Miserias de la palabra
Cuando
irremediablemente debo detenerme
en tu umbral,
allí donde comienzas, donde acabas,
donde quiere
sembrar mi fuego un incendio indomable,
la palabra es apenas una muleta rota,
una pobre agonía aleteando.
Y si en la plana miseria de los días
entra a saco la muerte,
abrupta siempre, como un toque a la puerta
en una madrugada,
y sin embargo
el sol cumple su cita sin hacer aspavientos
y el estornino canta sobre el árbol,
como un puño que pega a una pared
inútil nace la palabra, y sorda.
Y si de pronto
un viejo olor inaugura la tarde
y ese niño que eras te saluda
azul desde su eterno paraíso,
y no logras saber cómo era el rostro
de tu padre, en su siesta o en su hora,
la palabra
cómo tartamudea, cómo tiembla
como una brújula que ha perdido el norte.
Si la luna es tan luna
que sube la marea del corazón,
naufraga la palabra.
Si la mirada
roza la piel y hace nacer el deseo,
se quema la palabra.
Si Dios tira sus ases,
trampea alegremente en tus narices,
escapa la palabra.
Y sin embargo,
para llamar la luna,
para hablar del deseo,
para llorar a Dios,
como una vieja meretriz desnuda
impúdica se ofrece la palabra.
Del reino de este mundo
Hablo
de la muchacha que tiene el rostro desfigurado
aa por el fuego
y los senos erguidos y dulces como dos ventanas
aa con luz,
del niño ciego al que su madre le describe un
aa color inventando palabras,
del beso leporino jamás dado,
de las manos que no llegaron a saber que la
aa llovizna es tibia como el cuello de un pájaro.
del idiota que mira el ataúd donde será ente-
aa rrado su padre.
Hablo de Dios, perfecto como un círculo, y
aa Todopoderoso y justo y sabio.
Asedio
|Si te ponen miedo mis ojos ausentes,
mis ojos noctámbulos, mis ojos dementes...
León de Greiff
No me culpes.
Por rondar tu casa como una pantera
y husmear en la tierra tus pisadas.
Por traspasar tus muros,
por abrir agujeros para verte soñar.
Por preparar mis filtros vestida de hechicera,
por recordar tus ojos de hielo mientras guardo
entre mis ropas un punzón de acero.
Por abrir trampas
y clavar cuchillos en todos los caminos.
Por salir en la noche a la montaña
para gritar tu nombre
y por manchar con él los blancos paredones
de las iglesias y los hospitales.
Hay en mí una paloma
que entristece la noche con su arrullo.
Mi noche de blasfemias y de lágrimas.
***
A LA hora de la siesta
un toro que escapó del matadero
entró a la casa de puertas abiertas.
Sus patas resbalaron en las baldosas del zaguán
antes de que en los corredores iluminados de geranios
se oyera su jadeo desconocido,
el estruendo de su cuerpo inocente.
Por las habitaciones frescas de sombra
erró con una furia ebria,
devastando un universo de cosas minúsculas,
de flores de papel y pocillos y sillas vacías,
hasta llegar a ese cuarto final
al que el silencio temeroso había huido.
La niña, en su precario escondite
sabía que era un sueño.
En la quietud del tiempo detenido
podía escuchar el latir atolondrado de su pecho,
su retumbar acompasado
como de pasos de bestia en la penumbra.
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