CAPITULO X - Perdon i renacimiento.
Uno de los asuntos que me llevaban en este viaje, a mas del quedejo referido, era, como los lectores deben suponer, el pago de misdeudas que entre picos i picos sumaban un total no despreciable,segun el lenguaje de los acaudalados, pero que para mí representabauna tercera parte de mi exigua fortuna. Verdad es que yo hablatrabajado en el campo con una perseverancia capaz de duplicar misfondos indefinidamente, pero tambien lo es, por desgracia, que larevolucion se me interpuso con la misma ferozidad con que lasballenas i otros monstruos marinos atajan i suelen echar a piqueuna pequeña nave en el mar ártico, cuando, con rumbo feliz idireccion acertada, pensó el piloto hacer flotar su pabellon sobreplayas ménos salvajes.
Sinembargo, como habia llevado dinero, i los últimos sucesospolíticos me habian proporcionado relaciones entre los sujetos queestaban en el gobierno, desde el presidente de la república a quienhabía conocido de jefe de operaciones, hasta los últimos empleadosque tomaron las armas en defensa de la lejitimidad como soldadoscívicos, aquella circunstancia, por el consabido adajio de "no haimal que por bien no venga," me sirvió muchísimo para arreglar conalgun descuento mis créditos pendientes.
Ademas, cuando uno regresa de las playas del alto Magdalena ivuelve a visitar a Bogotá despues de algunos años de separacion, lajente juzga por lo pronto que viene rico; lo cual no era dedesperdiciar en el movedizo terraplen de mis negocios. I como lariqueza se halla de tal modo constituida entre nosotros, que pareceuna especie de vorájine en esto de atraer el numerario, sucede confrecuencia que los estremos se tocan, i así como al que yace en lainopia se le concede gracia por sus acreedores, el que tiene famade capitalista suele dar la lei a estos, revestido del poderconsiguiente al prestijio de su fortuna.
Por otra parte, viéndome alternar con los sujetos del altoministerio, que casi todos fueron mis compañeros o huéspedes en lacampaña de Neiva, i habiendo logrado el pago de unos suministroshechos al ejército constitucional, cosas ámbas difíciles en aqueltiempo de los excelentísimos señores, cuando el palacio de gobiernoera un fac-simile de los castillos feudales, ninguno ponia ya enduda mi valimiento, que entónces se hacia consistir en lasinfluencias políticas i en el dinero sonante. Esto resaltaba mascon la consideracion de que la capital acababa de pasar por unaprueba terrible, sufriendo un golpe de muerte con la conflagracionde toda la república, i era tal la decadencia de la industria i lapobreza de la poblacion, que ni el militarismo triunfante gozaba dela holgura que siempre sabe adquirir, por fas o por néfas, en laAmérica latina, censo de su vitalicio patrimonio.
No hai mas que decir sino que pagué hasta donde alcanzaban misfacultades, i arreglé los remanentes con las condiciones masventajosas, dejando únicamente en mi poder, con anuencia de misacreedores, la cantidad indispensable para casarme. Concluido elprimer asunto, pasé al segundo i tuve una conferencia con el abuelode Cármen.
El infeliz anciano, achacoso i melancólico, me reconvino por misdesvíos con la misma gravedad que un maestro de escuela usa con eldiscípulo travieso; mas como nunca he sabido quedarme atras en elarte de contestar argumentos, le salí a la parada con dosobjeciones que para él venian a ser irresistibles: la una, fundadaen su improbacion al principio de mis pretensiones, i la otra en miresidencia léjos de Bogotá, que haria imposible la traslacion de mifutura esposa a un clima cálido i a una sociedad que no era lasuya, separándola de su familia quizá para siempre. El viejo lloróde ternura a la contemplacion de este caso que no habia previsto, idespues de un largo debate convinimos en que, si la jóvenconsentia, nos desposaríamos inmediatamente i la llevaria al Pitalsolo por via de paseo, a conocer a mi madre i hermanos.
De aquí pasé al aposento de Cármen. Me creo incapaz de describirla escena que desde luego tuvo lugar entre los dos, porque yo entréallí como a un santo tribunal de penitencia a pedir la absolucionde mis estravios, valiéndome de toda la atricion i conformidad quepara semejante caso se requieren. Al ver aquella vírjen, pálida,pero bella; llorosa, pero digna; ofendida, pero discreta: al verhermanadas la hermosura i la mansedumbre, la gravedad i la ternura,el amor propio i la benevolencia de carácter, no se la podia mirarde frente sin bajar los ojos ruborizados: era aquella la majestadde la virtud i de la gracia.
El humilde vestido que tenia puesto, de color oscuro en su mayorparte; sus cabellos desgajados en dos gruesas trenzas medio tejidasi sin adorno alguno; su rostro de color de nácar, desvanecido entrela sombra del pesar i la frescura de su tez impresionada; su pechovelado con una gasa negra como cubriendo el corazon de luto; todoesto, coronado por sus párpados severos i sus pupilas húmedas, ledaba cierto aire de celsitud como si el óvalo de sus faccionesestuviese rodeado de una aureola misteriosa i divina.
Cuando me postré a sus pies, me imajiné que rendia un homenajede respeto i confesaba mis culpas al espíritu de esa Cármen de miantigua ilusion, no ya bajo la forma mortal en que me arrebató laprimera vez, sino envuelto en la metamórfosis de los coroscelestiales, donde las vírjenes predilectas de Dios interceden porlas frájiles criaturas humanas.
Despues de confesada mi culpa i obtenido el perdon en un diálogoentre cortado i casi silencioso, el cual no me atrevo a describirahora, por no quitarle el mérito de la intimidad misteriosa, delsagrado deleite, hice memoria de que desde el último año de misestudios en el colejio de san Bartolomé, no habia vuelto alsantuario de la penitencia; i me preguntaba mentalmente, en éxtasisarrobador, si no seria mas halagüeño para la humanidad pecadora queDios depositase en séres tan lindos i buenos como el que acababa deabsolverme, el tesoro inmortal de su misericordia!
¡Oh, cuán distinta seria entónces la suerte de losmalaventurados, i cómo de terrífica i amable al tiempo mismobrotaria la espresion de la justicia eterna por entre los labiospúdicos de aquellas vivas imájenes del bien, verdaderos ánjelescustodios del hombre arrepentido! "Sí, esclamaba, jamas vacilariaentónces en avergonzarme a las plantas de un ministro a quien elamor me atrajera i la perfeccion de su beatitud me dominara; puesseguro estoi, como lo siento bajo la presion de esta idealidadmaravillosa, que nada quedaria oculto en los pliegues de micorazon, en la mas recóndita grieta de mi vida pasada !"
El renacimiento a una existencia novísima se empezaba a consumaren mi espíritu, ántes intranquilo i displicente, i no habia duda yade que el destino abria por fin su pórtico de paz al deseado templode la dicha futura.
Luego fui a verme con doña Isidora, en donde se repitió el lancede las satisfacciones, aunque no de un modo tan patético; de maneraque este acto posterior de perdon i de garantía de olvido ácia misúltimos yerros, venia a ser el complemento de la confesion que yome figuraba haber hecho; era, por redondear el símil, lareconciliacion que me faltaba de cuanto pudiera haberse quedadooculto en el escrutinio imparcial de la conciencia.
Verificada la primera i obtenida la segunda, cesaba ya elsuplicio de este moderno jénero de penitencia, i no mediaba sino unleve paso a la recepcion del otro sacramento.