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La propuesta de don Fernando De Arévalo

Tres días después de haber entrado Doña Inés en convalecencia, se presentó Don Fernando de Arévalo elegantemente vestido. Don Manuel lo recibió en su cuarto particular, en audiencia privada como se lo había pedido.

Después de los cumplidos de estilo y de haberse informado de la salud de toda la familia, propuso su asunto en los siguientes términos:

-El paso que doy actualmente, señor Don Manuel, es demasiado serio para mí, y lo doy no sin algún temor. Es el caso que estoy muy prendado de la belleza y del recato de la señorita Doña Inés de Lara, su pupila, y querría, si vuesa merced no tiene algún inconveniente, que me concediera su mano, prometiéndole que el mayor empeño de mi vida sería el tratar de hacerla feliz. Yo presentaré a vuesa merced los documentos en que consta mi caudal, que si no es muy crecido, sí es suficiente para vivir con comodidad; también le manifestaré las pruebas de la nobleza de mi linaje, sin las cuales no me habría atrevido a pretender tan alta honra. Hasta ahora no sé si la señorita habrá contraído algún otro compromiso.

Don Fernando calló al decir esto, y Don Manuel contestó:

-La propuesta que usted hace es realmente seria. Mi ahijada está muy débil y apenas comienza a convalecer. Espere usted que pasen algunos días; que luégo que yo la vea un tanto repuesta, le haré presente la solicitud de usted, e inmediatamente le comunicaré lo que ella resuelva. Yo, como su tutor, no me opondré a su voluntad; si ella desea casarse, se casará; y de no, continuará viviendo a mi lado, con honra como hasta aquí y muy a contentamiento mío. Hasta no saber el parecer de ella, es inútil me enseñe los documentos de que me habla.

-¿Y cuándo podré saber esa respuesta?

-Dentro de tres días nos iremos para la hacienda, porque Inés necesita aspirar los aires del campo; allá le expondré la solicitud de usted.

-¿Me permite vuesa merced que vaya yo a la hacienda dentro de quince días, a saber mi suerte?

-Vaya enhorabuena; será bien recibido; sólo le advierto que no haga todavía castillos en el aire, porque mi ahijada se ha manifestado siempre opuesta al matrimonio.

-No importa, quiero probar fortuna.

-No me opongo, está usted en su derecho.

Don Fernando se despidió llevando pocas esperanzas, porque las respuestas del Alférez Real fueron muy secas y le parecieron de mal agüero, pero siempre enamorado.

Debe saberse que Arévalo no había hablado una vez siquiera con Doña Inés; hacía meses que estaba prendado de ella, sin que ella tuviera noticia de tal inclinación; no era de aquellas mujeres a quienes podía dirigírseles una carta de amores con buen suceso; su alta alcurnia, la fama de su riqueza, el orgullo que se revelaba en su porte y hasta la casa en que habitaba, eran circunstancias que infundían respeto aun a los galanes más apasionados y atrevidos.

Don Fernando había conocido a Doña Inés en las iglesias, y la había seguido de las iglesias a su casa, sin que ella se diera cuenta de esa persecución muda.

Es verdad que él se presentaba de visita en casa del Alférez Real, cuando la familia estaba en la ciudad; pero allí, los padres de familia recibían la visita y las señoritas permanecían en sus aposentos.

Esta costumbre era general en casi todas las casas principales; así es que los matrimonios se contrataban entre el pretendiente y el padre de la pretendida. Esto ocasionaba graves equivocaciones, como le sucedió a un caballero de Popayán que pidió a un noble caleño una de sus hijas, a quien había conocido en la iglesia; el noble caleño le concedió la mano de su hija, se corrieron las amonestaciones y se arregló todo. Al tiempo de celebrarse el matrimonio, se presentó vestida de novia una de las hermanas de la muchacha pedida; el novio hizo presente por lo bajo a su verdadera novia la equivocación; pero ésta fue tan generosa, que rogó e instó a su amante para que no hiciera pasar tal bochorno a su pobre hermana. Y el caballero de Popayán, realmente noble, dio a su amada la prueba más grande que podía darle de su amor, casándose con su hermana, sin revelarle jamás la equivocación | 1 .

A pesar de semejante rigor, los mozos y las muchachas se daban sin duda sus trazas para entenderse, porque la verdad es que los matrimonios menudeaban más que ahora.

En los tres días siguientes se consagró Don Manuel a despachar con el Escribano de número y Cabildo Don Manuel de Victoria, varios asuntos que le incumbían en su calidad de Alférez Real, Teniente Coronel de Milicias y Regidor Perpetuo. El más importante de esos asuntos era el de reunir veinte hombres que tocaban de contingente ala ciudad para mandarlos a Cartagena, a reforzar la guarnición de aquella plaza fuerte. El Virrey de Santafé, Don José de Ezpeleta, había ordenado se tuviera lista esa gente para el mes de Junio, a fin de que un piquete veterano que debía venir de Santafé, pasando por Cartago y Buga, para recibir en esas ciudades la gente que a ellas correspondía suministrar, la encontraran preparada y pudieran seguir sin demora a su destino.

Don Manuel dio las órdenes del caso a los Alcaldes y Regidores, encargándoles que escogieran esos veinte hombres de entre los mozos solteros que no tuvieran oficio conocido, y principalmente de entre los jugadores, enamorados y pendencieros.

La víspera de marchar Don Manuel para Cañasgordas consu familia, se presentó de visita el Padre Escovar. Estos dos personajes, ambos de elevado carácter, se estimaban sinceramente, porque ambos eran generosos y benéficos. Es cosa evidente que no puede existir amistad íntima, sólida y permanente, sino entre personas igualmente desinteresadas; no hay amistad posible entre dos tacaños; ésta sólo existe mientras ellos llegan a conocerse mutuamente.

El cuarto de Don Manuel, que hasta ahora no hemos descrito, era una pieza espaciosa, con canapés aforrados en vaqueta y patas doradas figurando las de un león, con una bola en las garras; sillas de brazos, con las armas de la familia grabadas en los guadamaciles; grandes poltronas aforradas en damasco, y una gran mesa cubierta con carpeta de paño verde, con tintero, salbadera, papel y plumas. Debajo de esa mesa había varias escudillas de loza y |mates llenos de plata sellada , tapados con papeles. Veíanse allí, arrimados alas paredes, algunos baúles, aforrados en vaqueta y con sus asas, como si estuvieran destinados para viaje; de éstos, unos tenían escritas con estoperoles las letras iniciales del nombre del Alférez Real; y otros, esta cifra: H. de C.

Departían los dos amigos en sabrosa plática cuando el paje introdujo a una mujer en el cuarto. Parecía por su aspecto una madre de familia, e iba vestida con bastante aseo, pero descalza como iban siempre las mujeres plebeyas. Su semblante, en que había restos de hermosura, expresaba una profunda aflicción.

-¿Qué quieres, mujer? preguntó Don Manuel. -Señor Don Manuel, han puesto a mi marido en la cárcel.

-¿Y por qué causa?

-Porque debe doscientos patacones y no ha podido pagarlos al cumplirse el plazo. Pero tenemos bienes, y si lo ponen en libertad, él pagará dentro de poco tiempo.

-¿y qué quieres que yo haga?

-Que me lo haga soltar; a vuesa merced lo atienden al momento.

-¿Cuánto es lo que debe?

-Doscientos patacones.

Don Manuel se inclinó, levantó el ruedo de la carpeta que caía hasta el suelo, y tomó de debajo de la mesa uno u otro mate, con monedas de a ocho reales; contó los doscientos patacones y dijo:

- Toma los doscientos patacones, ve y págalos para que suelten a tu marido.

-Dios se lo pague, señor, Dios lo bendiga, dijo la mujer; ya sabía yo que no perdería inútilmente la vergüenza.

La mujer colocó en un extremo de su rebozo de bayeta de Castilla todo ese dinero y salió llena de contento.

-¿Quién es esa mujer, compadre? preguntó el PadreEscovar.

-No sé, compadre.

-¿Y el marido?

-Tampoco sé.

-¿Y así da vuesa merced su dinero a gentes que no conoce y hasta sin pedir recibo?

-Sí, compadre, esa gente paga, no lo dude; y si no, ¡que hemos de hacer! | 2 .

-Compadre, ejecuta Vuesa merced  acciones que me dejan edificado y que aumentan la grande estimación que le profeso. Yo le aseguro que de todas sus riquezas, esas sumas que gasta en socorrer al pobre son las que realmente aprovecha; porque, el Evangelio lo dice; eso es

"Atesorar tesoros en el Cielo, en donde no los consume orín ni polilla, y en donde ladrones no los desentierran ni roban"

Los viejos ricos de ese tiempo no guardaban su dinero en arcas con llave, sino en escudillas de loza o en mates, que ponían debajo de la mesa, o en losrincones del aposento; y cuando era mucho, lo colocaban en grandes petacas de cuero, sin cerraduras. El testamento de Don Francisco Sanjurgo Montenegro, otorgado en 1751 , tiene esta cláusula:

"Tengo más de setenta mil patacones de caudal, como se verá por lo que se hallare en mis petacas, plata labrada y otras joyas"

Al día siguiente salió Don Manuel para Cañasgordas con toda su familia, acompañado de Daniel y Fermín que hacían el oficio de escuderos.

Diez días después, a las nueve de la mañana, estando Don Manuel en su cuarto, dijo a Pedro su paje:

-Dile a Inés que me haga el favor de venir, que tengo que hablar con ella.

El paje fue a llevar el recado de su amo; un momento después entró en el cuarto Doña Inés.

Era admirable cómo se había repuesto con los aires libres del campo. Ya casi no se le notaban vestigios de la reciente enfermedad. Iba vestida de blanco, color de su preferencia y que le sentaba muy bien. Don Manuel al verla le dijo afectuosamente:

-Siéntate, hija, que tenemos que hablar de un asunto muy grave.

Inés se sentó en una poltrona de vaqueta que le ofreció Don Manuel, y luégo, sin poder ocultar su curiosidad, le dijo:

-Veamos, padrino, ¿qué asunto es ese tan grave que me anuncia y que confieso que me causa miedo?

-Es muy sencillo, ahijada, y en pocas palabras te lo propondré; Don Fernando de Arévalo me ha pedido tu mano.

-Bendito sea Dios, si no es más que eso; ya puedo respirar, pues ciertamente tenía miedo. Pensé que fuera alguna cosa grave.

-Pero esta cosa es grave, ahijada, y debes resolverla según tu voluntad; Don Fernando debe venir hoy a saber tu respuesta.

-Mi respuesta es muy sencilla; yo no quiero casarme.

-No, hija, no contestes así tan de pronto; piénsalo bien; este negocio es de aquellos que reclaman un poco de reflexión, ya sea para decir |sí, ya para decir |no.

-En el presente caso es inútil pensarlo; no quiero casarme; esa es mi voluntad. Su merced, padrino, puede mejor que nadie valuar la sinceridad de mi respuesta; sí, su merced que es tan franco, y que jamás pide plazo a nadie para decir lo que piensa.

-Es verdad, pero yo quisiera que te tomaras unos días para reflexionarlo; y si pasados ésos insistes en tu negativa, nada tendré que alegar.

-No, padrino, no quiero casarme.

-Mira que este sujeto es de familia principal y además hombre rico. Ya has desairado a otros, y no creo que tengas resolución de quedarte para vestir santos.

-Dígale a ese señor que yo estoy contenta con mi libertad, que soy muy feliz al lado de mi padrino y que no cambio mi suerte ni por la de mi señora la Virreina.

-Pero piensa, hija, que ya son muchas las propuestas que has desechado, y que las gentes, como te he dicho otras veces, podrán pensar que soy yo quien me opongo a que te cases, para disfrutar de tu caudal.

¡Pero miente quien tal diga! (Y al decir esto se puso de pie y se le fue encendiendo el rostro), ¡miente quien tal diga! La herencia que te dejó tu padre está disponible, y el día que te cases recibirás de mi mano los treinta mil patacones con sus intereses al seis por ciento anual, porque la Iglesia no permite que se cobre un interés mayor; yeso acá en las Indias; pues en España sólo se permite el cinco por ciento, como podrá decírtelo mi compadre Escovar,

-No se altere, padrino, que nadie habrá capaz de imputarle acto alguno indecoroso aun caballero tan cumplido como lo es su merced.

-Eso es diferente (dijo calmándose y tomando su asiento), eso es diferente; y quien lo dijera sería un miserable. Pero es la verdad, hija mía, que tu caudal está bien asegurado, y con sus respectivos intereses.

-No hable de intereses, padrino, porque supongo que ésos servirán para los gastos de mi subsistencia en esta casa.

-Por la Virgen Santísima, exclamó Don Manuel poniéndose otra vez de pie, ¡que nadie me había hecho jamás un agravio semejante! Y éste me lo hace ahora, no diré mi ahijada, ¡sino mi hija! Sí, mi hija, porque como a tál te considero, y no amo a mis propios hijos más que a ti. ¡Pagar la subsistencia! ¡Y esto en mi casa! ¡Y me lo dice mi ahijada!

Diciendo esto comenzó a pasearse agitado, con las manos a la espalda.

-Padrino, por Dios, le dijo Inés, hoy como que está su merced con la luna; todo cuanto le digo le molesta; nunca se ha manifestado tan airado conmigo; perdóneme, que no fue mi intención ofenderle.

-Bien, Inés; te perdono, porque ciertamente no has podido tener ánimo de ofenderme. Esta casa es tuya, porque es mía, y mientras tú lo quieras vivirás a mi lado, muy a gusto mío.

-Entonces dígale a ese señor que yo no pienso en casarme, y no tenemos más qué hablar.

-Eso no; luégo que llegue Don Fernando, le diré que tú pides unos días para pensarlo,

-De ninguna manera, señor; el solo hecho de pedir plazo hace suponer que yo podría casarme con él. No, jamás, no quiero. Aquí estoy contenta, y si su merced no me permite vivir así, le suplico me mande al Convento del Carmen, a Popayán, en donde está la hermana de mi señora María Francisca.

-No, no; aquí estás bien. Permíteme que le diga a ese hombre, que sólo hoy te he expuesto su pretensióny que yo te he dado, por mi voluntad, plazo de quince días.

-Sea como su merced quiere; pero es inútil; si a mí me hace directamente su propuesta, desde hoy lo despacho con vientos frescos.

-No, hija; es asunto de pura cortesía; déjalo a mi cuidado. Y ahora que tú lo rechazas, te confesaré que a mí tampoco me agrada; tú mereces algo mejor.

-Gracias, padrino.

-Basta, hija; si quieres, puedes retirarte.

Inés volvió a sus habitaciones.

Apenas había terminado esta conferencia cuando la puerta de golpe rechinó al abrirse para dar entrada a Don Fernando de Arévalo.

Don Manuello recibió con cortesía, lo introdujo en la sala e hizo salir a las señoras a que recibieran la visita; Doña Francisca, Doña Gertrudis y Doña Josefa salieronprimero; un poco después se presentaron Doña Rosa y Doña Inés.

Don Fernando conversó con ellas con fina galantería, fijando cada rato sus miradas en Doña Inés, ansioso de descubrir en los ojos de ella algún pábulo a sus esperanzas.

Pero Doña Inés lo trataba con la cortesía con que trataba a todos, sin dejar percibir muestra alguna de afecto o preferencia.

Cuando dio las doce un hermoso reloj de campana que había en la sala, entró una criada y preparó la mesa para la comida. Luégo que ésta estuvo servida, llamó la misma criada a Don Manuel, a Don Juan Zamora ya Daniel; los dos últimos saludaron a Don Fernando, pero Daniel no pudo verlo con buenos ojos.

Mientras comían, Don Manuel y Arévalo sostenían la conversación; este último miraba constantemente a Doña Inés, con ojos de enamorado; y Daniel que notaba esto, olvidándose de comer, miraba alternativamente ya a Inés ya a Arévalo. No sabía él todavía la petición de éste; pero sí veía claramente que estaba apasionado de Inés. Su grande empeño era averiguar si ella le correspondía.

La comida terminó sin que Daniel hubiera descubierto nada, y tuvo la pena de retirarse a cumplir con sus deberes, dejando a ese hombre en conversación familiar con las señoras; es decir, con Inés.

Las señoras por su parte se turnaban en recibir esa cansada visita, y Doña Inés fue la que menos tiempo permaneció en la sala.

Don Manuel se retiró a su cuarto a dormir la siesta, costumbre que nunca interrumpía; pero a las dos mandó a decir con su paje a Don Fernando que lo esperaba en su cuarto.

Don Fernando acudió al punto, y allí le manifestó Don Manuel que sólo ese mismo día había presentado a Inés su solicitud, y que le había concedido quince días para que reflexionara y diera la respuesta, pues un plazo en asunto tan serio era indispensable hasta por decencia.

Don Fernando manifestó que sentía mucho tener que permanecer en la ansiedad por quince días más, pero que se sometía resignado.

Siguieron hablando sobre diferentes materias hasta que Don Fernando, sacando su reloj y viendo que eran las cuatro, pidió su caballo, se despidió de las señoras y de Don Manuel y partió muy descontento para Cali.

Al acercarse a la puerta de golpe para salir, llegaba del llano Daniel y se acercaba a ella para entrar.

Don Fernando detuvo su caballo al lado de adentro, y Daniel detuvo el suyo al lado de afuera; la puerta estaba cerrada en medio de los dos.

Don Fernando, conociendo que ese muchacho era de la hacienda, le dijo con tono un poco imperativo:

-Abre la puerta.

-Ábrala usted, contestó Daniel.

-Pareces muy insolente.

-y usted muy altanero.

Don Fernando intentó irse sobre él y darle con su látigo, pero lo contuvo el no saber de cierto qué puesto ocupaba ese mozo en la hacienda y si tal vez era de la familia, con la cual le importaba estar de buenas.

-Creo, le dijo, que tú perteneces a la servidumbre de esta casa, y en ese caso debieras hacer los honores de ella a los que llegan.

-Yo no pertenezco a ninguna servidumbre; soy Secretario privado del señor Alférez Real y le sirvo a él y a su familia; pero después de ellos, no me humillo ante nadie y digo como decía el otro: ¡Del Rey abajo, ninguno!

Un negro que había observado la polémica, llegó y abrió la puerta. Don Fernando se lanzó afuera el primero, y al pasar por delante de Daniel, le dirigió una mirada colérica y le dijo:

-¡Ya nos veremos!

-Cuando usted guste.

Los celos le habían inspirado a Daniel ese lenguaje amargo, ajeno de su educación y de su carácter, y acababa de echarse encima un enemigo mortal.

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