CAPITULO III. - Las torcazas.
Acabada mi carrera, mis gastos eran mas fuertes a la sazon queyo no ganaba un cuartillo ni como jurista, ni como médico, ni comoteólogo, ni como nada: en esta evolucion, ya los bailes, los paseosal Salto, las cenas, los aguinaldos, el teatro &.ª erannecesidades, i yo tenia que andar con mi nueva familia de Heródes aPilatos; que tal sucede a los jóvenes incautos que se enamoran deuna sola por primera i última vez, los cuales se vuelven comoadjuntos a la familia, en términos de acompañarla a todas partes,servir de mandaderos, despachar comisiones, resolver consultas iconvertirse en la perpetua sombra de las muchachas. Así era yo, isinembargo no me habia atrevido a declarar mi amor claris verbis,contentándome solamente con las manifestaciones estraoficiales quese me hacian.
Pero mi presunta suegra, doña Isidora, no abandonaba un instanteal objeto de mis adoraciones, hasta que un día, frenético ya, itemiendo la competencia de tres rivales ciertos i otros tantosincógnitos, la escribí una carta, de aquellas que saben poner losestudiantes, plajiadas de las Amistades peligrosas i de otrasobritas por el estilo; mas como no tenia con quién dirijirla, mefuí yo mismo a llevarla. Cármen tenia un par de torcazas blancas enun canastillo, i eran por lo pronto su embeleso cuando yo no iba;mas, apénas llegaba (pues entónces menudeaba las visitas al trespor ciento, es decir, a mañana, tarde i noche), las ponia sobre sucosturero. Llegué, pues, con mi carta, pedí las torcazas paramirarlas, i, con el mayor disimulo, i haciendo porque ellasolamente lo viera, deslizó la carta en el nido: Cármen observó elmovimiento de mis manos; tomó apresuradamente su canasto, i ya ibaa salir de la sala, cuando doña Isidora la llamó i la dijo:
-Tráeme acá las torcazas....
-Pero, mamá, si ya tienen hambre, i les voi a dar grano....
-No importa, hija, yo les daré de comer…. es que voi acomponerles el nido….
Figúrese el lector cómo me quedaria yo: me puse mas colorado queuna remolacha; miéntras la pobre Cármen, sin poder resistir almandato de la madre, le entregó el canastillo; i esta, que habiavisto todo, sacó la carta i en voz alta, para avergonzarme mas, laleyó con el énfasis correspondiente; pero se fijó de preferencia enun párrafo que decia:
"Como la madre de U. no la abandona jamas, la vijila, la espía ino me da tiempo de evidenciarle mi afecto i hacerle mis juramentosde fidelidad, necesito absolutamente que U. me conceda unaentrevista, a donde yo pueda verla sola, sin testigos importunos,sin las dificultades que nos rodean hoi, para patentizarle lapureza de mi amor i adquirir la certeza de ser correspondido,&.ª" I con rostro severo i dulce a la vez, me preguntó porqué ocultaba a la madre el amor que profesaba a la hija? por qué,si el afecto revelado por esa carta era puro i verídico, buscaba laocasión de hacer una declaratoria secreta, i por consiguientemaliciosa? por qué, en fin, violaba así la confianza que se mehacia, atacando a la autoridad materna con solicitud de citas ientrevistas que no eran lícitas, ni siquiera necesarias, al gozar,como gozaba, tan ámplia entrada en la casa?
Confieso que me ruborizé tanto, que, recordándolo hoi, al cabode veinte años, siento el vuelco del corazon, asustado con laopresion del primer remordimiento.
Nada satisfactorio podia responder, ni hallaba medio decohonestar aquella falta; por eso yacía trémulo, rubicundo,silencioso i aturdido en el estremo de un canapé, con la vista vagai estúpida, que intentaba dirijirse a todas partes, i sinembargonada miraba, porque la sangre aglomerada en la cabeza, que pareciasalirse por los poros de la frente i las pequeñas venas de losojos, habia caido a plomo sobre el sér sensible, moral eintelijente. Pero la reaccion vino, i me trajo un nuevoconocimiento: el de la nobleza de espíritu, de que yo no tenia ideaen los groseros claustros del colejio.
Era indudable que empezaba para mí una nueva época: hastaentónces habia marchado al traves de una ilusion que, segun lasmáximas aprendidas, por mas que me ligase al ídolo de mis amores,no dejaba de ser un pasatiempo. Mas como ya la autoridad materna sehacia sentir, grave i dulce a la par, en aquella aventura sinobjeto, ni me era posible contrarestarla por la justicia de sureconvencion, ni desistir de la empresa comenzada, porque estabatan adentro de ella, que no fuera posible orillar o pretender lasalida, ya por sentirme bien enamorado, ya por hallarmeconfundido.
Doña Isidora con benevolencia me dijo que pues Cármen i yo nosamábamos, circunstancia que habia notado casi desde el oríjen denuestras relaciones, no veia en esto otro desenlaze que elmatrimonio. La dejé hablar miéntras me reponia de la turbacion enque estaba, i con voz débil me atreví a objetarle que no sabia aúnsi la señorita me amaba: punto de partida, añadí después, como siestuviera dando una leccion de jeometría, en que yo debia fijar misreflexiones.
-Bah! repúsome la matrona, i qué poco alcanza el señorestudiante en achaques de amor i de correspondencia: cuando yo selo aseguro a U. será porque lo he sabido; i es rarísimo ver un casocomo el presente en que el que debia de conocerlo tiene quepreguntarlo.
-Como no se me ha asegurado jamas, a lo ménos palabra....
-I por eso escribió U. el billete aquel, ¿no es verdad?
-No puedo negarlo, mi señora, pero....
-Pero U. ha debido entenderse en primer lugar conmigo. Ese debiaser el procedimiento de un caballero.
Cierto era lo que aseveraba doña Isídora; sin embargo, aunpenetrando el amor oculto de Cármen, como me habia sucedidoentónces, yo juzgaba de buena fe que no podia quedar satisfechohasta que ella no me lo declarara. Despues he sabido que no senecesita de tanto, i que jóvenes hai, entre las que la buenasociedad suele poner de moda, a quienes place mas exhibir sussentimientos en forma de adivinanza, que decirlos en respuesta aalguna interpelacion del galan, por mas que la clave del enigma lesretoze en los labios o les haga cosquillas en la lengua. Acaso sihubiera llegado el momento de hablar a solas con mi amada, estajamas habria confesado cuanto yo tenia leido en la sublime chispade sus ojos, en la anjélica espresion de su semblante. A virtud,pues, de la intervencion de la madre, fué que llegué a saberlo entérminos indudables, i el gozo me hubiera sacado de quicios, si nohubiese mediado el incidente anterior; mas no estaba el palo paracucharas, como decimos los timanejos, i el tiempo de la meditacionséria debia suceder al de los frívolos e inconducentesdevaneos.
He aquí por qué pensaba que, a contar de este punto, mi vida sedividia en dos mitades: la una, ya pasada, de colejial, de tunante,de cachaco; i la otra, que empezaba, de hombre formal, de novio, depresunto yerno; así, continuaba meditabundo, sin coordinar unafrase, casi sin atender a la conversacion, enclavado en mi asientocomo una ostra a su lecho marino; pero sintiendo fermentar una granrevolucion en mi cabeza i en mi corazon, que si hubiera sidosicólogo, i la ideolojía por Tracy no me hubiera chocado tanto,habria creido que el yo se renovaba, como le parecia a Caro cuando,estasiándose de esa manera que solamente le era peculiar a él, allado de su Delina, esclamaba:
"Siento nacer un hombre nuevo en mí...."
Con la diferencia de que el hombre nuevo que me tocaba en suertese apartaba mucho del poeta i del yo anterior en dos cosas: la una,que sabia contener sus raptos de amorosa locura; i la otra, quepensaba en el capital i en el dinero, objetos que no entraban ántesen mis ensueños; tal vez porque estos no requieren cálculo, o vivenen la atmósfera impalpable de los duendes. Lo cierto es que al cabode media hora de cavilacion resollé, no puedo decir si como buzo,pero sí con algo de aliento, i espuse con claridad mi actual estadode penuria i la pobreza de mi familia. Este era el Aquiles de misargumentos; porque si así, tan montado al aire, me daban la mano dela muchacha, el amor obtenia un triunfo de aquellos que no se hanvuelto a presentar en el mundo desde las comedias de Moratin i deMolière. Empero, mi injenuidad no había contado con la huéspeda,que en este coloquio era nada ménos que mi jactancia. En efecto,recordará el lector que yo, ántes de esto, me vanagloriaba de rico:con la mayor frescura citaba la autoridad de mi padre en materia decaudales, i ponia nuestra hacienda en parangon con las de lassabanas de Funza o Sogamoso; por cuyo motivo debe suponer cuánto meavergonzaria al pillárseme por de pronto en la mentira. Ha sido, icon gran fortuna, la primera que se me ha escapado en mi juventud,i, gracias al sonrojo que me causó cuando fué descubierta, me haservido de leccion patente para lo futuro.
-Nadie mas que yo desea ese matrimonio, repetia turbado; pero nopodré verificarlo sino de aquí a diez meses o un año, en que yaejerceré algun destino público, o mi profesion me produzca algunarenta.
-Sea como se fuere, replicó aquella amable señora, la palabra deU. es lo que importa. Ademas, Cármen no tiene prisa en variar deestado, porque apénas empieza a ser jóven; i cuanto tarde encomprender lo que constituye el enlaze conyugal, será lo bastantepara que U. adquiera ese patrimonio de cuya carencia se queja, ique de véras es la piedra angular de este edificio.
Era, pues, un hecho que yo debia de casarme; hecho tan evidente,de tan esplícita significacion por parte de la hija i de la madre,que tuve necesidad de abismarme en mis hondas discusiones internaspara dar esplicacion a este fenómeno, que me sorprendia, pordecirlo así, en el prólogo de mis aventuras de cachaco. Daba, comoera natural, una mirada retrospectiva a esa existencia impura ialborotada del colejio, i luego ensanchaba el horizonte de misideas con imájenes mas sólidas i gratas. Habia dejado el mundo delas bromas i de los patanes, i, parado en una especie de istmo quese unia al último de sus lindes, pretendia penetrar en otra rejionque, si no parecia el reverso de mi anterior estado, era unsantuario enteramente desconocido. Por mas que hasta aquel momentoel jenio alegre del estudiante, que no piensa en el dia de mañana,ni se queja del malestar de ayer, ni prepara el dia de hoi conprevision i prudencia, hubiese sido el árbitro de mis acciones, nohai duda que la rejeneracion que comenzaba, despertando facultadescubiertas hasta allí por una capa de inercia, iba a modificar elente moral que vejetaba en mí a la sombra de los sentidos.