CAPITULO IV - Otras relaciones amorosas.
Aunque yo habia guardado a Cármen una fidelidad que haria honoral mas estricto de los caballeros andantes, si la fábula de losdoce pares de Francia se pudiera reproducir en este siglo, i en unanacion tan veleidosa como la nuestra, habiéndose interrumpido lacomunicacion de ámbos, i ocupando el patriotismo, la defensa de lalejitimidad del gobierno, un lugar mui preferente en mi corazon, esclaro que entre la multitud de acontecimientos de órden distintoque me preocupaban, el recuerdo de mi primer amor disminuia enintensidad proporcionalmente con el tiempo que iba pasando, a talpunto que me sentia volver como por grados al pleno ejercicio ianterior libertad de mi albedrío.
Sinembargo, ya que no estuviese tan apasionadamente enamoradocomo al principio, no estaba tampoco en mis facultades poder serimpresionado de nuevo, porque ninguna mujer me parecia igual osemejante a aquella, ni el tipo calentano podia, con mucho, llegar,en mi manera de ver las cosas, a la deslumbrante alteza, estremadafinura, i cútis lindísimo del bogotano. Mas como parecia que estabacondenado por la suerte a salir de una aventura para entrar enotra, i variar con cada una de ellas la serie histórica de loslanzes de mi vida, desde los claustros del colejio hasta el retirodel campo, de poco me habian servido mis propósitos, i lo que esmas raro aún, esa repugnancia mareada que en ausencia de Cármen yomanifestaba por las mujeres.
Efectivamente, despues de algunos meses, i cuando ya la campañase radicó en el territorio de la provincia, no me desagradabanalgunas caras, apesar del color desteñido de sus facciones, i ya noestrañaba tanto esa elegancia de modales a que me habia habituadoen la alta sociedad de Bogotá, que no me animase de vez en cuando,i procurando sacudir la timidez que habia adquirido por el desusode los galanteos, a decirlas uno que otro requiebro, la mayor partede los cuales provocaban risa i lástima por ser en un lenguajeinintelijible para las sencillas jóvenes de parroquia.
Así va el cachaco en los pueblos, haciéndose poco a poco altipo, hasta que al fin se vuelve un veterano, superior a los adónisdel vecindario, quienes desde entónces lo miran de reojo, comorival temido, ora por lo que sabia, ora por lo que acaba deaprender; i a medida que en tales honduras se mete, mayor aficionle cobra a los devaneos amorosos de los paises cálidos, cuyotemperamento es mas propio que el frio para esta clase delanzes.
Todos, cual mas, cual ménos, pasamos por esta prueba; i al fin ipostre de esquivar el coqueteo con las calentanas, caemos, sinpensarlo, en su dominio, como los muchachos que se divierten ensaltar sobre las hogueras de ramas en una noche de fiestas. I digoesto, porque despues de sentir mi corazon un poco desahogado delrecuerdo de siempre, volvia los ojos con tierna solicitud a una queotra muchacha con el objeto de pasar el rato, i tanto hube de daren este transitorio pasatiempo, que al fin mis miradas setropezaron con las de Margarita, i me sentí arrastrado ácia estajóven con una impulsion fascinadora.
Al iniciar mis relaciones en su casa, por la comedida iafectuosa presentacion de su padre, yo no juzgué jamas que, avuelta de pocos meses, esa señorita que no me habia impresionado aprimera vista, i que solo me gustaba por su instruccion i buentrato, llegase a robar un corazon que estaba ya enajenado.Sinembargo, tal fué la consecuencia, aunque al principio ni ella niyo nos inspirábamos confianza leíamos, es verdad, algunas obras,tocábamos algunos duos de guitarra, i disertábamos juntos sobreliteratura o ciencias naturales, lo que hacia que nos reuniésemoscon frecuencia; pero la mas séria etiqueta presidia por entónces aestos actos, quizá por asemejarlos a la calma precursora de laborrasca.
No fué sino despues de una temporada, de la cual pasé la mayorparte en el pueblo, cuando nuestras mútuas afecciones llegaron atomar mas consistencia; pero no obstante las repetidas pruebas queme daba i la preferencia i simpatía sin límites de que hacia, pordecirlo así, ostentacion delante de todos, cuando dejaba deslizarun galanteo en el curso de la conversacion, parecia ofenderse iretiraba de mí sus grandes ojos, que, como puede inferir el lector,eran los móviles que me mantenian en éxtasis, suspenso o pendientede la viveza de sus pupilas.