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INDICE
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Rogelio Echavarría
POLVO
- El sol, esta mañana, escancia la humedad de la noche,
- las mujeres lavan su cuerpo de la sombra del lecho,
- tibieza de los sexos y azúcar del amor.
- Las calles amanecen entre rotas ventanas.
- Pasan los que recogen la basura
- y llevan al olvido cuanto los hombres tocan.
- Si las noches fueran más largas
- las mujeres se ahorcarían en sus cabellos, llamas oscuras
- que multiplican la pesadilla o el espasmo.
- Pues esta niña que se asoma al día por el espejo
- parece recién salida del paraíso.
- Si las noches fueran más largas
- la tierra afirmaría su dominio sobre todas las cosas.
- Yo siempre duermo con mi única fiel compañera,
- que me acaricia el rostro con sus manos de hollín.
- El hombre se defiende de la muerte
- en la noche, y todas las mañanas
- debe luchar contra el puñado de ávida ceniza
- que le adelanta a su sepulcro
- la vida.
DECLARACIÓN DE AMOR
- Mírame: yo soy el que ves siempre a la orilla de tu lecho
- y con quien habrás de rasgar el velo que cubre los sueños.
- Soy el diseminado, que tiene en ti el último centro.
- Busco una soledad que prolongue la mía.
- Cuando empezaste a soportar el tibio peso de los senos
- el pulso de tu corazón goteaba con mayor presteza
- al oír mis pasos, y ascendía casta leche a tuslabios;
- cuando comprendiste que tu piel posee el don de renovar
- [las lunas
- y empezó a sangrar esa herida cuyo bálsamo eficaz poseo;
- hoy que confundes la malicia con la sabiduría
- y con sus nocturnos secretos te ofende el viento de los
- [parques,
- me llego a ti, ciega de no haber visto lo que empaña al
- [mundo,
- a modelar tu barro núbil y orearlo al sol de mis sudores.
- Mi brazo atiza el fuego de las columnas de humo
- que contienen el peligro del cielo sobre la ciudad.
- Y mis manos no aman las joyas, ni una onza de oro,
- pero el llanto endulzó su ajado pergamino
- y su caricia es noble y alta.
- Recibe todas las armas de mi agradecimiento
- por ahorrarme basta el día necesario tu cuerpo,
- por la justeza de la orla de tu falda,
- por la honradez de tus manos y la mina sellada de tus
- [costados:
- que las ferias están ebrias de lo que ocultas,
- llenas hasta la hartura de belleza gratuita.
- Busca en mí el principio de tus goces desconocidos
- o la prolongación de los que han sido fuente de esperanza
- y borremos de los calendarios los días de huelga
- porque nuestra lámpara sin alternativa
- desconocerá los cambios del tiempo tras la puerta.
- Oh tú mi siempre-viva, mi siempre-amiga,
- por quien la salud acepta duras vigilias
- como el avaro que nunca regresa de su exilio.
- ¿No ves que si no fuera por ti
- la mujer sería vendida y exportada en grandes barcos
- apenas marcada con una tiza roja
- para que los braceros de los puertos sepan que es frágil?
- Aparta, aparta del quicio las grandes letras del periódico
- que traen hasta nosotros fechas violentas;
- ignora la abierta noche de la ciencia
- que hace malditos a los hombres,
- la razón del pasado y la gran voz profética:
- que en mi casa tendrás mimo para tu más nimia palabra.
- Porque ya es hora de alabar la ignorancia voluntaria
- que cifra el universo en el tambor de hilo,
- en el más humilde surco del suelo
- o en el cabestro sin grafía.
- Dame tu historia en este mundo para nosotros preparado
- en que de pronto nos hallamos con las manos asidas
- como si el miedo de las gentes nos unciera uno al otro.
- No temas seguir buscándome ya que sabes
- que cuando se me toca no es posible apresarme.
- ¡Ah, sí! Soy el que verás siempre a la orilla de tu lecho.
- Háblame con tu voz que tiene un dejo de feliz tristeza,
- paisaje con árboles sobre los cuales ha llovido.
- Porque yo soy el más solo entre los solos
- y desde hoy tendremos una misma estrella en el plato,
- hasta el día en que el fruto necesite nuestro agrio bagazo
- para el fuego del aderezo,
- como la caña del maíz a finales del año
- después de haber pagado el dolor de la herencia.
- ¡Oh flor de mi más alta confianza!
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