos, lloró amargamente.
I ¿Quién no llorara como ella, si como ella contemplara al
objeto de un amor inmenso, muerto por mano traidora, i por mano
traidora tirado en una plaza solitaria, húmeda con el rocío de la
noche, anegado en su propia sangre, i sin brillo los ojos, sin
fuego el corazon?
I ¿quién no llorara como ella, si como ella contemplara al rei
sin trono, al hombre sin vida, al amante sin amor? Ese amante que
había sido el sueño de oro de otra existencia hacía algunos años
estinguida.
Lloró, pues, i lloró amargamente.
El vendabal, furioso, al silbar lúgubre en las encruzijadas de
Cajamarca, parecía remedar sus lamentos.
Qué noche aquella! Los miembros de la piadosa mujer temblaban de
frio i sus dientes chocaban en convulsion incesante; i ella
persistía en acompañar, no al monarca, no al nieto del gran Tupac
Yupanqui, porque ya Atahuallpa no era nada de esto, sino al cadáver
del que había acabado con muerte afrentosa.
Cansose al fin la mujer, i sentándose en una piedra, colocó
entre sus rodillas la cabeza desgreñada de Atahuallpa, que ya no
era la cabeza altiva i hermosa de otros tiempos; i se entretuvo en
pasar i repasar su mano por la frente despedazada de aquella
primera víctima del conquistador.
Cuando la aurora apareció, ya el cadáver estaba solo otra
vez.
¿Quién era la pobre mujer que lo había acompañado durante la
noche? Era Cava, la loca, que había venido a bordar de rosas la
túnica patibularia del desgraciado amante de su señora.