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XIII



Salió Cora de la gruta, i, sentada en un peñasco saliente de la isla, daba rienda suelta al llanto de la vergüenza i del furor, entregándose a los mas enojosos pensamientos i a los planes de venganza mas varios i terribles, sin que ninguno satisficiese suficientemente su llagado corazon. Amante hasta el delirio del príncipe a quien había consagrado vida i hermosura, una vez  profanada, se encontraba bastante despreciable para no volver a reclamar sus ambicionadas caricias. I,  como todas las almas de su temple en circunstancias análogas, la primera idea que la asaltó fué la idea de la muerte, como el mejor término a su deshonra.

Pero morir; morir en la plenitud de la vida, bella con toda la belleza de la juventud i de las gracias; morir amante i amada, i morir voluntariamente, trocando el bello ideal de una existencia conocida, la luz del día i los perfumes de la eterna primavera de su país, por las sombras i la nada de la tumba, era a la verdad una idea desesperante, cuya tortura solo podía igualarse al hecho que la producía.

Atabalipa, príncipe i hermoso; Atabalipa, en cuya despejada frente habian leido sus ojos todo un porvenir de glorias de que ella sería el orgullo, era entónces la conspícua figura que se destacaba resplandeciente en el tenebroso horizonte de su dolor ...

Oh! Si Cora hubiera tenido el májico poder de Medusa para petrificar en aquel momento al robador de su felizidad; si hubiera dispuesto del rayo vengador para pulverizar hasta sus vestiduras; Cora no hubiera llorado tanto como lloró, ni sus suspiros hubieran acrecido, como acrecieron, las brisas marinas de la noche, que, rujientes como sus prolongados lamentos, venian de rato en rato a estrellarse, mezcladas con las olas, en el peñasco, testigo mudo de su afliccion.

Haberla visto así, a la agonizante lumbre de la luna próxima a desaparecer del horizonte, dados cabello i brazos al viento, pálida por el frio de la noche, desgarrada la veste i trémula de angustia; i haberla tomado por el jenio de la desesperacion pronto a lanzarse en el abismo, hubiera sido todo uno.

Qué espectáculo ciertamente! - El mar borrascoso a sus piés, la noche cual un manto de crespon roto en jirones sobre su cabeza, el huracan rujiente a sus costados, i ella yerta; desgreñada e imprecadora! ...

Como lo hemos dicho, morir fué la primera idea de Cora; idea que, no obstante su lúgubre aparato, tomó en ella proporciones tales, que la embargó toda i la sedujo hasta un estremo alarmante. Cierto era que esperando algunos dias mas le vendría socorro del continente, i entonces Manco recibiría el justo castigo de su iniquidad; pero cierto tambien que, miéntras ese socorro llegaba, ella estaba a la plena merced de su criado infiel; que, al punto a que las cosas habian llegado, nada seria capaz de contenerlo en el sendero de su profanacion. Por lo que Cora, cobarde para desafiar nuevos peligros, i despechada por los ya corridos, resolvió irrevocablemente morir, echando ántes las bases de su venganza.

Volvió, pues, a la gruta, a la que había cojido un odio repentino; pero a nadie encontró en ella, por haber desaparecido tanto Cava como Manco. La primera por ir en su busca; el segundo por haber salido a meditar el medio de poner término a su apurada situacion.

Una vez Cora en la gruta, formuló el siguiente quipus para su amante Atabalipa, el primero que le dirijía durante el romántico período de sus amores:

« Atabalipa mio, voi a morir: Manco, el infame Manco es la causa de mi muerte i de mi deshonra. »

Este quipus fué entregado a Cava, despues de haber recibido la promesa de que lo pondría en la mano propia de Atabalipa.

- I tú misma por qué no se lo entregarás; no lo hemos de ver a un tiempo? Preguntó la niña a su ama, todavía atontada por lo que estaba sucediendo.

- No, Cava, yo no lo veré ya mas, respondiole Cora con un acento tan lastimero, que hizo saltar dos lágrimas de los ojos de la niña, grandes como dos gotas de rocío.

- I por qué no le verás? no volverá él aquí? nos abandonará en esta isla desierta?

- Oh, Cava! por él, por mi, no me hagas es preguntas desgarradoras, dijo Cora, i probó llorar de nuevo; pero fué en vano: el manantial de sus lágrimas estaba agotado.

Cava guardó un profundó silencio.

Sentose Cora en el mismo sitio donde había cenado la última noche con Atabalipa, i con la mano en la mejilla, estuvo recordando melancólicamente los sucesos mas notables de sus amores: su conocimiento en la infancia con Atabalipa, su primera separacion, el regreso de este, su fuga del templo sagrado, la vida misteriosa i escondida que había llevado despues hasta su embarcacion en Puná para venir al teatro de sus desgracias, todo se agolpó a su febricitante imajinacion con los coloridos del delirio i el claro Oscuro de la reminiscencia.

Sucedió que, cuando estaba mas engolfada en su amorosa meditacion, levantó por casualidad su abatida cabeza, i tropezaron sus ojos con las estatuas de oro de que hemos hablado; i como si aquella tosca representacion la molestase, parose i fué a cubrirla con una manta de su ajuar.

- Qué quieres? preguntole Cava, como deseosa de servirla.

- Nada, hija mía, mi sola amiga; duerme.

Pasó una hora.

Cora creyó dormida ya a Cava, i trató de incorporarse para salir; pero Cora se engañó: la vijilante niña no dormía, i la dijo:

- Dónde vas, señora?

- Ah! estás despierta?

- Si, señora, estoi despierta; no sé por qué, pero no puedo dormir.

- Haz por dormir, i dormirás.

- I tú tambien dormirás?

Cora se sonrió sin responder; mas, su sonrisa era una sonrisa de muerte.

Varias vezes durante aquella noche de angustia, intentó la querida del príncipe salir de la gruta para llevar a cabo su desesperado propósito; pero otras tantas fué detenida por la activa vijilancia de su compañera.

La hora del alba sería cuando, logrando al fin burlar la vijilancia de Cava, salió Cora en puntillas, i empezó a discurrir por las ásperas breñas del Amortajado, sin direccion fija ni objeto Preciso.

Dejémosla aquí para saber lo que era de Manco.

Intentó este al principio abandonar la isla, construyendo al efecto una embarcacion provisional donde llevarse de alli violentamente a su enojada señora; pero abandonó al instante tan descabellado proyecto, por lo difícil de realizarlo. En seguida ocurriole el pensamiento de echarse a los piés de Cora, i pedirle perdon; pero tambien desecholo como ineficaz. Por todo lo cual vino en resolver que el mejor partido que le quedaba era el de escaparse solo, confiando al capricho de las olas su salvacion, que de otro modo no tenía ni siquiera esperanzas.

Ató en efecto dos troncos pequeños de árbol, i colocando a popa algunas provisiones, cabalgó sobre ellos con los piés dentro del agua, miéntras que con un mal forjado canalete se abría paso por en medio de las aguas. | * Una vez así, Manco se alejó, no sin bastante zozobra, de las tajadas riberas del Amortajado, donde había comprado una dicha, que no se había atrevido ni a imajinar, a precio tan subido.


 

* Hoi mismo se usa en las costas peruanas esta manera estraña de navegar.

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