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XIV



Los presentimientos de Atabalipa acerca del trono que le esperaba en el continente, no eran unos presentimientos infundados.

Como mui bien lo saben ya nuestros lectores, Huayna Capac, décimotercio inca, había muerto en Quitus, dividiendo ántes, para legar a sus dos hijos, su vastísimo imperio.

Sin pararnos nosotros en las funestas consecuencias de este paso impolítico del anciano monarca, dado, parte por el amor que él profesaba a Atabalipa, parte por las intrigas de Scyri Paccha, Quizquiz i Challcuchima, lo reconoceremos ya como un hecho por lo que interesa a nuestro propósito.

La embarcacion que conducía a Atabalipa, despues de separarse del Amortajado, viró de bardo ácia el Norte, i recruzando las tranquilas aguas del golfo de Guayaquil, hizo rumbo, con la marejada, por el Guayas arriba. Indudablemente el príncipe había resuelto ir a Quitus, como lugar mas seguro para él en la conflagracion en que suponía las dos metrópolis del reino.

Como nada de notable aconteció en este viaje, diremos solamente que Atabalipa hizo tierra en uno de los muchos caseríos que vestian las márjenes selvosas del espresado rio, desde donde continuó su marcha hasta la capital.

Quiso la casualidad que en el tambo que estaba en las faldas marchitas del colosal Chimborazo, encontrase a Huascar, que con el Amauta i parte de la comitiva de nobles dispersada por Quizquiz, se hallaba en via para el Cuzco, un poco mal librado de su postrer aventura.

La entrevista de los dos incas, fué tan circunspecta cual convenía a su condicion.

En ella supo Atabalipa la muerte de su padre i la distribución que había hecho del imperio. Su dolor, al ménos en apariencia, fué igual a su alegría; pues derramó abundantes lágrimas por la perdida del autor de sus dias, al paso que se solazó interiormente con la adquisicion del trono de sus mayores, trono que él miraba como el precursor de otro situado mas allá de las rejiones donde entónces parecía morir el sol.

- Creo, hermano, díjole Huascar, que la última voluntad de nuestro padre, consulta bien los intereses de los súbditos de los dos paises, al paso que puede reputarse como la espresion fiel del igual cariño que nos profesaba. Viviremos, pues, como dos incas amigos, mejor dicho, como dos |incas hermanos, una vez que lo somos; sin desmentir nunca nuestra descendencia del hombre mas grande de nuestra raza.

- Por mi parte, puedes marchar tranquilo, hermano. Honrado mas allá de mi merecimiento i mas que colmada mi escasa ambicion con las bondades de mi padre, nunca olvidaré que Quitus ha sido un país feudatario de Tavantinsuyu; i que, por tanto, su nuevo inca debe serlo, i leal, tambien.

Atabalipa hizo aquí una pausa sospechosa, durante la cual Huascar dijo para sí: malo! mas valdría que lo olvidara.

Atabalipa continuó:

- Me apresuro, hermano, a hacerte esta espontánea i franca manifestacion delante de tus buenos servidores, para disipar en tu ánimo la vaga desconfianza que, respecto de mi carácter, no dudo hayan infundido en él mis mal querientes. Es jente que nunca falta, i que siempre se propone medrar suscitando rencillas entre hombres que, si no fuera por esto, vivirían en perfecta paz i tranquilidad.

Estas palabras del astuto Atabalipa, pronunciadas con toda la pausa i comedimiento de un rei, i con ese acento de almibarada galantería que le era peculiar, causaron en el auditorio cuzcoano una sensacion profunda i favorable. Solo Huascar i el Amauta comprendieron la perfidia i el veneno que encerraban. El primero de estos respondió.

- Te creo, hermano; pero sí debo decirte la verdad, sabrás que mi ánimo no abriga respecto de tí desconfianza alguna, ni vaga, ni determinada.

Atabalipa dió las gracias a Huascar con una inclinacion de cuerpo, digna del mas cumplido cortesano.

- Por otra parte, Huascar continuó, tu conducta en los últimos años, ajena en un todo de la política, i hasta tu separacion del lecho de muerte de nuestro padre, hablan mas alto que todo.

- Aplaudo cordialmente esa confianza, respondió Atabalipa con cierta sonrisa que desmentía, o por lo ménos terjiversaba sus palabras, i la aplaudo tanto mas, cuanto que la oigo de tus propios labios.

En esta vez fué Huascar quien se inclinó.

- Sí, hermano, repuso Huascar, así es la verdad; debiendo solo agregarse en su complemento, que es tal la confianza de adhesion a mi persona i desprendimiento al tiana (Huascar al llegar aquí no pudo ménos de vacilar: los sucesos del huaraco se agolpaban en tropel a su memoria para desmentirlo) que he visto siempre en tí, que aunque nuestro padre no hubiera dividido el país entre los dos, yo siempre te hubiera propuesto una particion justa, cual cumplía a un auqui de la sangre.

- Siempre lo he creido así, hermano.

- Creo que nos hemos entendido perfectamente. Por lo que hace a algunos puntos de gobierno, cuyo arreglo urjo, espero tener el honor de enviarte mis embajadores.

Atabalipa pensó en el Amauta.

- Por mi parte haré otro tanto.

Huascar pensó en Quizquiz i Challcuchima.

- Hermano, me atrevo a recomendarte el cadáver de nuestro padre, el cual debe ser trasladado con la debida pompa al Coricancha, segun lo dejó dispuesto. Su corazon debe quedar con vosotros.

- Descuida por entero: para mi son sagrados sus mandatos, como lo son para tí.

Despues de esta conferencia de los dos jóvenes monarcas, en que nuestros lectores sabrán quién fué mas diplomático o hipócrita, si Huascar o el bastardo, la conversacion pasó a ser del todo familiar, acabando por jeneralizarse en las dos comitivas.

Durante ella, se dieron algunas bromas a Atabalipa por la vida misteriosa que llevaba de algun tiempo atras, i por los rumores, que ya se habian hecho populares, de cierto robo de no sé qué belleza de las vecindades de Quitus. Atabalipa sostuvo con mui buen humor estas bromas, hasta que los dos incas se separaron en la mejor intelijencia del mundo.

Ambos habian procurado no infundirse sospechas.

Pero debemos ser veraces: Huascar, si bien conservaba el recuerdo de ciertos resentimientos de lo pasado, no abrigaba ninguna perfidia para lo futuro. Jeneroso por naturaleza, deploraba la ambicion de su hermano, i tan solo se proponía mantenerlo a raya de una manera encubierta i decente. Tal vez no podamos decir lo mismo de Atabalipa.

Llegó este despues de algunas jornadas a Quitus, donde le hicieron un recibimiento espléndido. Empuñó luego las riendas del gobierno, haciendo valer desde los primeros momentos el talento superior con que le había dotado la naturaleza.

Por lo que parece, la conspiracion estaba terminada. Esa conspiracion de tantos años, que necesitó, para triunfar, que muriese el grande hombre que era su insuperable obstáculo, del despecho amoroso de Scyri Paccha i de la consumada política de Quizquiz. Conjunto heterojéneo de circunstancias de que dependió mas tarde la suerte de millares de americanos. Veremos despues lo efímero de sus resultados.

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