CAPITULO III - Presentacion de una nueva familia.
El coronel era, a la sazon, hombre acomodado, pues comandantedel puerto en Guayaquil durante el concusionario gobierno deljeneral FIóres, él tuvo a su disposicion por algunos años losproventos de la aduana, hasta que, habiéndose indispuesto con sujefe i protector, vió que lo mas prudente era asegurar loadquirido, no esponerlo en una continjencia, i venirse a NuevaGranada, a donde lo llamaban antiguas relaciones de familia i unainmediata reinscripcion en la lista militar, como oficial veteranode Colombia.
Simple capitan retirado, a mediados de la gran república, sinposicion ventajosa en la sociedad i enseñado a no conservar elahorro de sus pensiones, hallábase maltrecho de la fortuna, cuandose casó con una jóven pitaleña, que, si acaso pasaba entónces porseñorita, lo debia a su desparpajo i hermosura, no al mérito de sucultivo, pues ni leer ni escribir sabia, ni al lustre de suascendencia, porque su padre fué un hombre comun i su madre unabarnizadora de totumas i muebles timanejos.
Pero protejido Saldívar por el amo del Ecuador, despues de ladisolucion de Colombia, subió como la espuma en su carrera, hastallegar al grado de coronel efectivo, i gozar de la comandancia delpuerto de Guayaquil en un período en que la fuerza armada era todoen Sur-América, i nadie pedia cuentas a los representantes delsable: así habia adquirido una riqueza de cerca de diez años deprogresion, cuando se torció para él el jesto del tiranuelo, ántesamable i festivo, i vió que podía correr la suerte de los ministrosi servidores de aquellos reyes susceptibles de enojarse por la masinsignificante bagatela. Pensó entónces en venir a figurar aBogotá, trayendo una buena provision de dinero, i dejando lasvaliosas propiedades adquiridas, bien aseguradas merced a lasimulacion de contratos, cosa que es tan comun en estos paisesrevolucionarios, i especialmente entre militares cuando carecen dela conciencia de la probidad con que han acumulado su fortuna. Contales proporciones, él educó a su mujer de modo que, cuando volvióa la república, no parecia la misma que habia salido de ella quinceo dieziseis años ántes.
Mas el mérito mayor de esta familia no se hacia consistir en eldinero, sobre el cual tenemos los neivanos cierto desprendimientoque nos honra, sino en la hija única del coronel, llamadaMargarita, jóven alta i espigada, un tanto morena, de ojos queconcentraban toda la belleza, toda la idealidad, toda la malicia,todo el poder i toda la coquetería de las criollas del AltoMagdalena, i que se erguian como dos ardientes fanales sobre surostro pálido i su cuerpo delgado, pero bien hecho. Sus otrasfacciones, por lo demas, eran mui comunes, pues fuera de lafogosidad pintada en un ténue i desvanecido bozo, i en la películasombreada de sus brazos, había cierto contraste de frialdad i deindiferencia en toda su fisonomía.
Era, en fin, una mujer que tenia el cuerpo i el alma en losojos, todos los órganos reasumidos en uno solo; de modo que si esosdos luminares no fueran tan estremadamente hermosos, ella hubierasido acaso reputada por fea.
Margarita, pues, era el tipo de la mujer bella de la tierracaliente, que no tiene punto de semejanza con el de la tierra fria,al cual me habia aficionado desde mis mas tiernos años. Pero encambio de esa falta de hermosura que yo le hallaba, su educacionhabia sido tan completa, que la amable jóven no tenia que pedirventaja a la mas elegante dama para ser el adorno i realze de lossalones. El resto de la familia de don Lino se componía demuchachos traviesos i consentidos, cuya chocante condicion haciaresaltar mas el mérito de su hermana.
Ho dicho que esta familia venia de tránsito para Bogotá cuandolos incidentes de la guerra la obligaron a detenerse en el Pital:aquí tuve necesidad de relacionarme con el coronel por razon deopiniones políticas, i de varios servicios patrióticos para quefuimos comisionados ámbos por el alcalde. Aquel hombre franco ijeneroso me brindó la entrada en su casa, sin quedar contento de míhasta que, despues de muchas instancias, me vine a hallar instaladoen ella con entera confianza, como si hubiera sido el mas leal iantiguo de sus camaradas.
Durante las operaciones militares del sur de la república, laposicion de esta familia en el pueblo que habia escojido para suresidencia, no contaba nada de agradable. Doña Petronila, la esposadel coronel i madre de Margarita, habia retornado a su suelo natalcon ínfulas de una aristocrática señora i no pudiendo tolerar quesu anciana madre i tias no hubiesen adelantado tanto como ella enel período de su larga ausencia, se ruborizaba de tener parientasque no sabian leer, ni calzaban zapatos, ni usaban camison, niconocian el chal i la manteleta sino en las romerías aChiquinquirá, que acostumbramos los fieles cristianos de estaprovincia cada cuatro, cinco o siete años; i solia decir coléricaque habia hecho bien en quitarse el apellido de su padre, pues noqueria pasar por el descrédito de continuar relaciones de familiacon mujeres de pié en el suelo, camisa bordada, enaguas de pancho,i ridiculo sombrero de pastora con estoperoles de piedrasfalsas.
Hallábanse, pues, un tanto aislados, porque la culpa que maspronto sufre castigo en el pais natal es la ingratitud, i el pueblotodo, por sentimientos de localidad i justicia, se puso de parte delos pobres, honrados i humildes, en la competencia de estos con losricos advenedizos i orgullosos. A consecuencia de esto, yo era elúnico tertulio de la casa en ese tiempo, en que los sucesospolíticos me llamaban a la cabezera del distrito; i la carencia depeones por razon del servicio militar, a que destinaban sinconmiseracion a todo hijo de vecino, hacia paralizar los trabajosagrícolas, amen de haber destinado mi pequeña casa de campo paralugar de asilo de todos los amigos de colejio, quienes por poner enpráctica sus teorías liberales, como si estas se pudieran robarjamas con las armas, andaban mas desastrosos i aflijidos que losfrailes carlistas bajo el ministerio de Mendizábal, en la católicaEspaña, nuestra antigua metrópoli, i nuestro presente i mas acabadomolde.