CAPITULO VI - La carta decisiva.
Cuando un jóven ha pasado un largo receso en amoríos, lareaccion con que siente reemplazar su reposo es por demas violenta.Sucédele lo que al caudillo de una rebelion triunfante, que porcausa del impulso comunicado al principio, casi siempre sale de suórbita i va a parar al estremo.
Yo sentia, pues, la necesidad de amar de nuevo, al ménosmiéntras durara la suspension de mis primeras relaciones ; peroponia como requisito esencial, en este caso, que fuera un episodioerótico sin consecuencia, para cortarlo cuando ya me aburriera, oel deber me llamara al estricto cumplimiento de mi palabra. Enresúmen, queria amar i ser amado (platónicamente se entiende), porhacer ejercicio, no por sacrificarme; queria tener un motivo diariode entretencion i de actividad espiritual para suavizar laexistencia monótona que estaba arrastrando; pero nunca me pasó porlas mientes que aquella inocente burla tomase proporciones capazesde hacerme perder el juicio.
Sí, señor,
Calderon lo tiene dicho:
No hai burlas con el amor.
Margarita, en el coloquio que refiero, me puso como condicionimprescindible, para darme la seguridad de su amor, que yo dejasede querer a Cármen; mas, como habia pensado que esto no meaparejaba inconveniente alguno, hícele sobre la marcha lasprotestas i adhesiones de costumbre, aunque reservé para misadentros, como los teólogos casuistas, la verdad del hecho, i solosaqué a luz la fórmula juratoria de los amantes en casos parecidos.I es bien raro que, sin que persona determinada le haya enseñado auno a quebrantar el segundo mandamiento de la lei de Dios, si llegael momento crítico de verter los sentimientos de su alma enamoradasobre el objeto de su adoracion, jura i mas jura, natural imaquinalmente, en ocasiones sin apercibirse de ello, por tal delograr su fin, sin temor del Sér Supremo, i con gran contentamientodel demonio.
Pero este es precisamente uno de los trámites de amor, i cuántosde mis lectores habrá que viendo esto digan instintivamente alrecordar su pájina en la historia del siglo de oro: toma! pues yotambien he jurado! Otra jóven ménos esperta que Margarita, al oirel torrente fascinador que salia de mis labios, i observar cuáncobardemente negaba yo la fe prometida a Cármen i traicionaba lasuya, se habría dado por satisfecha, aparte del afecto adelantadoque me tenía; pero no sucedió así, porque en materia de astuciaeste nuevo cortejo me llevaba diez leguas santafereñas deventaja.
Cuando me sentia mas conmovido i blando, i echaba piropos igalanuras que era una maravilla; en ese acto en que se fijan losojos del hombre en direccion paralela a los de la mujer, i unos iotros se están inmobles, reverberándose recíprocamente el fuegointerno que viene a concentrarse en las pupilas; en ese acto, aconsecuencia de cuyo estupor se va desvaneciendo la cabeza,tiemblan las carnes, i los vuelcos del corazon hacen subir oleajesde sangre a las venas i arterias superiores; en ese acto, en fin,en que la voz se trunca sin acabar la frase, ella me ordenó dirijiruna carta a mi primera novia retirándole mi palabra, i digo que melo ordenó, porque en ese estado de vértigo mandar o pedir era lomismo.
Apénas tuve tiempo de hacer una refiexion mental sumamentelijera, en medio de esa situacion casi morbosa; la de no remitirdespues la carta, aunque la escribiera i se la enseñara, en cuyocaso fácil era convenir con su deseo. Pero Margarita imperaba, i yoestaba a sus pies: ella era una reina, yo ménos que un súbdito,segun de humillado i abatido me hallaba entónces por la furia demis pasiones.
No bastó el ofrecimiento de dirijir dicha carta, pues ella seaprovechó de esa debilidad que sumerje a los enamorados en elmarasmo (tornándolos, como especie de mentecatos, en una abyeccionimprevista i rápida), para hacérmela escribir inmediatamente sobrela mesa de su costurero.
No bastó mi docilidad para esto solo, sino que ella misma ladictó, obligándome con el inmenso influjo que ejercia sobre mí, aponer aun las palabras que no quisiera o fueran impropias de micarácter i de mi conducta anterior con Cármen; i no basté, en fin,mi resistencia para impedir que se apoderara de la carta, i lepusiera el rótulo ella misma.
Frescos tengo todavía los conceptos d aquella funesta epístola:sabe Dios cuánto me ha pesado haberla escrito, despues de ser, comose verá luego, el juguete ridículo del ídolo que alzé en mi corazonen reemplazo del santo altar de mis primeras afecciones.
Habíame colocado contra la pared en una silla que dejaba, entreaquella i la mesa, un paso bastante estrecho: Margarita se habiareclinado sobre otra pequeña, donde se sentaba a coserordinariamente, i desde allí, sin desclavarme esos ojos que metenian prestijiado, dictábame con seriedad i mesura, así como envoz llena, el contenido de la carta siguiente:
Pital, agosto 9 de 1840.
Mui estimable señorita Cármen: despues del largo tiempo que hatrascurrido sin la satisfaccion de tener noticia de U. yo me hecreido en parte libertado de la obligacion amorosa que me habiaimpuesto, de escribir a U. i a la señora su madre, i por eso nodebe estrañar ninguna de las dos la cesacion actual de micorrespondencia. Así mismo, acabando yo de contraer en este lugarun compromiso solemne de unirme en matrimonio inmediato a una jóvenextranjera
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que me ama con delirio, i por consiguiente mucho mas que U, me veoen el caso de hacerla saber que, con harta pena, retiro la palabraque habia dado a U. quedando, desde luego, ámbos en libertadcompleta, i yo como el mas fino i atento de sus servidores Q. B. S.P.
Telmo Satízabal
Margarita se acercó a la mesa para cerciorarse de queefectivamente la firma con que signaba era la mia, i al estender yoel brazo en solicitud del arenillero para secar la carta, ella latomó instantáneamente por el estremo opuesto i salió triunfante consu presa ácia las habitaciones interiores, miéntras que yo,oprimido en el asiento en que me habla colocado para escribir, nopude, en su veloz i premeditada evolucion, alcanzarla o asirla porlo ménos del traje, aunque seguí su huella en el momento. Pensabayo, sinembargo, a tiempo de firmar, que, aun dado caso queMargarita se quedara con la carta, no tendria oportunidad de darledireccion, con motivo de ser dificil en tiempo de guerra la prontacomunicacion de los lugares, i creia fuérame fácil adelantarme aponer estos hechos en conocimiento de Cármen, dando por nula i deningun valor ni efecto la referida carta.
Toda pasion exaltada produce embriaguez, como el esceso de loslicores: Alejandro Magno en una noche de orjía asesinó a su mejoramigo; Rósas lisonjeaba su ambicion con la tortera i matanza de susadversarios; el caballero mas culto se convierte en el zote masincivil del mundo en una mesa de juego; i así, cada inclinacion,cuando traspasa los lindes naturales, produce arranques frenéticosen el espíritu, que es lo que hace aconsejar a los autores místicosel freno de las pasiones. Entre estas, el amor es tan susceptiblecomo la envidia i el odio, de adquirir enormes i casi imposiblesformas, que ciegan los ojos, enturbian la mente, represan la sangrei empujan al hombre por una pendiente resbaladiza hasta la sima quelo aguarda para devorar su corazon i ser la tumba de susilusiones.
Cármen dejó de existir en mi fantasía, i en su lugar reflejabaesta sobre mi corazon la imájen provocadora de Margarita. No pudevacilar, pues, i me lanzó en pos de sus pisadas hasta elaposento, cuando a la puerta de este me detuvo, con jesto huraño,doña Petronila.
En seguida se representó una escena de esplicaciones, en que congran sorpresa ví que a la madre no le placian mis relacionesamorosas. Al principio juzgué que su mal humor provenia de laindiscrecion que yo habia usado, tratando de penetrar en la alcobasin suficiente confianza para hacerlo; pero luego que ella me hablóde mi amor, i de la posicion i dote de Margarita, me convencí deque esa señora no me aceptaba de candidato para la mano de su hija.Encubriendo con hipocresía su negativa, ella manifestabacomplacerse de hallar en mí un jóven escelente i adorable, i por lomismo sentia que mis circunstancias pecuniarias no estuviesen alnivel de las de Saldivar para que fuera igual el partido. Como erala primera vez que yo veia tratado un asunto de esta naturaleza nimas ni ménos que un contrato de intereses, contesté a doñaPetronila con el enfático i soberbio tono del desprecio. De losamores sacar la consecuencia del matrimonio, i de este la de lasganancias i pérdidas, como si fuera cuenta de caja, me parecia tanexótico que de la rabia pasé a la risa, i al cabo de un rato ya mesentia mas tranquilo para discutir la nueva situacion que elversátil destino me ofreciera.
La lójica de doña Petronila no carecia de fuerza: ella queriavolverse con Margarita para Guayaquil, en donde figuraba, en primertérmino, por la riqueza, o si no a Lima, que es el paraiso de losmillonarios del Pazífico, i la gloria de las mujeres elegantes. Porel desagrado con que vivia en el pueblo, i mas que todo, aunque losupiera ocultar, por el estorbo de su parentela, jamas fijaria enel Pital su residencia; i yo no estaba en el caso de ir en pos deMargarita por falta de capital, i por hallarme ademas consagrado alservicio de mi madre i al amparo de mis hermanos. Mi fortuna,realmente, estaba comenzando, i con la maldita revolucion habiatenido que suspenderse en su principio, que tal es la condicion delhombre laborioso en cualquiera parte de la América española, dondese sufre la epidemia decimal i sangrienta del militarismo. Yo nopodía competir en recursos con los de aquella metalizada,estremadamente rica i fastuosa familia, ni podia fijar mi domicilioen otro lugar sin llevar la mia por delante; i fuera de toda otraconsideracion, jamas habia podido dijerir bien el proyecto decasarme con Margarita, puesto que no comenzé a requebrarla con estefin, ni tenia la vocacion de entrar al sagrado templo delmatrimonio por la ventana, cuando, pudiendo, no habia entrado desdeántes por la puerta.
Calmado el rapto volcánico que me habia dominado tras la huellade Margarita, i volviendo a mi aplomo natural por la reconvencion inecedades de la madre, encontré mui razonable i filosófico cuantoesta me decia, i con la sorna que suele darme Dios, convine, sinescrúpulo, en la esactitud de sus observaciones: la repliqué, pues,con chiste i mansedumbre, que me daba por convencido i satisfecho;la pedí perdon de la falta cometida prometiéndole desde luego noinquietarle la muchacha, como ella me exijia, i salí de aquelpurgatorio como si me hubieran quitado un grave peso de encima.
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I sinembargo era del Pital.
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