XVIII
Las frecuentes apariciones de los españoles en las costas del
Pazífico ácia la época a que nuestra historia se refiere, es un
acontecimiento tan ligado con ella, que ya es tiempo de que
volvamos a él los ojos con algun interes.
Segun lo saben bien nuestros lectores, el primero que osó cruzar
las no profanadas aguas del grande Océano, fué el infortunado Vasco
Núñez de Balboa, que penetró hasta el golfo de San Miguel, como
unos diez años ántes de la muerte de Huayna Capac, i quien pasa por
su lejítimo descubridor. Siguiéronle despues Andagoya, Almagro i el
famoso piloto Ruiz, el primer navegante europeo que en los mares de
América cruzó la línea equinoccial.
Empero, entre los innumerables aventureros, que, so capa de
convertir salvajes a la fe del Crucificado i descubrir i conquistar
tierras para su rei, pasaron al Continente con las secretas miras
de enriquecerse, el hombre que mas llama la atencion, al ménos en
el hemisferio del Sur, es el renombrado Francisco Pizarro.
Piérdense el nacimiento i los primeros años de este en la mas
densa oscuridad. Sábese solo que nació en Trujillo, ciudad de
Estremadura, en la península española, por los años de 1471 a 1478;
i que fué hijo natural de Gonzalo Pizarro, coronel en los ejércitos
de Cárlos V, i de Francisca González, mujer de pobre condicion.
Agrégase, que, a pocos dias de nacido, fué abandonado a las puertas
de una iglesia, donde lo amamantó una puerca, "nodriza mas
improbable aun que la que se señala a Rómulo." Qué cierto es que el
vulgo se complace en buscar accidentes estraordinarios en los
primeros años de los hombres a quienes el capricho de la fortuna
levanta sobre el nivel de su jeneracion!
Creció bozal Pizarro, i se ocupaba en la ingrata profesion de
porquerizo (tal vez por gratitud) cuando el descubrimiento del
Nuevo Mundo brindaba un ancho campo de esperanza a los proletarios
del viejo; por lo que resolvió embarcarse en Sevilla, i vino a
mejorar de suerte al Occidente.
No es nuestro ánimo, por ahora, el seguirlo en el curso de todas
sus espediciones; lo seguiremos únicamente en los postreros
acontecimientos de la última, por cumplir así a nuestro pasajero
propósito.
Era la época en que Pizarro, zarpando de Puná, isla que ya
conocen nuestros lectores, hacía resueltamente rumbo a Túmbez, por
segunda vez.
Acompañábanlo su hermano Hernando, español esforzado i de buenos
instintos, Pedro de Candía, griego de nacion, i Felipillo, peruano
de los que lo habian seguido a la corte de España, cuando fué a
ella en busca de recursos que el poco atrevido Gobernador Pedro de
los Rios le negara, en Panamá., para su atrevida espedicion al
Sur.
Las fuerzas de Pizarro para emprender la conquista del Perú no
alcanzaban a doscientos hombres, entre infantes i caballeros.
Cuando desembarcó este puñado de aventureros en el puerto de
Túmbez, hallaron la ciudad destruida por los naturales, los templos
despojados de sus ricas insignias, i tal aire de hostilidad en las
jentes, que las tropas no pudieron ménos que hacer presente al jefe
su descontento, al paso que este se entristecía en secreto por el
aspecto amenazador del país, en mucho distinto de lo que se había
ostentado cinco o seis años atras a sus ojos codiciosos.
|Pero la
suerte estaba echada; i al espíritu caballeresco del español
eran preferibles los azares de la conquista, aun bajo tan
desconsoladores auspicios, al escarnio de una retirada
incalificable.
Pizarro, pues, resolvió alentar a sus valientes compañeros, i,
puesta la mente en el dios Pluto, mas que en el dios de sus padres,
siguió adelante en busca del Dorado.
Una vez tomada esta heróica resolucion, Pizarro dejó un pequeño
destacamento en Túmbez, i con el resto de su jente, se internó, con
ánimo de esplorar el país, a mediados de mayo de 1532. Como capitan
esperimentado, i que se sentía mas i mas débil a medida que
avanzaba por aquellas desiertas soledades, prontas a llenarse de
huestes enemigas, estableció entre sus parciales la mas estricta
disciplina, prohibiéndoles toda agresion a los indíjenas, « a
quienes debian tratar como amigos, si estimaban en algo el éxito de
la empresa. »
El efecto de esta política liberal fué el que era de esperarse,
i pronto cundió entre los indíjenas, quienes ocurrian solícitos a
las orillas de los caminos, cargados de víveres i presentes con qué
obsequiar a sus
|pazificos visitadores. Los españoles, por su
parte, los recompensaban con espejos, cuentas i otras baratijas;
manifestándoles que venian en nombre del vicejerente de Dios i de
su soberano de España, a convertirlos en verdaderos hijos de la
Iglesia i fieles vasallos de su majestad cristiana.
En estas andanzas, i despues de algunas semanas de haber salido
de Túmbez, resolvió Pizarro fundar una colonia, a unas treinta
leguas al sur de aquel puerto. Llamola
|San Miguel, por la
eficaz ayuda que prestole este celeste guerrero en la batalla con
los indios de Puná, donde tuvo a bien presentarse el santo con
espada i rodela, i poner en consternacion i fuga a los
|herejes.
Fundada la colonia, que fué la primera europea en el imperio de
los incas, i fundada con iglesia, sala de justicia, &.ª
repartiose el territorio adyacente entre sus pobladores, i
organizose un Ayuntamiento, compuesto de los consiguientes
empleados municipales.
A la sazon ya la confianza había vuelto a aparecer en los
espíritus, por lo que se resolvió hacer un fondo de todo el oro
recojido hasta allí, i enviarlo a Panamá en busca de ausilios; los
que debian esperarse en la colonia para emprender definitivamente
la conquista.
Tardaron estos mas de lo calculado, i Pizarro se impacientaba de
véras, porque las últimas noticias recibidas del interior no podian
ser mas favorables, cuando, acercándosele, una tarde, el indiano
Felipillo, que, merced a su viaje a Castilla, se espresaba bastante
bien en español, dijole con acento familiar aunque respetuoso:
- Hasta hoi, señor Pizarro, has hecho poco caso de mí, cuando
soi el que mejores datos puede darte sobre este reino, pues he
nacido en él.
- Véamos ¿i qué datos sabrias darme?
- Los de los lugares donde se encuentra mas oro, cuya
importancia no he comprendido hasta mi viaje al pais de los
|blancos; i los de los caractéres de los príncipes de aquí i
de los de sus súbditos.
Un rayo iluminó en aquel instante el cerebro de Pizarro:
Felipillo en sus manos era mas que un tesoro.
- I sabrás conducirme a esos lugares?
- Con toda seguridad.
- Hai mucho oro en ellos?
- El suficiente para edificar un palacio.
Aquella respuesta pareció satisfacer por lo pronto toda la
ambicion bastarda del español.
Felipillo refirió en seguida a Pizarro la historia de Huayna
Capac i de sus dos hijos rivales, Atahuallpa i Huascar, hasta la
época de su captura por los
|blancos en las costas del
Pazifico. Este luminoso relato fué complementado por las noticias
recibidas recientemente de las disenciones del imperio, de la
batalla ganada por Quizquiz i Challcuchima i de la prision del inca
Huascar en la fortaleza de Jáuja. Si hemos de creer a los
historiadores, Pizarro no era un hombre de talento, i ya hemos
dicho, i por si no, lo diremos aquí, que su ignorancia era tal que
ni aun siquiera sabía leer i escribir. Pero si no era hombre de
talento, si era de una concepcion rápida, por lo que comprendió en
el acto que las circunstancias en que había emprendido la
conquista, eran las mas apetecibles, pues, aunque novel político,
no se escapaba a sus alcanzes la antiquísima máxima que popularizó
Machiavelli, de
|dividir para reinar; i, por lo que
respectaba a aquella ocasion, ya el acaso había dividido, tocaba a
él la parte mas hermosa i fácil: la de reinar.
Por otro lado, el papel de Pizarro era mas que trivial:
consistía en penetrar hasta la capital del imperio con capa de
amistad; i una vez en ella, averiguar, no cuál de los contendores
tenía mas justicia-averiguacion inconducente para un aventurero
como él-sino cuál era mas poderoso, para abrazar su partido hasta
esterminar al contrario; a reserva, eso sí, de acabar luego luego
con su aliado.
El tiempo era apremiante.
Pizarro desesperó al fin: los ausilios que debian venir de
Panamá no llegaban, i lo peor era que ni se tenía siquiera noticia
de ellos; por lo que, nuevo Cortez, salió por las puertas de San
Miguel, sin esperarlos, el 24 de diciembre del mismo año de 1532, i
se encaminó al campo de Atahuallpa, situado a unas cortas jornadas
de allí, a la cabeza de su reducida pero resuelta tropa.
Antes de partir, Pizarro había acordado su plan con el astuto
Felipillo.