XXII
- Dónde están los estranjeros? preguntó Atahuallpa a los pocos que
le seguian, viendo la sospechosa soledad que reinaba en
Cajamarca.
En este punto, el fraile Valverde, capellan de los
conquistadores, adelantándose a Atahuallpa con la Biblia en una
mano i un crucifijo en la otra, hablole en estos términos:
- Por órden de Francisco Pizarro, representante en estos reinos
de nuestro augusto monarca Cárlos V, vengo a esplicaros las
doctrinas de la verdadera fe, con cuyo santo fin hemos venido los
españoles desde remotos climas.
Entrando en seguida en materia, esplicó a Atahuallpa el misterio
de la Trinidad, la caida del hombre i su redencion por el dios de
los judios; la institucion del vicariato de Cristo en la tierra, en
la persona de San Pedro, i de sus dignísimos sucesores, los papas,
quienes habian autorizado bastantemente a su soberano para
conquistar a los infieles del hemisferio occidental, que eran
ellos, i convertirlos a la verdadera relijion; asegurándole que lo
mejor era que se sometiese de buen grado a su rei, i obtuviese
pazificamente el bautismo.
Trasmitida por Felipillo esta mística arenga a Atahuallpa,
chispeó sus ojos de rabia, i respondió con voz descompasada:
- Yo nunca seré tributario de ningun hombre; no hai potentado
sobre la tierra que me iguale. Creo que tu emperador es un grande
emperador, i por eso quisiera tratarlo como a igual. Por lo que
hace a los papas de que me hablas, desconozco el derecho que tengan
para disponer de lo que no es suyo. Mi dios me basta; él no ha
muerto como el vuestro; i, léjos de morir, vive i vivirá en los
cielos, i desde allí velará sobre sus hijos.
I luego preguntando al fraile de dónde sacaba todo aquello que
le decía, el fraile le mostró la Biblia, la que tomó Atahuallpa en
sus manos i hojeándola un poco, la arrojó léjos de sí con
indignacion, diciendo:
- Di a tus compañeros que me darán cuenta de sus acciones en mis
dominios, i que no me iré de aquí sin haber obtenido plena
satisfaccion de los agravios que me han hecho.
Estupefacto el fraile con la profanacion del libro sagrado,
corrió donde Pizarro, i le dijo:
- ¿No veis que miéntras estamos aquí gastando el tiempo en
hablar con ese perro lleno de soberbia, se llenan los campos de
indios? Salid contra él, que yo os absuelvo.
Pizarro vió llegado el momento, i ajitando una bandera blanca,
sonó el tiro fatal, a cuyo eco sonoro i desconocido en aquellas
comarcas, siguiose el grito de "Santiago, i a ellos," tan célebre
en los anales españoles. Al Punto cubriose la plaza de
combatientes, que cayendo como un torrente de bárbaros sobre los
asustados indios, llevaron donde quiera el espanto i la muerte, en
medio de los relinchos de los caballos, los lamentos de los
atropellados i heridos, el ruido de los falconetes i la
arcabucería, i las densas columnas de humo que se elevaban
pausadamente del seno del combate.
Por todas partes no se veian sino montones de cadáveres indios,
bastantes a completar las barricadas que los delegados apostólicos
creyeron conveniente hacer en las boca-calles para no dejar salida
a sus indefensas victimas.
Pero donde mas obstinado se hizo el ataque fué al rededor de la
persona de Atahuallpa, cuya diezmada guardia lo defendía con mas
que arrojo, con temeridad; pues no tenia armas, i toda su
resistencia estaba reducida a cubrir con sus cuerpos el del Inca, i
cuando morian los unos, reemplazarlos los otros, con un entusiasmo
altamente conmovedor.
Uno tras otro vió Atahuallpa caer sus nobles i denodados
defensores, sin que le fuese dado hacer nada en su socorro, sin
recibir siquiera su última mirada, ni estrechar su mano por última
vez.
La noche entraba, i era preciso terminar la contienda, por lo
que varios de los jinetes hicieron un postrer esfuerzo para
apoderarse de Atahuallpa vivo o muerto, i dieron tan brusca carga,
que sin duda hubieran logrado lo último, si Pizarro, conociéndolo,
no hubiera gritado con voz de trueno:
- El que estime en algo su vida, que se guarde de tocar al Inca;
i estendiendo su mano para protejerlo, fué herido levemente por uno
de sus mismos soldados. Esta herida fué la única que recibieron los
españoles en tan funesto dia.
La resistencia por parte de los peruanos se hizo del todo
imposible, i la litera de Atahuallpa cayó junto con él, en poder de
los conquistadores. Un soldado de Pizarro, de nombre Miguel Esteta,
arrancó de las sienes de Atahuallpa el rojo cordon, emblema de su
alta dignidad, el que conservó por algun tiempo como trofeo
especial de la victoria.
Tal fué el fin político de aquel príncipe altanero que, mimado
por la fortuna desde su mas temprana juventud, llegó, de oscuro
bastardo, a monarca poderoso, por un sendero, que si bien no estaba
sembrado de cadáveres, era en un todo distinto del sendero de
probidad que había seguido Huascar.
Preso Atahuallpa, cesó toda resistencia de parte de los
peruanos, i difundiéndose en sus filas tan desconsoladora noticia,
no fué bastante la autoridad de Challcuchima a contenerlos; su voz,
esa voz que tantas vezes los había conducido a la victoria, ya no
tenía imperio sobre ellos, i todos huyeron en el mas espantoso
desórden, perseguidos en parte por la caballería española, que se
divertía en asesinarlos.
Aseguran los historiadores que el numero de muertos en aquella
tarde funesta pasó de cinco mil. Argumento espléndido en favor de
los defensores de la fe, cuya mision era toda de paz, toda de
humanidad!
Segun Pizarro lo había prometido, cenó aquella noche con
Atahuallpa. Sirvióse la cena en una de las piezas que daban a la
plaza en que acababa de tener lugar el combate, todavía cubierta de
cadáveres. Sentose el vencido al lado del vencedor, sin que el
primero diese muestras de comprender lo angustioso de su situacion
Como Pizarro se manifestase sorprendido por eso, díjole Atahuallpa
con la sonrisa en los labios.
- Jeneral, es condicion de la guerra vencer i ser vencido.
I luego, como la conversacion se hubiese estendido, observó:
- Hace algunos años que supe de una manera cierta vuestra venida
a la costa; pero le presté poco cuidado por lo entretenido que me
tenían los asuntos del interior. I hasta este momento os creo
demasiado débiles para luchar conmigo.
Aparte de que ella estaba en su temperamento, la serenidad que
manifestaba nacía de la plena confianza que tenía en sus dos amigos
i capitanes, Quizquiz i Challcuchima a los que creía ver caer de un
momento a otro sobre los españoles, como habian caído sobre Huascar
en Quipaypan.
Terminada la cena, fué conducido Atahuallpa a su prision, donde
pasó la noche vijilado por una guardia doble.