INDICE




 



XII



Manco no era de espíritu tan romántico que se creyese bajo la influencia de un sueño, por lo que salió al encuentro de Cora para preguntarle qué podía hacer en su servicio; pero esta no le dió tiempo arrojándosele al cuello i cubriéndolo de caricias.

Nuestro héroe no sabía darse cuenta de lo que le estaba pasando, pero deseoso de no desaprovechar tan inesperado lance, correspondió a Cora sus halagos.

Mas, pasada la primera emocion, como era natural, Manco trató de esplicarse la estraña conducta de su ama. ¿Será que si me corresponde, pensó, pero que no se había atrevido a manifestárseme por miedo al auqui, i que aprovecha esta coyuntura para hacerlo? O ¿será que es una amante infiel i traidora, que aprovecha la mas leve ausencia de Atabalipa para entregarse al primer hombre que encuentra, hastiada ya de los favores de aquel?

En medio de esta doble duda, fluctuaba el pensamiento de Manco, cuando asiéndolo fuertemente contra su pecho la enamorada indiana, le preguntó:

- No es cierto que no has partido, Atabalipa mio, i que estás aquí, conmigo, entre mis brazos?

Manco no respondió, porque nada comprendía.

- Atabalipa, respóndeme, insistió Cora, recojiendo sobre las sienes el lacio cabello de su atónito guarda; respóndeme, Atabalipa, o voi a creer que sueño.

- Pero qué quieres que te responda? se atrevió a murmurar Manco.

- Qué? que no es cierto que has partido.

- Partido?

- Sí, partido. Figúrate que he tenido un sueño horroroso: soñó que me habias sacado de repente de mi escondida casa de Puná, donde hemos sido tan felizes; i me habias traido a otra isla donde me habias dejado en una gruta encantada, sola, con Cava, miéntras tú ibas al Cuzco ... No; ahora recuerdo que tambien me habias dejado con Manco, ese Manco, cuyo silencio i cuyas miradas me infunden miedo.

Manco no era bastante despreocupado para no aturdirse con lo que estaba pasando por lo que estuvo a punto de creer que era victima de algun espíritu maligno; i hubiera gritado como un loco, i hecho conjuros como un exorcitante, si la dulce presion del alzado pecho de Cora i el hálito embalsamado de su aliento, no hubieran podido mas en su ánimo enamorado, que los temores supersticiosos que le estaban sobrecojiendo. Terminando por decirse, con esa malicia peculiar al americano primitivo: ah! la astuta ha recurrido al injenioso medio de hacerme creer que me toma por el auqui.

Manco se equivocaba por entero: la pobre jóven era sonámbula.

- Atabalipa, una palabra, una sola palabra que me pruebe que no te has apartado de mi, que no te has ido.

- No, no he partido, respondió el sacrílego Manco.

- Bueno, no has partido; pero estás enojado conmigo, porque estás indiferente, frio ¿qué te he hecho yo, Atabalipa mio?

Manco tomó aquel rapto del amor salvaje de la indiana en toda su plenitud, por una perfidia mas de Cora, i diole por toda respuesta un beso.

- Si, así te quiero, Atabalipa mio porque ese beso me recuerda el primero que me diste la noche que me sacaste del templo ... Pero, mira, tengo frio, arrópame con tu manto.

Manco no tenía manto con que arropar a Cora, pero echole el brazo por sobre el cuello i la condujo a la gruta.

Al dia siguiente cuando Cora despertó, la lámpara ardía como de costumbre.

Cava trasegaba por la gruta.

- Hace mucho que amaneció, Cava?

- Sí, señora, hace bastante.

- Manco no ha entrado?

- Sí, señora, para preguntar en qué podía servirte; pero viendo que dormías se ha ido a recojer mariscos a la Playa.

- Bien, cuando entre, prepararás el desayuno.

Cora estaba aquel dia de bellísimo humor, pues aunque ausente de su querido Atabalipa, había pasado la noche en medio de los sueños mas deliciosos del mundo. Por lo que resolvió dar un paseo por la parte ménos escarpada i mas pintoresca de la isla.

Diolo, en efecto, despues del desayuno, cojida de la mano de Cava i seguida de Manco, quien no podía esplicarse la glacial indiferencia de su ama.

El paseo fué largo, i hubo bastantes paradas a causa de que el sol estaba mui ardiente por lo despejado i sereno del día. La mar, en todo lo que alcanzaba la vista, se mostraba tranquila i azulada.

Cuando volvieron a la gruta, Cora se entretuvo en bordar una túnica para Atabalipa, Cava en arreglar la habitacion, i Manco en cazar algunas liebres para el abasto.

Así pasaron hasta cuatro dias. Cora soñando con su amante ausente, i Manco reputándose el mas feliz de los mortales. I hubieran pasado muchos mas, si la suerte, que lo tenia dispuesto de otro modo, no hubiera venido a efectuar un cambio terrible en los transitorios moradores del Amortajado.

He aquí cómo.

Era la quinta noche que Manco, abusando de la enfermedad de su señora, debía pasar por Atabalipa. Como de costumbre, cuando pensó llegada la hora, entró en la gruta i se dirijió ácia la parte en que dormía Cora; pero esta no se había dormido todavía, o mejor dicho, el sonanbulismo que le producian sus pensamientos, no había dejado sentir aún su estraño efecto. Vió, pues, entrar a Manco i dirijirse a ella. Lo primero que se le ocurrió fué incorporarse en el lecho, i preguntarle qué buscaba a tales horas en su habitacion; tambien pensó llamar a Cava; pero no hizo nada, deseosa de penetrar ántes los designios de su criado.

Este, que había continuado avanzando con la mas absoluta confianza, llegó al término de su viaje. Lanzó Cava un grito de rabia i de terror, i presta como una cervatilla que de improviso se siente herida, saltó fuera del lecho. Manco estaba trémulo de asombro.

Cava se incorporó sobre los anchos almohadones donde dormía.

Hubo un momento de silencio jeneral.

Manco, como un hombre que despierta de un largo i profundo sueño, empezó a comprenderlo todo, i juzgando que el mejor medio de salir bien librado de tal lanzo, era apagar la lámpara i dejar a las tinieblas el cuidado de arreglar lo demas, dió un paso ácia adelante con ese intento; pero Cora, que le había adivinado el pensamiento, se interpuso entre aquella i este, con ademan amenazador.

Manco se detuvo.

- Cava! Cava ! dijo Cora con visible inquietud, levántate al punto.

La ájil niña de un brinco se puso al lado de su señora, a pesar de que nada entendía.

Estoi perdido, pensó Manco: Cava me ha visto i se lo dirá todo al auqui, i el auqui me ahorcará. Por otra parte, mal cómplice es un niño para tratar de atraerle a mi partido. I luego, como satisfecho del precio ínfimo, el de su vida, a que había comprado su felizidad, se dijo: que me ahorque; está en su derecho; yo tambien lo ahorcaría en caso contrario.

En obsequio de Manco, debemos decir que no era cobarde.

Todo esto pasó en ménos tiempo del que hemos empleado en relatarlo.

- Manco! dijo al fin con voz terrible Cora ¿qué has venido a buscar aquí?

Manco pensó que nada tenía ya que arriesgar, i en tal virtud se propuso confundirla.

- ¿Qué he venido a buscar aqui? lo que he venido a buscar, i he encontrado, todas las noches pasadas.

Cora dió un grito de profundo dolor. Empezaba a dudar de sus sueños.

- Eres un impostor infamo! márchate al punto de aquí.

- I por qué me he de marchar?

- Porque yo lo mando.

- Sí, márchate, márchate, Manco, dijo Cava, temerosa del enfado de su ama.

El indiano la cobijó con una mirada de desprecio.

- Me has oido? Preguntó Cora.

- Sí te he oido, señora ¿mas a qué venirse ahora con esos escándalos? Mas me gustabas las noches pasadas, en que eras tan taciturna! respondiole Manco con una carcajada sardónica.

- Por el esplendor de sol, te juro, Manco, que morirás!

- Que moriré? i eso qué me importa!

- Atabalipa! Atabalipa mio! dónde estas? por qué me abandonas? Dijo Cora cojiéndose el rostro con ámbas manos i prorrumpiendo en sollozos.

- Atabalipa se ha ido, i solo yo estoi aquí; yo, que soi ahora el amo!

La desesperacion de Cora habia llegado a su colmo: la sangre fria de Manco la mataba de rabia. Echó en su despecho una mirada en torno de si, como buscando una arma con que herirse o herir al atrevido; pero no encontró nada. Entónces, víctima de un vértigo atroz, salió precipitadamente de la gruta, resuelta a sepultarse en el mar.

Manco estaba sobrecojido de espanto: empezaba a comprender lo angustioso de su situacion. De un dia para otro, acaso de un instante para otro, llegaría el patron de la balsa, emisario del príncipe, a recojer el precioso tesoro encomendado a su custodia; i entónces se sabría todo, i mas que todo, porque Cora, en venganza, inventaría incidentes i abultaría los hechos hasta un estremo aterrador. Pero qué hacer? huir era imposible; calmarla, mas que imposible. Ciertamente, Manco era hombre perdido.

anterior | índice | siguiente