Elvis Presley
ese muchacho de pelo engominado
que ofreció
por todo tesoro
el rítmico movimiento de su pelvis
que propagó la peste del rockanrol
a lo largo y ancho del último imperio
que se alistó
patriota
en el ejército pulcrísimo de su país
que enloqueció a las niñas
blancas
y a las niñas negras
que se armó hasta los dientes
para asegurar su vida
contra iconoclastas rabiosos
que engordaba como venus de willendorf
y hacía dietas de insomnio
y estimulantes
para reaparecer
-dador de feeling-
que murió tal vez
entre las aperturas de un silencio metabólico
que tal vez vive aún
oculto o incógnito en mansiones de Hawai
ese que ahora
aúlla de nuevo con su jailhouse rock
para que recomience
-corona donada a su memoria-
el testimonio de bienestar
de sus vasallos.
Oficio
Es mentira. La poesía no es mi oficio
Ni siquiera hay tiempo para ello. Pero, y si hubiera
aaaaaitiempo?
Quince minutos no bastan, una hora no basta; quizá dos
aaaaaahoras,
dos horas diarias.
Digamos que hay tiempo, que saludo a contrapecho el ocio
y no corretean por ahí mis hijos ni mi mujer me invita a
aaaaaaacolaborar en la cocina,
no jode el teléfono ni es mañana cuando vence el plazo
nnnnnnpara entregar otro artículo por encargo.
Entonces pase el ángel y yo aplique al papel un par de in-
aaaaaaaisulsos versos
Es esto poesía? Mis amigos dicen que sí, pero yo no me
aaaaaaconvenzo
y en ese tire y afloje se me va la vida.
Balcón
Suspendido sobre el aire
como una frase a medio terminar,
el balcón subvierte la calle
con una sombra inesperada
y recoge un poco de sequía
bajo sus faldas cuando llueve.
Es un misterio su permanencia
en tan ligera actitud:
no se abalanza hacia orilla
ninguna, como un puente
lo hace, ni se apega a los muros
con la prudencia adusta
que en las ventanas se advierte.
Tiene algo fugaz su manera
de asomarse al mundo,
como una península
se interna en el mar.
Pero no lo quiero así,
como metáfora de caducidad,
sino como imagen de la poesía.
Juan Pablo
|Para Gloria
Pensar que hace diez años ni soñábamos tener hijos,
o mejor, soñábamos no tenerlos,
y hoy mi segundo hijo me llama por mi nombre
como si supiera que su padre es alguien distinto de ese que
aaaaaaaagrita o acaricia,
no un hombre del cual depende su destino
sino un pobre hombre que a veces lo visita y tiene muchas
oooooooooocosas que contar.
Como si ya lo supiera.
Entonces, soy menos su padre que su cómplice;
Nadie me daría el derecho de prolongar mi historia,
De orientar una vida, de legar una herencia que ya apesta
aaaaaaaaaA pudrimiento intelectual, a sanalejo de monasterio.
Él no escucha a su padre sino la música compartida,
Los apellidos de futbolistas extranjeros virtuosamente voca-
aaaaaaaaaaa lizados,
la historia de Caperucita cada vez distinta,
los nombres de animales que jamás conocerá.
Y sólo tiene dos años. Y es tan flaco y tan pequeño
Cómo he merecido a este Petit Prince que sueña corderos
aaaaaaaaaaaaque no alcanzan mi destreza?
Pero está conmigo y casi digo "es mío",
cuando me sorpren-
aaaaaaaaaaaaade la tristeza y veo al genio enano que ignora mi
aaaaaaaaaaaaiimpaciencia y corre en pos de otro juguete.
Es la amenaza.
La amenaza de no entenderlo, de no saber por qué llora,
aaaaaaaaaaipor qué calla,
qué diantre le va o le viene que yo lo nombrara Juan Pablo
para meterlo en mi prisión
llena de apóstoles extemporáneos y torpes palabras de
ter-
aaaaaaaaaaaanura.
Pero está libre. No soy yo quien le ha dado esa libertad
ni la alegría de vivir.
Pero hoy más que nunca, o como nunca, sé que lo merezco,
que merezco ser su padre aunque no importe,
que merezco ser Óscar porque así se llama su amigo.
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