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XX



Cuando Pizarro trazó con su puñal en las playas de la isla del Gallo, una línea de Este a Oeste, diciendo a sus desesperados compañeros: "Camaradas i amigos, esta parte es la de la muerte, de los trabajos, de las hambres, de la desnudez, de los aguaceros i desamparos; la otra la del gusto. Por aquí se va a Panamá a ser pobres; por allí al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que mas bien le estuviere ;" i la pasó el primero, seguido del piloto Ruiz i Pedro de Candia i de once mas, cuyos nombres ha recojido para fama suya la historia; cuando Pizarro trazó tal línea, decimos, dando principio a su penúltimo viaje de descubrimientos al sur, el lector recordará que vino hasta abajo de Paita, gobernando su nave con intrepidez por entre las hinchadas ondas de un mar desconocido. Pues bien, en aquel viaje, i cuando ya hacía rumbo de regreso a Panamá, resolvió llevar de Túmbez algunos indianos que, aprendiendo el idioma español, le sirviesen de intérpretes cuando emprendiese la conquista definitiva del Perú. Entre estos indianos estaba Manco, que, arrastrado por las corrientes, cuando zarpó en dos mal acondicionados leños del fondeadero del Amortajado, huyendo de las iras de su ama justamente despechada, dió, merced a la Providencia, que nunca abandona a sus criaturas por criminales que sean, con una balsa de traficantes costaneros que lo recojió i lo llevó hasta el puerto de Túmbez, despues de haberle oido el relato de sus forjadas aventuras.

Una vez Manco en Túmbez, su primer cuidado fué el de internarse lo bastante para ponerse a cubierto de la venganza del príncipe a quien tan audaz i villanamente había traicionado; pero sacole de él la oportuna llegada de los españoles a aquel puerto, i la feliz coyuntura que se le presentó para huir del teatro de sus peligros, siguiéndolos a España.

Siguiólos en efecto, i estuvo con Pizarro en la corte, donde conoció al vencedor en Pavía i futuro señor de su país natal; i despues en Trujillo, lugar del nacimiento de su amo, hasta su regreso a la América del Sur.

Empero ni los años trascurridos, ni el viajo de Manco a la península española, donde la adelantada civilizacion del viejo mundo descorrió a su vista un cúmulo de objetos sorprendentes, fueron bastantes a borrar de su memoria la cara imájen de Cora, incrustada en ella con todos los caracteres de su deslumbrante hermosura. Las ciudades, costumbres i trajes de los europeos, todo pasó a sus distraidos ojos como una procesion fantasmagórica, de la que nunca conservó idea precisa: tan preocupada así estaba su imajinacion!

I lo estaba, porque Manco sentía una verdadera pasion por su antigua señora; sin que hubiesen bastado las escenas de la gruta del Amortajado a satisfacerle, por mirarlas siempre como una felizidad robada, que no llenaba su corazon. Manco quería algo mas: quería que Cora lo amase con el mismo amor que había amado a Atabalipa; es decir, con ese amor frenético, inefable, que él había presenciado, para su martirio; con ese amor inmenso que de los arrebatos del insomnio pasaba a los del sonambulismo, dejando tras si una huella de deleite inefable. Pero al apetecer Manco tan inapreciable bien, no se le ocultaban los obstáculos, casi insuperables, que tenía que destruir, entre los cuales se alzaba la orgullosa figura de Atahuallpa resplandeciente de gloria i de poder ...

Mas en medio de todas estas inquietudes, la idea de que acaso Cora habría muerto de desesperacion por su atentado, venía a destruir sus planes para obtenerla definitivamente, i a sembrar la pena i el desaliento en lo mas íntimo de su alma. Mas ¿cómo saberlo? a quién preguntárselo? Cierto que durante el arribo de los españoles a Puná, a su regreso, él, apartándoseles, visitó la misteriosa gruta de sus fujitivos i contranaturales amores. Pero qué halló? nada: la gruta estaba casi en el mismo desórden que cuando él entró a ella por la última vez, solo que ya la lámpara no ardia, i el grupo de la fuga de los dos amantes había desaparecido; pero ella? ella no estaba allí; habían pasado tantos años!

Sinembargo, era preciso averiguar su paradero, i Manco lo averiguaría, a despecho de todo; era preciso obtenerla, i Manco la obtendría. Sí, la obtendría, aunque para ello fuese necesario rendir cadáver a sus piés al monarca que se la disputaba, destruir su imperio conduciendo a él al conquistador, i luchar con hombres i elementos; que a todo estaba dispuesto el indiano en la locura de su amor.

Por fortuna, en esta vez no iba a combatir solo, que en esta vez venia aliado con algunos cientos de hombres capazes de todo; i a quienes haría él los instrumentos de su rabia.

Oh! Cuando recordaba el dia aciago, en que, confiando su existencia a dos endebles vástagos, huía, al vaiven de las temidas olas, de aquella misma en cuyo seno había reclinado su cabeza, espuesto a cambiar su abandonado lecho de vicuña por el lecho fangoso del mar, donde dormiría el profundo sueño de la muerte; oh! cuando pensaba que los mismos labios que habian derramado en los suyos la ígnea copa del placer, se habrían despedazado mas de una vez, temblorosos de enojo, para pedir su muerte; oh! entónces Manco, juraba venganza; i no había poder sobre la tierra bastante a satisfacerla; entónces aborrecía, que no idolatraba a la mujer que había fascinado todos sus sentidos; i saltando del frenesí del amor al frenesí del odio, ardía su pecho en las quemantes llamas de la ira.

Cuando el viento de la fama trajo a su oído los cruentos disturbios de los dos hermanos reinantes, su primer pensamiento fué el alistarse bajo las insignias de Huascar, í mover guerra al bastardo hasta rendirlo; i haciendo despojo de sus triunfos a su orgullosa compañera, entregarla a la justicia del país para que fuese quemada viva por su fuga del templo i su profanacion. Pero ese era pensamiento loco que abandonaba luego, por ser su furia mas contra Atahuallpa que contra Cora; i por reputar de mas provecho su union con Pizarro que con el hijo infortunado de Huayna Capac.

Como dijimos al principio de este capítulo, Manco se había ido con Pizarro i había regresado de España; pero a su vuelta, ya no era el mismo hombre, la instruccion que recibió lo había trasformado completamente, hasta el punto de ponerlo en capazidad de desempeñar uno de los papeles mas importantes en la conquista desastrosa de su propio suelo.

Olvidábamos decir que a su vuelta, ya no se nombraba Manco, sino |Felipillo.

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