II
Huayna Capac llamó por segunda vez.
Scyri entró también por segunda vez en la alcoba.
- Scyri, díjola el Inca con emocion, esto está visto: yo debo
morir hoi.
- Morirte!
- Si, morirme; no hai para que hacerme ilusiones: estoi
resignado.
- Mas vale eso.
- Haz que levanten las cortinas de mi estancia, que la perfumen,
i que me preparen mis mas suntuosos vestidos.
- Qué vas a hacer, señor?
- Voi a celebrar consejo con los ñusticuna de aquí, pues los del
Cuzco no llegarán a tiempo.
- Pero te vas a matar.
- No importa.
- Con qué estás decidido?
- Enteramente decidido.
- I podré yo saber? ...
- Todo lo que quieras, Scyri; yo para ti no tengo secretos.
- Gracias, señor. De manera que tu última voluntad ...
- Es la de celebrar consejo en el instante.
- Con qué fin?
- Con el de dar mis postreras disposiciones.
- I se podrán saber ...
- Cuando esté el consejo reunido.
- Voi pues al instante a dar las órdenes.
- Espera.
- Qué hai, señor?
- Desearía que me dijeses dónde están mis hijos, por qué no han
venido?
- Huascar, señor, está en el Cuzco, como siempre, retraido i
pesaroso.
- Pobre hijo mio!
- I Atabalipa no se sabe a punto fijo donde está: unos lo creen
en la costa inspeccionando los movimientos de los estranjeros que
la han invadido; otros suponen entregado a sus locos devaneos con
Cora.
- Es decir que ámbos me han abandonado.
- Eres injusto, señor; ninguno de ellos te ha abandonado, i, por
lo ménos, Huascar debe encontrarse en marcha para acá. Fué al
primero que se le avisó de tu estado.
- Oh! si llegase Huascar!
- Es casi seguro que llega.
- Al ménos le vería yo i le daría mi bendicion.
- Infeliz de ti, Atabalipa, para ti no hai ni siquiera un
recuerdo en esta hora suprema! dijo Scyri con las lágrimas en los
ojos.
- Si hai, Scyri, i mas de lo que tú piensas ; pero si estraño
mas la ausencia de Huascar que la de Atabalipa, es porque este me
ha dado frecuentes motivos de queja, i hasta en asuntos mui graves;
miéntras que el otro siempre ha sido un modelo de piedad
filial.
- Me habias prometido olvidar eso.
- Si; pero la vecindad de la tumba como que todo lo recuerda,
dijo el Inca con solemnidad; i, a propósito de eso, dónde están
Quizquiz i Challcuchima, has oido hablar de ellos?
- Nada, señor, tal vez hayan muerto.
- Eran dos bravos; qué lástima que hubieran sido traidores!
- Tal vez te engañaron.
- Tal vez! Pobres amigos mios, tambien me abandonan!
- Como los abandonastes tú en vida.
- No me recuerdes eso.
- Estás arrepentido?
- Quizá.
- Pero, i el consejo?
- Es cierto, el consejo. Despacha, que acaso en breve será
tarde.
- Es decir que estás resuelto a no decirme nada sobre tu última
voluntad hasta que no pase el consejo. Ai de mí! que ya no merezco
tu confianza.
- No, Scyri, sí la mereces; pero.
- Me crees incapaz de ausiliarte con mis consejos?
- Mi resolucion es irrevocable.
- Sea como gustes, señor, dijo Scyri con el acento de la mas
grande altanería, i, volviendo la espalda a Huayna Capac, salió del
aposento.
El Inca trató de incorporarse en el lecho, pero le faltaron las
fuerzas.
- Qué hai hermana? preguntole Challcuchima, segun costumbre, al
verla salir desconcertada de la alcoba, seremos tan desgraciados
que se cure ese hombre?
- Por este lado no abrigues temor ninguno, respondiole Scyri con
cierto aire de intelijencia mui digno de Catalina de Médicis.
- Entónces?
- Es que Huayna Capac quiere celebrar consejo.
- Celebrar consejo! repitió Challcuchima despavorido:
- I me ha ordenado prevenga a los ñusticuna de Quitus, ya que
los del Cuzco no vienen.
- No vienen! Te equivocas medio a medio, hermana, los ñusticuna
del Cuzco vendrán.
- Qué estás diciendo? preguntó Scyri aterrada por lo que
oía.
- Que hace ya algunos dias que, enterados de todo por un espía o
por alguno de sus ajentes de aquí, se han puesto, con Huascar a la
cabeza, en marcha para acá.
- Pero quién te ha traido tan infausta nueva?
- Un chasqui de Quizquiz.
- I qué piensa hacer Quizquiz?
- Me dice que ganemos tiempo miéntras él detiene la comitiva,
flecha en mano, en el camino; pero que como naturalmente algunos se
escaparán, que acabemos pronto aquí con lo que nos toca.
- Estamos acosados, hermano. Por mi parte, me declaro
vencida.
- Vencida! Ya se ve, al fin eres mujer.
- Pues bien, obra tú que eres hombre, repuso Scyri con acento de
desafio.
- Pues qué, no! Ya verás que obro.
- I qué harás?
- Primeramente iré a convocar para el consejo; pero se entiende
que no asistirán a él sino los que ya tú sabes; entre los cuales
figuraré yo, porque hoi me ha venido el capricho de cambiar mi
traje de yana por el de ñusti.
- Déjate de chanzas.
- Hablo con entera formalidad.
- I despues?
- Despues se celebrará el consejo; en el cual, o se nombra a
Atabalipa inca, o decimos nosotros que se le nombré, que todo es
uno.
- Magnifico! Challcuchima, magnífico. Por esta vez sí me declaro
vencida, dijo Scyri, i las órbitas de sus grandes ojos negros se
dilataron estraordinariamente.
- Esto por lo que respecta a mí. Por lo que hace a tí, haz abrir
cuanto haya cerrado en palacio, i trata a Huayna Capac de hora para
delante como si estuviese sano i en la plenitud de su primera
edad.
- Corriente! eso se llama entender las cosas; él lo desea de esa
manera.
- Ademas, soi de opinion que dés término a ese
|saludable
licor: es preciso que nuestro buen Inca no padezca de sed en sus
postreras agonias. Sería una crueldad.
- Toma, toma, mi buen yana, dijo Scyri dándole un beso amoroso,
esto i mas valen tus palabras. Pero sabes que me voi a poner
triste?
- I porqué?
- Porque mañana ya no serás mi yana.
- Bah!
- Anda, anda pesca los ñusticuna. Qué divertido va a ser esto!
Yana convertido en consejero; inca convertido en polvo; sueño
convertido en realidad!
- I tú qué harás? charlar como una loca?
- No, yo iré a arrojar todos los vientos del mar i de la tierra
al dormitorio de Huayna Capac. Oh! qué fresco el que va a hacer
allí; a cuidarlo como lo cuidó Coya el dia de sus nupcias; i
despues, i despues ya verás lo que tengo proyectado: es una broma
soberbia.
Challcuchima salió a convocar a los ñusticuna de su partido para
el último consejo de Huayna Capac.
Cuando Scyri se encontró sola, fué a uno de los estremos de su
aposento, i descolgando de la pared una urna de oro, en que
guardaba las frias cenizas de su amante, sacrificado por los zelos
de Huayna Capac, vertió sobre ella un raudal de gruesas i
cristalinas lágrimas, capaz de humedecerlas todas, i pronunció dos
o tres vezes el nombre de su perdido Arilpa.
Hecho lo cual, volvió a poner la urna en su lugar, i
arrodillándose ante ella, como si fuera ante el sagrado altar de su
dios, murmuró:
- Arilpa mio, mi único amor, mi sola luz, al fin quieren los
cielos que llegue el dia de mi justa venganza! De mi justa
venganza, tanto tiempo esperada! El infame espirará hoi, i yo soi
la causa de su muerte. La misma mano que tú estrechaste mas de una
vez, i que mas de una vez tambien cubriste con tus ardientes besos,
ha derramado gota a gota en su garganta, como para saborear mas el
deleite de su venganza, el acíbar que desleirá sus negras entrañas
i gangrenará su corazon! Arilpa mio, mi único amor, mi sola luz,
adios!
En los veinte i tantos años que hacia que Arilpa, el desgraciado
amante de Scyri Paccha, había sido sacrificado por un arrebato de
zelos de Huayna Capac, aquella mujer estraordinaria no lo había
olvidado un solo instante; i todos los dias, a mañana i tarde,
regaba sus cenizas con su amoroso llanto, i le renovaba el
juramento que le había hecho de vengarlo. Venganza de la que se
había hecho una obligacion sagrada, hasta el punto de no pensar en
otra cosa; i de arriesgarlo todo, hasta su propia existencia, por
consumarla.
Scyri Paccha oraba frecuentemente; pero ah! sus oraciones
siempre producian la muerte a alguno de sus enemigos. Scyri Paccha
había orado un dia mucho rato ante la urna que encerraba las
cenizas de Arilpa, i pocos dias despues apareció Umuc, el fiel
Umuc, ahorcado en un árbol de las avenidas de la gran via, sin que
sus hechizerias bastaran a libertarlo de lanze tan patético.
- Si, Arilpa, que muera, había dicho Scyri Paccha, que muera,
porque por él se retardó mi venganza!
I Umuc murió.