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- Qué hai, Manco? preguntó a este Atabalipa saliendo de la
tienda.
- Señor, que hemos llegado.
- Pues que atraquen.
- Ya se ha atracado.
- Está bien.
- Saltaremos a tierra?
- No, nadie debe saltar a tierra.
- Ni el patron?
- Qué va a hacer el patron a tierra, no es esta una isla
desierta? repuso Atabalipa clavando una mirada de intelijencia en
los ojos de Manco.
Este le comprendió, i repuso:
- Completamente desierta, señor.
- Sabrás decirme, Manco, si el patron ha descubierto las
embarcaciones de los blancos.
- Si, señor, las ha descubierto.
- A qué rumbo?
- Al de Túmbez.
- De manera que ya no podremos ir allá.
- Salvo que el señor quiera correr un gran peligro.
- Bien ... bien ... no iremos a Túmbez. Di al patron que dé cena
i descanso a la tripulacion, pues tendremos que salir al mar esta
misma noche. Por lo que hace a tí, bueno seria que no descuidases
tus soldados.
Atabalipa volvió al lado de Cora i con voz dulce, pero de mando,
le previno que estuviese dispuesta para cuando se le avisase.
- No cenarás conmigo, Atabalipa? preguntó esta: Cava nos ha
preparado alguna cosa.
- No, Cora, no debemos cenar aquí.
- Pues en dónde debemos cenar?
- En tierra,
- Luego dónde estamos?
- Para qué lo quieres saber?
- Cierto, dijo Cora con una sonrisa de total indiferencia, lo
que me importa es estar contigo, i sea donde fuere.
- Ahora escúchame, yo voi a saltar el primero; i, cuando ya sea
tiempo, Manco vendrá por tí.
- Atabalipa, sería mejor que tú vinieses.
- Qué! no quieres ir con Manco?
- No es eso, sino ...
- No hai
|sino que valga: Manco te conducirá.
- Sea como tú quieres.
Atabalipa salió fuera de la tienda i llamó a Manco. Apareció
este.
- La jente?
- Cena, señor.
- Condúceme, pues.
- Sigueme, señor, Atabalipa siguió a Manco, quien saltó con el
mayor silencio a tierra, i trepando por las desnudas rocas del
Amortajado, anduvo primero a la derecha i despues a la izquierda,
hasta dar con una especie de plataforma cubierta de maleza.
Habiamos olvidado decir que la noche estaba oscura aunque
estrellada, por lo que espacio, cielo i mar todo era sombras.
- Hemos llegado, Manco?
- Sí, señor, hemos llegado.
- Entónces por qué te páras?
-Ya voi a seguir.
En efecto, Manco siguió, pero esta voz agazapose, e indicando a
Atabalipa que hiciese lo mismo, se escurrió como un lagarto por
entre la hojarasca. Caminaron, o mejor dicho, se arrastraron amo i
criado así por un trecho de cincuenta pasos, hasta encontrar una
roca tajada perpendicularmente, i de cerca de veinte piés de
elevacion.
- I ahora? preguntó Atabalipa.
- Ahora, respondió Manco, sonriéndose, ahora vamos a subir.
- I por dónde?
- Por aquí, dijo Manco, i empezó a trepar por unos agujeros
practicados en la roca a guisa de escalera, i asido a un fuerte
cable que pendía de la cima de aquella. Atabalipa lo imitó, i subió
tan fácilmente como él.
Del otro lado de la roca había un hoyo profundo i cavernoso,
cuyos bordes estaban revestidos de arbustos. Acia este lado había
tambien un cable flotante, pero los muros de la peña no tenian
perforaciones en que apoyar el pié.
Manco se cojió a dos manos del cable i se descolgó suavemente.
Cuando estuvo abajo, gritó a Atabalipa, i este lo siguió.
- Sabes que estoi viendo, dijo Atabalipa al descender al fondo
de la cueva, que Cora no podrá venir por aquí.
- Señor, no importa, hai otra entrada mas cómoda para ella.
- I porqué me has traido por aquí?
- Porque está cerrada, i no puede abrirse sino por el lado de
adentro.
- Continúa, pues.
Manco continuó, pero apénas había dado algunos pasos en aquel
antro sombrío, cuando un lejano resplandor hirió la vista de los
dos espedicionarios; resplandor que poco a poco fué aumentándose, i
que les sirvió de norte en su peregrinacion peligrosa.
Aquel resplandor era causado por la puerta o entrada de una
segunda caverna completamente iluminada.
Atabalipa i Manco entraron en esta segunda caverna.
Era esta mas pequeña que la anterior, pero ¡cosa rara! la tal no
tenía de caverna mas que la configuracion, pues era cóncava i
angulosa; por lo demas, parecía un precioso salon. Descolgaba de su
centro una hermosa lámpara de oro puro, de mas de veinte
candelabros con gruesas i verduscas ceras de laurel, cuya luz era
tan pura que casi suplía la clara lumbre del sol.
Cierto era que las paredes de la gruta no estaban estucadas,
pero en cambio pendian de ellas hermosas telas de algodon,
simulando el color del basalto i del granito i bordadas de
parietarias, como las que suelen crecer, a parches, en las rocas.
El suelo estaba cubierto de junquillo i alfombras, i empedrado, por
decirlo así, de cojines de plumas, pieles de animales bravios,
mantas de vicuña, i otros objetos no ménos preciosos del menaje
peculiar de los de Tavantinsuyu.
Pero lo que sin duda llamaba mas la atencion, eran dos estátuas
de oro macizo, del tamaño de un niño de ocho años cada una, que
representaban a Atabalipa i a Cora en el acto de su fuga del templo
de las Escojidas:
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ella con el manto rodado, mirando con terror ácia atras; él
asiéndola con el brazo izquierdo, i con el derecho blandiendo el
ponderoso mazo.
Este bello grupo estaba en un nicho practicado a propósito en un
costado de la gruta.
Todos los utensilios de comedor i cosina eran de oro puro, i
estaban hacinados en un estremo del pavimento.
La gruta toda despedía una fragancia deliciosa, producto de las
frutas i flores de que había provision abundante.
La hora, la luz artificial, la riqueza i magnificencia de aquel
romántico lugar, suspendieren el ánimo de Atabalipa, que no pudo
ménos que decir a su conductor:
- Por cierto, Manco, que has escedido mis deseos: esta es una
verdadera estancia real.
- La que cumple, señor, a la persona que viene a ocuparla.
- I sabrás decirme cómo diste con este maravilloso
escondrijo?
- Mui sencillamente, señor: nacido en Puná, hacía en mi niñez
frecuentes viajes a este deshabitado islote, con varios muchachos,
en busca de ostiones, i como solía suceder que nos internásemos, un
dia dimos con él; pero nos causó tal honor, que nunca mas volvimos
a pescar por estos lados, creyéndolo manida de mónstruos. Lo de mas
...
- Sí, lo demas lo sé yo. ¿Pero dónde está la otra salida de que
me has hablado?
- Aquí, señor, dijo Manco, caminando ácia lo mas recóndito de la
cueva, i quitando una enorme piedra que obstruía el paso a una
especie de callejon embovedado. Querrás seguirme?
- Te seguiré.
Atabalipa siguió a Manco, caminando casi doblado por la cintura
hasta el estremo del callejon, donde soplaban las brisas de la
noche i se percibía el distante rumor de las rompientes.
- Como que está cerca el mar?
- Si, señor, está cerca.
- Pues despacha en busca de Cora.
- Quién debe venir con ella?
- Cava; nadie mas.
Manco se alejó.
- Pobre Cora! Qué horas tan tristes vas a pasar en esta soledad,
murmuró Atabalipa; pero es preciso que nos separemos, siento que el
Cuzco me reclama ... tengo no sé qué presentimiento que me dice que
el tiana me espera en el continente. Es justo que vaya por él.
I entrando luego en la gruta, llenó algunas fuentes con Trutas i
panecillos de maiz; arrimó una garrafa repleta del sabroso e
hirviente sora i dos copas cinceladas. Hecho lo cual, volvió a
esperar a la puerta de la gruta.
A breve rato apareció Manco conduciendo a Cora, que traía de la
mano a Cava, su camarera, su confidente i su todo, despues de
Atabalipa. Era esta una niña de diez años, de familia principal, i
cuya amistad prematura con Cora; la había hecho seguirla en todas
las escursiones de su vida misteriosa.
- Atabalipa mio, dijo Cora corriendo a abrazar a su amante.
- Qué hai, Cora?
- Nada; pero ya creía que no volvía a verte. Atabalipa tomando
de la mano a Cora la introdujo en la gruta seguida de Cava; Manco
por esta vez no entró.
- Pobre de mi! es tan bella i tan altiva, esclamó este dando un
suspiro, luego que los vió perderse en la oscuridad del callejon;
ha preferido los riesgos de una caida al agua ántes que valerse de
mi mano!
- Esta será la última noche que pasaremos juntos, querida Cora,
dijo Atabalipa al entrar.
- I por qué?
- Porque voi a dejarte.
- A dejarme?
- Si, me es forzoso: tengo que ir al Cuzco o a Quitus, no lo sé
todavía; pero tengo que ir en el acto a una de estas dos
ciudades.
Cora empezó a sollozar.
- No llores, hija mia, que pronto volveremos a reunirnos.
- Si; pero tenemos que separarnos, i esto llena de amargura mi
corazon.
- Desecha tus tristezas, Cora, i vamos a cenar, que el tiempo
urje.
Cava acercó algunos cojines a sus dos ilustres amos, i estos
sentáronse en ellos. La cena fué silenciosa; i, a diferencia de
otras ocasiones, la niña escanció poquísimas vezes.
- Adios, dijo Atabalipa dando un estrecho abrazo a su
querida.
- Adios, repitió esta con voz desfallecida; volverás pronto por
mi?
- No lo sé: i acaso no sea yo el que vuelva, todo depende del
estado del país.
- Quién vendrá entónces?
- El patron que ahora me conduce.
- I miéntras tanto esperaré sola?
- No, que Manco queda para acompañarte.
Cora hizo un jesto de disgusto, que Atabalipa no percibió.
- Ven acá, dijo este a Cava, dame un beso, i cuida mucho de tu
ama.
- Si que voi a cuidar, dijo Cava con una sonrisa anjelical.
Atabalipa hizo ademan de partir.
- Espera, espera, murmuró Cora no me darás otro abrazo?
- Si, Cora, otro i cuantos quieras; pero no hagas esas cosas
porque me quedaré. No sabes cuánta violencia me hago.
Los dos jóvenes se abrazaron de nuevo, i luego se separaron con
el corazon partido de dolor.
- Manco, dijo Atabalipa al llegar donde este, mira que me
respondes de la seguridad de Cora.
Señor, puedes ir tranquilo.
- Dentro de algunos dias llegará de arribada a esta misma isla
el patron de la balsa, i te comunicará mis órdenes.
- Está bien, señor.
Atabalipa volvió a bordo, i dada la voz de marcha, la balsa se
deslizó suavemente sobre las ondas.
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Llamábanse así las casas de las Vírjenes del Sol
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