Jorge Isaacs (1837 - 1895)
Saulo
CANTO PRIMERO (fragmento)
I
- Me la figuro en ti; ya la comprendo.
Arcángel y mujer, casta y ardiente.
Safo en el alma, Débora en la mente,
con el amor humano enamorada,
ciega de amor y trémula sintiendo
ósculos de los ángeles que tocan
sus sienes y la veste inmaculada.
Eres tú como fue; ya la imagino.
Son tus risueños labios, que provocan
mi sed de ti, los dulces labios suyos;
en la luz y tinieblas de sus ojos
hubo auroras y noches de los tuyos,
tristes y esquivos en eternos días,
abrasadores en las noches mías.
II
Asemejóse a ti: leve la veo,
de Psiquis y Diana,
de Bethsabé y Susana
conjunto y vida que forjó el deseo,
cruzar el bosque umbrío
al resplandor de fúlgidas estrellas;
y las auras perfuma,
y la siguen los céfiros del río
buscando flores do dejó sus huellas.
Mas remóntase huyendo en la neblina
de la selvosa soledad aliento,
y la llama ya en vano el pecho mío,
y en el éter la busca el pensamiento.
¿Suspirabas? ¿Hablé?... ¿Silbó en la brisa
que del velamen desplegó las alas?
Qué acallados sollozos, Heloísa,
¿Qué de su seno y su regazo exhalas?
¿Es que tu amante corazón la nombra?
¿Eres ella? ¿Es su sombra
la que en mis brazos anheloso estrecho
al comprimirte así sobre mi pecho?
III
Ideal, bien perdido, o esperanza,
dichas, presentimientos, remembranza
del vivo amor que con el alma vive
que en misteriosa adoración recibe
del genio los dolores
y en la tumba del mártir riega flores.
Aroma errante del Edén llorado,
ensueño delicioso
del poeta israelita,
en el idioma noble y sonoroso
del idumeo y de David cantado.
Sulamite, la reina en los vergeles
de Salomón orgullo,
de sus morenas vírgenes dechado:
panal de limpias y rosadas mieles,
entreabierto capullo
del rosal más oculto y oloroso
en los huertos del Líbano sagrado:
mansa paloma de doliente arrullo
del Sanir en las cumbres cautivada,
que enamorando llora,
y tiembla, de su dueño acariciada,
en los follajes que la tarde dora:
O es Ruth la de Moab, hoy errabunda,
indigente, sedienta, escarnecida,
respigando entre zarzas y junqueras
al teñir de la noche espigas hueras
en el agrio desierto de la vida.
IV
Heloísa infeliz, sé lo que ansiaste.
Mi desgracia y orgullo es comprenderte.
Si es humano el amar como tú amaste,
mi corazón pudiera merecerte,
saciar la eterna sed que no saciaste,
con tu amor infinito poseerte.
Y ah, sólo al fin los brazos de la muerte
quisieron recibirte, y la imploraste.
En la sublime inmensidad perdido
del océano y los cielos, la grandeza
de tu dolor y de tu amor ya mido,
cerca de Dios, aquí donde la alteza
del humano poder es irrisoria,
y bruma su saber, polvo su historia.
V
Aquí, cerca de él, eterno y grande
como nunca la mente, sorda, ruda, impotente,
de ser humano concebir podría.
Le adoro en ti, mi alivio y alegría,
luz y primor de todas sus hechuras;
Y comprender me es dable la agonía,
la soledad, el luto y las torturas
de aquel inmenso corazón que gime,
quemando las entrañas de la tierra,
bajo el pie de la muerte que le oprime
en la tumba sagrada que lo encierra.
Oyelo palpitar. Vive del hombre
en lo bello y fecundo,
en todo cuanto enseña lo divino
de su numen, su obra y su destino;
En ti, santa poesía, fe sin nombre,
confidencia de ángeles al mundo,
columna luminosa en el desierto.
Fuente de Horeb brotando en el camino,
donde la ansiosa humanidad abreva
amor y vida y esperanza nueva.
VI
En esta inmensidad lo inmenso cabe.
En abismos sin fondo,
aquel dolor cruelísimo y tan hondo,
que compararlo el alma nunca sabe;
Y aquí bajo la bóveda del cielo
que en la vasta extensión del horizonte
no limita la cúspide de un monte,
ni flotante jirón de leve nube
que de la mar a las estrellas sube,
caber tan sólo pudo
de aquel amor el infinito anhelo.
De aquel amor que condenó sañudo
a mudez, orfandad y penitencia,
el vano amor a mentirosa ciencia.
VII
Vanidad, vanidad. Y del olvido
apenas ha podido
salvar el nombre del ingrato amante
la que tanto hechicera y amorosa
y de las gracias núbiles radiante,
concedióle sin tasa las delicias
de mortal no soñadas;
y su velo de esposa
y del hijo del alma las caricias,
a ocultas disfrutadas,
cambió por el sayal y los cilicios,
sacrílega inocente.
Ufana de tan duros sacrificios
porque de envidia y odio el anatema
ni una hoja marchite en la diadema,
gloria del bardo, y gala de la frente
que ósculos de la virgen fecundaron
y de la mártir lágrimas bañaron
en horas de venturas,
de embriaguez, de abandono y de ternuras.
VIII
De otro amor inmortal, presentimiento.
De un bien perdido, mustia remembranza.
Panal de limpias y rosadas mieles,
mansa paloma de doliente arrullo,
entreabierto capullo
Del rosal más oculto y oloroso
de Tadmor y sus cármenes vedados,
ensueño deleitoso.
¿Lloras? ¿Por ti? ¿Por mí? Deja que aspire
el olor de tus bucles destrenzados,
que en tu seno castísimo respire
los aromas por mí sólo aspirados.
Perdona que delire:
¿No deliro de hinojos,
sumiso esclavo de tus negros ojos?
«Sed tengo», sed de amor que en ti se calma:
no niegues a mis ósculos tu llanto,
¡Sacia esta sed que me devora el alma!