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CAPITULO XII.
 
La expiación.

EN esa mañana de la oracion, en el bosque, cuando yo salia de laenramada, ví a mi huésped que, de la casa, se dirijia a miencuentro. Al acercárseme tendió la mano i, con su cariño, dulzurai jenial sonrisa, me dió los buenos dias, preguntándome luego, cómohabia pasado la noche.

Al llegar a la casa llegó uno de los obreros del establecimientoi refirió, que seis disfrazados habian robado varios objetos, lanoche anterior, en una de las casas de campo de la vecindad;haciendo relacion detallada del suceso.

Mi huésped se quedó por algunos instantes pensativo, i cuando elobrero se retiró de allí, entramos al gabinete i me dijo:

-El vecino a quien los ladrones han robado, debe dar gracias ala Providencia.         

- ¿Por qué? le pregunté yo.

-Porque ese contratiempo es acaso una expiacion. Dios, en todo,es suprema justicia, así como es misericordia suprema.

-I bien, ¿qué provecho puede obtenerse para la enmienda cuandono se sabe que el perjuicio sufrido es en realidad la expiacion deuna falta?

-Amigo mio, la conciencia lo hace advertir: siempre que se noshace mal, recordamos el que nosotros hemos hecho, i hai veces queel daño que se nos hace, es de la misma especie i aun con losmismos caractéres que el mal que hemos causado. Yo puedo referir austed varios hechos históricos en confirmacion de esta últimahipótesis, si puede tenerse por tal. Es el siguiente uno deellos:

En uno de los primeros años de mi estudio en el colejio de SanBartolomé de la capital de la República, paseando un dia por laalameda que conduce a San Diego vi un grupo de hombres queconducian al hospital de caridad a un indio moribundo, con elcráneo abierto i todas sus facciones i vestido bañados de sangre.Ya puede usted su ponerse cuál seria la curiosidad o el deseo desaber quién habla sido el agresor i cuál habia sido la causa. Enefecto, en toda la ciudad se refirió el hecho de la manerasiguiente:

En una de las haciendas de la Sabana de Bogotá cerca del cerrode Suba, solian los indios de la vecindad, echar a pastar susganados ocultamente en los potreros de esa hacienda, aprovechandopara ello las noches oscuras. El mayordomo de la hacienda, ManuelRios, habia reconvenido varias veces a los indios por tal abuso iaun los habia amenazado, diciéndoles que los castigaria si llegabaa encontrar sus ganados dentro de algun potrero de dicha hacienda.Una noche en avanzadas horas se propuso ir a ver si hallaba esosganados en los potreros. Ensilló un caballo, se terció un machete isalió. Efectivamente halló los ganados en uno de los potreros i acuatro indios pastoreándolos.  Al hacer a los pastores una fuertereconvencion, el más atrevido de éstos le contestó con dureza i enel acto sacando Rios su machete, acometió al indio i le partió elcráneo, postrándole al suelo. Viendo Rios que le habia dado lamuerte, volvió a la casa de la hacienda, tomó otro caballo mejor,se echó lo que pudo a los bolsillos i partió, escapando de lapersecucion de la justicia. El indio murió el mismo dia. Luego quese dió el denuncio del hecho a la autoridad, se dictaron lasórdenes del caso para aprehender al delincuente, i aun se libraronexhortos requisitoriales a los alcaldes de varios distritos. A lostres dias se tuvo noticia de haber visto a Rios en la venta de"Sisga" i en direccion al Norte por el camino de Tunja. Se juzgóentónces que iria a refujiarse a Sogamoso, de donde era oriundo, ien el acto se mandaron requisitorias a las autoridades de aquellapoblacion i a las de las comarcanas de ella. Mas tarde se supo queefectivamente habia llegado a Sogamoso i que ausiliado por susparientes habia partido sin demora para Venezuela. Por ese tiempono existian, con esa nacion, tratados sobre estradicion de reos.Quedó pues a salvo de la persecucion de la justicia terrenal.

Tres años despues de aquel suceso, hice un viaje a la ciudad deVélez entónces capital de la provincia del mismo nombre, ihallándome un dia en la casa del Gobernador, que lo era el doctorÁnjel María Flórez, hombre instruido, de grandes dotesintelectuales i severo en el cumplimiento de sus deberes, llegó unposta con un pliego de oficio dictado por el director del presidioque estaba destinado a la apertura del camino del Carare. Elcontenido, poco mas o ménos era el siguiente:

"Hoi (7 de febrero) la 3.ª seccion del presidio de la que eracapataz Manuel Rios, estaba trabajando en la rocería o desmonte,cerca de Guayabito. Dicho capataz fué insultado por Eusebio Gachapánatural de Güepsa, porque Rios lo reconvino porque no trabajaba;entónces éste lo amenazó i en el instante Gachapá le dió con elcalabozo de rozar un machetazo que le abrió en dos el casco de lacabeza, dejándolo en el sitio sin vida."

En el momento me vino a la memoria la muerte del indio de lahacienda de Suba i me sorprendió el oir el mismo nombre del que lehabia dado igual muerte, i me atreví a preguntar, si ese capatazManuel Rios era de la provincia. Subió de punto mi admiracioncuando se me dijo: "No; este hombre es oriundo de Sogamoso. Estuvoen Venezuela donde hizo una gran pérdida en el comercio de mulas ihabiéndose venido, llegó a esta ciudad recomendado por un parientesuyo para obtener el destino de capataz en el presidio de Carare.Segun los informes de la recomendacion, era un hombre que sabiacumplir sus obligaciones satisfactoriamente i se le dió elespresado empleo. Es de lamentarse su muerte porque a la verdad erauno de los mejores empleados."

I bien, amigo mio, ya ve usted la coincidencia; murió de unmachetazo, partido el cráneo como el indio que él mató. Yo podriareferir a usted muchos acontecimientos que, en cierto modo,confirman el cumplimiento de aquella sentencia que dice: "Con lavara que mides, ser medido." Danton,

Marat, Robespierre, que hicieron rodar las cabezas de susconciudadanos por las gradas de la guillotina ¿no llevaron igualmuerte, cayendo bajo el filo de la cuchilla? Solo que Marat noalcanzó el honor que sus compañeros, pues cayó herido al golpe delpuñal, dado por el brazo de una mujer.

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