CAPITULO I - Un colejial de antaño.
Cuando refiero los diversos lanzes de mi suerte, empiezo siemprepor decir que fuí colejial bartolo: mucha es la veneracion queabrigo por este nombre, bajo cuya influencia hice mi carreraliteraria en Bogotá, i es preciso que todos sepan, si no lo saben,que el colejio de san Bartolomé es el primero i el mas grato de misrecuerdos. Todavía, así viejo i rodeado de familia como estoi, meentusiasmo acordándome de lo que era un estudiante de aquellostiempos heróicos, i se me suelen escapar, mezcladas con el sudor dela tierra caliente, algunas furtivas lágrimas para demostrarme queaquel recuerdo vive en mi corazon, i morirá con él como el afectode mis hijos.
Yo alcanzé a conocer a varios de los varones doctos de Colombiaen aquel colejio, como profesores de ciencias i como réplicas enlos certámenes; pero yo era entónces un miserable cachifo. Mistravesuras datan desde el rectorado del doctor Eguigúren, que fuéla época de las sediciones i puebladas estudiantiles, en que yacomo filósofo i seminarista, bien constituido, sano como un fraile,gordo como un lechon, duro como una tapia i travieso como un mico,desempeñaba algunos papeles que hoi darian envidia a los pocosveteranos que restan del ejército permanente. Yo ejecuté accionesdistinguidas de valor contra las múcuras i los platos de barro;hice correr la masamorra bogotana, como un lago de betun sobre elpavimento del refectorio; ensarté los panes de a cuarto entre loschusques del entresuelo; coloqué sobre el motilon los mantelesgrasientos de lienzo i los paños de fula blanca que nos ponían enla mesa; encerré en las galerías la vajilla de palo en que nosservian, i pretendí colocar la sotana del rector sobre la torre desan Cárlos, todo como trofeos del triunfo, despojos ganados alenemigo luchando brazo a brazo i cuerpo a cuerpo. I mayoreshubieran sido mis hazañas, si el dictador Urdaneta no hubiera idoen persona a contener la revolucion de san Bartolomé, quefelizmente se aliaba con la reaccion de toda la república a favordel gobierno lejítimo derrocado; pero me queda la satisfaccion dehaberle dado al tiranuelo un famoso pax tecum en el cachete con lacáscara de un plátano maduro que a la sazon me estaba comiendo.
Despues de aquellos hechos, inmortales en los fastos delestablecimiento, yo tuve que huir a este pueblo del Pital, porqueme querian echar de recluta; i no pude volver a Bogotá hasta elrectorado del doctor Gómez Plata, venerable sacerdote que en 1835salió de nuestro claustro a ser obispo de Antioquia. Ya estudiabayo medicina, i con la libertad de estudios me apliqué tambien a lajurisprudencia, i en mi calidad de seminarista estudié algo deteolojía i liturjia, de modo que sé de cada profesion un poquito,que en conjunto es lo bastante para ser gamonal de pueblo.
No molestaré la grave atencion del público con la narracion demis tunantadas, pues baste decirle, para comprender su naturaleza,que yo echaba culebrilla por las galerias, robaba toda clase decosas de comer i peleaba a los puños que era una maravilla,habiéndome tocado, por la gracia de Dios, o, mejor dicho, deljeneral Santander, una época de desórden escolar tan completo, queni los catedráticos sabian quiénes eran sus discípulos, ni estos secuidaban de dar comprobante alguno de su asistencia i cumplimientoa las aulas; i la vida del interior del colejio era un continuojuego, cuya brusquedad no conocia otros límites que las contusionesi heridas en las reyertas, el peligro de muerte en el manteamiento,el desmayo en el batan i la postracion mórbida en el capoteo uotros retozos i castigos bárbaros que usábamos por entretencion opor venganza. Este fué el tiempo de los patanes, entre cuyo inmensonúmero tuve el honor de contarme, i el de los apodos estudiantiles,de los cuales fresco tengo todavía el de calefacio, latinalizacionarbitraria del sobrenombre de calentano.
Yo he sido alto de cuerpo de fuerte musculacion i contestura;ájil i vivo; tan a propósito para la lucha como para la natacion;tan recio de puños como cerrado de mollera: al contrario de misamigos, que no tienen carne para un tamal, pero que sí les sobransesos para escribir un diccionario en dos plumadas i un poema épicoen ménos de que me limpio un ojo, si quisieran hacerlo. Yo pegaba,pues, mui duro; era sumamente franco, i de tal audazia en el decir,que si hubiera sido ciudadano en ese tiempo, i la juventud deentónces mereciera alguna consideracion, de fuerza me habrian hechorepresentante. Nuestros cantos eran marciales, i equivalian a aquelfamoso estribillo que se inventó posteriormente en el mismocolejio:
Oh! vamos a trancar
Con puños i garrote;
Para si algun sipote
Nos trata de faltar;
muestra del espíritu belicoso que nos dominaba, i la tendenciaerrónea que dábamos a nuestros estudios, pues a los profundos iclásicos preferíamos los sencillos i corporales; sobre todo, losdesafios eran tantos i tan complejos, que fué necesario designar undepartamento para efectuarlos allí, i se denominaba el claustro delas peleas.
Los alumnos internos usábamos, dentro i fuera del colejio, laopa, que era una especie de sotana, i nos servia admirablementepara encubrir todas las bribonadas; i por de contado que, aunque elreglamento del colejio no lo prescribiera, los raidos bartolosteníamos que usar este vestido a falta de otro; pues no es pormodestia, ni por virtud cristiana, ni por envanecerme, que me cabela honra de revelar que el voto de pobreza, ya que no lo hacíamoscomo nuestros confesores de la Candelaria, por lo ménos locumplíamos como los frailes de san Juan de Dios; pudiendo jurarseque el estado normal del estudiante era un embarazo perpetuo decaja, o, mejor dicho, que la caja era inútil, puesto que no poseíaun centavo, sino una pequeña dósis de crédito con las pulperas dela vecindad, como lo veremos mas adelante.