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XV



La resolucion de Cora de quitarse la vida por el ultraje que le irrogara Manco, había podido mas que la infatigable vijilancia de Cava, por lo que, escapándose de su lado, sin ser echada ménos, cuando ya la desaparicion de las estrellas marcaba la proximidad del alba, anduvo de roca en roca, como buscando el punto a propósito para sepultarse en el océano; hasta que asustada casi de su intento, que hacian espantoso el filo i las sombras de la noche, fué a sentarse en el pico mas saliente de la isla.

Despertose entre tanto Cava, i notando la ausencia alarmante de su ama, salió de la gruta en su busca, no sin la mayor angustia.

Anduvo la pobre niña en todas direcciones, pero sin encontrar siquiera las huellas de Cora, sin que nadie respondiese a sus gritos, ni el eco mismo, perdido en aquellas soledades.

El sol hacía rato que se remontaba por el horizonte en medio de infinitos torbellinos de nubes, présagos de una cercana tempestad, por lo que el día estaba frio, i en vez de soplar los zéfiros marinos, soplaban desechos huracanes, precedidos de manadas de espantadas aves i seguidos de su lúgubre silbido.

Cava estaba ya muerta de cansancio i abrumada de desesperacion - "Cora! Cora! ama mia, dónde estas? Qué te has hecho? Qué ha sido de ti? Por qué no me respondes?" No cesaba de gritar, llorando i corriendo como una loca; i sus ternezuelos piés vertian ya sangre, tan llagados estaban! i su cabellera desgreñada caía sobre su seno virjíneo amasada con el polvo de la ribera i las primeras gotas de la borrasca. Ora trepaba sobre las piedras mas grandes, a fin de esplorar mejor la isla; ora volvía a la gruta, impelida por un presentimiento consolador; pero ¡ai! todo era en vano: Cora no parecía.

En medio de las tristes angustias que asediaban el espíritu de Cava, Cava la infantil, Cava la fiel, una, todavía mayor, vino a anonadarla completamente. I fué que observó de pronto que no solo su ama había desaparecido de la isla, sino que tambien había desaparecido Manco; Manco, que distante de ser para ella lo que era para la orgullosa querida del príncipe, era, por el contrario, el único apoyo de las dos en su indefinido aislamiento. Cava pensó en esto, i tembló, porque temblar debía: a la pena moral de la pérdida inesperada de su querida señora, se agregaba el dolor del desamparo en la mas horrorosa de todas sus formas, esto es, con un cielo enojado sobre su cabeza i un mar turbulento a su alrededor.

Pasaron algunas horas; Cava ya no tenía lágrimas que verter. Tendida junto a uno de los muchos peñascos de la isla sobre la escasa yerba que a trechos lo vestía, suspiraba hondamente, í se cubría el rostro pálido con ámbas manos, como para alejar de su vista el espectáculo que tenía delante, sumerjiéndose de esta suerte en una oscuridad pasajera, remedo fiel de la que negreaba su porvenir.

Empero, no desmayaba todavía, i, probando un último esfuerzo, dió principio nuevamente a sus indagaciones. La casualidad llevola en derechura al sitio donde Cora, muda i cabizbaja, como la estátua de la meditacion, casi petrificada, nada oía, nada sentía de lo que pasaba cerca de sí. Nada, ni el choque de las olas furiosas, ni el estallido pavoroso del trueno en la inmensidad.

El primer arranque del júbilo de Cava por haber encontrado a su ama, casi fué el de una esclamacion ruidosa; pero se contuvo: tales eran el recojimiento i compostura de Cora. Acercósele poco a poco en silencio, sin atreverse a nombrarla siquiera, i colocándose a su espalda, esperó que ella notara su llegada.

A esta sazon, la orgullosa querida del príncipe, saliendo repentinamente del éstasis de su dolor, o mejor dicho, llegando al período de crisis de este, alzoso rápida sobre la roca, i midiendo con ojo enloquecido la distancia que la separaba del mar, cojiose la cabeza con ámbas manos, como aturdida por lo atrevido de su terrible resolucion, i lanzose al abismo, murmurando el nombre de su amante en medio de una horrible imprecacion contra Manco.

Cava dió un grito espantoso, i se adelantó sobre la roca como para detener a su ama por el vestido; pero fué tarde. La mar picada por la borrasca, que habia empezado, tragose a la despechada mujer, i solo la volvió de nuevo a la superficie cuando, muerta ya, la empujaban las olas a la orilla, adornada con su blanca toca de espumas.

En vano Cava volvió i revolvió los ojos buscando a quién pedir socorro; en vano, que era un desierto el que habitaba; desierto inmenso como su angustia, triste como su corazon. Entretanto las olas se encrespaban sobre las olas, franjas espumosas, cual jirones de encaje, en línea tortuosa i prolongada, mareaban el paso de las algas marinas.

Qué hacer? la pobre niña se sentía débil contra la mar embravecida.

- Manco! Manco! por qué me abandonas? fueron sus primeras palabras; i despues, opino animada por una esperanza súbita, volvió apresuradamente a la gruta. Como no encontrase en ella a nadie, el terror la sobrecojió, i sentada a la puerta hasta que lucieron las primeras estrellas de la noche, no se paró de alli sino para probar descansar.

Fué su sueño interrumpido i delirante. Ya el mar hirviente i oscuro se venia sobre su cabeza con rujidos espantosos, ya Cora agonizante, tendia ácia ella sus manos convulsas en ademan de pedirle socorro, cortada la voz por las aguas i la cabellera impregnada de cieno. Si gritaba, el trueno le respondía amenazante; si guardaba silencio, la soledad la aterraba con su mudez.

Qué visiones! Qué situacion! Sin embargo, ese era el sueño de una niña de diez años, cuya alma inocente era una flor a la que la serpiente de la fortuna se entretenía en ajar con sus escamas asquerosas.

Al amanecer del dia siguiente, cuando Cava despertó, un hombre la contemplaba con estupor, i como tratando de darse cuenta de la ajitacion que la combatía; sin duda el cielo se había apiadado de la infeliz i le enviaba socorro. Con todo, aquel socorro llegaba demasiado tarde!

Cava levantose aterrada, como a la vista de un espectro, i dando un grito agudo, fué a refujiarse en lo mas hondo de la gruta.

- No huyas, niña; no hai por qué huir, dijo el hombre que tenía delante.

Cava no respondió sino con una mirada sombría, despues de haber jirado sus ojos en las órbitas de una manera siniestra.

El hombre, que no era otro que el patron de la balsa, que regresaba por Cora i su comitiva, dió algunos pasos en direccion de Cava, pero esta hizo ademan de huir.

- Vamos, niña; no te acuerdas de mí? Dime, dónde está tu ama Manco dónde está?

Cava respondió tan solo con un suspiro.

- Tu ama? Manco? insistió el patron.

Cava tampoco respondió esta vez, pero saliendo de la gruta, echó andar en direccion de la roca desde donde se había precipitado Cora; cuando llegó a ella, parose i mostró al patron que la había seguido asombrado, el mar, entónces terso como un espejo.

- Se han marchado? preguntó el patron cada vez mas confundido.

Cava no respondió.

- Niña! sabrás decirme lo que hai, o daré de todo cuenta al Inca.

- Al Inca?

- Sí al Inca.

- I quién es el Inca?

- El Inca es Atabalipa; qué pronto has perdido la memoria!

- La memoria?

- Te estás burlando de mí!

- Burlando, burlando, eso es, dijo Cava i soltó una carcajada estrepitosa.

- Está loca! murmuró el patron asombrado. Era cierto, la pobre niña estaba loca. El drama que acababa de tener lugar en la isla, i del que había sido ella espectadora única, era superior a sus fuerzas i la envolvió en la catástrofe.

El patron, ayudado de su jente, buscó por todas partes a Cora i a Manco, i hasta que no se convenció de que eran inútiles sus pesquisas, no volvió a bordo, arrancando casi por la fuerza a Cava de la roca desde donde se había precipitado la infortunada i soberbia Cora.

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