La luna del dragón
Hablábamos de los dones de la tiniebla,
de los amores muertos,
cuando se perfiló sobre el oeste
el oro espeso de la media luna.
"Mira: es la Luna del Dragón" - me dijiste.
Y los dos la miramos
como si algo terrible pesara sobre el mundo.
El hemisferio gris parecía lleno
de hondos presentimientos.
No había una estrella sobre el mar en calma
de humaredas y torres.
Nadie dijo: "Es la luz que hace al Dragón visible".
Nadie dijo: "Es la casa donde el Dragón habita".
Nadie dijo: "Es la luna que ampara a los dragones".
Miramos simplemente el cuerno rojo,
la sobrehumana forma que doblega al cielo,
y pensamos acaso en los terrores
de la culpa y la fiebre.
"
Sólo es la Luna del Dragón" - me dijiste.
Pero algo negro ascendió de mi infancia
y di gracias a Dios de no estar solo.
Seguimos en silencio
mientras las nubes negras cercaban en la hondura
aquel objeto de alta magia y belleza.
Talvez el nombre viene de las baladas celtas.
Yo no sé por qué pesa y aflige como un sueño.
Era la Luna del Dragón, y nadie
parecía comprenderlo.
Iban las multitudes ruidosas, urgentes,
atentas sólo a su pequeño misterio,
mientras sobre las hondas avenidas
un oro atroz vertía su intemporal influjo,
y algo terrible y bello batía sus alas rojas
como un polvo impalpable sobre las tristes tierras.
El amor de los hijos del águila
En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón
del
pájaro.
En la hoja del remo ya está, invisible, el agua.
En torno del hocico del venado ya tiemblan, invisibles, las
ondas del estanque.
En mis labios ya están, invisibles, tus labios.
En las mesetas del Vaupés
Qué son las canoas sino los árboles cansados de estar
quietos.
Qué son los postes de colores sino los árboles hundiendo
sus raíces en el cielo.
Qué son los puentes colgantes sino los árboles jugando
con el vértigo.
Qué son las alegres fogatas sino los árboles contando su
último secreto.
Follaje de las ondas que va quedando atrás con el golpe
del remo,
Follaje de sonidos que en torno de los postes enardece al
guerrero,
Follaje de invisibles caminos que comienza en el confín
del puente,
Follaje de humaredas que ascienden en desorden entre las
titilantes orquídeas.
Con granadillo hice el bastón para espantar a los malos
espíritus.
Con la madera del caobo hice las cuentas de un collar para
tu pecho oscuro.
Con fruto seco del tekiba hice la copa en la que le
ofreciste
el agua.
Con la madera del laurel hice esta flecha.
El condenado en la pirámide
Piedra a piedra la tierra busca el cielo.
Paso a paso hacia el sol suben mis plantas.
La brasa de la vida aún palpita en mi pecho.
Y ocioso está en la piedra el cuchillo de piedra.
Si eres toda la vida, ¿para qué necesitas mi corazón?
Si eres el fuego inmenso, ¿para qué necesitas esta brasa?
Cada peldaño me borra un recuerdo,
Y cuánto se parece a mi alma esta sombra alargada y
quebrándose
Sobre las últimas piedras del mundo.
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