XIX
Los conquistadores cruzaron las tranquilas aguas del Piura, i
caminando siempre en direccion de los Andes, atravesaron todas las
bajas planicies de la costa, cubiertas ora de cerrados bosques, ora
de montecillos yermos, i regadas de cristalinas i entremezcladas
corrientes; hasta que, al quinto dia de su salida de San Miguel,
hicieron alto en un ameno valle, a fin de darse descanso i pasar
una revista jeneral.
Tuvo efecto esta; i Pizarro esperimentó el sentimiento de ver
que todo su ejército espedicionario se componía solo de ciento
setenta i siete hombres de armas, entre ellos setenta i siete de a
caballo, veinte ballesteros i tres arcabuceros; pero lo que mas
llamó la atencion del jefe español, fueron los nada ocultos
síntomas de descontento que notó en sus soldados, disgustados la
mayor parte porque no se había esperado para marchar, el ausilio
que debía venir de Panamá; ignorantes del plan de Pizarro i de las
poderosas razones que lo habían persuadido a dar paso tan audaz.
Por lo cual resolvió este dar un golpe decisivo, análogo en un todo
al que años atras había dado en la isla del Gallo, golpe que lo
sacara de una vez de perplejidades.
Preocupado con tal idea, luego que terminó la revista, dirijió a
sus soldados las palabras siguientes:
- "Compañeros, nuestra espedicion ha llegado a un periodo de
crisis, que exije la aplicacion de todo nuestro valor i de toda
nuestra abnegacion para llevarla a un término feliz. Por lo que
firmemente creo que ninguno de vosotros debo seguir adelante, si no
estais resueltos a arrostrarlo todo por el buen éxito de la
empresa; pudiéndoos regresar en el acto a la colonia de San Miguel
todos los que esteis disgustados, i acrecer con su número la escasa
guarnicion que la defiende. Por lo que respecta a mí, ya sean
pocos, ya muchos los que se resuelvan a seguirme, continuaré hoi
mismo mi marcha al campamento del Inca; pues no seré yo, nunca, el
que vuelva cara delante del peligro ni esponga la insignia española
a la mengua de una retirada."
"Dad un paso al frente los que deseis volveros." Obedeciendo a
este mandato, o mas bien al miedo que los poseía, nueve hombres
dieron el paso fatal, bajo el peso de las abrumadoras miradas de
sus compañeros, cuyas caras ardian de vergüenza.
- No hai mas! preguntó Pizarro con sublime desprecio.
Algunas miradas discurrieron afanosas por las filas, i la mayor
parte de la jente no osó levantar los ojos del suelo, temerosa de
presenciar alguna escena de oprobio; pero nadie mas salió.
Pizarro respiró libremente: había arriesgado mucho en aquella
ocasion, para no hacerlo. I ya fuese el amor propio, ya la estóica
resignacion del cruzado lo que había abierto tan pocos claros en
sus reducidos tercios, lo cierto, lo importante, era que ellos eran
pocos; i eso era lo bastante.
Continuó, pues, el jefe español su marcha un tanto mas
tranquilo; i como hubiese sabido ántes de acampar en el pueblo de
Zaran, que en otro llamado Cajas, no distante del primero, existía
a la sazon un destacamento peruano, despachó en su busca a Hernando
de Soto con algunos soldados.
Ocho dias mortales tardó este en regresar a Zaran con la noticia
de lo que había visto, i conduciendo nada ménos que un embajador de
Atahuallpa. Este, sabedor de la sospechosa marcha de los españoles,
había ocurrido a aquel medio amistoso para venir en conocimiento de
la calidad e intenciones de los estranjeros.
Pizarro recibió al embajador de Atahuallpa con muestras de fina
i respetuosa cordialidad. I espuesto el objeto de su mision, el
cual no era otro que saludar al jefe de los
|blancos a nombre
de su soberano, e invitarle a que pasase a sus reales de Cajamarca
a visitarlo, cambiáronse los regalos de costumbre, i, pasados
algunos dias, se separaron uno de otro en la mas envidiable
armonía. Al separarse, Pizarro reiteró al embajador sus protestas
de amistad, pintándole el objeto de su venida al país como una
consecuencia de la fama de las victorias de Atahuallpa, i un deseo
ardiente de ausiliarle con el apoyo de sus armas en la contienda en
que se hallaba empeñado con su hermano.
El diplomático embajador aplaudió por su parte tanta cortesanía,
i dió las mas espresivas gracias al español a nombre de
Atahuallpa.
No estará por demas decir aquí que el intérprete de todas estas
hipócritas conferencias (por que lo eran por una i otra parte) era
Felipillo.
Los conquistadores continuaron su viaje sin que supiesen nada
notable, escepto las noticias contradictorias i alarmantes que
recibian a cada instante del inca vencedor, hasta que al fin
llegaron al pié de la cordillera, último límite que los separaba
del ansiado término de su viaje. "Delante de él (de Pizarro) dice
el historiador, se levantaban los Andes estupendos, roca sobre
roca, con sus faldas cubiertas de bosques siempre verdes, variados
de trecho en trecho por terraplenes escalonados de tierra
cultivada, con la choza del campesino agarrada a su quebrada
pendiente, i con sus crestas cubiertas de nieve, en que reflejaban
los rayos del sol a una elevacion inmensa, presentando el conjunto
un caos de silvestre hermosura i magnificencia con que no puede
compararse nada de lo que se ve en otros países montañosos. Al
traves de esta formidable barrera, por un laberinto de pasos que un
puñado de hombres bastaba a defender contra un ejército entero,
tenian ahora que emprender su marcha las tropas. A la derecha se
veía un camino llano i ancho, guarnecido de árboles sombrios, por
el cual cabian dos carruajes de frente. Era uno de los grandes
caminos que iban a parar al Cuzco, i con su comodidad parecía
convidar al cansado guerrero a que lo escojiese en vez de los
peligrosos desfiladeros de la montaña ..."
La ninguna resistencia que oponian los peruanos al paso de los
conquistadores, i la embajada del Inca para que pasasen a visitarlo
enmedio de su campamento, empezaron a despertar ciertas sospechas
en la mente de Pizarro, temeroso de que se le tendiese algun lazo;
por lo que resolvió celebrar consejo, segun costumbre en toda
campaña cuando se trata de tomar una resolucion decisiva. Reuniose,
pues, este, i en él se acordó que Pizarro en persona, con parte
escojida de la tropa, tomase el mando de la vanguardia; miéntras
que su hermano Hernando marchaba detras con el resto de la
jente.
Emprendiose al amanecer del dia siguiente, i en órden de
batalla, la difícil subida de los Andes, haciéndolo la caballería a
pié i con los bridones de cabestro. La sierra se ostentaba cada vez
mas enmarañada; i el pendiente sendero que servia de ruta tenía
pasos mas que estrechos, inaccesibles. De garganta en garganta
había, desamparadas, fortalezas de aspecto amenazador, edificadas
sólidamente a la sombra de bosques inmensos de descarnados pinos,
cuyas copas sombrias ajitaban el límpido azul de las rejiones del
condor.
En las postreras eminencias de la cordillera, recibió Pizarro
otra embajada de Atahuallpa, i una oportuna remesa de rebanos para
su jente.
Así continuó la marcha de estos osados aventureros por algunos
dias entre zozobra i zozobra, i embajadas i regalos del principe en
cuya busca iban, sin saber qué suerte se les esperaba, hasta que al
sétimo de haber empezado el descenso, avistaron, con el corazon
palpitante de júbilo, el pintoresco i muelle valle de Cajamarca, a
la sazon repleto de varios i deliciosos frutos.
Tiene este valle unas cinco leguas de estension i es de figura
ovalada, báñale el Criznéjas, en cuyas aguas perezosas se reflejan
los amarillos muros de la ciudad de Cajamarca. Descubriéronla los
españoles a la caida del sol, como suspendida a sus piés, hermosa i
solitaria, cual una joya abandonada a su rapazidad. El espectáculo,
por cierto, era imponente, mas que imponente, halagador; pero ¡ai!
a lo largo de la cadena de colinas que se desprenden del gran ramal
de los Andes, i a algunas millas de distancia, destacábanse en
ordenadas filas las innumerables tiendas del campo de Atahuallpa,
envueltas en la humareda de los mil vivaques de sus huestes
vencedoras.
¿Qué importaba que el pecho del europeo estuviese revestido de
malla reluciente; qué que montara el ájil bruto, hijo de los
vientos, i fuerte, i noble, i guerreador; qué, que cual otro reí
del Olimpo, manejase el trueno i el rayo? Nada! Si apénas eran por
todos dos no completas centenas, i delante tenian todo el ejército
de Jérjes, como evocado en aquella hora suprema por el indio para
la defensa de su nacion.
Empero, ya era de todo punto imposible retroceder, i Pizarro,
ordenando en tres cuerpos sus soldados, al son de sus marciales
instrumentos, penetró en las calles de Cajamarca, i fué a izar sus
banderas en los minaretes de sus mas alzadas torres, la tarde del
15 de noviembre de 1532. Esas mismas banderas que hicieron esclamar
al poeta colombiano tres siglos despues:
Estas son las banderas que algun dia
En manos de Pizarro tremolaron,
Estas en Cajamarca presenciaron
La mas abominable alevosía! ...