Este libro conserva la ortografía de la época




INDICE





DEDICATORIA

PROLOGO

INTRODUCCION

PARTE PRIMERA
CAPITULO I - Un colejial de antaño.
CAPITULO II - El vaso de agua.
CAPITULO III - Las torcazas.
CAPITULO IV - Cavilacion
CAPITULO V - Noviazgo
CAPITULO VI - El arriero timanejo.
CAPITULO VII - Apuros de cachaco.
CAPITULO VIII - Salida de Bogotá.

PARTE SEGUNDA
CAPITULO I - La casa paterna.
CAPITULO II - Revolucion intempestiva.
CAPITULO III - Presentacion de una nueva familia.
CAPITULO IV - Otras relaciones amorosas.
CAPITULO V - Una conquista al reves.
CAPITULO VI - La carta decisiva.
CAPITULO VII - La contra carta.
CAPITULO VIII - El rompimiento.

PARTE TERCERA
CAPITULO I - Refujio del desengaño.
CAPITULO II - Otra promesa de matrimonio.
CAPITULO III - Coquetería.
CAPITULO IV - Venganza de una viuda.
CAPITULO V - Lucha de sentimientos.
CAPITULO VI - Correspondencia i vuelta de los viajeros.
CAPITULO VII - Un ingles a pedir de boca.
CAPITULO VIII - Del Pital a Bogotá.
CAPITULO IX - Memorias de otro tiempo.
CAPITULO X - Perdon i renacimiento.
CAPITULO XI - Conclusion.
CAPITULO IV - Cavilacion.

 

Considerando despacio lo que habia sido mi vida de colejio, enmedio de las memorias gratísimas de los amigos i compañeros, ihecha abstraccion de la serie de diversiones que con ellos meproporcionaba, dentro i fuera del claustro, en continua i sabrosafiesta, descubria, sinembargo, una verdad que acusaba mi concienciade no haberse puesto a la altura de los deberes sociales.

Un poco tarde habia llegado a desengañarme de la instruccionescolar que se nos daba, apoyada en el error i en la rutina:instruccion viciosa en que menospreciándose la educacion, que es lafuerza motriz del carácter moral, nos enseñaban miles de ramosadvenedizos que amontonaban sobre nuestras dóciles intelijencias,como haces de paja seca sobre un horno mal encendido i peordispuesto. Así, cuando yo salí del laberinto de latinidad paraentrar en el que se llamaba filosofía, descansé un poco, pero no lobastante para aficionarme a la nueva jerga que me propinaban losdómines de la facultad, porque yo aspiraba a aprender algo útil, itales enseñanzas confundian mi entendimiento, en vez de despejarlo,para abrir paso a las nociones verdaderas de la ciencia. Perdidoaquel tiempo, nada ménos que seis años empezados al fin de lainfancia i terminados en el primer período de la juventud, yovacilaba, con razon, sobre la carrera que debia seguir, peroninguna me satisfacia. Mi padre deseaba que me ordenara, porquegran valimiento tenia en la provincia de Neiva la carrera declérigo: servia en ese tiempo, como sirve ahora, de pasaporte parael lucro, las dignidades i el prestijio. Un sacerdote de entónces,como uno de ahora, gozaba de mas inmunidad que un ministrodiplomático, i podia tranquilamente, sin trabajo ni zozobra,entonar sus responsos, aun en el interior de los bosques maslejanos, al armonioso son de las pesetas que pendian como flámulasde su estola. Pero tuve la desgracia de que me tentara el diablopor el lado del corazon, i no por el opuesto; que si no, mi padreno hubiera fallecido prematuramente para su edad: estoi seguro deque la pleuresía que lo llevó al sepulcro habria detenido susprogresos con mi oportuna cantadura de misa.

Despues de esto, cuantos dias trascurrieron en mis estudiosprofesionales hasta la feliz ocurrencia del palco, en larepresentacion teatral de que llevo hecha mencion, no fueron masque de ocio i de desórden, léjos de la vijilancia de mi familia,recibiendo malos ejemplos, sin ninguna persona de valer con quienaconsejarme, i sin otra regla de sociabilidad que las caravanasestudiantiles, que cual rios salidos de madre, inundaban losalrededores de Bogotá i las puertas i balcones del colejio.

Yo, pues, no vine a saber qué cosa era educacion hasta que notuve la imponderable gloria de relacionarme con aquella familia:ántes no sabia ni vestirme, ni comer con la jente, ni peinarme, nibailar, ni hacer un cumplimiento: solo sabia pelear, insultar,hacer ruido, molestar al prójimo, saludar al catedrático, darle alrector el tratamiento de usia i quitarme el sombrero en el interiorde una iglesia, a la vista de una procesion o en otro eventosemejante. Para agradar a aquella noble i fina hermosura, tuve quevolverme bien educado: ella fué mi maestra, bendita sea!

No solo para sobresalir en la sociedad con maneras i modaleselegantes, sí que tambien para adquirir el mayor de losconocimientos humanos, la amoldacion, por decirlo así, del espíritua la eternas reglas de moral i decoro que no se aprenden jamas enlos titulados establecimientos públicos de enseñanza, sino en ellaboratorio práctico de la virtud realzada por algun accidenteseductivo; no solo para entrar en el círculo de la primera jente detono, sino para perfeccionar mis propias dotes i correjir lasviciosas inclinaciones de la vida rústica de estudiante; no solo,en fin, para el halago esterior, sino para el enaltecimiento de mímismo, hubo de servirme el amor de Cármen i el ejemplo de sufamilia. El uno me habia inspirado una especie de segunda relijion,con la cual yo procuraba merecerla i hacerme digno de afecto i degrandeza; el otro me guiaba en mis acciones por la senda del bien,i ámbos eran a la vez mis mayores estímulos i fiscales.

Todo esto pensaba yo, absorto en la contemplacion de aquellaescena (por supuesto con mas rapidez que la empleada ahora enescribir mis recuerdos,) i tres importantes corolarios dedujeentónces que revolaron, no sé si en mi corazon o en mi mente, consúbita i notable presteza. Pues me habia dejado llevar del amor, alprincipio por una especie de ordenanza estudiantil, luego por elarrebato i cabida de una pasion verdadera, claro es que esta nopodia tener sino uno de tres resultados, el matrimonio, laseduccion o la retirada. Esto no era posible ya a la altura a quehabian llegado mis relaciones con Cármen; aquella era una infamiaque si bien fuese aconsejada por las máximas bebidas en elconciliábulo de los patanes, rechazaba de redondo mi corazon,purificado en el casto santuario del amor primero; no me quedaba,pues, otro camino de salvacion que una promesa de casamiento.

Yo la hice cuando, como he dicho, me reconvino doña Isidora:cierto es que no tenia mas patrimonio que mi juventud, apoyada, esosí, en un robusto par de brazos; pero entre la renuncia i elengaño, pagar con una buena madrugada o jugar una partida demonigote, segun nuestro lenguaje neivano, no hallaba otro justomedio que alargar la mano derecha i desechar las tentaciones de lazurda, especialmente concediéndoseme un plazo como si fuera deudormoroso.

Me habia colocado ya en un punto de imposible o difícilretroceso, en donde apénas fuérame hacedero quemar las naves comoel impávido Cortez, o dar el salto de Léucades, como la enamoradamusa de Lésbos. Todo, ademas, es en la vida una serie detrasformaciones; por ellas me creia en un nuevo colejio, tanmatriculado como en el primero, pues mis frecuentes idas a la casade Cármen equivalian al paso i a las aulas de san Bartolomé,teniendo así en aquella i su familia superiores i bedeles querespetaba i temia en grado mas alto que al rector i pasantesverdaderos, con la circunstancia de que estos metódicos estudiosjamas llegaron a cansar mi constancia, ni a parecerme tan áridoscomo los otros.

Aquí mis meditaciones dilataban sus órbitas, i se estendian aprejuzgar a los tiernos jóvenes ilusos | (1) cuando, por no tener oficio, seenamoran, o enamorándose de véras, se van hundiendo en atolladerosimprevistos de los cuales, si no salen a mujer i sin sueldocondenados, segun la espresion graciosa de Quevedo, tienen quesufrir las consecuencias de un escándalo, o hacerse reos de uncrimen contra la autoridad doméstica i el honor de suspretendidas.

Mas quien se mete en amores
No sabe en lo que se mete;
Sobre todo si es pobrete,
I el alma se va en sudores
Por cumplir lo que promete.

Pero, a dónde voi con tales reflexiones, que de puro profundashan venido a parar en una redondilla de las de allá arriba en aquelalto, cuando en lo que ménos he pensado ahora es en trocar mipéñola por la lira? No obstante, esta confusion en mis ideas, lafalta de órden que se nota en este capítulo, i hasta esa quintillaque me salió por casualidad en un párrafo de prosa, todo, todo harácomprender cómo estaría yo a presencia de mi acusador inocente i demi juez inexorable: el uno reclamándome el corazon con sus miradas,i el otro sentenciándome sumariamente a ser hombre de bien, con laelocuencia persuasiva de una madre zelosa del honor de su hija.

Convine al fin en casarme, porque decir que no, fuera vileza;cortar mis relaciones no era dable, hallándome en el pináculo de ladicha, a mérito de un amor correspondido; i usar de dolo paradestrozar el cándido cendal de una vírjen, mediante falsaspalabras, habia descubierto ya ser un delito, i léjos, muí léjosestaba, a la sazon, de cometerlo. Fijé un año de plazo, que es elque ocurre naturalmente a los jóvenes en casos apurados como este,i me fué concedido.

 

 

(1) Los que hoi se llaman |pepitos.

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