CAPITULO II - Revolucion intempestiva.
Con la muerte de mi padre se diferia el matrimonio por todo eltiempo del luto, que no bajaba de un año, i con mi nuevo carácterhabia que prolongarlo hasta que la pobre labranza mereciese loshonores de una hacienda, ora para sacar de allí los recursosconducentes al intento i pago de deudas, ora para que mi esposaviniese a residir en ella, pues la vida bogotana, ya sabia poresperiencia que en vez de convenirme me servia de causa deruina.
Sinembargo, a medida que trascurria el tiempo i aumentaba enproporcion mi apego al trabajo, me iba acostumbrando a ver como enlontananza aquel proyecto de enlaze. La trasformacion, como se havisto, habia conmovido hondamente mi sér i mis facultadesperceptivas: hasta el cuerpo material era ya otro, segun la palidezdel semblante, lo flaco de los miembros i el color gris de laepidérmis suavemente coloreada ántes por el temple del frio; aunparecíame que no podria ni hablar con la jente cuando volviera algran mundo, i que mi degradacion paulatina me llevaria al estremode ser incapaz de las fruiciones, trato, modales i cultura de lajente civilizada.
A mediados del año, cuando ya por ser mui ventajosas mis laboreshallábame tan embebido en el campo que iba pasando sobre elrecuerdo de Bogotá como sobre una pira encendida, i que por estarazon mis cartas a doña Isidora i su hija disminuian en frecuencia,i ménos materia hallaba cada dia para comunicarlas entre lospárrafos de amores i protestas, fué cuando se tornó jeneral aquellafunesta revolucion que comenzó en Pasto i arrollando a toda larepública, como un enorme mónstruo de mil ponzoñas, hizo salir alodio i a la muerte de las cavernas en que yacen, segun los poetasmitolójicos, a recorrer, cabeza erguida i guadaña en mano, todaslas provincias, i romper en ellas todos los vínculos sociales. Lapatria estuvo sepultada por un momento en sus postreros vértigos deconsuncion, i aun me parece oir resonar ahora el eco de susagonías, el estertor de su último suspiro, que por el favor de Diosno llegó a ser el síntoma seguro de su muerte.
Tuve ocasion entónces de ver a los patanes de mi tiempofigurando como facciosos muchos perecieron en los combates, otroshuyeron a Venezuela i Ecuador, i otros que cayeron prisioneros,fueron puestos de soldados en las filas del gobierno lejítimo; i amas de cuatro cúpome la satisfactoria suerte de brindarles asilo enmi casa, aun esponiéndome a la persecucion de los corchetes delpueblo, quienes por hacer viso o darse ínfulas de servir a lanacion, se volvieron mas perseguidores que Syla en el período de sucruenta dictadura.
Cortada la comunicacion con Bogotá, por causa de la guerra, iabsorbida mi atencion completamente por ella, pues mi predicamentode propietario i curador escluia cualquier otro pensamiento que nose ligase entónces al destino de la patria, jugado entre dospartidos poderosos, pasaron dias semanas i meses sin que Cármensupiese de mí ni yo de ella; pero este olvido involuntario hallabasu disculpa en el patriotismo que se habia sublimado en mi corazoncon el fuego de un sentimiento jeneroso.
Serví a la república hasta donde podia hacerlo un campesinoincipiente, i un aprendiz de patriota que llegaba en esa fecha aser ciudadano i se habia enamorado de la lejitimidad al igual de sunovia: serví tambien a mis amigos proscritos, i al entusiastapueblo de mi vecindario; pero no llevé mi consagracion hasta tomarlas armas i campear en filas militares por no separarme de mi madrei hermanos, caso en que la lei marcial me favorecia, i al que debiaacojerme, aunque mi exaltacion quisiese arrastrarme ácia las nubesde pólvora i el violento fragor de las batallas.
Desde que regresé al Pital, a principios de ese año malhadado,no habia querido adquirir relaciones de intimidad con ningunapersona; i cosa rara! fué la guerra civil la que me introdujo alconocimiento de una nueva familia.
El coronel Lino Saldívar habia traido la suya desde Guayaquil,pocos meses ántes, i los acontecimientos de la guerra le habianhecho fijar su residencia en el Pital, que era el suelo nativo desu esposa; como entónces yo iba casi todos les dias a la cabezeradel distrito, con motivo de la revolucion, tuve al fin queintroducirme al conocimiento de estas personas, las cuales me llegaya el turno de presentarlas a los lectores por órden riguroso,desde el padre de la familia hasta el último de los muchachos, puesgrande influjo llegaron a ejercer sobre mi suerte.