Declaración de amor de Demetrio Spath (1934)
No sé cómo vine
a estas tierras tan anchas.
Las voces son más solas,
los cielos más ansiosos.
El verde no limita: se derrama y duele.
El río responde, a lo lejos,
por todo destino
pero la selva ya no se sabe esperanza.
Someya Báladi,
me gustan sus manos con costumbres,
su parentesco con la lluvia,
su oficio de sombra.
La veo salir y entrar a la luz
como puñal de leyenda.
Puedo prometerle, apenas,
una casa con lámparas,
cinco hijos correctos,
almacén y hombrías.
Usted, Someya Báladi,
es mi tercera patria.
Ortografía de hojas
Hace meses que las hojas
copian sin margen
las huellas
que en letras urgentes
deja en tu cuerpo mi mano
(Así, sin embargo,
sólo aprenderá a leer el bosque)
Crónica de Gauguin
Porque él conoció las ansias de ese mar
que hace de un hombre, por siempre,
un ángel endeudado,
o alienta el dios solidario
que silba por las noches
los rencores de las islas.
A cuatro patas del deseo,
fundó el amarillo del enigma,
labio a labio, robando la brasa primordial
que puede fundar varias iglesias en un párpado
y regala a cada día un animal milagroso.
Amarillo de amor,
entonces, el pobre pájaro,
el flanco de la muchacha que inventa vanidades
aaaaaaaaaaaaaaaa partir de su trenza,
y amarillo augural
el grito del día
con su jeta cínica o cantante,
y amarillo de deleite
la perversión del girasol
y amarillo de tinaja
la paz del pubis de la tahitiana
que pensó en él
como un animal cansado
aaaaaque perfumar y servir.
Así fluía cada día suyo
trabajando por ser ofrenda,
trombón o rapsodia.
El cielo
era aquella vulgar contraseña de la arena.
Qué soñaba antes, indagan los pregoneros,
pintando azufres pueriles,
pero vinieron las islas y sus plegarias,
y un pájaro, como héroe mestizo,
funcionando en el mar.
Entonces, mal viejo,
si ya tenías mar y mujer a la mano
para qué París otra vez,
la deliciosa perfección de sus mugres.
Catedrales de ocio
en el otoño
producen espejismos de tul.
La mujer de la lluvia trae la brasa y el sonido
y hace resplandecer el tiempo,
y unos amores montunos
gimen y se eternizan, con patadas rotundas,
en los talleres de pintura.
Se sabe ahora que lejos de sus cartas
por las islas, quedó una forma de vida
lentamente distribuida en nalga briosa
y esa fértil lepra del mar
que salva del hombre
aasus espléndidas escorias.
Crónica del beso y del besar
En el principio fue el beso.
El beso fue inventado un día de dioses arrechos,
a partir de la sombra sonora
y la precisión del sol
para originar escándalos.
En el principio fue el auge de la nariz
y el dedo purgatorial
revisando labios recientes
y luego el beso ocupó la noche
con sus patentes de lluvia desamarrada.
Crónicas de piedra viva
cuentan que el baile
no fue más que un simulacro de besadores
en época de prohibición
y que allí el beso alcanzó
la dignidad del agua bien usada.
El nuevo arte hizo de los perfiles,
un paisaje del éxtasis.
Y allí, todo hombre suda y se purifica
y la muerte se aleja, esperando.
Más que escribir una historia,
hacer la crónica del beso,
es documentar un fulgor.
Por eso,
besos galantes con límites
en frote y tiempo
no sirven a quienes saben
que mañana
la guerra romperá la casa,
el comisario reemplazará los atavíos del queso
y morirán muchos funcionarios de buen amor.
Por eso - lo manda la crónica original
hay que besar con las normas del caballo:
con la peligrosa mansedumbre del loco,
las manos trabajando en la distancia
y el temblor enlunado de siempre.
|