CAPITULO X.
El pateon de la familia real.
DESPUES de haber socorrido mi huésped al anciano, continuó lahistoria de María: este era el nombre de la hermana de Lucio. Maríaa los quince años de edad, es decir, a los pristinos resplandoresde la aurora de la ilusion, era un tipo de la belleza olímpica;hubiera servido a Fidias de modelo para inmortalizar su buril i alos estatuarios de la antigua Grecia para eternizar su nombre,copiando la beldad de sus facciones i los contornos de sus formas,para representar a la diosa de los encantos. Su tierna i lánguidamirada, su dulzura i su gracia, formaban un centro de atraccionpoderoso. Bien se puede suponer, que hácia ese hermoso luminar,hácia esa fulgurante i radiosa estrella, hácia ese bellísimolucero, jiraban, en órbitas diversas, numerosos satélites. No hainecesidad de hacer mencion de su pié lijero, de su talle flexible ide su blonda cabellera; baste decir, que era una hada, o hablando alo oriental, era una bellísima i encantadora hurí. Usted sabe queentre las mujeres españolas suele hallarse el tipo de la beldadcircasiana, con cierto aire gracioso i una soltura peculiar en susmovimientos. María era, pues, una verdadera emanacion de la graciai de la belleza. Ademas, pertenecia a la nobleza por familia, a laaristocracia por riqueza i a la sociedad escojida por suinstruccion e intelijencia.
Entre los pretendientes a su mano, enamorados de sus brillantesdotes, figuraba el príncipe Luis, de la familia Borbon; es decir,uno de los miembros de una de las casas más ilustres de Europa enel sentido monárquico. Este príncipe habia manifestado francamente,al padre de María, que la amaba con delirio, i que estaba resuelto,decidido, a unirse a ella con el vínculo del himeneo, si, como loesperaba, le concedia su mano. El padre le contestó, que tanto paraella como para la familia seria mui honrosa tal union; quesinembargo de tener derechos como padre, i de contar con ladocilidad de María; era preciso consultarla, porque en proyectos deesa naturaleza debia contarse con el corazon ántes que con lacabeza, una vez que no era un enlace por razon de Estado o deintereses monárquicos; que María, meditando bien para decidir sobresu futura suerte, aceptaria, sin duda, tan brillante como ventajosopartido. Las palabras del padre de María hicieron brillar el farode la esperanza para el príncipe, miéntras que las de ésteanublaron para aquél el cielo de su hogar.
El príncipe tenia veinticinco años de edad; su cuerpo eragallardo, el semblante noble, en el sentido de la bondad, sucarácter frívolo i caprichoso; dominado siempre por el espíritu devanidad, propio de los miembros de toda dinastía; su instruccionera poco más que mediana, su jénio un poco altivo, i de un caráctertenaz en sus propósitos: toda contrariedad lo irritaba hasta elestremo de cegarse.
Otro de los aspirantes a la mano de María, era un jóven de laclase média, de edad de treinta años; su fisonomía era simpáticaaunque vulgar; tenia ojos chispeantes i espresivos, manifestando,en todo, viveza de imajinacion i claridad de intelijencia: pudieradecirse que el jénio de la inspiracion se hallaba encarnado en él:era filósofo i poeta; esto ultimo es suficiente para dar la idea desu posicion rentística, por no decir de su pobreza. Su nombre erael de Leonídas i su profesion la de injeniero.
No hai para qué retratar, a los demas pretendientes a la mano deMaría, que hemos dicho ya que eran numerosos, puesto que en estahistoria solamente figuran en primer término, el príncipe Luis i elenamorado Leonídas.
María, como la flor mecida dulcemente por el céfiro, adormecidapor el murmurio de las hojas del bosque i acariciada por las brisasde la mañana, recibia, o hablando con propiedad, soportaba condelicado tino los amorosos requiebros del príncipe; no lo amaba,pero no podia hablarle con franqueza: rechazarlo era lo mismo quedictar un fallo de persecucion i desgracia contra la familia,contra su padre, contra su hermano, contra ella misma i, sobretodo, contra Leonídas, que era el dueño de sus pensamientos. Porotra parte, al verlo con desden, avivaria la pasion, i se espondriaa mayores dificultades. Ademas, advertia que la ira del poderosodesdeñado no se aplaca, si no con los rayos de una venganza sinmedida.
Cuando el padre le habló a María sobre las pretensiones delpríncipe, ésta enmudeció por algunos instantes; fué para ella esadeclaracion una desagradable sorpresa, pues contrariaba sussentimientos amorosos. El padre la sacó del abatimiento que notó enella, diciéndole: - Tu voluntad es la que debe decidir; el príncipetiene sus cualidades i sus defectos, como todos los hombres; lavanidad es su flaco, pero no hai pasion que no pueda domarse; me parece que se te presenta un ventajoso partido. Yo no tengo otrointeres que el de asegurar tu suerte para el porvenir; yo me halloen el último tercio del camino de la vida i me seria mui gratodejarte convenientemente colocada antes de mi partida para laeternidad.
Dos lágrimas preciosas se deslizaron de las pestañas de María,como las gotas de rocío ruedan por la corola del inclinado lirio;dirijió una mirada de ternura a su padre i éste la tendió losbrazos i la estrechó contra su seno; pasó una escena muda isentimental por unos segundos. Luego le dijo el padre, que era sudeber hablarle así, pero que él no trataba de obligar su voluntad;que ella debia ser el árbitro de su suerte. María respiró. - Padremio! le dijo, yo no amo al príncipe
El padre, desde la tierna edad de María, habia procuradoinspirarle los sentimientos de confianza, franqueza i cariño quelas hijas deben tener para con sus padres, como que éstos deben sersalvaguardia de su honor i ausiliares precisos en los peligros quetraen la debilidad i la inesperiencia. María le abrió su corazon.;sin reticencia alguna le manifestó que amaba a Leonídas. El padrecambió de semblante, mostrándose triste i taciturno. Esto, noporque se desvanecieran las gratas ilusiones que tal vez leacudieron al concebir la esperanza de ver a su hija unida enmatrimonio con el príncipe, brillando en la corte i mereciendo lasatenciones de la aristocracia, no era demasiado filósofo para veresa existencia fantasmagórica de oropeles i ceremonias con interes;tampoco se manifestaba pesaroso porque María hubiera elejido aLeonídas entre sus pretendientes para su esposo, pues aunque ésteera pobre i de condicion humilde, reconocia en él la verdaderanobleza, es decir, la honradez en sus procedimientos i los títulosdel jénio i del trabajo en el desarrollo de la intelijencia: sucabeza i su brazo eran suficientes dotes para que hiciera feliz asu hija. Era que preveia el encono del príncipe al dejarlodesairado; en una palabra, temia la venganza como consecuencia delfuego de la pasion burlada o de la herida mortal hecha a sucarácter de ensimismamiento i vanidad. Nada reprochó a María; eratestigo de la finura i atenciones que ella observaba para con elpríncipe a pesar de la repugnancia con que ve una mujer losobsequios de aquel a quien no ama.
Era mui natural que pensara así el padre de María, pues elestudio i la esperiencia le habian suministrado el conocimiento delcorazon humano; amaba tiernamente a su hija, miraba con desden lanobleza hereditaria de la sangre, que juzgaba como una quimera, ise atenia solamente a los títulos de la ciencia i de la virtud, ala nobleza de sentimientos.
María hizo a Leonídas sabedor de las pretensiones del príncipe ide la declaracion de éste al padre. Al oir aquél lo que se le habiacontestado al príncipe enmudeció, su tez palidecia i dos gruesaslágrimas anublaron sus ojos; no pudo contenerlas; creia disipada lavision de su ventura; las palabras de su amada herian de muerte suesperanza. No era creible para él, que teniendo tan temible rivalpudiera el padre de María desechar el fausto i ostentacion quedebia prometerse para ella, i ésta al enlazar su suerte con la deun personaje como lo era el príncipe Luis, debia considerarsefeliz. Apénas pudo balbucear: "Pero te amo, sí, te amoi…..seré la víctima….." Entónces le dijo María:
-No, Leonidas, no me injuries. ¿No eres mi bien? Qué, me juzgasdesleal? ¿Piensas que el brillo de un príncipe seduzca el alma quedelira por tu amor? Te perdono, Leonidas; piensa únicamente en losmedios que debemos emplear para vencer las dificultades queembarazan la ejecucion de nuestro enlace, i cuenta con que en elúltimo caso, en el último estremo, diré ante el mundo: "Leonidas ola muerte." Mi padre, mi bondadoso padre, no contraría missentimientos: yo le he hablado con franqueza, le he descubierto mipecho i lo sabe ya todo. Habla con él sin temor, con la intimidad ila confianza de un hijo.
Leonídas cayó postrado a las plantas de María, como el ánjelredimido; le dió las gracias, le pidió perdon i, como un holocaustoa su firmeza, le ofreció su vida como esclavo, repitiéndole susjuramentos de amor. El mismo dia se presentó Leonidas al padre deMaría i tuvieron una conferencia de tres horas; de ésta salióLeonidas satisfecho i quedó citado para el dia siguiente, con elobjeto de entrar en la discusion de los medios que debieranadoptarse para llevar a efecto su proyectada union matrimonial; asícomo para escojitar las medidas a propósito de evitar la ofensa alpríncipe i la venganza que éste, por su amor propio ofendido,descargaria contra la familia.
Al dia siguiente concurió a la cita a la hora señalada, llevandoen su imajinacion un plan que, obteniendo la aceptacion de María ide su padre, los salvaria del resentimiento i venganza delpríncipe; esto, si era ejecutado con destreza i se preparaba todolo necesario al efecto. Habia en la ejecucion de ese plan algunriesgo, pero estaban en el predicamento de jugar el todo por eltodo. Era el siguiente: María a los ojos del príncipe debia pasarpor muerta: para ello se finjiria enferma i postrada en su lechopor el tiempo de una semana; al fin de ésta se le suministraria unnarcótico en la dósis suficiente para que sus miembros fueranparalizados por cincuenta horas; tiempo necesario para hacer lasexequias e inhumacion. Pasadas las ceremonias fúnebres, seriaextraida de la bóveda la noche del dia de la funcion mortuoria, einmediatamente seria conducida por Luis a una de las Antillas adonde la seguiria Leonídas pasados unos tres meses. Reunidos enconsejo, Lucio, María, el padre i Leonídas, fué aceptado el plan deéste i se procedió a preparar todo para llevarlo a término. Quincedias despues, María cayó enferma; se le puso a su cabecera unmédico afamado. El príncipe no salia de la casa sino a las horas enque era indispensable su presencia en la suya. A los pocos dias, ungrito del ama que la servia anunció su muerte. El príncipe sufrióun vértigo i cayó de sus piés. Los oficios del médico secontrajeron a su cuidado; lo hizo conducir a su casainmediatamente. La noticia de la muerte de María se divulgó portoda la ciudad con la celeridad del rayo. Todo el mundo ocurrió aofrecer los últimos servicios a la infeliz niña. Las exequiasfueron pomposas; tuvieron lugar al dia siguiente de su muerte; éstahabia acontecido el ocho de enero a las once i média de lanoche.
Cuando iba la procesion fúnebre para el cementerio, despues dela funcion de iglesia, a inhumar el cadáver, se presentó elpríncipe, lloroso, pálido como la muerte, i exijió que condujeranel cuerpo de María al panteon que guardaba los restos de la familiaBorbon, al ultimo asilo de sus deudos. Lucio i su padre, queprecedian el convoi se detuvieron indecisos i como petrificados deespanto. El panteon de la familia de los reyes era inaccesible parapenetrar en él por otra parte que por sus puertas, las que estabanaseguradas por verjas de hierro i pesados cerrojos. Sinembargo,habia que acceder a la exijencia del príncipe i se accedió enefecto; no debia contrariarse.
Las puertas del panteon jiraron sobre sus goznes i la procesionllegó al pié de una de las bóvedas suntuosas que decoran aquelmonumento donde yacen los despojos de la familia ilustre. Previo eloficio de difuntos, fue colocado el cuerpo de María en esa bóveda iésta fué inmediatamente cerrada. Sobre ella se incrustó una losa demármol negro en la que habia hecho poner el príncipe con letras deoro el siguiente epitafio:
"Aquí yace marchita para siempre la flor de mi esperanza: María,la perla de España i la felicidad de un príncipe de la familiaBorbon."
Pudiera haberse agregado al epitáfio:
"I la ventura de Leonídas."
A prima noche se divisaban tres bultos entrando al panteon alfavor de las sombras. Uno de ellos debia ser el empleado realencargado de las llaves i de la seguridad de esa mansion sagrada.Poco tiempo despues se levantó la luna en el oriente como sobre unpaño mortuorio i disipó las tinieblas, iluminando plenamente losobjetos con su plateada luz. Entónces pudo verse clara idistintamente que dos hombres embozados con largas i protectorascapas, calando sombreros alones, se paseaban delante de las rejasde la entrada del panteon, como ejerciendo el oficio de centinelas.Uno de esos hombres era el príncipe; velaba como si temiera quefueran a robarle el tesoro de su desgraciado amor, encerrado en latumba. Estaba dominado por esa clase de presentimientos que sonverdaderas intuiciones del alma, visiones confusas del espíritu,veladas por la envoltura material que ofusca i no permite ver conclaridad. El otro era un caballero que acompañaba al príncipe.
Dejemos a María en la mansion de los muertos i volvamos a lacasa del pescador, pues interesa llevar estas dos historias a lavez. Este habia regresado del convento de las carmelitas; entregó aLucio el paquetito i refirió a Eufracia, su mujer, el resultado desu entrevista con la monja.
- ¿Ya ves? le decia Eufracia, nunca se pierde el tiempo endarles la mano a estos pobres insurjentes. Ya ves que tus escusas itemores de que te cojieran los voluntarios no tienen fundamento.Siempre te resistes, como la mula resabiada, a seguir mis consejos.Ahora seré yo la que hable con la buena monja; ya no tendrás miedode que te pesquen como arenque en las calles. Ahora lo que importaes atender al caballero; hai que mudarle las hilas, yo sé bien esteoficio; de algo me habia de servir el tiempo que me arrestaron enel hospital para que curara a los heridos. Toma este pedazo detrapo i las preparas mientras voi a tibiar el agua. La herida esgorda; se advierte que el asesino intentó enviarlo de redondo alotro mundo; pero como nadie muere la víspera….. Lucio abrióel paquetito que recibió sellado. Cualquiera se puede figurar queel contenido era oro amonedado o billetes de banco, pero seequivocaria, era solamente un escapulario de seda bordado con lavírjen del Cármen. La monja quiso probar si le era entregado aLucio sin quebrantar el sello, pues en una tira de papel habiaescritas estas palabras: " Lo ha recibido usted intacto?" Ellaesperaba contestacion.
Al siguiente dia a las ocho de la mañana llegó Eufracia alconvento con un retazo de papel en el que Lucio habia escritoúnicamente: "Sí; sellado," i la mujer del pescador llevabainstrucciones para responder a las preguntas que le hiciera lamonja. En efecto, despues de entregado el papel fué preguntada:
- ¿Cuál es el estado de ese pobre?
-Esta mejorado, señora, gracias a mis cuidados, yo sé el oficio,no se me resiste ninguna herida cuando no han acertado a darla delleno.
- Podrá embarcarse pronto?
-Eso sí me parece peligroso; por tanta prisa podria marchar a laeternidad.
-Entónces, la herida es grave……..
-No, señora, quiero decir, que los sabuesos estan rabiosos conlas presas del Virginius i le pueden seguir el rastro.
-Es decir que si pudiera irse con seguridad no le embarazaria laherida?
-Pues en un caso de apuro pero, seria mejor que aguardara unosocho dias i yo me comprometo a cerrarle en ese tiempo la herida; iademas necesita buenos alimentos para que le vuelvan las fuerzas,porque fué mucha la sangre que derramó por la herida.
Ya la monja tenia preparada una canastilla provista de pastillasde chocolate, bizcochos i otros comestibles i se la entregó aEufracia diciendo:
-Esto es para que cuiden al herido, va tambien ese paquetito quedebe entregársele.
Luego le dió un escudo diciéndole: "Este es rara la cirujanaEufracia."
Antes de las diez estaba asta de regreso, entregando a Lucio lacanastilla i el paquetito. Llegó haciéndose lenguas del cariño ijenerosidad de la monja. "Es una santa," decia.