Ismael Enrique Arciniegas (1865 - 1938)
En Colonia
En la vieja Colonia, en el oscuro
rincón de una taberna,
tres estudiantes de Alemania, un día
bebíamos cerveza.
Cerca el Rhin murmuraba entre la bruma
evocando leyendas,
y sobre el muerto campo y en las almas
flotaba la tristeza.
Hablábamos de amor, y Franz, el triste,
el soñador poeta,
de versos enfermizos, cual las hadas
de sus vagos poemas,
-Yo brindo -dijo- por la amada mía,
la que vive en las nieblas,
en los viejos castillos y en las sombras
de las mudas iglesias;
Por mi pálida musa de ojos castos
y rubia cabellera,
que cuando entro de noche en mi buhardilla
en la frente me besa.
Y Karl, el de las rimas aceradas,
el de la lira enérgica,
cantor del sol, de los radiantes cielos
y de las hondas selvas,
El poeta del pueblo, el que ha narrado
las campestres faenas,
el de los versos que en las almas vibran
cual músicas guerreras,
-Yo brindo -dijo- por la amada mía,
la hermosa lorenesa,
de ojos ardientes, de encendidos labios
y riza cabellera;
Por la mujer de besos ardorosos
que aguarda ya mi vuelta
en los verdes viñedos donde arrastra
sus aguas el Mosela.
-¡Brinda tú! -me dijeron-. Yo callaba
de codos en la mesa,
y ocultando una lágrima, alcé el vaso
y dije con voz trémula:
-¡Brindo por el amor que nunca acaba!...
Y apuré la cerveza,
y entre cantos y gritos exclamamos:
-¡Por la pasión eterna!
Y seguimos risueños, charladores,
en nuestra alegre fiesta... Y allí mi corazón se me moría,
¡Se moría de frío y de tristeza!