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XXI



La historia no ha podido hasta ahora esplicar satisfactoriamente la conducta de Atahuallpa con respecto a dejar penetrar a los españoles hasta el corazon de sus dominios, sin intentar siquiera disputarles el paso; i no seremos nosotros los que digamos a punto fijo si ella era dictada por el desprecio que le inspirara su reducido número, o por el designio de encerrarlos para apoderarse mas fácilmente de ellos; pero sin duda alguna los que creen que fué con el de obtener en ellos unos ausiliares poderosos que oponer a Huascar, olvidan que cuando los españoles penetraron en el corazon del Perú, ya este príncipe infortunado estaba prisionero en Jáuja, i Quizquiz i Challcuchima habian tomado la santa ciudad, despues de la batalla Quipaypan.

Pero sea de ello lo que fuere, esto nada importa a nuestra tarea; por lo que abandonamos la cuestion a los historiadores, i volvemos a buscar a Pizarro a Cajamarca, donde lo hemos dejado. Era ya una hora avanzada de la tarde, cuando los conquistadores entraron a aquella ciudad, en medio de una lijera granizada i del mas completo silencio. Puso esto en cuidado a Pizarro, quien resolvió mandar a donde Atahuallpa una embajada compuesta de los dos Hernandos, el de Soto i su hermano, i de treinta i cinco jinetes mas, para averiguar sus intenciones.

Galopó la cabalgata de la embajada rápidamente, i ántes de una hora paró en el patio del cuartel jeneral de Atahuallpa, en medio del asombre de los soldados quiteños, que, apoyados en sus armas, la miraron pasar como una terrible aparicion en alas del viento, segun la espresion del cronista.

Era el cuartel jeneral un edificio de recreo en el centro de una plazoleta, rodeado de corredores que por la espalda daban a un ameno jardin, con bañaderos de piedra i surtidores de agua caliente i fria.

Estaba Atahuallpa vestido sencillamente i sin mas distincion que el cordon imperial en las sienes, en medio de la luzida oficialidad de su ejército, i sentado, a usanza oriental, en un almohadon, cuando apareció a su presencia la comitiva española. Recibiola sin muestras de asombro; i no respondió una sola palabra cuando Felipillo vertió a su lengua el discurso de Hernando Pizarro, concebido, poco mas, poco ménos, en estos términos: "Vengo en nombre de mi hermano Francisco Pizarro, comandante jeneral de las fuerzas que han penetrado en vuestra nacion, a participares que ha llegado ya a Cajamarca. Tanto él como los que aquí veis i vereis luego, somos súbditos de un gran rei, que vive mas allá de los mares, quien nos ha mandado, por la fama de vuestras victorias, a ofreceros su poderosa ayuda i a comunicaros la verdadera fe que él profesa. Por lo que hace al que ahora me envía, solo debo deciros que desea paseis a visitarle a su campamento."

- Bien está, dijo uno de los nobles que estaban allí cerca.

Lo cual observado por Hernando Pizarro, suplicó al Inca le diese cualquier respuesta de sus propios labios, por no satisfacerle solo la recibida.

Volvió la cabeza Atahuallpa a Hernando i sonriéndose, le dijo:

-Di a ese capitan que te envía, que yo estoi en ayuno i le acabaré mañana; que entónces iré con los mios a verle; i que miéntras tanto, se aposente con sus tropas en los cuarteles de la ciudad.

La actitud de Atahuallpa era del todo digna, i no obstante la estrañeza que le causaban los españoles tuvo la sangre fria bastante para no manifestarla.

Habiendo notado Soto, el mejor montado de la embajada, que era observado por los que allí había, merced a lo inquieto de su bridon, que tascaba el freno i mosqueaba con impaciencia, metiole espuelas, i describiendo mil i mil círculos a carrera tendida, i volteando al jenerose bruto en todas direcciones, parolo de repente tan cerca de Atahuallpa, que parte de la espuma que lo bañaba saltó en copos sobre su manto. Permaneció Atahuallpa indiferente, como indiferentes permanecieron los nobles que lo acompañaban; pero no sucedió lo mismo a algunos soldados que, espantados con las cabriolas del caballo de Hernando de Soto, partieron a todo correr; por lo que aquella misma noche fueron pasados por las armas, como quiera que habian tenido la debilidad de mostrar terror delante de los estranjeros. A tan alto grado de rijidez quería llevar el bastardo la disciplina de sus soldados!

Los peruanos instaron a los españoles a que tomaran algunos manjares, pero estos se denegaron, contentándose solo con recibir de manos de algunas mujeres de la servidumbre de Atahuallpa, sora en estupendos vasos de oro; i dando vuelta a sus corceles, tornaron a Cajamarca, ya bien entrada la noche.

Parte de esta la pasaron platicando Pizarro i los dos Hernandos, quienes no podian ménos de manifestar a aquel los serios temores que abrigaban desde que habian visto la compostura enteramente réjia de Atahuallpa, i el órden admirable que reinaba en su campamento; cosas ámbas que probaban la mucha civilizacion que debía haber entre los peruanos i su mucho poder, i consecuencialmente lo aventurado del paso que habian dado, avanzándose a su conquista con tan exíguos elementos. A mayor abundamiento, la oscuridad de la noche les dejó ver las luzes de los vivaques del campamento enemigo, segun la espresion de uno de los allí presentes, tan numerosas como las estrellas del cielo.

Cundía el temor en las reducidas filas de Pizarro, cuando este hablando a uno i otro, logró infundirlos el mismo aliento que daba brio a su corazon de héroe.

En tales circunstancias, se acordó tener un consejo de oficiales para resolver lo mas conforme con su situacion; túvose en efecto, i despues de larguísimos debates, fué adoptado el plan de Pizarro, que consistía en apoderarse por sorpresa de Atahuallpa i de sus principales jenerales, en la visita del dia siguiente, i dado este paso atrevido, dejar al acaso lo demas.

En cumplimiento de lo acordado, se ocupó a Cajamarca militarmente, apoderándose de las principales fortalezas i poniendo centinelas en sus calles i avenidas.

Rayó la luz del esperado dia, que era sábado, i el bélico clangor de la trompeta puso a los españoles sobre las armas. Colocó Pizarro la caballería en dos pelotones, a las órdenes de su hermano el uno, i el otro a las de Soto, en la fila de casas que defendía la plaza de Cajamarca por un lado; situó la infantería en el otro; i a Pedro de Candia, que mandaba dos falconetes, lo dejó en la fortaleza. El, por su parte, se reservó veinte hombres escojidos para ocurrir donde fuese necesario.

La órden jeneral fué que todos permanciesen escondidos hasta que un tiro de arcabuz les diese la señal de haber llegado el momento del combate.

Tomadas aquellas disposiciones, se celebró el sacrificio solemne de la misa, en la cual se entonó el |Exurge Domine, con un entusiasmo digno de mejor intencion.

Como a eso de medio dia, los atalayas avisaron notar movimiento en el campo peruano, i a poco se recibió un mensajero de Atahuallpa, previniendo a Pizarro que iba a pasar a su campamento mas que no lo haría armado, como lo habian hecho sus embajadores de la víspera.

Esta última noticia agradó un tanto a los guerreros españoles, que querian vencer sin combatir.

Pizarro contestó al comisionado, que hiciese presente a su señor que de cualquier modo que viniese. sería para él un positivo placer recibirlo, i que lo recibiría como |amigo i hermano.

Las tropas de Atahuallpa, en ostentosa parada, formaban a derecha e izquierda del camino que este traía, hasta perderse de vista en el valle. Venía Atahuallpa en hombros de sus vasallos i con un séquito enteramente oriental. Pero con asombro i disgusto de todos, se recibió un nuevo enviado de Atahuallpa, quien participó a Pizarro que el Inca haría alto esa tarde en el tránsito i que no llegaría a sus alojamientos sino hasta la mañana siguiente; al tiempo que alzaba sus tiendas a una milla, cuando mas, de Cajamarca.

Pizarro se molestó profundamente con esta vanidosa dilacion, porque comprendía bien los riesgos que corría su plan si se transferia para el dia siguiente; por lo que mandó a suplicar a Atahuallpa prosiguiese su viaje, pues ya todo estaba preparado.

Atahuallpa no insistió, i levantando en el acto su campamento, vino a alojarse en la |casa de la serpiente, en Cajamarca, despues de haber dejado a Challcuchima atras con la mayor parte de la comitiva.

El hado, la fuerza del hado arrastraba así tan confiadamente a este príncipe al teatro de su ruina. Decretos incomprensibles del cielo!

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