Hernando Domínguez Camargo
(1606 - 1659)
Al agasajo con que
cartagena recibe a los que vienen de españa
Esta, mal de la tierra descarnada,
Si con poca bisagra bien unida;
Esta, mal en las ondas embarcada,
Si bien de sus impulsos repetida:
Península Cartago, que ha que náda
-foca de arena- siglos mil de vida,
A uno y otro Jonás que el mar le induce,
A Nínives de plata los traduce.
Esta, de nuestra América pupila,
De salebrosas lágrimas bañada,
Que al mar las bebe, al mar se las destila,
De un párpado de piedra bien cerrada:
Digo, de un metro real, que rocopila
En su niñeta breve dilatada,
Babilonia de pueblos tan sin cuento,
que les ignora el sol su nacimiento.
Esta, sedienta imán de inquietos mares,
esta pina de excelsos edificios,
consagra a la piedad cultos altares,
para libar en todos sacrificios a los que
Europa trasladó a sus lares,
a los que en techos recibió propicios que,
sorbidos de hidrópicas marinas,
a sus templos consagran sus rüinas.
Esta, blanco pequeño de ambos mundos,
de veleras saetas asestado, que,
vencidos los mares iracundos,
a su puerto su proa han destinado:
do de Europa, de América,
fecundos puertos le expone aquel,
este costado, que al sur remite,
al norte le desata la plata en ropas
y la ropa en plata.
Esta, en la selva de sus techos rica,
uno y otro ciprés de piedra erige
en una y otra torre que edifica;
norte que mudo los abetos rige;
Argos esta, a sus cumbres se dedica
y linces ojos a la mar dirige por albergarlos
en sus ojos antes, aún en poder del mar,
aun cuando errantes.
Esta, pues, Cartagena, esta varada nao
de piedra en la tierra, cuya popa
templo a la Virgen se erigió sagrada,
timón dedica un cirio a errante tropa,
que de argonauta mudo voz callada,
ecos oye de luz, en los que Europa
faroles le responde, con que luego mudos
se hablan con la voz del fuego.
Esta, pues, monte verde, Polifemo
que ilustra los espacios de su frente
de un ojo de un farol, así supremo,
que es mucha llama su pupila ardiente,
su pie le da a besar a cuenta el remo
desde las naos le aborta hesperia gente
en hormigas de pino, en las barquillas
que de españoles pueblan las orillas.
Estos su patrio ya no extrañan suelo
en esta que es común patria del orbe,
en tan pequeño sitio en tanto cielo que,
sin que inmenso número le estorbe,
multitudes alienta su desvelo,
millones su piedad de pueblos sorbe,
pues firmamento ya del suelo medra
el que ciñe zodíaco de piedra.