XI
A cuántas sérias meditaciones no se entrega el espíritu cuando el
desvelo lo asedia en las altas horas de la noche, i solo hai
sombras i silencio en derredor suyo! Entónces como que el
pensamiento se desata, i vuela de rejion en rejion por todo el
ámbito del infinito. Dios, las personas que nos son queridas, las
peripecias, ya funestas, ya felizes de nuestra vida, todo se agolpa
en tropel a nuestra imajinacion, ofuscando nuestra vista como un
inmenso prisma de encendidos colores.
Qué momentos aquellos! El corazon i las sienes laten con furor,
el alma sufre el paroxismo de la melancolía, i desfallece; hasta
que un hondo suspiro, las mas vezes, pone término a esa dulce
agonía que precede al éstasis. Manco había gozado de ellos, i
decimos gozado, porque sí hacen gozar, solo que su gozo es amargo,
indefinible. Ellos habian dejado en él tantos i tan estraños
recuerdos, que en vano, mui en vano, había intentado juntarlos i
amalgamarlos para hacer de todos uno solo, ídolo de su memoria;
pues habian huido de él como las hojas, secas por el rayo del sol
meridional, huyen del bosque natío al soplo el viento.
Por lo comun, una vision misteriosa decoraba el fondo del cuadro
de sus pensamientos, una especie de ánjel impalpable, que, ora
cernía sus blancas alas de armiño entre las innúmeras estrellas de
una noche tranquila, ora se perdía vaporosa entre las plegadas
flores del jardin. I esa vision, ese ánjel lo fascinaba, lo hacía
seguirla a donde quiera que iba, le arrastraba como con una cadena
invisible, a semejanza de la fada custodio de nuestros
destinos.
Pero, quién era? No lo sabemos.
Unas vezes cambiaba una sonrisa de intelijencia i amor con
Manco, sonrisa que estremecía todas las fibras del cuerpo del
jóven; i otras pasaba a su lacio indiferente e impasible, si no
chispeante de orgullo i amenazadora. Su aliento se confundía con su
aliento, su vestido se rozaba con su vestido. Pero qué importaba!
El aura tambien rizaba sus cabellos; i Vénus, la rutilante Vénus,
partía sus rayos de ebúrnea plata sobre su frente.
Felizidad suprema! Sin ser Manco el escojido hebreo, que, con la
cabeza sobre una piedra i el cuerpo al raso, soñaba con la
espléndida inspiracion de Dios, sueña tambien: un ánjel está a su
testera, i, en vez de la bóveda estrellada, su manto de escarlata
es la estrecha cúpula de su desierto!
Quién es ese ánjel? Hemos dicho que no lo sabemos; pero hemos
mentido: ese ánjel, esa vision compañera, es
|la mujer que
ama; tal como la vió la primera vez, o cual estaba cuando le
dispensó su último favor, o su último desden.
Mas, ya no es un sueño: Manco ha despertado, i ya no es la
imájen de la hurí la que se alza risueña i deslumbradora ante sus
atónito ojos: es
|ella, positivamente
|ella, es Cora,
que está sentada a su lado, que le entrega, distraída, su hermosa
mano, i lo mira con embriaguez, en tanto que él ciñe con suavidad
su flexible talle, émulo de la palma cimbradora, i reclina
muellemente su orgullosa cabeza en su seno. Qué emociones tan
dulces las que ahora siente! Qué momentos de felizidad tan
inefable! Solo la cándida viajera de la noche alumbra aquella
escena de amor con su pálida luz; el silencio la solemniza con sus
misterios; i ni las fuentes ni las brisas osan interrumpirla con su
ténue armonía!
Aclaremos.
Manco, como ya lo saben nuestros lectores, era un isleño al
servicio de Atabalipa; i había entrado a él cuando este vino con
Cora a Puná, huyendo de las persecuciones de la justicia.
Era Manco uno de los indianos mas hermosos de su nacion: era,
por decirlo de una vez, el Apolo de los antiguos tallado en bronce.
Vestía guayuco de vistosas plumas con ceñidor de plata, i rayaba en
los veinte i dos años de edad.
Blanco i barbado como el europeo, Manco hubiera sido apénas un
hombre comun en cuanto a belleza; pero cetrino i lampiño, con las
facciones artísticamente delineadas, los ojos lánguidos i perfilada
la nariz, era mas que un hombre hermoso, era una criatura
perfecta.
Entrado al servicio de Atabalipa, habiase prendado de Cora,
despertando su corazon del prolongado sueño de la infancia, que en
él había durado hasta despues de la virilidad, bajo las miradas de
fuego de aquella mujer enloquecedora, cuya voz encantaba como la
voz de la sirena; i que, insensible a todo otro afecto que al que
había logrado inspirarle Atabalipa, estaba dispuesta a hacer la
infelizidad de todo el que fuese bastante osado para amarla.
Cora había sorprendido mas de una vez las enamoradas ansias de
Manco, pero las había despreciado, como las debía despreciar la
querida de un príncipe. Pero no solo desprecio le inspiraba aquel
desgraciado, sino que tambien le inspiraba odio, como un obstáculo
distante, que se destacaba en el horizonte de la indiana capaz de
anublar sus brillantes dias, amargando las horas consagradas a su
pasion, que eran todas las de su vida.
Manco había, a su vez, penetrado ese odio, i se había entregado
a la mas cruel desesperacion; acabando por creer que era mejor
combatir al leon en los bosques i al terrible caiman en las playas,
como él en otro tiempo los combatía por hábito, que enamorarse de
mujeres ingratas, insensibles a los suspiros i a las lágrimas de
una alma que ama por la primera vez.
La noche que Atabalipa se separó de Cora, abandonándola a la
custodia de Manco, en la gruta del Amortajado, miéntras que
efectuaba su marcha al Cuzco, o a Quitus, con todas las
precauciones que su situacion exijía, estuvo aquella sumerjida en
el llanto mas desgarrador i llamando a grito herido a su Atabalipa.
ni mas ni ménos que como la abandonada Dido clamara por Enéas;
hasta que el sueño, de naturaleza suave pero irresistible, logró
aletargarla, junto a la bulliciosa Cava, que dormía profundamente,
cansada de consolarla.
El sueño de Cora fué al principio una especie de sopor incómodo
i fatigante, interrumpido por suspiros i contorsiones; mas,
serenose poco a poco, hasta que al fin se plegaron suavemente sus
párpados, sus mejillas tomaron el color subido de la rosa, i un
bienestar inefable discurrió por todo su cuerpo. Entónces, como
obedeciendo a un llamamiento superior, levantose majestuosa de los
cojines que tenia por lecho, i respirando gracia i donosura,
atravesó la gruta que le servia de espléndida prision, i salió por
donde algunas horas ántes había desaparecido su no olvidado
Atabalipa.
Manco estaba sentado en un peñasco de la orilla del mar, cuyas
picadas ondas humedecian sus piés; i donde se había estado
entretenido en seguir en las aguas la estela de la balsa en que se
alejaba su señor, despues de haberle recomendado una sola vez, pero
una sola vez por todas, que cuidase de Cora.
Cuando ya perdió de vista la embarcacion, clavó sus negros ojos
en la amarilla faz de la luna, fija como una redonda lámpara de
plata en el cenit de un cielo descolorido i sombrío; i pensó en el
caro objeto de su desgraciado amor, que tan cerca de sí tenía, i
que estaba completamente en su poder en aquel islote desierto, en
medio de un mar sin horizonte, i rodeado de las sombras de la noche
...
Un pensamiento terrible cruzó rápidamente por el cerebro de
Manco.
Púsose de pié, i como un hombre resuelto a llevar a cabo una
determinacion súbita i arriesgada, dió algunos pasos en direccion
de la cueva.
Dos olas se chocaron en aquel instante con estraño rumor.
Manco se detuvo sobresaltado. Aquel sonido en cualquiera otra
ocasion hubiera sido para él insignificante; pero ahora no lo era:
algun acto criminoso iba a ejecutar sin duda, prevalido del
silencio i de la soledad, i su conciencia timorata lo tomó por un
aviso de Dios, que le recordaba que cuando todo desaparece, queda
él; que cuando todo duerme, vela él; i que, para él, no hai
silencio ni soledad posibles.
Manco vaciló, pues, i vaciló con esa horrible angustia del que
se cree descubierto en el instante de consumar un crimen, por lo
que volvió atras arrepentido.
Sin embargo, ese arrepentimiento de Manco fué pasajero, i
cuando, seducido por el recuerdo de Cora, pensaba invadir
definitivamente la gruta, i echársele a los piés i confesarle su
amor, apareció esta a su vista, aérea como una fantasma, e
incitante como la voluptuosidad.