Navidad
En el monte hay caminos que sólo existen para extraviar.
Ramos de flores diminutas, cuevas de bambú
y una vieja biblioteca de bosques.
El diciembre anda por la montaña
quebrando espartillos y ramas enfermas
para que vuelen los olores del campo,
que son los perfumes de los pobres.
De pronto el cielo de la noche está oscuro
como el fondo de un baúl, en donde hay alfileres brillantes
y
aaalámparas de plata.
Del año venidero llega la Vía Láctea,
cuello blanco y femenino que vigila sobre el monte.
Sobre las hojas y las semillas de los senderos
cruza la caravana de los niños sin nacer,
como las estrellas fugaces.
La muerte
Que el hijo sea anterior al padre,
que salir primero que entrar,
que al día no siga la noche sino el resplandor
de un cielo más diurno que el alba,
que lo pequeño al acercarse se haga más pequeño,
como el dolor y la sublime tristeza de olvidar,
que en el fondo del cajón esté el aroma del nacimiento,
que la pared sea más transparente que la puerta
y la madera más vieja que la piedra,
que los objetos perdidos, mi padre y el zumbido
de su respiración den órbitas
en el aire de este desorden universal de mi cuarto
encerrado,
que lo perdido sea anterior a lo hallado
y el beso anterior al amor.
CUÁNTAS LÁGRIMAS se desperdician en los cines
o en los libros, o aun las lágrimas espontáneas
de los aficionados al fútbol cuando se reúnen por millares.
Porque cuando salen del cine, o dejan a un lado los libros, o
se
aa separan de la multitud,
los hombres y mujeres miran las calles con ojos secos
que lo hacen todo transitorio:
¿para dónde van tan de prisa,
pensando en otras cosas?
Van hablando con ellos mismos
el diálogo del que no pregunta nada
ni nada responde.
Lluvia, agua humilde del cielo,
hazme blando como esta tierra.
En la calle
Yo trabajé con los niños de la calle:
alguno de ellos aparecía con una bolsa de plástico negro en
la
aa cabeza, por máscara;
me miraba a través de los dos agujeros y volvía a pedirme
plata,
una vez más, para engañarme,
pero yo lo retiraba de un golpe que lo hacía tambalear
no por mi impulso, sino por su propia borrachera,
que lo convertía en payaso de la noche
¿Para dónde van los niños de la calle,
me pregunto,
si no es dando eses, dando bailes y danzas
como los papeles borrachos que enaltece el viento?
Yo trabajé con ellos haciendo una película durante meses,
y ellos me recibieron con los brazos abiertos
porque el mar de su noche es una larga travesía
en la oscuridad,
y les presté chaquetas
que llevaron con elegancia
y carácter hasta que se
perdieron,
y lucí sus relojes robados que brillaron siniestros,
huérfanos en mis manos,
hasta que también se perdieron,
y cachuchas que cambiaron tan fácil de cabeza
que parecían hijas de sus propios días perdidos.
Los objetos que uno amaba se perdían tan fácil
en aquellas noches,
que yo miraba las ramas de los árboles en el parque
y no lograba ver el viento del tiempo que todo lo hurta
y lo arrastra como una tormenta.
Yo también jugué fútbol en las calles del amanecer,
que tienen un aire de escenario
como ningún otro deporte,
tal vez por la delgada película del rocío
que ilumina el balón y la piel de los brazos,
tal vez porque no hay público,
excepto los arbustos que parecen personas, así mirados de
rapidez,
y los ecos de las carreras y llamadas se desdoblan
con un eco de pozo.
Y estos partidos los ganaban las sombras contrarias,
porque los payasos de la noche pierden siempre sus partidos
cuando caen de espaldas con las piernas abiertas,
y el laurel, el jazmín de noche y la solemne ceiba
se echan a reír de sus muchachos.
Además toman pastillas para olvidarse de sí mismos
(para curarse del recuerdo de sí mismos),
para andar sonámbulos buscando las puertas de los parques,
y los he visto de pie frente a los bancos de cemento,
conversando con ellos...
tal vez por toda esa gente
que pasó por allí durante el día.
El viento rellena de aire sus chaquetas
y los hace ver altos y gruesos como los globos del diciembre.
Vivimos cinco meses en la calle,
hasta que me fui, director de noche invitado;
y no he vuelto a saber de sus abrazos
que me adormecían suavemente,
para luego meter sus dedos flacos y largos en lo hondo de
mis
aa bolsillos.
Qué estarán haciendo,
me pregunto al cruzarme con ellos una noche cualquiera,
¿quién se ríe ahora de sus heridas pálidas como el jazmín de
aa noche,
de sus heridas oscuras como las rosas de los jardines de San
Joaquín,
quién disfruta de su película
de nunca acabar?
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