Bruno Solís y Valenzuela (Fernando Fernández de Valenzuela) (1616 -
1677)
Canción
Este espejo me pongo cristalino
porque en su luna mi mudanza advierta,
y en la luz de sus rayos me dispierte
que es peligro dormirse en el camino,
donde apenas un hombre se dispierta,
cuando camina al lado de la muerte.
Y si es la mayor suerte
llegar a conocer su suerte el hombre,
mi suerte quiero ver puesta en mi nombre,
que siempre el Cielo a esclarecidos pechos
puso en el nombre cifra de sus hechos,
y con este consejo
mi nombre a mí me servirá de espejo.
Dice, pues, este nombre, un hombre vivo,
tan muerto como un hombre degollado,
y he de estar muerto tan perfectamente,
que no me tengo de acordar que vivo;
sino pensar que estoy ya sepultado,
que al muerto esto le falta solamente.
He de llevar presente
que no hay en mí querer, pues la cabeza
del degollado nunca se endereza.
Ni tengo de sentir, que los sentidos
los tengo todos de tener perdidos,
y solo sentimiento
de ver que no he sentido lo que siento.
La propia voluntad, el amor propio,
la estima, el parecer, la ambición vana,
el preferirme, y el tenerme en algo
muy lejos han de estar, porque es impropio
pensar que un muerto tiene desto gana;
y si la tengo, de mi ser me salgo;
que sólo un nada valgo,
allá en el centro, donde solo habito,
con grandes letras ha de estar escrito;
y en mí la pretensión de mi ventura
ha de ser aguardar la sepultura,
y mi mayor ventaja,
el ir siempre vestido de mortaja.
La carne, mi enemiga ya vencida,
se rinda, calle, abata, cure y llore,
sin fuerzas, quieta, humilde, enferma y flaca,
y pues es carne ya de hombre sin vida,
no hay aguardar que nadie se enamore
de la hermosura que de un muerto saca.
Aquí del todo aplaca,
de aquellos apetitos tan injustos
los regalos, deleites y los gustos:
cosa de carne aquí se veda,
porque sin carne y sangre un muerto queda:
los regalos son vanos,
que es regalar con ellos los gusanos.
Fuera del cuerpo ha de vivir el alma,
ni ha de sentir los ímpetus furiosos
de aquellas sus pasiones que la alteran.
Muy sosegado el mar, y muy en calma,
navegue con afectos amorosos
al puerto amado, en quien el premio esperan;
y aunque corsarios quieran
turbar su paz, por aumentar su pena,
las áncoras asiente en el arena,
y firme no responda en su congoja,
que un muerto ni se queja ni se enoja,
y así no es bien que sienta
honor perdido, ni crecida afrenta.
Mas, ¡ay!, de mí quitar quiero el espejo,
que no puedo sufrirme, pues me veo
tan lejos de llegar a lo que miro,
que, aunque la vida en esta vida dejo,
tan asido a la vida está el deseo,
que nunca de mi cuerpo lo retiro;
y con razón suspiro,
pues tanta carne y sangre en mí se encierra,
que apenas me levanto de la tierra:
tan lejos de estar muerto en lo que intento,
que es cuanto pienso, cuanto digo y siento
contrario a lo que escribo,
pues lleno de pasiones me estoy vivo.